Agenda de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo en el PRIMER SEMESTRE DE 2026

Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el PRIMER SEMESTRE DE 2026

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28/6/10

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ISABEL

El teléfono de la casa sonaba sin descanso desde hacía más de dos horas. Quien quiera que fuese no se daba por vencido e insistía en romper el silencio reinante en la solitaria sala. Riiinnnggg Riiiinnngg... Una y otra vez, estallando la oscuridad y la quietud en mil pedazos. Cuando Emilio escuchaba el familiar sonido del timbre le saltaba el corazón en el pecho y se paraba expectante aguzando el oído con un frío terror subiendo por sus tripas reventando su corazón y estallando finalmente en la base de su nuca. Se cortaba su respiración esperando que saltara el contestador automático y escuchar la amada voz informando de su ausencia, pidiendo suavemente, amablemente que dejaran el mensaje que pronto responderían a la llamada. Y lloraba, lloraba con sollozos amargos, largos, desesperados...

Ante los dulces tonos de aquella voz grabada, su mente quedaba colgada del recuerdo y como un autómata lanzaba sus manos a la búsqueda de la botella de Bourbon medio vacía que rodaba sobre la alfombra del dormitorio donde se acumulaban vasos de café y ceniceros llenos de colillas.

Llevaba dos semanas sin salir de aquel cuarto. Regresó del entierro de Isabel y se encerró allí. Se regodeaba en su dolor como un cerdo en su propia mierda; quería vencer la angustia que lo mataba con sus propias armas: angustia contra angustia, dolor contra dolor. Pero los sentimientos eran fuertes y su corazón no daba para mucho más, la ausencia palpable de la mujer dejaba una estela de gritos de amargura y desazón difícilmente silenciables.

La última vez que sonó el teléfono alguien esperó a que saltara la invitación a dejar el mensaje. Reconoció la voz de Miguel que insistía angustiado en su demanda:

Emilio coge el teléfono. ¡Sé que estás en casa, por favor coge el teléfono!. Tienes que responder Emilio. Pasaré a verte dentro de media hora, si no abres la puerta llamaré a la policía ¿me oyes?.Sabes que lo haré.

Sonó el chasquido del teléfono al colgar y el toque acústico corto que indicaba un nuevo mensaje. Se volvió boca arriba en la cama y se quedó contemplando el techo. Le costaba trabajo fijar la vista sin que todo el cuarto le diera vueltas y subiera por su estómago la punzada de algo caliente que intentaba salir por su boca.

El olor a cable quemado inundaba toda la habitación, casi toda la casa. Podía haberse electrocutado cuando arrojó el vaso lleno de licor contra la pantalla del ordenador. Había saltado el diferencial y la casa estaba a oscuras de día y de noche. Ni siquiera había abierto el frigorífico desde entonces; no había comido nada en los dos últimos días sólo había tomado café y licor. En el suelo estaban dispersos todos los disquetes que había encontrado en el despacho de su mujer; miles de hojas repletas de letras, la agenda llena de anotaciones.

Hacía dos días que había decidido vengarse del ordenador por haberle ocultado tantas cosas que le podían haber ayudado a conocerla un poco mejor, a haber entendido un poco más lo que había en la mente de la mujer que compartía su vida desde hacía más de diez años, y le estrelló un vaso lleno de alcohol en plena pantalla haciendo saltar el vidrio en todas direcciones.

En ella había amado con locura lo conocido y podría haber amado lo desconocido si ella se lo hubiese pedido... ¿por qué?. Él podía haberla ayudado a superar el mal momento por el que pasaba o es que... ¿realmente se había enamorado de otro?. Por qué nunca le contó lo que hacía y... lo peor ¿por qué él nunca le había preguntado lo que hacía, lo que escribía?.. ¿A quién y por quién escribía?..

Le dolía el alma de tanto leer las hojas del suelo; tomaba una y la leía, la dejaba caer y cogía otra, así una y mil veces. Se sabía de memoria lo que ponía en ellas. Tenía que saber a quién había escrito su mujer todas las cartas de amor que había en el suelo. Tenía que descubrir quien era el usurpador, quien lo había privado de la plenitud del amor de la mujer. ¡Dios!. ¿Para quién era lo que había en el coche la noche en que murió?. Los celos lo habían vuelto loco aún más que el dolor por la pérdida. Era terrible la tortura del doble sentimiento de amor y odio que le provocaba el recuerdo.

Se levantó lentamente, estaba dispuesto a encontrar las respuestas a todas aquellas preguntas, no podía quedarse de brazos cruzados dejando pasar el tiempo, ya encontraría las fuerzas para enfrentarse a lo que viniera de esa investigación, no descansaría hasta dar con la verdad pero... ¿dónde estaba la verdad?.

Entró en la ducha y se revolvió como un animal cuando el agua tocó su piel; le hacía daño, le lastimaba el roce del agua caliente y cambió de un golpe a la fría. Saltó en la bañera y contuvo la respiración mientras el agua helada bajaba por su espalda y su pecho. Apenas se secó, necesitaba ayuda para afrontar el lacerante dolor que taladraba sus sienes, la resaca había dejado un color ocre en la piel de todo su cuerpo y un fuerte sabor a basura en su boca. Se afeitó y cepilló los dientes mecánicamente. Volvió al dormitorio y buscó en su mesilla de noche sin encontrar nada que pudiese aliviarle. Se dirigió a la de su mujer y la abrió lentamente; ella tendría algún analgésico, seguro. Sintió de nuevo la tenaza del dolor cernirse a la boca de su estómago y sus manos se humedecieron al contacto con el tirador del pequeño cajón. Tenía miedo... ¿a qué?. Sentía que estaba violando algún código de decencia al hurgar, al inmiscuirse en el mundo arcano de su mujer. Bueno, algún día tendría que afrontar la verdad y deshacerse de todas las cosas que le habían pertenecido, tendría que llamar a su cuñada para que se hiciera cargo de las posesiones físicas e intelectuales de la adúltera. ¡Maldita y amada puta!.

Cerró los ojos y con un esfuerzo sobrehumano abrió aquel cajón, levantó bisutería, pañuelos, hasta dar con los analgésicos. Al levantar la caja sus ojos tropezaron con un sobre doblado sin remite y sin dirección. No podía entender lo que sentía pero notaba, presagiaba que iba a comenzar a desenrollar la madeja. Pronto sería su décimo aniversario de boda ¿o había sido ya?, lo recordó de golpe, como una sonora bofetada en plena boca al ver la alianza de su mujer abandonada en el fondo del cajón. ¡Maldita, maldita, maldita seas Isabel!.

Con los dedos agarrotados por el temor y la vergüenza que sentía al violar los secretos de la muerta, desdobló la cuartilla y la leyó:

Queridísimo Miguel, está cerca el día en que podamos hacer realidad nuestros sueños. Estoy deseosa por terminar esto de una vez, no puedo esperar más, no sé si seré capaz de aguantar un solo momento más.

Por favor, guarda bien las cartas, si las encuentra Emilio estamos perdidos.

Un beso, Isabel.

Se heló su pecho, mejor dicho, se heló toda su vida. ¡Dios, no!. No podía ser... Isabel y Miguel eran amantes. No, tenía que haber un error, Miguel era su amigo. Habían ido juntos al colegio, al instituto y a la universidad. Su propia hermana era la esposa de Miguel, él era de su familia, casi su hermano. No, no, eso no era posible.

La semilla de la duda crecía por momentos, estrangulaba, enredaba sus sentimientos con sus raíces llenas de ponzoña.

Crecía la impaciencia, esperaba ardiendo al mal amigo, a aquel Caín maldito. Miguel llegaría de un momento a otro, lo tendría frente a frente y le iba a aclarar todo de una vez y para siempre.

Sonó el interfono y sin descolgar apretó el botón de apertura. No esperó a que llamase al timbre de la puerta, cuando el hombre salió del ascensor ya lo esperaba con la puerta abierta.

¿Cómo estas Emilio?

Bien, gracias Miguel. Entra.

Miguel lo abrazó fuertemente mientras él notaba como una serpiente venenosa convertida en asco se enredaba en su garganta y la ira le reventaba los ojos. Lo empujó contra la pared mientras cerraba la puerta con un fuerte portazo. Sin mediar palabra se volvió frente a Miguel y descargó su puño como una maza en el pecho del hombre. Éste cayó de rodillas al suelo mirando directamente a los ojos del contrario sin entender qué pasaba. No podía hablar, lo había dejado sin respiración del golpe y de sus manos cayó un pequeño paquete. El otro hombre volvió a golpearlo con saña en la cara y lo pateó en el suelo. Miguel sorprendido intentaba incorporarse sin soltar un solo quejido; el asombro y el dolor no lo dejaban hablar.

Emilio cayó sentado en el suelo frente a Miguel y rompió a llorar como un niño mientras le tendía la nota que estaba sobre el recibidor. Miguel leyó la nota mientras la sangre brotaba por las comisuras de su boca. No dijo nada, acercó su mano al pequeño paquete y lo acercó hasta el hombre que lo miraba con los ojos llenos de desesperación.

Lentamente deshizo el nudo de la caja y abrió el lateral tirando despacio de algo que parecía un libro. Leyó el título y miró con sorpresa e incredulidad al otro hombre, éste le sonrió como pudo mientras se limpiaba la sangre de la boca con un pañuelo.

Pasó una hoja, dos, tres y... allí estaba la dedicatoria:

Mi amor, no sabía qué regalarte para celebrar estos diez maravillosos años que he compartido contigo. Todo mi agradecimiento es poco para ti que has llenado mi vida de ilusión. He pedido a nuestro querido Miguel que me ayudara a realizar un libro con todas las cartas de amor que llevo escribiéndote en secreto desde hace un año, día tras día, espero que este pequeño esfuerzo que he realizado llena de ternura pueda darte una idea de toda la felicidad que me has aportado a lo largo de estos diez años.

Tu esposa que te ama, Isabel.

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21/6/10

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INÉS

Fui romántica desde pequeñita. Desde mi infancia me enseñaron a esperar al príncipe azul, a esperar un futuro de cuento de hadas en donde todo comienza con el final: y fueron felices y comieron perdices.

Siempre pensé que el principio del amor, como el de la materia, es que el amor nunca se crea ni se destruye que, simplemente, se transforma. Se transforma poco a poco, pasando de esa pasión ciega, abrasadora, arrebatadora, dolorosa y gozosa al mismo tiempo de los primeros encuentros a esa otra más tranquila que marca los primeros años de pareja para pasar a otra etapa dentro del amor… ¿cómo llamarla?. Uhhh... ¿de medida tolerancia? de los siguientes. A no querer abrir mucho los ojos porque puedes ver demasiado, es preferible ser ciego a ver con demasiada nitidez las miserias de nuestra pareja, de la persona a la que hemos elegido para compartir toda nuestra vida. Preferimos revestir de rosa la convivencia y dejar pasar inadvertido el aburrimiento que termina corroyendo todo lo que tiene alrededor.

Todo esto, positivo y negativo, también trae consigo algo bueno y es la unión de fuerzas, la sinergia para sacar adelante a los hijos, esos verdaderos frutos de la pasión. Y, finalmente, con los años, pasa a convertirse en conocimiento, en compañía, en necesidad, tranquilidad... creo que en verdadero amor.

Y es aquí, a mis cincuenta y seis años, comenzando el otoño de mi vida y cuando la tranquilidad debería ser mi rutina diaria, es aquí digo, donde todos los principios, creencias y experiencias se me han roto, no me sirven de nada, en todo caso únicamente sirven para acrecentar las dudas en mi mente y la angustia que pesa en mi corazón.

Lo conocí, como canta ese bonito bolero, en tiempo de cerezas. Era un día de principios de mayo cuando mi hijo vino con él a casa para recoger no sé qué libro sobre pesca fluvial; tomaron café conmigo y se marcharon rápido. Volví a encontrármelo meses después en una conferencia de la cámara de comercio donde actuaba como ponente en la ronda de la mañana. Me reconoció y vino a saludarme proponiéndome tomar un café después del almuerzo y antes de que se reanudara la sesión de la tarde. Acepté encantada y halagada su propuesta. Al final nos saltamos la conferencia y terminamos hablando de todo un poco hasta bien entrada la noche.

Hermoso, inteligente y, muchos años, tal vez demasiados, más joven que yo. Al principio lo miraba como a un hijo. Me hacía gracia y me halagaba que me prestara más atención de lo normalmente esperado entre dos personas tan lejanas en años y experiencias y también porque me recordaba mucho a Diego, mi hijo pequeño y de su misma edad.

Yo soy mujer provinciana, sencilla y despierta con algunos “refinamientos” a fuerza de lectura y mucha voluntad. Casada desde muy joven, desde casi toda mi vida y con dos hijos, un marido bueno y trabajador y una posición económica saludable. De él lo único que sabía es que era un joven de treinta años, recién casado y padre de una pequeña criatura de poco más de un año. Tenía una aceptable posición económica pese a su juventud. Hijo de familia acomodada, educado en un colegio de curas, con unos sólidos principios religiosos y un futuro brillante delante de él.

Dos vidas que corrían paralelas pero sin imaginar siquiera que podrían encontrarse en algún momento. Dos personas realizadas, protegidos con la sonrisa benévola de la vida, bendecidos por los hados ¿verdad?. Pues bien, nadie nos contó ni nos preparó que el corazón no entiende de edades ni de principios ni compromisos, que todo eso está en nuestra mente y que el corazón es independiente y va a lo suyo, nos idiotiza, nos anestesia el conocimiento y lo único que hace es tiranizarnos haciendo que olvidemos todo lo que habíamos construido hasta ese momento en nuestra vida, olvidar nuestras creencias, nuestras bases morales. Nos crea necesidades fuertemente espirituales pero aún con mucha más intensidad físicas. La necesidad del tacto de unas manos, del olor de la piel cuando hierve de deseo, de miradas que lo dicen todo sin abrir la boca. Los dos sabíamos que algo ocurría.

Sí, éramos conscientes de que algo ocurría pero no queríamos romper la magia de nuestros encuentros hablando de los sentimientos, no pretendíamos ocultarlos solo que sabíamos que si hablábamos de ellos el cristal se rompería y tendríamos que ponerle palabras a algo tan sutil, tan frágil, tan difícil de explicar, que las palabras ensuciarían el sentimiento dotándolo de un significado y, a mi edad, ese significado era una herida en mi alma, en mi alma de mujer de cerezas maduras.

Siempre acudí a las palabras, siempre las respeté, me defendí, me realicé con ellas, las amé en definitiva, pero era difícil hablar de lo que ocurría en nuestros corazones. Queridas palabras. Ahora las temía como a enemigas, era consciente de que me podían hacer tanto daño que la única forma de callarlas era ahogándolas de silencio.

Seguíamos viéndonos con excusas banales, nos divertíamos juntos y buscábamos el encuentro pero nunca llegábamos a tocarnos. Las mariposas corrían locas por nuestros estómagos el escaso tiempo que podíamos compartir. Nos mirábamos a los ojos, nos reíamos utilizando medias palabras; recurríamos a nuestra fina ironía y a la retórica para buscar el momento de consumar la pasión, el momento que deseábamos y temíamos, y al que nunca le poníamos fecha. Teníamos un pacto no verbal y sólo hablábamos de nosotros, intentábamos no tocar la parte compartida de nosotros mismos, nunca habíamos hablado claramente sobre este punto pero lo dábamos como sobreentendido. Él me hablaba de sus sueños, de sus proyectos, de cómo disfrutaba viendo crecer a su criatura pero nunca hablaba de su mujer. Yo le decía que me hubiese gustado nacer treinta años después y tener ahora toda la vida por delante, le hablaba de todo lo que me había perdido por ser ya tan mayor, por haber dedicado toda mi vida a mi familia (de lo cual no estoy arrepentida pero creo que debía de haberlo compaginado con una profesión). Hablaba de mis hijos, de mi soledad acompañada, pero tampoco hablaba de mi compañero. Sabíamos que les estábamos faltando en lealtad que no en fidelidad pues aún no nos decidíamos, no estábamos siendo leales con las promesas realizadas en su día, pero cada uno respetaba al compañero del otro por encima de todo, o eso era lo que creímos cuando buscábamos la excusa y el momento de vernos. Ahora, con la distancia de los hechos, comprendo que la fidelidad no es lo importante en la pareja sino esa lealtad que no supimos respetar. Hacíamos lo imposible por evitar conocer a nuestras parejas, por hablar de ellas o referirnos a ellas, nuestro mundo era sólo nuestro, ellos no existían en esos momentos llenos de magia. Llegábamos a falsear la realidad para descafeinarla, para hacer ver al otro que nuestra vida fuera de su compañía era algo anodino, rutinario, sin importancia, que era algo que había que cumplir por obligación, que vivíamos sólo para nuestros encuentros. Los dos nos estábamos engañando porque la realidad era muy distinta. En casa nos esperaban personas a las que amábamos y que nos amaban; una vida rica y plena de satisfacciones y, a veces, no tanto. Rutina en definitiva pero rutina tan necesaria.

No podíamos seguir así, la pasión que todo lo descoloca nos llevaba a desear ese encuentro carnal que tanto necesitábamos. Mis dudas eran lógicas, no sólo por la desazón que me producía la traición al cuerpo que me había amado toda la vida, sino también por mi propio cuerpo. Ya no era la mujer hermosa que había sido. Las terribles arrugas en mis ojos y alrededor de mi boca; la piel del resto de mi cuerpo ahora era más blanda, con menos tono. Me daba miedo y vergüenza hacer el amor con él a la vez que lo deseaba, aunque el deseo me había vuelto más hermosa a mis propios ojos y también a los de mi esposo. Comenzó a buscarme de nuevo y la angustia de estar mintiendo me asaltaba tras cada encuentro porque mi pensamiento volaba al cuerpo joven del aún no amante. Esa fantasía de ser invadida por el hombre joven y fuerte. El olor sano de su sudor, el sabor fresco de su boca. Soñar con sus embestidas llenas de pasión hacían a mi cuerpo volver a vivir y, a la vez, hundirse en la angustia del remordimiento. Tampoco imaginaba a mi hijo pequeño haciendo el amor con una mujer de mi edad, me sentía ridícula, enferma de dudas. Él tampoco, aunque lo deseaba igual que yo, lo tenía muy claro, me di cuenta de ello hacía pocos días cuando nos habíamos besado por segunda vez en muchos meses. Tuve que pedírselo:

- Bésame, por favor.

Hace apenas tres días y sin previo aviso por su parte, que recibí una carta de él, nada me hacía prever ese desconcierto y ese deseo de terminar la corta relación que teníamos. Una carta tierna y a la vez durísima donde expone porqué me pide que olvidemos esto. Me dice que sus principios morales se tambalean y que no puede vivir con esta angustia. Que comienza a necesitarme en su vida no ya como su compañera de charlas sino como su compañera de cama. Que no está bien lo que estamos haciendo con nosotros mismos y con las personas que elegimos para compartir toda nuestra vida. Que se muere de remordimientos cuando mira a su compañera a la cara sabiéndola ajena a ésta otra pasión que le está matando. Que si ella se entera de que su cuerpo joven y hermoso ya no es suficiente para él le abandonará. Que le perdone, que no es un desprecio hacia mí sino respeto por mí el intentar olvidarme. Trata de explicarme torpemente en su carta todo lo que ha sentido en estos meses a mi lado. Que lo que siente se acerca mucho más al amor de lo que él nunca había imaginado. Que está llorando su dolor al escribirme esta carta y que le va a costar la locura olvidarme. Pero tiene que olvidarme.

Mis manos tiemblan como el papel cada vez que tomo su carta en ellas. La releo una y mil veces. Debería sentirme patética en esta situación después de lo que ha pasado hoy pero no lo siento, sé que me ama, sé que me desea pero, también sé, que esa pasión puede destruirnos. Me da vergüenza que alguien tan joven me haga ver lo que yo tenía que haber visto por mis años, que es una locura involucrarse en una historia que no nos conduce a nada. Pero no puedo dejar de soñar con él, en desear volver a verlo, encontrarlo en todos mis sueños y que en ellos consumo mi pasión amándolo. Sin él nada tengo. Mis principios me están dejando de importar, mis circunstancias me molestan y solo deseo alejarme, correr, correr hasta donde mis fuerzas me lleven y agotarme hasta olvidarme de todo.

Hoy he sido yo la que ha decidido olvidar aunque sé que no es olvido lo que encontraré si acaso lo consigo. Hoy mi corazón se ha cerrado en un portazo de dolor y desesperación. Hoy me he visto a mí misma, como realmente soy, como realmente estoy. Por fuera una mujer madura, respetada esposa y madre. Por dentro una niña sola frente a la tempestad. Una niña perdida y asustada en la tormenta que ve como su tren se marcha dejándola sola en la estación desierta.

Pasaba cerca de la oficina donde trabaja mi esposo cuando el coche comenzó a dar problemas. No me decidía a entrar y hablar con él y llevarme su coche o ir directamente a un taller. Estaba en esos pensamientos cuando pasé justo por la puerta miré el reloj y decidí que mejor entraba a dejar el coche, apenas quedaba media hora para la salida de la oficina y los dos podríamos ir al taller. Y entré. Su secretaria me informó que estaba saliendo de una reunión con su nuevo ayudante, que esperara en su despacho. Así lo hice.

Al momento apareció una chica joven, de unos veintiocho a treinta años. Bonita, con una sonrisa hermosa de dientes pequeñitos. Llevaba un café en una mano y se dirigió a mí alargando la otra para estrechar la mía:

Hola, usted debe de ser la esposa de Hilario. Soy Cristina, la nueva ayudante de su marido. Y estoy encantada de conocerla, Hilario me ha hablado mucho de usted, tanto que no me ha sido difícil reconocerla.

Gratamente sorprendida alargue mi mano para tomar la suya sin dejar de admirar su bonita presencia.

¡Oh, sí!, gracias eres muy amable. Tutéame, por favor, tampoco soy tan vieja.

¡Qué chica más amable!. Las dos sonreímos. Me ofreció un café que yo acepté encantada y tomé nota para hacer muchas preguntas a mi marido sobre ella. Era culta, agradable y resuelta. Mi marido se veía satisfecho por su fichaje. Ella salió del despacho un poco nerviosa, como si esperara a alguien. Hilario me contó lo inteligente que era y lo bien que habían conectado profesional y personalmente. Yo le dije que tenía que invitarla a nuestra casa a comer y de camino presentarle al solterón empedernido y pendón de nuestro hijo mayor a ver si conseguíamos casarlo. Cristina era la candidata ideal. Hilario se reía con burla de mi propuesta y me sacó de mi estado de euforia confirmándome que la chica era casada. Pensé que era una pena, nos podíamos haber llevado tan bien.

Era la primera vez que reía con ganas en los tres últimos días, pensé que todo estaba volviendo a su cauce. El tiempo todo lo coloca en su sitio y un atisbo de esperanza volvió a mí. Hoy le volvería a llamar, sí, estaba decidida a hablar con él de nuevo. Quería… bueno, no sabía muy bien lo que quería pero necesitaba acariciar sus manos de nuevo y decirle cuanto le quería, cuanto le necesitaba.

Estaba sentada en un sillón del despacho de espaldas a la puerta de entrada. De pronto supe que lo tenía detrás de mí sin haberle oído entrar, supe que estaba allí porque las terminaciones nerviosas de toda mi piel me lo avisaron. Supe que estaba allí porque podía olerlo, podía verlo sin necesidad de volverme a mirarlo. Me levanté lentamente y me volví hacia ellos que estaban parados y sonriendo bajo la puerta. Me invadió una angustia infinita, antigua, demoledora. En esas milésimas de segundo mientras me giraba para mirarlos a la cara supe que lo había perdido para siempre, supe que tenía que olvidarlo. Supe que quería morirme.

Cristina le apretaba la mano entre las suyas y con los ojos llenos de ilusión, de amor, de juventud y de orgullo lo miraba. Casi lo arrastraba hasta nosotros y él también sonreía.

La joven orgullosa nos miró rebosando satisfacción y cruzó las presentaciones:

Hilario, Inés. Este es mi marido, Ángel.

Me compuse como pude, disimulando el sudor frío que me recorría el cuerpo en ese momento. Estiré mi brazo para ofrecerle la mano. No le escuché saludar, ni siquiera sé si fue capaz de decir algo, yo ya no oía, el dolor aullaba dentro de mí, pitaba en mis oídos como los gritos del silencio, de un silencio que me repetía:

Tienes que olvidarme.

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7/6/10

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LOLA

Dicen, y estoy segura de que es muy cierto, que a lo largo de nuestra vida vamos recibiendo influencias, conscientemente o no, de todas las personas que pasan por ella y que van dando forma, modelando de alguna manera, nuestra personalidad. Estas influencias, algunas veces positivas y otras veces no tanto, nos llegan de personas que, de una forma u otra, nos han impactado; a las que hemos admirado por distintos motivos. Son personas a las que hemos, como ya he dicho antes, envidiado, admirado e incluso emulado y, a algunas, también querido. Esas personas que pasan con el tiempo al archivo definitivo de nuestra mente, han aportado algo importante a nuestro carácter, a nuestra personalidad, para bien o para mal y nos guste o no. A veces ni siquiera somos conscientes de su influencia.

Cuando tomo como propio el nombre de Lola – evidentemente no es el mío - bien como seudónimo (Lola Humo), o bien para relacionarme con gente desconocida a la que no tengo porqué decir mi nombre verdadero, lo hago porque una vez existió en mi vida una mujer que se llamaba así y que creo que, sin ningún tipo de vergüenza ni de duda , su influencia ha sido importante, más bien muy importante, pues me ha hecho pensar y actuar de formas muy diversas a lo largo de mi vida, incluso plantearme otras formas de vivir y de ser más tolerante y respetuosa con los que me rodean.

En algunos momentos me cuesta entender y aceptar que Lola fuese lo que era; una puta. Me entra el mal rollo durante algunos segundos, menos mal que son pocos. El mal sentimiento y los pensamientos negativos o el rechazo que ello me pueda producir algunas veces, se convierte en admiración y agradecimiento muchas otras.

La conocí en la primavera del año 85; en ese momento compaginaba mi trabajo en la radio con otros que me reportaban más beneficios económicos y que me permitían vivir muy bien además de pagarme algunas clases de los temas más peregrinos y el apartamento para mí sola que tenía alquilado - mi madre llegó un momento en que se negó a hacerlo; estaba harta de mí - .

Como iba diciendo, aquel año me llamaron del Ayuntamiento de la ciudad para trabajar en los Servicios de Beneficencia (creo que ya te he comentado que cursé estudios sanitarios y no llegué a terminar ninguno de los proyectos de estudios que inicié en mi juventud). Acababa de finalizar un curso de Drogodependencias y Alcoholismo y había solicitado trabajo para Hospitales de día pero me llamaron para trabajar con marginales (drogadictos, desarraigados, gente extraña...) y acepté. No podía imaginar en aquel momento lo que me esperaba en aquella zona. Garcilaso, el chico que hacía el padrón por las zonas de riesgo de la ciudad, me ayudó bastante al principio; una no llega nunca a acostumbrarse a esa forma de vida tan desquiciante (por decirlo suave) desde la perspectiva de la propia. Yo, tan aseada, tan escrupulosa y tan delicada, tuve que familiarizarme con putas, proxenetas (chulos en el lenguaje de la calle), chaperos, yonquis, chorizos y todo lo peor de la fauna marginal.

Un día me llamaron para realizar una inspección en un patio o casa de vecinos, dedicado a la prostitución; una casa de putas para ser más clara. Allí descubrí todo un mundo; fascinante y terrible al mismo tiempo. Había una mujer sentada en una silla que se mecía y canturreaba nanas mientras peinaba a una muñeca que abrazaba como a una hija. Me acerqué a la mujer y descubrí que su cabeza estaba en bastante mal estado, tenía que intentar hablar con ella, intentar darle conversación para ver si sacaba algo en claro o eran necesarios otros servicios de apoyo psicológico para la mujer. Así fue como conocí a “la Chumbito”. La llamaban así porque la pobre desgraciada había padecido viruela en su juventud y tenía marquitas por todo el cuerpo, igual que un chumbo aunque, la verdad, tenía la carita tan redonda que más bien parecía un plato de lentejas. La Chumbito estaba absolutamente colgada, era una prostituta casi joven, alrededor de cuarenta años, y muy maltratada a causa de las enfermedades inherentes a su profesión por no decir claramente que padecía un Chancro que le estaba minando el sistema nervioso y la había dejado sin dientes, desde hacía más de quince años. Al rato de intentar hablar infructuosamente con ella y no conseguir más que recibir la vaharada fétida de su aliento, apareció – apiadándose de mí- la “Madame” del patio; una mujer de una delgadez extraña; una mujer de huesos tremendamente finos y una palidez nacarada que le hacía brillar la piel. Era de mediana estatura, de la que se desprendía un olor rarísimo que no era desagradable, qué va, y de edad difícil de calcular. No tenía aspecto de puta y vestía, con bastante gusto y pulcritud, un vestido de flores chiquitinas, unos zapatos negros de medio tacón y llevaba el pelo recogido en una coleta; parece como si la estuviese viendo en este momento. La voz de la mujer era suave y tranquilizadora; mientras me miraba de cerca calibrando si era peligrosa o no, le hablaba a la otra mujer suavemente y con tanta condescendencia como si fuese su propia hija. En la voz de La Lola había cariño de verdad y un tono muy parecido a la piedad. Tomó el peine de la Chumbito y comenzó a desenredarle las greñas anaranjadas mientras le susurraba que su hija estaba muy bien, que había escrito desde Barcelona y que pronto vendría a verla. La Chumbito sonreía con su boca apenas sin dientes y miraba a la Lola con mucha ternura.

La Lola me atraía como un imán, sentía una curiosidad que no podía ocultar. La veía andar entre las otras, moverse de un lado a otro y no parecía de aquel mundo, ella era una señora educada y amable. La atracción que sentía hacia la mujer no era nada sexual, más bien era la atracción por lo desconocido; yo sólo tenía veintiún años, creo que era algo entre la curiosidad y el morbo, necesitaba saber quién era esa mujer y porqué producía ese efecto en mí. Yo solo crucé con ella aquel día los saludos de rigor y las preguntas necesarias para saber si la Chumbito necesitaba ir a parar al psiquiátrico.

Me marché de allí una hora más tarde sin ganas y con pesar. Cuando llegué a la oficina le pregunté a Garcilaso por ella y me dijo que lo único que sabía era que llevaba muchos años como dueña del prostíbulo y de toda la casa de vecinos, y que se la veía los domingos en la capilla de la calle San Clemente, en misa de doce.

Pasé toda la semana pensando en la Lola, aquella mujer me gustaba mucho, su acento era como de la parte oriental de la provincia, de Campillo de Arenas o de Noalejo, no sabía muy bien el pueblo pero sí la zona por el deje al hablar.

Como soy tan insistente y mi cabeza nunca para de darle vueltas a las cosas hasta que no consigue salirse con la suya, me dirigí al patio con la excusa de preguntar por la Chumbito.

Recuerdo que era por la tarde porque me encontré con las cinco mujeres tomando café en el patio. La Lola se levantó rápidamente con una sonrisa preciosa y fue a darme un beso. Yo me quedé helada por su muestra de afecto, no estoy acostumbrada a que me besen con tanto aprecio la segunda vez que me ven. Agradecí el beso, aunque parezca mentira, no sentí ningún rechazo a la caricia, ni asco ni nada parecido. El olor de la mujer me envolvió (algunos años después compré el perfume de Lola en un bazar de Rabat y lo conservo aún entre esas cosas que se guardan no se sabe muy bien porqué), era muy dulce y aceitoso, como a canela y menta, o algo parecido. Me invitó a sentarme con ellas y me ofreció un café, eso sí que me produjo cierto temor, más por desconocimiento sobre infecciones que por otra cosa, pero como a ciertas edades se es tan inconsciente, pues acepté la invitación. Algún día me encantará contarte todas las historias de estas mujeres pero ahora me centraré solo en la Lola. Sólo te diré que aquellas mujeres vivían la vida de una forma muy especial, todos los días parecían el último, imagino que cuando se ha perdido todo, hasta la dignidad, se ven las cosas de diferente manera. Aspiraban a sobrevivir nada más, eso es lo que saqué de sus conversaciones y sus comentarios sobre todo lo que se hablaba. Además, siempre hacían algún chiste picante, grosero y de mal gusto cuando yo hablaba de alguna cosa, me interrumpían y me soltaban una fresca, casi siempre insultante. Y la Lola las mandaba a callar y las regañaba bastante seria, imagino que intentaba salvaguardar mi candidez e inocencia (en aquella época casi lo era).

Volví a aquel patio muchas veces a tomar café con Lola, casi todos los lunes durante aproximadamente tres años, nunca nos veíamos ni quedábamos fuera del patio, ella no quería que me viesen con ella y muchas veces me regañaba por darle mi cariño: Una puta no es buena compañía, hija. Pero yo la apreciaba de verdad. Me contó que nació en Cambil (no iba yo muy descaminada), que se casó a los catorce años con un acomodado del pueblo que era mayor que su padre, que tuvo un hijo a los diecisiete y que a los veintidós años se quedó viuda. Nunca me confirmó si le dolió o no quedarse viuda, imagino que no le importó demasiado.

Al principio pudo subsistir con el dinero que había en la casa y cobrando algunos préstamos que había hecho el marido pero que poco a poco se acababa y que las tierras que el hombre había cedido para que cultivasen otros no le eran devueltas, es más, que sus dos cuñados le estaban quitando todo lo que tenía. Cuando quiso darse cuenta se lo habían quitado todo. Su casa y las tierras del marido pasaron a manos de los hermanos sin que ella pudiera hacer nada. Se lo quitaron todo, hasta la dignidad. El cuñado más joven le propuso criar a su hijo y mantenerla en su casa si le concedía algunos “favores”. No se negó y se tragó toda esa porquería para conseguir criar a su hijo lo mejor posible. Así estuvo hasta los treinta años en que murió el cuñado y la mujer de éste la puso en la calle reclamándole la casa. Lola se fue a hablar con el cura de Cambil para pedir ayuda y no quedarse en la calle y con los estudios del hijo sin terminar. El cura le prometió ayuda. Mandó al crío a un internado de Córdoba y tuvo a la Lola a su merced durante otros cinco años en una habitación al lado de la sacristía. No solo se la beneficiaba el cura, sino que también el alcalde y todo aquel que se la alquilara al cura por una noche. Es fuerte ¿verdad?. Un cura proxeneta, ¡lo que hay que ver!.

Con treinta y cinco años y todo lo que pudo robar (que fue bastante) de las colectas y las urnas de los santos, durante todo el tiempo que vivió con el cura, más todo lo que le dio el alcalde y lo que le sacó a los desgraciados que se la pasaron por la piedra, la Lola decidió irse de Cambil y recaló en la capital donde compró aquel patio y se dedicó al ¿innoble? oficio de la prostitución.

Me contaba que se especializó en todas las artes del placer que le enseñaron sus amantes, los queridos y los impuestos por necesidad, más otras que le llegaron a través de sus experiencias con marroquíes que llegaban a Jaén sobre los años cincuenta. Se hizo una experta en todas las variantes amatorias, incluidos el sadomaso y el lesbianismo. Me dijo que no le habían gustado nunca las mujeres pero que no era tan malo hacérselo con una mujer, que era más dulce y menos rudo que hacerlo con un hombre y que le gustaba acariciarles la piel. Lo que sí le gustaba era hacer el amor con dos hombres a la vez, si había algo que la emputecía de verdad, era eso.

Tras conocer todo el pasado de Lola y el porqué de su profesión la llegué a querer mucho, ella me aconsejaba con respecto a muchas cosas y muy bien, te lo aseguro. Llegué a tener un montón de aprecio a la Lola, tenía con ella una confianza muy grande, tanto que, muy a su pesar porque ella no quería, llegué a sacarle ciertos trucos amatorios cuando se pasaba con el anís y con el licor 43, que era lo más fino que se bebía en su casa. Cuando las copas la hacían hablar y se ponía graciosa me decía aquello de: hija mía, el día que elijas hombre fíjate muy bien en lo que le cuelga. Que sea larga pá que llegue y gorda pá que apriete. Eso mismo digo yo cuando alguien dice que no tiene nada que ver la cantidad con la calidad, casi siempre lo suelen decir los que la tienen pequeña. Los feos también suelen utilizar el argumento de que lo que vale es lo que hay en el interior ¡no tienen morro!. A mí, y a cualquier mujer que sea sincera, me gusta la cantidad en cantidad (valga la redundancia) y la calidad que sea máxima.

Así mantuve mi amistad con aquella mujer, como ya he dicho, durante tres años. Un lunes fui a verla como tantos lunes, y me dijo una de las putas más jóvenes, la Maruja, que se la habían llevado al hospital porque se había puesto muy mala aquella noche. Corrí a su lado con angustia y miedo. Me conocían todas las monjas del hospital porque yo era la novia del sobrino de Sor Matilde, y casi todos los médicos y enfermeras porque había trabajado como voluntaria en el pabellón de crónicos y, la verdad, en aquel momento me daba un poco de corte que me vieran con ella, pero aguanté el tipo, ella era más importante que mi nombre. Cuando llegué me encontré con un hombre de unos treinta y tantos años, muy guapo, se parecía a Lola mucho. Me dijo que era el hijo de Lola, como si no se viera a la legua. Me quedé de piedra, ese hombre no era un cualquiera. Tenía el porte de una persona importante o, al menos, muy cultivada. Le pregunté el nombre, me quedé tan anonadada que no fui capaz de preguntar nada más.

Lola no volvió a recuperar la conciencia, la trombosis la aniquiló. Yo me marché a la emisora y de madrugada me llamaron del hospital y me dijeron que había muerto. Cuando terminé el trabajo me bajé al hospital, su hijo estaba esperándome para que lo acompañara a Cambil para enterrar a su madre y me fui con él. No me dijo absolutamente nada, no cruzó conmigo una sola palabra. Allí solo estábamos los dos en el entierro. Al volver me dejó en la puerta de mi casa y siguió su camino, el coche tenía matrícula de Córdoba.

¡Y lo que es la vida!. Hace dos años estaba en la caseta de Jaén en la feria de abril y llegaron unos amigos con los que habíamos quedado. Mi amigo es cirujano cardiovascular, venían con otro médico del hospital de Córdoba. Cuando me fijé en su cara casi me da un pasmo, era el hijo de Lola. No sé si me reconoció o no, ni me importa, venía con su mujer, muy mona por cierto y más joven que él. Sólo recordé que en el entierro de Lola estábamos los dos solos y él ni siquiera me miró, no era de extrañar que no me reconociera, además ahora estoy bastante pesada y por aquel entonces era más bien ligera de peso. Yo fui amable con él por mis amigos y, tal vez, por su madre, pero creo que Lola pudo vivir de otra manera si el se hubiese hecho cargo de ella cuando consiguió acomodarse. Tampoco voy a ser yo quien lo juzgue, seguro que su conciencia lo juzga todos los días.

Lola forma parte de mi vida como todas las cosas buenas que me han pasado, ella es una de ellas, de las mejores. Los trucos de la Lola los empecé a poner en práctica muchos años después de que me los confesara. Al principio, con la juventud vehemente, no hacen demasiada falta. Hoy, con los treinta y seis a pocos días vista, pienso que se debería de escribir un libro con ellos para que todas las mujeres se conozcan de la misma forma en que se conoció la Lola. Ella podría haber sido una profesora estupenda, con cátedra universitaria incluida.

No pienses que en sus enseñanzas hay algo morboso o escabroso, qué va todo es fácil, nada rebuscado, es tan solo aprender a controlar tu propio cuerpo y el del otro. Si hay mucha pasión se gradúa, si falta ésta en alguna de las dos partes, se busca y se enciende. Es conseguir el “tempo” del placer entre dos para no quedarse a dos velas.

Muchas veces, después de una buena batalla entre las sábanas, o no necesariamente entre sábanas, cualquier sitio es bueno, cuando el estallido de pasión te deja entre la flojera y el sueño, vienen a mi mente dos palabras y la imagen de aquella gran mujer. Esas palabras están llenas de reconocimiento y cariño, es un pequeño homenaje a ella, a “La Lola” y que forman parte de mi vida desde que la conocí: Gracias Lola.

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24/5/10

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ELENA

La niña había dejado de jugar con las muñecas que yacían escondidas en un rincón de su cuarto, ya no quería ser más la mamá de su antes querido pepón, y que ahora dormía abandonado sobre la cuna de palitos de madera que le hizo su hermano mayor. No hacía ya papillas con harina y agua ni le limpiaba los imaginarios pises, los mocos o los restos de papilla a su muñeco mientras lo abrazaba maternalmente y le llamaba cariñosamente cochinito.

Ahora rehuía estar sola con sus muñecas, le daba miedo de sus ojos grandes y redondos que la miraban fijamente; no sabía cómo jugar de nuevo con ellas, no tenía ganas de inventarse fantasías; no quería ser ya mamá ni enfermera ni maestra ni nada. Su hermana sonreía cuando entraba en el cuarto que compartían, veía a todas las muñecas vueltas cara a la pared ajena a lo que ocurría en la cabeza de la niña, pensando quizá que todas las muñecas estaban castigadas por algún nuevo juego de su hermana pequeña.

La niña buscaba la soledad y se escondía entre las paredes de los estantes aún sin enfoscar de la obra que estaban haciendo en su casa; se acurrucaba como un ovillo en los huecos buscando la tranquilidad y el silencio cuando llegaba del colegio y terminaba llorando sin saber muy bien qué le estaba pasando, su entendimiento no llegaba más lejos, hasta que se dormía de cansancio. Muchas veces su hermano mayor la sacó de allí cuando regresaban los albañiles del almuerzo para seguir con el trabajo de la obra y la encontraban dormida como un animalito escondido.

La maestra intuía un cambio en la chiquilla y quería hablar con su madre porque la niña, antes tan jovial y participativa, había dejado de jugar a la hora del recreo en el patio del colegio, no participaba de las actividades y si lo hacía, lo hacía de mala gana. Había dejado de hacer los pocos deberes que le mandaban para casa y los que hacía los hacía mal y sin prestar atención. Su nerviosismo era patente cuando pronunciaban su nombre y la sacaban de su mundo imaginario, entonces, la niña miraba al vacío y esquivaba las preguntas escondiéndose tras alguno de sus compañeros de aula.

Cuando volvía a casa era aún peor, sabía que se encontraría de nuevo con la gente extraña que la rodeaba, tenía que pasar por la puerta de su verdugo y su madre, ignorante de tanto terror, la mandaba jugar con la nieta pequeña de los vecinos de al lado de su casa. Se escondía de todos. Oía a sus hermanos y a sus padres llamarla a gritos a la hora del almuerzo pero ella seguía escondida: en el pajar o en la cámara donde guardaban los aperos de labranza y los embutidos de las matanzas del invierno; escondida entre los sacos de grano y las canastas llenas de lana de oveja aún sin cardar que guardaba su madre para los colchones y las almohadas.

La madre veía como la niña había perdido peso y se negaba a comer en la mesa con el resto de la familia. Había perdido el color sonrosado de las mejillas infantiles que se había cambiado por una palidez verdosa e insana. Los ojillos de la cría no eran capaces de centrarse y quedarse fijos en ninguno de ellos y el brillo febril de éstos asustaron a la madre. La llevó varias veces al médico que la reforzó con vitaminas y calcio, tenía ocho años pero crecía con rapidez y era mejor proveerla de lo necesario para hacerse una hermosa jovencita. No imaginaban nada más.

Su hermana mayor se desesperaba por las mañanas cuando iba a recoger las camas encontrándose con las sábanas mojadas de pis, y en el colchón se había formado el inmenso redondel amarillo difícil de secar en un colchón de lana. Colocaba una manta para que no calara la humedad el cuerpecito de la niña y le escondía a la madre la nueva situación porque temía el regaño y el azote a su pequeña hermana. Escuchaba su respiración agitada durante la noche y los gemidos de sus pesadillas pero no quería darle mayor importancia, tal vez tenía celos del hermanito tardío y recién llegado, y quería llamar la atención de su madre absorta en los cuidados del recién nacido. Ella sólo tenía doce años y tampoco le dio importancia al echo de que la niña se arrancara las pestañas y las cejas hasta dejarlas completamente calvas, suponía que se debía también a los celos.

Nadie podía imaginar el calvario que estaba pasando la niña, nadie se preguntó el porqué de todas sus reacciones, de su soledad y de su silencio. A veces pienso que si las criaturas tan pequeñas fuesen conscientes de lo que es el suicidio y que con él pondrían fin a su tortura, aquella niña se hubiese suicidado sin dudarlo un solo segundo. Sentía tanto terror en su pequeño cuerpo que cuando recordaba lo que le había pasado se le soltaba la tripa hasta hacerse caca en la ropa interior. Ella no quería estar allí, quería diluirse y hacerse invisible para los demás; quería vivir en su universo nuevo, lejos de todos los que pudiesen hacerle daño. Le habían robado su niñez y no sabía dónde se encontraba en ese momento de su vida, ya no volvería a ser una niña, eso lo sabía con adulta lucidez; tampoco era una mujer, entonces ¿qué era?. Le habían robado la inocencia aunque ella no supiera qué quería decir aquella palabra.

Todo sucedió unos meses antes cuando agonizaba el verano. Su vecino la había invitado a dar un paseo en coche junto a la nieta pequeña. En su pueblo aún había muy pocos coches y aquel SEAT 600 azul le gustaba mucho y la ilusionaba poder montar en uno. El viejo le dijo que no dijera nada a su madre porque el paseo iba a ser corto y su mamá igual no la dejaba ir con ellos. La chiquilla le prometió no decir nada a nadie y cuando el viejo se cercioró de su silencio le pidió que lo esperara a la salida del pueblo en un camino de tierra que iba hasta el río. La chiquilla estaba tan nerviosa con la aventura que esperó casi una hora escondida detrás de la pared de una vieja casa en ruinas hasta que vio aparecer el SEAT azul.

El viejo paró el coche y ella se subió en el asiento del copiloto. Tenía el corazón galopando de ansiedad y alegría, pero se dio cuenta rápido de que algo iba mal: la nieta no estaba dentro del coche y preguntó:

-¿Dónde está Marta?

El viejo le argumentó que se había quedado dormida y que la abuela no había querido que la despertara pero, que no importaba, que él iba para el río de todas maneras y que podía acompañarlo si quería. La chiquilla se tranquilizó cuando el viejo vecino le lanzó una sonrisa.

La niña continuó el camino curioseando feliz mirándolo todo a un lado y a otro de la carretera. Cuando llegaron al río saltó rápido del coche para buscar ranas en los remansos que se formaban a los lados del río, y cualquier otra cosa que fuese útil en los juegos de su mente infantil.

En una lata vieja que encontró entre el barro iba metiendo las ranas que consiguió atrapar. Pasó un buen rato de un remanso a otro hasta que el viejo se acercó a ella y le dijo que tenía una cosa que enseñarle, la cría se volvió sin temor a ver qué cosa era aquello que tenía tan interesante y el viejo le pidió que subiera de nuevo al coche porque estaba allí. La chiquilla no dudó en hacer lo que el viejo le pedía y volvió a tomar asiento en la parte delantera. El viejo le dijo que los asientos del coche se iban hacia atrás con un mecanismo de palanca que tenían a la derecha y retrepó el asiento. La niña miraba con curiosidad como se movían los asientos y se deslizaban hacia atrás y manipulando la palanca de su lado retrepó el suyo. El abuelo le dijo que se tumbara a descansar un rato y la criatura obedeció feliz.

Tumbado a su lado comenzó a mirarla de una forma extraña y ella notó cómo la respiración del viejo se hacía más rápida mientras manipulaba algo a través del bolsillo del pantalón. Empezó a halagarla tocándole las rodillas llenas de costras de heridas de juego, a decirle lo bonitas que tenía las piernas y lo guapa que iba a ser de mayor; subió una mano desde sus rodillas hasta las braguitas blancas de punto de ganchillo que le había hecho su abuela y comenzó a acariciarle las ingles. La niña notó cómo se le secaba la garganta por el miedo súbito y a intuir que algo de lo que estaba pasando estaba mal, que algo no funcionaba y que aquello no debería estar ocurriendo, así que intentó apartar las manos del viejo de su inocente cuerpo y bajarse la falda de nuevo pero el cerdo se volcaba encima de ella mientras le inmovilizaba las piernas con una suya. Intentó zafarse pero era imposible, una criatura con apenas ocho años recién cumplidos contra un hombre corpulento y fuerte. El viejo la sujetó por las muñecas y comenzó a besarle la cara, los ojos, intentaba besarle los labios pero la chiquilla retiraba la cara diciendo que no, que por favor la soltara, suplicándole temblorosa y asustada que la llevara a su casa. El ruin animal no la escuchaba, se bajó los pantalones y obligó a la aterrorizada niña a tocarle el asqueroso miembro. Con una sola mano la sujetaba fuertemente por las muñecas para que no se escapara, mientras la amenazaba cruelmente: le gruñía entrecortadamente, que si le decía a alguien lo que estaba pasando mataría a su padre primero y después a su madre, y así a cada uno de los miembros de su familia y que a ella la dejaría viva para que viera como los mataba uno a uno, y que después la llevaría a vivir con él para hacerle aquello todos los días.

Venció la resistencia de la criatura a base de terror y la chiquilla dejó de gritar y se dejó hacer en silencio todo lo que la bestia deseó.

La mente de la niña comenzó a flotar, ya no era ella la que estaba sufriendo todo aquello, vio todo lo que le estaba sucediendo desde otro plano, había conseguido salirse de su cuerpo y miraba desde fuera del coche todo lo que le ocurría a aquella niña laxa que tenía los ojos fijos en el techo y las lágrimas congeladas en las pestañas, que soportaba apenas sin respirar el dolor y las babas, el sudor y el aliento de aquel hijo de puta. La mente de la niña estaba en otro lugar más amable escapando de todo aquello que le estaba pasando a la pobre niña del coche. Ella estaba a salvo en su casa con su familia: jugando con su hermanito pequeño y abrazando a su madre y a su padre; estaba aguantando todo aquel dolor, mordiendo el miedo y aguantando las náuseas por ellos, ella no quería que aquel hombre malo los matase y estaba entregando lo que le pedía por ellos, estaba inmolando su inocencia por los que más amaba.

El viejo cerdo resolló encima de ella como una bestia herida y algo caliente y pegajoso se expandió sobre su barriguita, su pubis y sus braguitas de ganchillo medio bajadas. Cuando el animal recobró el resuello se subió el pantalón y colocó el asiento en su lugar, después le habló sin piedad:

-¿Ves?. No ha sido tan malo, no te ha pasado nada y no hemos hecho nada malo así que no se lo cuentes a nadie. Ya sabes que si le dices a alguien lo que ha pasado te quedarás sin familia. El primero será tu padre.

La niña rompió a llorar desconsoladamente mientras temblaba de miedo intentando cerrar las mandíbulas fuertemente y que sus dientes chocando entre sí no hicieran ruido. Nerviosa ponía su ropa en orden y se secaba las lágrimas a manotazos para no enfadar al viejo. Al final todo había terminado y el viejo cerdo la llevaba de vuelta a su casa. Lo último que vieron sus hermosos ojos antes de marcharse fue cómo las ranas se salían de la lata y saltaban de nuevo hasta el río.

Cuando llegó a su casa se fue corriendo muerta de asco y de angustia al cuarto de baño a lavarse y a quitarse las braguitas; sintió tanto miedo de que su madre pudiera verlas que las metió en una bolsa de plástico para deshacerse de ellas. Se lavó atropelladamente con el jabón negro de su madre, mientras el olor del semen se le metía por la nariz y se gravaba en su memoria para el resto de su vida.

Nerviosa, volvió a sacar las braguitas de la bolsa por si acaso tenía forma de lavarlas pero volvió a ver los churretes de sangre y la humedad gris del semen y decidió que era mejor deshacerse de ellas. Atravesó el corral lleno de animales y salió por el portón trasero de la casa que daba a un arroyo e inmediatamente, al cruzarlo, a un vertedero de basuras y escombros. Cavó un agujero con sus pequeñas manos y enterró las braguitas blancas de ganchillo que le había hecho su abuela. También enterró con ellas su niñez y su inocencia: a partir de aquel día las cosas ya no volverían a ser igual que antes, lo sabía con brutal realismo.

Durante tres años más sufrió el terror de encontrarse a su verdugo día tras día, de soportar sus miradas lascivas y soportar sus fracasados intentos por encontrarla a solas. El miedo a que hiciera daño a los que más quería la seguía manteniendo muda. Se encerró en los libros y en su cuarto lleno de muñecas con las que jamás volvió a jugar y controló su ansiedad cuando el verdugo estaba presente pareciendo más fuerte de lo que en realidad era; era la única defensa que tenía ante la bestia aunque por dentro se estuviera muriendo de miedo. Consiguió salir airosa de todas las intentonas hasta que el viejo marrano se marchó jubilado del pueblo a vivir en otra provincia más cerca de sus hijos. Aquel día el sol volvió a brillar para ella y descansó de nuevo su pequeño corazón. El sentimiento de culpa que arrastraba desde aquel lejano día empezaba a olvidarse ¿Había tenido ella la culpa de lo ocurrido? ¿Qué había hecho mal para que el hombre le hiciera aquello?. Este es un sentimiento muy común en los niños que han sufrido abusos. La chiquilla recuperó poco a poco parte de su vida, su autoestima, y comenzó a sanear su mente que llevaba tres años enferma de terror. Había callado todo el asco y el horror que le había provocado el viejo porque, de alguna manera, ella se sentía culpable y para que sus padres no le faltaran. Era un secreto y no lo diría nunca, jamás nadie sabría nada de lo ocurrido.

Un par de años más tarde su cuerpo floreció y se hizo una mujer; una mujer que ha ido arrastrando las consecuencias de aquella violencia durante toda su vida, pero eso señores, es parte de otra historia.

La mujer madura y hermosa que había contado la indignante historia guardó los folios en una carpeta y se quitó las gafas para dirigirse al público que abarrotaba la sala:

-Bien, señores, con este último caso sobre los abusos a menores, estas jornadas quedan clausuradas. Les agradezco su asistencia y espero que todo lo expuesto pueda ayudarles en su trabajo futuro. ¿Si alguien desea hacer alguna pregunta?.

Unos cuantos asistentes preguntaron y ella respondió profesionalmente a todos de cómo se puede detectar un abuso en una criatura, sea niño o niña. Habló de síntomas y de consecuencias hasta que hubo resuelto todas las dudas.

Cuando se acercaba sola a su coche para marcharse a casa el joven que había estado callado durante toda la exposición, tomando notas y que había puesto cara de asco ante el relato de la doctora, la abordó con sonrisa nerviosa y le espetó:

-Perdone doctora, me gustaría hacerle una pregunta ¿Cómo puede usted saber tanto de la violencia contra los niños?, que yo sepa su rama no es...

La Doctora Fernández miró al joven directamente a los ojos y le cortó secamente respondiéndole antes de que terminara la frase.

-Porque la niña a la que he descrito en ese caso... soy yo.

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