Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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19/4/10

Presencia en el aquí y ahora

Willigis Jäger no necesita presentación. En este Blog son numerosas las referencias a su obra. La causalidad ha querido que llegue a nostr@s un texto, titulado Presencia en el aquí y ahora, que escribió en la Semana Santa de 1999, coincidiendo con la guerra de Kosovo, cuando Jäger, en su condición de monje benedictino, dirigía la Casa de San Benito, que él mismo había fundado allá por 1983 en Würzburrg (Alemania), perteneciente a la abadía de Münsterchwarch. Posteriormente, en 2002, dejó tal responsabilidad y desde entonces imparte cursillos de zen y contemplación en el Benediktushof:

http://www.benediktushof-holzkirchen.de

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En las últimas semanas me ha venido una y otra vez esta idea a la cabeza: ¿Por qué dedico tanto tiempo a los caminos espirituales del zen y de la contemplación y a las personas que van por esos caminos? Al fin y al cabo, hace poco cumplí 74 años y podría descansar ya. Pero parece que aún no es el momento. Aún quiero seguir ayudando a todas las personas a aclarar la pregunta esencial con la que tan a menudo he comenzado mis cursillos: ¿Por qué estoy aquí en esta mota de polvo tan insignificante que llama­mos Tierra? ¿Cuál es el sentido de mi vida? En un sesshin ( cursillo zen de varios días de recogimiento espi­ritual, practicando intensivamente zazen –sentadas- con un maestro zen) escuchamos esta pregunta cada noche cuando se toca el Han (tabla de madera que se toca todas las noches al finalizar la jornada de un sesshin): "Vida y muerte son un asunto serio". Siempre se trata de vida y muerte, como figura también en el texto que Dogen Zenji escribió en el siglo XIII sobre la puerta de su templo, en Eiheiji: "Únicamente se les permite entrar aquí a las personas que se interesen por los problemas de la vida y la muerte. Las que no se preocupen con todo su ser de este asunto no tienen ningún motivo para traspasar esta puerta" (tabla de madera del siglo XIII).

Para mí, la respuesta queda clara: debo ser totalmente humano. ¡Eso es todo! La Realidad primera que llamamos "Divinidad", "Vacío", "Brahman", y que, al fin y al cabo, no se describe con ninguno de estos nombres no tiene otra tendencia que expresarse en nuestra condición de seres humanos. Y tan sólo en esta condición humana podemos entrar en contacto con ella. Se manifiesta en la hierba como hierba, en el árbol como árbol y en el ser humano como ser humano. Se refleja en todo lo que tiene forma, ya sea ésta material, psíquica o espiritual. No tenemos que volvernos santos o ser algo especial, únicamente debemos ser plenamente humanos, desarrollando todas las poten­cias que se nos han dado. Por ello debemos aceptarnos tal cual somos e intentar entrar en "el aquí y ahora" hasta que el fundamento de la unidad se convierta en un estado per­manente en nosotros. Cuando esto ocurra experimentare­mos nuestra naturaleza auténtica, que es la única que nos da respuesta a la pregunta por el sentido de la vida.

Conocéis la historia del viejo Rabí Sussja. Antes de morir, dijo: "En el mundo que me espera no se me pre­guntará: '¿Por qué no fuiste Moisés?'. Se me preguntará: '¿Por qué no fuiste Sussja?"'. ¿Por qué no somos entera­mente lo que somos, incluso con nuestras caras de sombra y nuestras debilidades? Esto presupone que tratemos tam­bién a los demás así, aceptando su manera de ser.

La individualidad tiene, por supuesto, sus limitaciones. Al que vive en una comunidad no le queda más remedio que encontrar un equilibrio entre ambos polos, individuo y comunidad. El término holón, acuñado por las ciencias naturales, nos sirve para aclarar esto. Por un lado, un holón es una totalidad y, por otro, es parte de algo mayor. Por ejemplo, un átomo es un holón pero también es parte de una totalidad, de una molécula. La molécula es parte de una célula y ésta, a su vez, es parte de un organismo mayor. Nada es exclusivamente una parte o una totalidad. No hay nada que sea sólo lo uno o lo otro. Un holón es como el nudo de una red. Un nudo es una unidad cerrada en sí, pero no puede existir por sí solo. Únicamente puede exis­tir junto con otros nudos, dentro de una red. Todo holón tiene que guardar su identidad, quedando abierto hacia la totalidad mayor. De ahí que tenga dos tendencias: debe ser responsable tanto de su totalidad como de su condición de ser parte de algo mayor que él. Un holón debe mantener su identidad, ya que en caso contrario desaparecerá, pero tie­ne que mantener su relación con la totalidad. En la medi­da en la que se incline más hacia un lado, en esa misma medida pierde por el otro. De esta forma, como seres humanos somos un holón único e inconfundible y debemos decir “sí” a nosotros mismos. Nuestra unicidad es impor­tante para la red entera, que consta de muchos nudos.

Nos resulta difícil aceptar esto sin más. Se nos ha incul­cado que debemos llegar a ser mejores, que tenemos que realizar obras, que tenemos que ganamos el cielo. Pero ante la Realidad primera no cuenta nuestro rendimiento, sino nuestro Ser. Hay entre vosotros quienes conocen ese koan en el que el discípulo le pregunta al Maestro Hogen: "Yo, Echo, te pregunto, Maestro: ¿Qué es Buda?". Y Hogen exclama: "Tú eres Echo". Esto significa: ¿por qué sigues buscando, si ya has llegado? O esta otra historia, donde un monje dice al Maestro: "Yo, Seizei, estoy solo y soy pobre. Te ruego, Maestro, que me ayudes a progresar". El Maestro le responde: "Venerable Seizei, ya te has bebido tres copas del mejor vino y, sin embargo, dices que aún no se han mojado tus labios". Estamos ebrios del Ser. Es nues­tra naturaleza verdadera.

En este nivel humano somos algo y no tenemos que devenir nada. Ser plenamente humanos, en eso consiste nuestra vocación, tal como lo es para el árbol ser árbol. Dicho en términos cristianos: estamos hechos a imagen de Dios y debemos vivir como tales. No es nuestra vida la que vivimos, sino la vida de Dios. Eckhart diría: "¿Qué daño te causa si le permites a Dios ser Dios en ti?". El que experi­menta como hólon dentro de la totalidad y de lo Uno, y sabe que es responsable en relación consigo mismo y con la totalidad. Esa es nuestra vocación: ser completamente humanos: Lo cual significa: ser completamente Dios. Pero el que hable así no lo hace a partir de su ego, sino a partir de su naturaleza verdadera. Entonces sabe por qué vive durante unos cuan­tos decenios en este planeta. Lo que llamamos "Dios" anda por este planeta. Esta es la comprensión de los sabios de nuestra Tierra y así han vivido Moisés, Shakyamuni Buda, Jesucristo. Ser seguidores suyos consiste realmente en esto: ser otro Buda, otro Cristo, otro Krishna. Pero sé de sobra que, al tratar este tema, se me suele preguntar por la existencia en este mundo del, así llamado, mal.

Estoy escribiendo estas líneas en la Semana Santa de 1999, mientras en Kosovo se mata a las personas y la maldad humana se muestra de la forma más espantosa. ¿Qué sen­tido tiene lo dicho más arriba a la vista de sucesos tan terribles? ¿Dónde queda la consciencia? La consciencia, creo yo, no es otra cosa que una energía que mantiene nuestra compenetración con la totalidad. Es una tenden­cia interior muy fuerte hacia la totalidad y lo Uno. Esa energía que une forma parte de la naturaleza de la evolu­ción. Es un factor que conserva la vida en el proceso de la evolución, Ayuda a vencer la separación entre sujeto y objeto y posibilita la formación de organismos y comuni­dades mayores. Únicamente venciendo lo dual y experi­mentando la unidad nos sobreponemos a la alienación. Es un "instinto", una fuerza elemental, que desde antiguo las religiones llaman amor. El que se oponga a ese "instinto" de amor, conservador de la vida, hace peligrar la totalidad. Se vuelve en contra de la estructura básica del proceso evolutivo mismo, o sea, contra el Fondo originario divino.

Charon, científico francés y premio Nóbel, llama a este instinto, a esta tendencia, "la finalidad del átomo". Es una finalidad que empuja sin cesar hacia lo mayor. Y él no tie­ne reparos en llamar a esta finalidad "amor". Incluso un átomo tiene la tendencia de abrirse hacia la molécula. Todo holón tiende a un holón mayor. La evolución empuja hacia la autotranscendencia. Amor es la postura básica del universo, amor no como mandamiento sino como expe­riencia de unidad. Quien no sea capaz de abrirse hacia otro enferma y no puede crecer. El que se cierre a la auto­transcendencia se hunde.

Ese hundimiento contiene el misterio de lo que llama­mos "mal" o "pecado". Es negarse a la autotranscendencia, es decir, negarse a ir más allá del ego. Mirando la evolu­ción del cosmos, vemos que la falta de autotranscenden­cia, ya sea voluntaria o involuntaria, es la causa de su oca­so. Por las ciencias naturales sabemos que un sistema cerrado perece miserablemente. La célula cancerígena es un organismo, pero es también un ego represivo que domina la personalidad, el dictador que impone un siste­ma social, una ideología o una religión, y los establece como absolutos. Todo ello destruye la comunidad huma­na. El organismo no es un montón de células, sino una totalidad. El organismo comprende la esencia de los holón menores, pero tiene algo especial de lo que carece el holón aislado. Una totalidad transciende las partes y las une al mismo tiempo hacia algo mayor. En esto consiste la decla­ración básica de todo camino espiritual. Únicamente el que ame sobrevivirá. Estoy plenamente convencido de que todo lo que llamamos "mal" se lleva a sí mismo al absurdo. Va en contra del principio básico de la evolución, en contra del amor.

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1 comentario:

  1. Maravilloso:es un compendio profundo, completo y sencillo.

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