Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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14/4/10

Arpas Eternas: El prendimiento de Jesús (2/2)

Arpas Eternas se encuentra entre los llamados “Libros Revelados”. Y es uno de los más importantes de los últimos tiempos. Fue editado 20 años antes de lo publicado sobre los Manuscritos de Qumram y el contenido de ambos es, en lo esencial, coincidente, aunque Arpas Eternas es más rico en detalles y datos. De su amplio contenido, Pepe Navajas, editor de Ituci Siglo XXI y amigo del Blog, ha seleccionado una serie de pasajes que todos los miércoles pone a nuestra disposición.

1. Profecía del Maestro Jesús referida a estos tiempos (ver entrada publicada el pasado 19 de febrero)

2. Encuentro entre Jesús y Juan el Bautista siendo niños (24 de febrero)

3. Jesús y Juan el Bautista, siendo niños, oran en un templo esenio (3 de marzo)

4. Profecía de Jesús a Vercia, la druidesa gala (10 de marzo)

5. La inquietud compartida entre Vercia, Nebai y Mágdalo (24 de marzo)

6. Muerte de Juan el Bautista y lectura de su testamento (31 de marzo)

7. El prendimiento de Jesús (1/2) (7 de abril)

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8. El prendimiento de Jesús (2/2)

Pedro tropezó con su hermano Andrés que había llegado también en busca de noticias y abrazándose con él, se desató una tempestad de sollozos que no podía contener. — ¿Qué pasa? ¿Han condenado al Maestro?... ¿Qué tienes?... ¡Inútiles preguntas! Pedro se había dejado caer sobre un estrado del portalón y todo arrebujado en su manto lloraba convulsivamente. Por fin se levantó y echó a correr en dirección a la calle del Comercio. Su hermano Andrés le siguió hasta el palacio Henadad, donde entró sin haber pronunciado una sola palabra. Allí debían estar el tío Jaime, Hanani y Zebedeo. Allí estaba Myriam la dulce madre del Maestro, todos sus amigos de Galilea... delante de todos los cuales confesaría su horrible pecado, su espantoso pecado. ¡Había tenido miedo de confesar que era un discípulo del Justo que esa noche habían prendido como a un malhechor! (…)

(…)Nebai y Vercia que no viendo llegar ni a Judá ni a Faqui, fueron a la casa de María creyendo encontrar allí las noticias que buscaban. Las seguía a dos pasos Shipro, el joven siervo egipcio compañero de infancia del príncipe Judá. Por fin encontraba Pedro con quien desahogar su pena.

A Nebai la conocía desde muy niña allá en las montañas del Tabor, y sabía bien cuan grande era su amor y adhesión al Maestro. —¿A dónde vais? —les preguntó Pedro al reconocerlas. —Al palacio Henadad buscando noticias. —No hay nadie allí que les pueda dar mayores y peores que os las puedo dar yo. Y ahogando !os sollozos en el fondo de su pecho les refirió todo cuanto había pasado en el huerto de Gethsemaní, y en el patio del palacio de Caifas. (…)

(…) Cuando ambas escucharon el triste relato se quedaron mudas de espanto, sin saber qué resolución tomar. — ¡Pero Judá!... ¡Yo no sé cómo es que no está en casa a estas horas! —decía Nebai pensando siempre en que él salvaría al Maestro. —Mi señora —dijo Shipro. El príncipe Judá vendrá al amanecer pues cuando caía la noche salió hacia Jophe a todo el correr de un buen caballo. Ahora habrá llegado allá. — ¡A Jophe!... ¡Dios mío! y ¿qué va a hacer a Jophe si es aquí tan necesaria su presencia? —Cuando iba a montar yo tenía el caballo de la brida y oí que decía al Hach-ben Faqui, que no llegó un correo urgente esperado desde ayer y él iba personalmente a buscar no sé qué documento importante que espera de Roma —contestó el fiel criado. Nebai, que conocía aquel asunto murmuró a media voz: —Basta que no llegue demasiado tarde. La Druidesa no había abierto sus labios pero era notorio su esta do de preocupación. Resolvieron ambas mujeres volver a casa, pues Nebai había dejado sus dos niños dormidos. Acaso también su abuelo Simónides o el Hach-ben Faqui tuvieran algún indicio que les orientara en aquel desconcertante laberinto.

Pedro y Andrés regresaron a su hospedaje esperando asimismo en contrar algún recurso de última hora que les indicase lo que debían hacer. (…)

(…) Y amaneció por fin el tremendo día que el Divino Ungido espera ba con ansia suprema llamándolo su día de gloria, su día de triunfo, y, día de amor y de divinas compensaciones en el seno de su Padre.

(…) Tal como había dicho Shipro a Nebai, el príncipe Judío llego al amanecer. Su intensa palidez formaba un contraste con sus obscuros cabellasen desorden, y con la angustia que desbordaba de sus grandes ojos negros y expresivos en extremo. — ¿Qué tienes Judá?... —le preguntó Nebai espantada. — ¡Ya lo sé todo!... —le contestó él subiendo a saltos los escalones que faltaban hasta el primer piso. — ¿Quién te lo dijo? —preguntó Nebai. —Pedro y Andrés, que esperaban mi llegada en la puerta de Jaffa —le contestó Judá. "Ríos de sangre correrán hoy por las calles de Jerusalén!...

"Mandaré pasar a cuchillo dentro del Templo mismo, a esa piara de fieras hambrientas que se atrevieron a poner las manos sobre el Ungido de Dios. "Antes de que el sol se levante de las colinas, desataré como una tempestad treinta mil hombres armados que no esperan sino una señal para lanzarse sobre Jerusalén. Y Judá se sacaba a tirones su ropa de viaje, tropezando con taburetes, sitiales y divanes que encontraba al paso.

Nebai espantada lloraba de rodillas junto a las camitas de sus niños, pues jamás había visto a su esposo dominado por tan tremenda cólera. Le vio sacar de un cofre, donde jamás supo ella lo que guardaba, un lujoso uniforme de oficial primero, de la Legión Itálica, a la que pertenecía la más noble juventud romana, y comenzó a vestírselo apresuradamente. Cuando le vio blandir la espada resplandeciente, a la cual decía: "Tú vengarás el ultraje inferido al Mesías Rey de Israel"..., Nebai dio un grito salido del fondo de su alma y aún de rodillas tendió sus brazos hacia él. Un nimbo de luz dorada llenó la alcoba aún sumida en la penumbra del amanecer. Ambos se quedaron paralizados en todos sus movimientos. Tenían ante sí la dulce imagen de Jhasua que les sonreía con inefable ternura.

— ¿Qué haces Judá, amigo mío, que afliges así a tu compañera y olvidas a tus hijitos?

— ¡Jhasua!... —murmuró Judá cayendo también-de rodillas ante la luminosa aparición que se acercaba hacia ellos.

—Mi cuerpo duerme en la prisión, pero mi espíritu viene a vos otros por que me llegó el clamor de Nebai —les dijo con su voz sin ruido, la flotante visión que los envolvía con sus claridades y sus ternezas. "Guarda de nuevo tu espada, amigo mío, porque el Ungido de Dios no triunfará por las armas sino por el Amor y por la Verdad. "La Voluntad del Padre que ordenó hasta el más pequeño acontecimiento de mi vida, ha ordenado también mi entrada triunfal en su Reino y no serás tú, amigo mío, que quieras interponerte en mi camino al final de la jornada. La radiante aparición estaba ya tocando a los dos jóvenes esposos, y sus blancas manos transparentes como tejidas de gasas, unían las dos cabezas con la suya intangible y etérea como en un abrazo eterno, cuyo recuerdo no debía borrarse jamás.

—¡Mi paz sea con vosotros!. —se oyó como una melodía, mientras la visión se diluía en celajes dorados que iban destejiéndose en la penumbra de la alcoba silenciosa.

Judá se abrazó como enloquecido de Nebai y rompió a llorar con tan fuertes sollozos, que Noemí, su madre, se despertó sobresaltada en la alcoba inmediata y envuelta en una capa entró precipitadamente. El brillante uniforme militar que su hijo vestía y el angustioso llanto de ambos la sobrecogió de espanto. — ¿Qué hay, hijo mío?..., ¿qué pasa? — ¡Jhasua fue prendido anoche y hay que salvarle de la muerte! —contestó Judá ahogando sus sollozos.— ¿Vas tú a intentar una rebelión? —preguntó, alarmada, la madre. — ¡Es que él rechaza toda acción armada y me deja atado sin poder moverme!.. . —gritó Judá, como si quisiera que su protesta fuera oída en todas partes.

El Hach-ben-Faqui entró en la alcoba como un vendaval.

—Lo sé todo, Judá; cálmate, que todas las fuerzas que yo mando han entrado anoche por el subterráneo de los almacenes de Simónides, y están listas para cargar. El valiente viejo pasó toda la noche dirigiendo la entrada… uno a uno, diez mil lanceros Tuareghs!

Judá lo oía como atontado.

— ¿Qué tienes?... ¿No me oyes? —preguntaba el valiente africano, decepcionado.

— ¡Jhasua rechaza toda acción armada! —Contestó Judá—; ordena que todo lo dejemos a la voluntad de su Padre, que El solo basta para esta hora final.

— ¡Imposible cruzarnos de brazos! —gritaba Faqui, sin comprender casi lo que decía su amigo.

"El Scheiff Ilderin —añadió Faqui—, salió anoche a última hora para conducir hoy sus jinetes árabes que están acampadas en los bosques de Jericó, y antes de medio día estarán aquí.

— ¡Todo inútil!... —murmuraba con supremo desaliento Judá—, ¡Jhasua no acepta nada!... ¡no quiere nada! ¡Dice que el Ungido de Dios no triunfará por las armas sino por la Verdad y por el Amor! "¡Faqui!... —gritó desesperado— ¡Jhasua es más fuerte que nos otros, y con una sola palabra nos encadena a los dos!... ¡Antes de comenzar la lucha somos vencidos por él!

— ¿Y qué hay en lo de Roma y el César? —preguntó con desgano el Hach-ben-Faqui.

— ¡Fracaso!, ¡otro fracaso! —Contestó Judá—. El Ministro Seyano, en quien confiábamos, ha caído en desgracia, y a estas horas huye, por que el Emperador ha mandado matarle. — ¿Cómo?... ¿es posible? —Aparece complicado en el asesinato de su hijo Drusso —dijo simplemente Judá.

— ¡Por las arenas del Sahara! —exclamó Faqui— que todo se une contra nosotros.

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