Agenda de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo en el PRIMER SEMESTRE DE 2026

Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el PRIMER SEMESTRE DE 2026

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6/8/10

Swedenborg: Un ensayo de Borges

+Emanuel Swedenborg: Introducción (26 de julio)

+Borges y el misterio de Swedenborg (27 de julio)

+Swedenborg: Infancia, formación y primeros viajes (28 de julio)

+Swedenborg: Actividad pública y política (29 de julio)

+Swedenborg: Actividad científica (30 de julio)

+Swedenborg: Obra filosófica (2 de agosto)

+Swedenborg: Sueños, clarividencia y quehacer teológico (3 de agosto)

+Swedenborg: Reacciones entre sus contemporáneos (4 de agosto)

+Swedenborg: Muerte y seguidores (5 de agosto)

+Swedenborg: Un ensayo de Borges (6 de agosto)

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En su admirable conferencia de 1845, Ralph Waldo Emerson eligió a Emanuel Swedenborg como prototipo del místico. Esta palabra, aunque justísima, corre el albur de sugerir un hombre lateral, un hombre que instintivamente se aparta de las circunstancias y urgencias que llamamos, nunca sabré por qué, la realidad. Nadie menos parecido a esa imagen que Emanuel Swedenborg, que recorrió este mundo y los otros, lúcido y laborioso. Nadie aceptó la vida con mayor plenitud, nadie la investigó con igual pasión, con idéntico amor intelectual y con tanta impaciencia de conocerla. Nadie más distinto de un monje que ese escandinavo sanguíneo, que fue mucho más lejos que Enrico el Rojo.

Como el Buddha, Swedenborg reprueba el ascetismo, que empobrece y puede anular a los hombres. En el confín del Cielo vio a un eremita que se había propuesto ganarlo y que, durante su vida mortal, había buscado la soledad y el desierto. Alcanzada la meta, el bienaventurado descubre que no puede seguir la conversación de los ángeles ni penetrar las complejidades del Paraíso. Finalmente le permiten proyectar a su alrededor una alucinadora imagen del yermo. Ahí está ahora, como estuvo en la tierra, mortificándose y rezando, pero sin la esperanza del Cielo.

Gaspar Svedborg, su padre, fue un eminente obispo luterano, y en él se dio una rara conjunción de fervor y tolerancia. Emanuel nació en Estocolmo a principios del año 1688. Desde niño pensaba en Dios y buscaba el diálogo de los clérigos que frecuentaban la casa de su padre. No deja de ser significativo que a la salvación por la fe, piedra angular de la reforma que predicó Lutero, antepusiera la salvación por las obras, que es prueba fehaciente de aquélla. Ese hombre impar y solitario fue muchos hombres. No desdeñó la artesanía; en Londres, cuando joven, se ejercitó en las artes manuales del encuadernador, del ebanista, del óptico, del relojero y del fabricante de instrumentos científicos. También grabó los mapas requeridos para globos terráqueos. Todo esto sin descuidar la disciplina de las diversas ciencias naturales, del álgebra y de la nueva astronomía de Newton, con el cual hubiera querido conversar, y que no conoció.

Su aplicación fue siempre inventiva. Se anticipó a la teoría nebular de Laplace y de Kant y proyectó una nave que pudiera andar por el aire y otra, con fines militares, que pudiera andar bajo el mar. Le debemos un método personal para fijar las longitudes y un tratado sobre el diámetro de la luna. Hacia 1716 inició en Upsala la publicación de un periódico de carácter científico que hermosamente tituló Daedalus Hiperborius y que duraría dos años. En 1717, su aversión a lo puramente especulativo le hizo rehusar la cátedra de astronomía que el rey le había ofrecido. En el decurso de las temerarias y casi míticas guerras de Carlos XII, actuó como ingeniero militar. Ideó y ejecutó un artificio para trasladar barcos por tierra durante un trecho que abarcaba más de catorce millas. En 1734 aparecieron en Sajonia los tres volúmenes de su Opera philosophica et mineralia. Dejó buenos hexámetros latinos y la literatura inglesa —Spencer, Shakespeare, Cowley, Milton y Dryden— le interesó por su poder imaginativo. Aunque no se hubiera consagrado a la mística, su nombre sería ilustre en la ciencia. Le interesó, como a Descartes, el problema del preciso lugar en que se comunica el alma con el cuerpo. La anatomía, la física, el álgebra y la química le inspiraron muchas y laboriosas obras que redactó, como era de usanza, en latín. En Holanda atrajeron su atención la fe y el bienestar de los habitantes; los atribuyó al hecho de que el país fuera una república, ya que en los reinos la gente, acostumbrada a la adulación de su rey, suele adular a Dios; rasgo servil que no puede ser de Su agrado. Anotemos, de paso, que durante los viajes que realizó, visitaba las escuelas, las universidades, los barrios pobres y las fábricas, y que era aficionado a la música y, particularmente, a la ópera. Fue asesor del Real Negociado de Minas y tuvo asiento en la Cámara de los Nobles. Al estudio de la teología dogmática prefirió siempre el de la Sagrada Escritura. No le bastaron las versiones lati nas; investigó los textos originales en hebreo y en griego. En un diario íntimo se acusa de desaforada soberbia; hojeando los volúmenes alineados en una librería, pensó que sin mayor esfuerzo podía superarlos, y luego comprendió que el Señor tiene mil modos de tocar el corazón humano y que no hay libro que sea inútil. Ya Plinio el Joven había escrito que no hay libro tan malo que no encierre algo bueno, dictamen que Cervantes recordaría.

El hecho cardinal de su vida humana ocurrió en Londres, en una de las noches de abril de 1745. Swedenborg mismo lo ha denominado el grado discreto o grado de separación. Lo precedieron sueños, plegarias, períodos de incertidumbre y de ayuno y, lo que es harto más singular, de aplicada labor científica y filosófica. Un desconocido, que silenciosamente le había seguido por las calles de Londres, y de cuyo aspecto nada sabemos, apareció de pronto en su cuarto y le dijo que era el Señor. Directamente le encomendó la misión de revelar a los hombres, ahora sumidos en el ateísmo, en el error y en el pecado, la verdadera y perdida fe de Jesús. Le anunció que su espíritu recorrería cielos e infiernos y que podía conversar con los muertos, con los demonios y con los ángeles.

A la sazón, el elegido contaba cincuenta y siete años; durante casi treinta años más llevó una vida visionaria, que fue registrando en densos tratados de prosa clara e inequívoca. A diferencia de otros místicos, prescindió de la metáfora, de la exaltación y de la vaga y fogosa hipérbole.

La explicación es obvia. El empleo de cualquier vocablo presupone una experiencia compartida, de la que el vocablo es el símbolo. Si nos hablan del sabor del café, es porque ya lo hemos probado; si nos hablan del color amarillo, es porque ya hemos visto limones, oro, trigo y puestas del sol. Para sugerir la inefable unión del alma del hombre con la divinidad, los sufíes del Islam se vieron obligados a recurrir a analogías prodigiosas, a imágenes de rosas, de embriaguez o de amor carnal; Swedenborg pudo renunciar a tales artificios retóricos porque su tema no era el éxtasis del alma arrebatada y enajenada, sino la puntual descripción de regiones ultraterrenas, pero precisas. Con el fin de que imaginemos, o empecemos a imaginar, la ínfima hondura del Infierno, Milton nos habla de “No light, but rather darkness visible”; Swedenborg prefiere el rigor y —?por qué no decirlo?— las eventuales prolijidades del explorador o del geógrafo que registra reinos desconocidos.

Al dictar estas líneas, siento que me detiene la incredulidad del lector como un alto muro de bronce. Dos conjeturas la hacen fuerte: La deliberada impostura de quien ha escrito esas cosas extrañas o el influjo de una demencia brusca o gradual. La primera es inadmisible. Si Emanuel Swedenborg se hubiera propuesto engañar, no habría recurrido a la publicación anónima de buena parte de su obra, como lo hizo en los nueve volúmenes de su Arcana Caelestia, que renuncian a la autoridad que confiere un nombre ya ilustre. Nos consta que en el diálogo no procuraba hacer prosélitos. A la manera de Emerson y de Walt Whitman, creía que los argumentos no persuaden a nadie y que basta enunciar una verdad para que los interlocutores la acepten. Siempre rehuía la polémica. En su obra entera no se descubrirá un solo silogismo; no hay sino tersas y tranquilas afirmaciones. Me refiero, claro está, a sus tratados místicos.

La hipótesis de la locura no es menos vana. Si el redactor del Daedalus Hiperboreus y del Prodromus Principiorum Rerum naturalium se hubiera enloquecido, no deberíamos a su pluma tenaz la ulterior redacción de miles de metódicas páginas, que representan una labor de casi treinta años y que nada tienen que ver con el frenesí.

Consideremos ahora las coherentes y múltiples visiones, que ciertamente encierran mucho de mila groso. William White ha observado agudamente que otorgamos con docilidad nuestra fe a las visiones de los antiguos y propendemos a rechazar las de los modernos, o nos burlamos de ellas. Creemos en Ezequiel porque lo enaltece lo remoto en el tiempo y en el espacio, creemos en San Juan de la Cruz porque es parte integral de la literatura española, pero no en William Blake, discípulo rebelde de Swedenborg, ni en su aún cercano maestro. ?En qué precisa fecha cesaron las visiones verdaderas y fueron reemplazadas por las apócrifas? Lo mismo dijo Gibbon de los milagros.

Dos años consagró Swedenborg a estudiar el hebreo, para el examen directo de la Escritura. Yo tengo para mí conste que se trata del parecer, sin duda heterodoxo, de un mero hombre de letras y no de un investigador o de un teólogo, que Swedenborg, como Spinoza o Francis Bacon, fue un pensador por cuenta propia (in his own right) que cometió un incómodo error cuando resolvió ajustar sus ideas al marco (framework) de los dos Testamentos. Lo propio les había ocurrido a los cabalistas hebreos, que esencialmente eran neoplatónicos cuando invocaron la autoridad de los versículos, de las palabras, y aun de las letras y trasposiciones de letras, del Génesis, para justificar su sistema.

No es mi propósito exponer la doctrina de la Nueva Jerusalén revelada por Swedenborg, pero quiero demorarme en dos puntos. El primero es el concepto originalísimo del cielo y del infierno. Swedenborg lo explica largamente en este, el más conocido y hermoso de sus tratados, De Cáelo et inferno, publicado en Amsterdam en 1758. Blake lo repite y Bernard Shaw lo ha resumido vividamente en el tercer acto de Man and Superman (1903) que narra el sueño de John Tanner. Shaw, que yo sepa, no habló nunca de Swedenborg; cabe suponer que escribió bajo el estímulo de Blake, a quien menciona con frecuencia y respecto, o, lo que no es inverosímil, que arribó a las mismas ideas por cuenta propia.

En una epístola famosa dirigida a Cangrande Della Scala, Dante Alighieri advierte qué su Commedia, como la Sagrada Escritura, puede leerse de cuatro modos distintos y que el literal no es más que uno de ellos. Dominado por los versos preciosos, el lector, sin embargo, conserva la indeleble impresión de que los nueve círculos del Infierno, las nueve terrazas del Purgatorio y los nueve cielos del Paraíso corresponden a tres establecimientos: uno de carácter penal, otro penitencial, y otro —si el neologismo es tolerable (allowable)— premial. Pasajes como “Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate” (Abandona toda esperanza, tú que entras) fortalecen esa convicción topográfica, realizada por el arte. Nada más diverso de los destinos ultraterrenos de Swedenborg. El cielo y el infierno de su doctrina no son lugares, aunque las almas de los muertos que los habitan, y de alguna manera los crean, los ven como situados en el espacio. Son condiciones de las almas, determinadas por su vida anterior. A nadie le está vedado el paraíso, a nadie le está impuesto el infierno. Las puertas, por decirlo así, están abiertas. Quienes mueren no saben que están muertos, durante un tiempo indefinido proyectan una imagen ilusoria de su ámbito habitual y de las personas que los rodeaban. Al cabo de ese tiempo se les acerca gente des conocida. Si el muerto es un malvado le agradan el aspecto y el trato de los demonios y no tarda en unirse a ellos; si es un justo, elige a los ángeles. Para el bienaventurado, el orbe diabólico es una región de pantanos, de cuevas, de chozas incendiadas, de ruinas, de lupanares y de tabernas. Los réprobos no tienen cara o tienen caras mutiladas y atroces [a los ojos de los justos], pero se creen hermosos. El ejercicio del poder y el odio recíproco son su felicidad. Viven entregados a la política, en el sentido más sudamericano de la palabra; es decir, viven para conspirar, mentir e imponerse. Swedenborg cuenta que un rayo de luz celestial cayó en el fondo de los infiernos; los réprobos lo percibieron como un hedor, una llaga ulcerante y una tiniebla.

El Infierno es la otra cara del Cielo. Su reverso preciso es necesario para el equilibrio de la creación. El Señor lo rige, como a los cielos. El equilibrio de las dos esferas es requerido para el libre albedrío, que sin tregua debe elegir entre el bien, que mana del cielo, y el mal que mana del infierno. Cada día, cada instante de cada día, el hombre labra su perdición eterna o su salvación. Seremos lo que somos. Los terrores o alarmas de la agonía, que suelen darse cuando el moribundo está acobardado y confuso, no tienen mayor importancia. Podemos creer o no en la inmortalidad de las almas, pero es indiscutible que la doctrina revelada por Swedenborg es más moral y más razonable que la de un misterioso don que se obtiene, casi al azar, a última hora. Nos lleva, por lo pronto, al ejercicio de una vida virtuosa.

Innumerables cielos constituyen el cielo que vio Swedenborg, innumerables ángeles constituyen cada uno de ellos y cada uno de esos ángeles es, individualmente, un cielo. Los rige el ardiente amor de Dios y del prójimo. La forma general del Cielo (y la de los cielos) es la forma de un hombre o, lo que viene a ser lo mismo, la de un ángel, ya que los ángeles no son una especie distinta. Los ángeles, como los demonios, son muertos que han pasado a la esfera angélica o demoníaca. Rasgo curioso que sugiere la cuarta dimensión que Henry More ya había pre figurado: los ángeles, en cualquier sitio que estén, siempre miran de frente al Señor. En el orbe espiritual el sol es la visible imagen de Dios. El espacio y el tiempo sólo existen de manera ilusoria; si una persona piensa en otra, ya la tiene a su lado. Los ángeles conversan como los hombres por medio de palabras articuladas, que se pronuncian y que se oyen, pero el lenguaje que usan es natural y no exige un aprendizaje. Es común a todas las esferas angélicas. El arte de la escritura no es desconocido en el cielo; Swedenborg recibió más de una vez comunicaciones divinas que parecían manuscritas o impresas, pero que no logró descifrar del todo, porque el Señor prefiere la instrucción oral y directa. Más allá del bautismo, más allá de la religión profesada por sus padres, todos los niños van al cielo, donde los instruyen los ángeles. Ni la riqueza, ni la dicha, ni el lujo, ni la vida mundana son barreras para entrar en el cielo; ser pobre no es un mérito, una virtud, como tampoco lo es ser desventurado. Lo esencial es la buena voluntad y el amor de Dios, no las circunstancias externas. Ya hemos visto el caso del ermitaño que, a fuerza de mortificación y de soledad, se incapacitó para el cielo y tuvo que renunciar a su goce.

En el tratado del amor conyugal, que apareció en 1768, Swedenborg dice que en la tierra el matrimonio nunca es perfecto, porque en el hombre prima el entendimiento, y en la mujer, la voluntad. En el estado celestial, el hombre y la mujer que se han querido formarán un solo ángel.

En el Apocalipsis, que es uno de los libros canónicos del Nuevo Testamento, San Juan el Teólogo habla de una Jerusalén celestial; Swedenborg extiende esa idea a otras grandes ciudades. Así, en Vera Christiana Religio (1771), escribe que hay dos Londres ultraterrenas. Al morir, los hombres no pierden sus caracteres. Los ingleses conservan su íntima luz intelectual y su respeto a la autoridad; los holandeses siguen ejerciendo el comercio; los alemanes suelen andar cargados de libros y, cuando les preguntan algo, consultan el volumen correspondiente antes de contestar. Los musulmanes nos ofrecen el caso más curioso de todos. Ya que en sus almas los conceptos de Mahoma y de religión están inextricablemente trabados, Dios los dota de un ángel que finge ser Mahoma y que les enseña la fe. Ese ángel no siempre es el mismo. El verdadero Mahoma surgió una vez ante la comunidad de los fieles y pudo articular las palabras: "Yo soy vuestro Mahoma". Inmediatamente se ennegreció y volvió a hundirse en los infiernos.

En el orbe espiritual no hay hipócritas; cada cual es lo que es. Un espíritu maligno le encargó a Swedenborg que escribiera que el deleite de los demonios está en el ejercicio del adulterio, del robo, de la estafa y de la mentira, y que les deleitaba asimismo el hedor de los excrementos y de los muertos. Abrevio el episodio, el curioso lector puede consultar la página final del tratado Sapientia Angélica de Divina Providentia (1764)

A diferencia de lo que otros visionarios refieren, el cielo de Swedenborg es más preciso que la tierra. Las formas, los objetos, las estructuras y los colores son más complejos y más vividos.

Para los Evangelios, la salvación es un proceso ético. Ser justo es lo fundamental; también se exalta la humildad, la miseria y la desventura. Al requisito de ser justo, Swedenborg añade otro, antes no mencionado por ningún teólogo: el de ser inteligente. Volvamos a recordar el asceta, obligado a reconocer que era indigno de la conversación teológica de los ángeles. (Los incalculables cielos de Swedenborg están llenos de amor y de teología.) Cuando Blake escribe “El tonto no entrará en la Gloria, por santo que sea”, o “Despojáos de santidad y cubríos de inteligencia”, no hace otra cosa que amonedar en lacónicos epigramas el discursivo pensamiento de Swedenborg. Blake asimismo afirmará que no bastan la inteligencia y la rectitud y que la salvación del hombre exige un tercer requisito: ser un artista. Jesús Cristo lo fue, ya que enseñaba por medio de parábolas y de metáforas, no por razonamientos abstractos.

No sin vacilación (misgiving) trataré ahora de bosquejar, siquiera de manera parcial y rudimentaria, la doctrina de las correspondencias, que constituye para muchos el centro del tema que estudiamos. En la Edad Media se pensó que el Señor había escrito dos libros, el que denominamos la Biblia y el que denominamos el universo. Interpretarlos era nuestro deber. Swedenborg, lo sospecho, empezó por la exégesis del primero. Conjeturó que cada palabra de la Escritura tiene un sentido espiritual y llegó a elaborar un vasto sistema de significaciones ocultas. Las piedras, por ejemplo, representan las verdades naturales; las piedras preciosas, las verdades espirituales; los astros, el conocimiento divino; el caballo, la recta comprensión de la Escritura, pero también su tergiversación por obra de sofismas; la abominación de la desolación, la Trinidad; el abismo, Dios o el infierno; etcétera. De la lectura simbólica de la Biblia, Swedenborg habría pasado a la lectura simbólica del universo y de nosotros. El sol del cielo es una imagen del sol espiritual, que a su vez es una imagen de Dios; no hay un solo ser en la tierra que no perdure sino por el influjo constante de la Divinidad. Las cosas más ínfimas, escribirá De Quincy, que fue lector de la obra de Swedenborg, son espejos secretos de las mayores. La historia universal, dirá Carlyle, es un texto que debemos continuamente leer y escribir y en el que también nos escriben. Esa perturbadora sospecha de que somos cifras y símbolos de una criptografía divina, cuyo sentido verdadero ignoramos, abunda en los volúmenes de Léon Bloy, y los cabalistas judíos la conocieron.

La doctrina de las correspondencias me ha llevado a la mención de la cabala. Que yo sepa o recuerde, nadie ha investigado hasta ahora su íntima afinidad. En el primer capítulo de la Escritura se lee que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Esta afirmación implica que Dios tiene la forma de un hombre. Los cabalistas que en la Edad Media compilaron el Libro del Esplendor declaran que las diez emanaciones, o sefíroth, cuya fuente es la inefable divinidad, pueden ser concebidas bajo la especie de un ?rbol o de un Hombre; el Hombre Primordial, el Adam Kadmon. Si en Dios están todas las cosas, todas las cosas estarán en el hombre, que es su reflejo terrenal. De tal manera, Swedenborg y la cabala llegan al concepto del microcosmo, o sea del hombre, como espejo o compendio del universo. Según Swedenborg, el infierno y el cielo están en el hombre, que asimismo incluye plantas, montañas, mares, continentes, minerales, árboles, flores, abrojos, peces, herramientas, ciudades y edificios.

En 1758, Swedenborg anunció que, en el año anterior, había sido testigo del Juicio Universal, que tuvo lugar en el mundo de los espíritus y que correspondió a la fecha precisa en que se había apagado la fe en todas las iglesias. Esa declinación comenzó cuando se fundó la Iglesia de Roma. La reforma iniciada por Lutero y prefigurada por Wycliff era imperfecta y no pocas veces herética. Otro Juicio Final ocurre también en el instante de la muerte de cada hombre y es consecuencia de toda su vida anterior.

El día 29 de marzo de 1772, Emanuel Swedenborg murió en Londres, la ciudad que tanto quería, ciudad en que Dios le había encomendado una noche la misión que lo haría único entre los hombres. Quedan algunos testimonios de sus últimos días, de su anticuado traje negro de terciopelo y de una espada con una empuñadura de forma extraña.

Durante sus últimos años su régimen de vida era austero; el café, la leche y pan eran su alimento. A cualquier hora de la noche o del día los sirvientes lo oían caminar por su habitación, hablando con sus ángeles.

Hacia mil novecientos sesenta y tantos escribí este soneto:

Emanuel Swedenborg

Más alto que los otros, caminaba

Aquel hombre lejano entre los hombres;

Apenas si llamaba por sus nombres

Secretos a los ángeles. Miraba

Lo que no ven los otros terrenales:

La ardiente geometría, el cristalino

Laberinto de Dios y el remolino

Sórdido de los goces infernales.

Sabía que la Gloria y el Averno

En tu alma están, y sus mitologías;

Sabía, como el griego, que los días

Del tiempo son espejos del Eterno.

En árido latín fue registrando

Ultimas cosas sin por qué ni cuándo.

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5/8/10

Swedenborg: Muerte y seguidores

+Emanuel Swedenborg: Introducción (26 de julio)

+Borges y el misterio de Swedenborg (27 de julio)

+Swedenborg: Infancia, formación y primeros viajes (28 de julio)

+Swedenborg: Actividad pública y política (29 de julio)

+Swedenborg: Actividad científica (30 de julio)

+Swedenborg: Obra filosófica (2 de agosto)

+Swedenborg: Sueños, clarividencia y quehacer teológico (3 de agosto)

+Swedenborg: Reacciones entre sus contemporáneos (4 de agosto)

+Swedenborg: Muerte y seguidores (5 de agosto)

+Un ensayo de Borges acerca de Swedenborg (6 de agosto)

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Últimos viajes y muerte

La terminación de la obra teológica que coronaría todos sus escritos lo ocupaba totalmente. Aunque tenía 82 años de vida, emprendió su último viaje por el extranjero con el propósito de promover este esfuerzo. Aparentemente sentía que ya no habría de regresar a Suecia, porque se despidió de todos los miembros de la Junta de Minas, de sus amigos y de sus seguidores. Hizo arreglos para que su fiel amo de llaves recibiera una pensión, hizo listas de sus posesiones para que fueran distribuidas y dijo a su viejo amigo y vecino, Cari Robsahm: "No sé si volveré a Suecia, pero puedo asegurarte una cosa, que el Señor me ha prometido que viviré hasta ver publicada en forma impresa la obra en que actualmente estoy trabajando". Se refería al manuscrito que aparecería en 1771 en Holanda, bajo el título de La verdadera religión cristiana.

Un visitante escéptico, pero amistoso, llegó hasta Swedenborg en Amsterdam, mientras se imprimía e informó que el vidente, aunque recargado por los años, trabajaba "infatigablemente, y aun de manera pasmosa y sobrehumana", leyendo las pruebas y devolviéndolas corregidas al editor. Agregó que Swedenborg estaba convencido de que servía, como lo dice la portada del libro, como "siervo del Señor Jesucristo".

Cuando se terminó de imprimir este libro Swedenborg cruzó el Canal y llegó a Londres en septiembre de 1771. Aquí nuevamente alquiló un cuarto en la casa de una familia particular, los Shearsmith, en la calle Great Bath. Aunque su salud declinaba manifiestamente, continuó trabajando en sus libros. Pero en diciembre sufrió un ataque que anuló su capacidad de hablar y lo dejó inconsciente durante la mayor parte de tres días seguidos. Durante enero y febrero recobró gradualmente el habla y volvió a conversar con las personas que iban a visitarle.

Escribió a John Wesley, un destacado ministro inglés de la Iglesia, diciéndole que le agradaría mucho poder conversar con él sobre asuntos religiosos, siempre que. le fuera posible llegarse hasta Londres. Swedenborg había manifestado que sabía, gracias a sus contactos en el mundo de los espíritus, que Wesley estaba muy interesado en hablar con él sobre temas teológicos. Wesley expresó enorme sorpresa entre sus amigos al recibir esta carta, porque según su propia declaración, nunca había hablado a nadie de su interés en la carrera del vidente sueco. Escribió a Swedenborg una carta diciéndole que, en efecto, estaría muy interesado en conversar con él, pero que sería necesario esperar hasta que terminara la gira de seis meses en la que estaba embarcado. Cuando Swedenborg recibió la respuesta de Wesley manifestó que seis meses serían demasiado, porque él entraría permanentemente en el mundo de los espíritus el 29 de marzo de 1772. La sirvienta que atendía al barón Swedenborg durante los últimos meses de su vida, también ha dado testimonio de que su señor había predicho con exactitud el día de su muerte.

Varios amigos visitaron a Swedenborg durante el mes de marzo de 1772, y algunos lo invitaron a que escribiera una declaración final con respecto a la verdad o mentira de la nueva revelación que había fluido de su pluma durante tantos años. Swedenborg respondió agudamente: "No he escrito otra cosa que la verdad; y de esta verdad recibiréis cada día de vuestras vidas más y más confirmaciones, siempre que os mantengáis cerca del Señor sirviendo con fidelidad a El sólo, evitando todas las clases de mal como pecados contra Él, buscando diligentemente en su Palabra, que desde el principio hasta el final da testimonio incontrovertible de la verdad de las doctrinas que yo he entregado al mundo". Y en otra ocasión, respondiendo a una pregunta similar, Swedenborg dijo: "Tan verdaderamente como me ves delante de tus ojos, así es verdadero todo lo que he escrito; y hubiera podido decir más si se me lo hubiera permitido. Cuando entres en la eternidad lo verás todo y, entonces, tú y yo tendremos mucho sobre lo que hablar".

El domingo 29 de marzo de 1772, la señora Shearsmith y Elizabeth Reynolds, la sirvienta, observaban a Swedenborg mientras despertaba de un largo sueño. Les pidió a las mujeres que le dijeran la hora. "Son las cinco de la tarde", le contestaron, "Muy bien —dijo Swedenborg, y agregó—: Les doy gracias. Que Dios les bendiga". Muy suavemente suspiró y ese fue el modo de su muerte.

Seguidores

Muy poco después del fallecimiento, un enérgico londinense llamado Robert Hindmarsh encontró una copia de El Cielo y el Infierno, se convirtió a las enseñanzas de Swedenborg y convocó el primer grupo de seguidores. Reuniéndose frecuentemente en Londres, el grupo de Hindmarsh comenzó a exponer las ideas fundamentales de la teología de Swedenborg. Los seguidores suecos se organizaron bajo la dirección de Johan Rosen y Gabriel A. Beyer, dos destacados intelectuales que habían estado leyendo las obras de Swedenborg durante algún tiempo. En 1784, James Glen, miembro del grupo londinense, llevó a Filadelfia algunos ejemplares de las obras de Swedenborg y el swedenborgianismo en los Estados Unidos data de sus esfuerzos por organizar un grupo de lectores en la ciudad cuáquera y en otros lugares. Aun cuando la cantidad de los seguidores de Swedenborg nunca ha sido multitudinaria, hay grupos adherentes activos en todos los países del mundo.

Las enseñanzas de Swedenborg ejercen una influencia clara y directa sobre todos los que se consideran a sí mismos seguidores de la nueva fe. Los swedenborgianos se dedican al estudio de los escritos teológicos del vidente sueco y procuran poner en practica en sus propias vidas como los miembros de cualquier otro grupo religioso, los principios que profesan creer. La influencia menos tangible —sobre el pensamiento universal— aún no ha sido evaluada a rondo. Los eruditos que ensayan esta colosal tarea muy probablemente concluyan, haciendo eco a las palabras de Arthur Conan Doyle, que se encuentran ante "una de las cumbres del pensamiento humano".

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4/8/10

Swedenborg: Reacciones entre sus contemporáneos

+Emanuel Swedenborg: Introducción (26 de julio)

+Borges y el misterio de Swedenborg (27 de julio)

+Swedenborg: Infancia, formación y primeros viajes (28 de julio)

+Swedenborg: Actividad pública y política (29 de julio)

+Swedenborg: Actividad científica (30 de julio)

+Swedenborg: Obra filosófica (2 de agosto)

+Swedenborg: Sueños, clarividencia y quehacer teológico (3 de agosto)

+Swedenborg: Reacciones entre sus contemporáneos (4 de agosto)

+Swedenborg: Muerte y seguidores (5 de agosto)

+Un ensayo de Borges acerca de Swedenborg (6 de agosto)

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Reacciones de sus contemporáneos

En relación con todo esto resulta interesante registrar la reacción del gran filósofo Immanuel Kant cuando se enteró de los poderes visionarios de Swedenborg. Aunque Kant nunca conoció a Swedenborg personalmente, mantuvo correspondencia con él y también le envió mensajes mediante mutuos amigos. Kant, el gran racionalista, tendía a no creer en testimonios de experiencias místicas, pero los informes repetidos y autorizados con respecto a los poderes sobrenaturales de Swedenborg lo obligaron a reconsiderar su posición. A veces escribía favorablemente, a veces manifestaba una opinión total mente adversa. Sin embargo, hay abundantes testimonios de su interés sostenido en el asunto. Aun su escrito más crítico sobre Swedenborg, Los sueños de un visionario, que apareció en 1766, en el cual Kant procura denigrar a Swedenborg, revela dudas con respecto a los fundamentos de su argumentación. En resumen, Kant debe ser contado entre aquellos intelectos superiores, contemporáneos a Swedenborg, que encontraron difícil explicar de manera satisfactoria la fase teológica de la distinguida carrera del pensador sueco.

Durante los últimos años de la vida de Swedenborg, muchos conocidos de larga data o personas que sólo acababan de trabar amistad con él, escribieron descripciones de la impresión que les había causado la personalidad de Swedenborg. La mayoría pensaba que sus pretensiones eran ofensivas al sentido común y, sin embargo, habiéndolo conocido y habiendo conversado con él, muy pocos podían afirmar que encontraran en su persona algo que no fuera normal. Les dejaba perplejos todo lo que Swedenborg narraba sobre sus encuentros con los espíritus, pero en todo lo demás daban testimonio de su carácter suave y amable, de su buen humor y del aspecto benigno y tranquilo de su persona. A veces, cuando los visitantes intentaban burlarse de sus visiones, Swedenborg reaccionaba de manera cortante y aguda, pero en general era un huésped ideal.

En 1768, cuando tenía 80 años de edad, pero aún mantenía una perfecta salud física y mental, Swedenborg partió para su penúltimo gran viaje en esta tierra. Muchos viajes anteriores lo habían llevado a las diversas naciones de Europa, incluyendo Italia, Francia, Alemania, Holanda e Inglaterra. En esta ocasión visitó primero Francia y después Inglaterra, donde se alojó con una pareja joven en Wellclose Square, Londres. Durante el verano ocupó largos días en la composición de su última gran obra teológica, un estudio en dos volúmenes que titularía La verdadera religión cristiana. También disfrutaba de frecuentes paseos por los parques cercanos a su residencia, de conversaciones con conocidos y de la visita a amigos. Alguien que lo conoció íntimamente durante este último período de su vida dijo: "Algunos podrán pensar que el asesor Swedenborg es un excéntrico, pero la verdad es todo lo contrario. Era de fácil y agradable compañía, conversaba sobre cualquier tema que se presentara y solía acomodarse a las ideas de su interlocutor; nunca hablaba de sus doctrinas a menos que se le hubiera preguntado por ellas".

En 1769 regresó a Suecia, en parte para responder a las acusaciones de herejía que habían levantado contra él algunos de los prelados de la Iglesia Luterana del Estado. Corresponsales amigos le ha bían informado que sus escritos eran el tema de una gran controversia en el Consistorio de la Iglesia que se había reunido en Gotemburgo. Por esta época varios de los escritos de Swedenborg habían sido traducidos al sueco y había laicos y sacerdotes de la Iglesia Luterana que se consideraban sus discípulos y defendían los puntos de vista que presentaba en sus libros.

En septiembre de 1768, un pastor rural precipitó un debate decisivo, al introducir un proyecto de resolución que reclamaba medidas para detener la circulación de las obras que divergían con los puntos de vista del luteranismo. El pastor dirigía su ataque especialmente contra los escritos de Swedenborg. Aunque algunos miembros del consistorio insistieron en que no se tomara una decisión hasta que todos hubieran leído detenidamente las obras de Swedenborg, el Deán Ekebom, el prelado de más alto rango, anunció que según su examen las obras de Swedenborg eran "corruptoras, heréticas, injuriantes y en alta medida objetables". Aunque confesó que no había leído detenidamente ninguna de las obras de Swedenborg, excepto el libro titulado El Apocalipsis Revelado, concluía que las doctrinas de Swedenborg sobre la naturaleza de Dios, la Biblia, la Santa Comunión, la fe y otras enseñanzas fundamentales, debían eliminarse por ser peligrosas para las concepciones religiosas establecidas. Acusó a Swedenborg de socinianismo, o sea de negarse a aceptarla divinidad de Cristo.

Al enterarse de estas acusaciones, Swedenborg replicó por escrito vigorosamente, asumiendo su propia defensa. Le molestaba particularmente la acusación de socinianismo y escribió: "Para mí, la palabra sociniano es directamente un insulto y una diabólica burla". Una de las líneas de argumentación teológica más cuidadosas de Swedenborg es la que rechaza precisamente el socinianismo y acepta a Cristo como Dios sobre la Tierra.

La disputa se hizo candente en poco tiempo y alcanzó dimensiones políticas cuando el asunto fue llevado a la Dieta Nacional. El consejero legal del Deán Ekebom, fiscal principal de la causa, solicitó que se tomaran las medidas más enérgicas para "ahogar, castigar y erradicar de manera total las innovaciones y descaradas herejías del pensamiento swedenborgiano, que nos asedian todo alrededor nuestro (...) de tal manera que el jabalí que nos devasta y la bestia salvaje que nos acosa pueda ser expulsada definitivamente de nuestra tierra con brazo poderoso". El Consejo Real, designado por la Dieta, presentó un informe en abril de 1770. Los opositores a Swedenborg obtuvieron prácticamente todo lo que pedían. Se ordenó a los clérigos que compartían las ideas de Swedenborg que no las predicaran más; y los funcionarios de aduana recibieron el encargo de detener la circulación de los libros de Swedenborg y requisarlos, a menos que el Consistorio más cercano a su sede otorgara autorización para el libre tránsito. Fueron las propias palabras del Consejo Real que se "condenaba, rechazaba y prohibía la doctrina teológica contenida en los escritos de Swedenborg".

Mientras la disputa prosiguió durante tres años más, Swedenborg siguió protestando la decisión del Consejo y peticionó personalmente al Rey por una revisión del proceso. El Consejo Real refirió el asunto a la Corte de Apelaciones de Gótha, la que solicitó a varias universidades, incluyendo aquella en donde se había graduado Swedenborg, la de Upsala, un estudio concienzudo de las ideas de Swedenborg. Las universidades, en su totalidad, declinaron esta tarea. No encontraban nada objetable en los escritos de Swedenborg, pero, por otro lado, no querían poner a los obispos y al mismo consistorio de la Iglesia en situación de ser acusados por falso testimonio, la única forma de eliminar los cargos formulados contra Swedenborg. El asunto, poco a poco, fue perdiendo interés. Algunos clérigos seguían predicando las doctrinas de Swedenborg; la mayoría se plegó a la decisión de sus autoridades eclesiásticas. Emanuel Swedenborg siguió escribiendo y hablando con toda libertad durante los pocos años de vida sobre la tierra que le quedaban.

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3/8/10

Swedenborg: Sueños, clarividencia y quehacer teológico

+Emanuel Swedenborg: Introducción (26 de julio)

+Borges y el misterio de Swedenborg (27 de julio)

+Swedenborg: Infancia, formación y primeros viajes (28 de julio)

+Swedenborg: Actividad pública y política (29 de julio)

+Swedenborg: Actividad científica (30 de julio)

+Swedenborg: Obra filosófica (2 de agosto)

+Swedenborg: Sueños, clarividencia y quehacer teológico (3 de agosto)

+Swedenborg: Reacciones entre sus contemporáneos (4 de agosto)

+Swedenborg: Muerte y seguidores (5 de agosto)

+Un ensayo de Borges acerca de Swedenborg (6 de agosto)

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Sueños y visiones

Durante los años 1744 y 1745 experimentó una serie de sueños y visiones que lo conmovieron profundamente. A veces sentía temor, a veces euforia, al reflexionar sobre estas experiencias. Fueron años inquietos, perturbados, que él mismo nunca pudo explicar satisfactoriamente y respecto de los cuales guardó silencio frente a otros, aunque sus experiencias están registradas meticulosamente en sus Diario de sueños y Diario de viajes. Volvió a estudiar la Biblia y comenzó la composición de un libro sobre el tema de La adoración y el amor de Dios.

En abril de 1745, fue sujeto de una experiencia penetrante. Estaba en Londres y cenaba en la hostería donde frecuentemente tomaba sus comidas, completamente solo en el comedor. Notó que la habitación de manera repentina se oscurecía. Entonces tuvo una visión y un aparecido le dirigió la palabra. Cuando la habitación volvió a iluminarse Swedenborg regresó a su departamento, profundamente conmovido. Durante esa misma noche volvió a tener la misma visión. Se le apareció un espíritu que le habló de la necesidad de una persona humana que sirviera como medio para que Dios pudiera revelarse nuevamente a los hombres, de manera similar a las visiones que se registran frecuentemente en el Antiguo Testamento.

Swedenborg llegaría a creer que Dios le había llamado para comunicar a los hombres una nueva revelación y desde 1745 hasta su muerte, veintisiete años más tarde, ocupó casi todo su tiempo en agregar escritos teológicos a la ya voluminosa bibliografía de sus obras filosóficas y científicas. Pocas experiencias trascendentales de las que registra la historia humana encierran una pretensión de magnitud tal como la que proclamó Swedenborg.

Los dos años que siguieron a su "llamado", Swedenborg los empleó en realizar un estudio profundo de la Biblia. Escribió unas 3.000 páginas de comentarios inéditos; y preparó un extenso índice bíblico que utilizaría como instrumento en todos sus posteriores estudios teológicos. Perfeccionó sus conocimientos de hebreo y griego, para poder leer los textos sagrados en sus idiomas originales, e hizo una nueva traducción de muchos de los libros tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En 1747, comenzó la publicación de su obra teológica más extensa, Arcana Coelestia. Este estudio sobre los libros de Génesis y Éxodo alcanza a más de 7.000 páginas o unos tres millones de palabras. El subtítulo de esta obra en varios volúmenes afirma que los "misterios celestiales" que contiene están en "las Sagradas Escrituras de la Palabra del Señor revelada" y que se los presenta junto con "algunas de las cosas maravillosas que han sido vistas (por el autor) en el Mundo de los Espíritus y en el Cielo de los Ángeles".

Los escritos teológicos continuarían fluyendo de la pluma de Swedenborg. Escribió ocho volúmenes de comentarios sobre el Apocalipsis y tres obras tituladas La providencia divina, El amor y la sabiduría divinos y Las cuatro doctrinas, es decir, la del Señor, la Sagrada Escritura, la Vida y la Fe. Ofreció un relato testimonial de sus experiencias en el otro mundo en un volumen de carácter descriptivo que se titula El Cielo y sus maravillas y el Infierno. En 1768, publicó un extenso volumen sobre el matrimonio, que se titula Los deleites de la sabiduría en lo que respecta al amor conyugal, después de lo cual siguen los placeres de la insania en lo que respecta al amor fornicario. Otras obras menores se ocupan de una gran variedad de temas.

El quehacer teológico

Hay varios aspectos de la carrera teológica de Swedenborg que vale la pena anotar.

En primer lugar, durante la mayor parte de este período, escribió y publicó sus escritos de manera anónima, y por lo tanto muy pocos, aun entre sus amigos íntimos, conocían la naturaleza de sus estudios teológicos a medida que éstos evolucionaban.

En segundo lugar, Swedenborg invirtió una buena parte de su fortuna personal en la publicación de estos trabajos, ya que ninguna de sus obras teológicas gozó de una circulación significativa. Regaló muchos ejemplares, a clérigos, universidades y bibliotecas, siempre de manera anónima.

En tercer lugar, durante los primeros años de su período teológico, vivió una vida normal, aunque ligeramente recluida. Siendo soltero, pasaba la mayor parte del tiempo con sus libros, por lo general en un pequeño pabellón de verano que mandó construir en la parte posterior del jardín de su casa de Estocolmo.

En cuarto lugar, en la segunda parte de su período teológico, las experiencias que vivió invirtieron drásticamente el estilo del anonimato y reclusión de su vida hasta ese momento, ya que sus obras llegaron a ser ampliamente conocidas en círculos eruditos.

Por último, hasta el final de sus días mantuvo la convicción de que el Señor le había llamado para traer una nueva revelación a los hombres. El cumplimiento de su vocación dependía de su doble existencia, en el mundo espiritual y el natural alternativamente, mientras año tras año se fueron multiplicando sus comentarios.

Poderes y clarividencia

Swedenborg no hizo esfuerzo alguno para formar una nueva secta, ni congregó en torno suyo seguidores que formaran o constituyeran una iglesia. Sus esfuerzos por mantenerse en el anonimato con respecto a su producción teológica duraron hasta 1759. En esa época ocurrió en Suecia un incidente que le proporcionó una notoriedad poco común, y que llevó a muchos a relacionar la persona de Swedenborg con su ya abundante producción teológica anónima y, particularmente, con El Cielo y el Infierno. En julio de aquel año, en la ciudad de Gotemburgo, que se encuentra a cuatrocientos cincuenta kilómetros de Estocolmo, mientras cenaba con algunos amigos en la casa del rico comerciante William Castel, Swedenborg repentinamente empalideció y se manifestó profundamente turbado. Durante unos momentos se retiró de la mesa, en dirección al jardín y volvió al poco tiempo con la noticia de que un gran incendio había estallado en Estocolmo, no lejos de su casa. Expresó que el fuego se extendía rápidamente, y que temía que el incendio destruyera algunos de sus manuscritos. Finalmente, a las 8 de la noche, dijo, manifiestamente aliviado: "¡Gracias a Dios!. El fuego ha sido apagado, apenas a tres puertas de mí casa". Todos los presentes, conmovidos por el incidente, desde que en su mayoría tenían propiedades, familiares o amigos en Estocolmo, quedaron enormemente impresionados por la clarividencia de Swedenborg. Esa misma noche uno de ellos narró la historia al gobernador provincial y éste llamó a Swedenborg para que le dijera qué era, en realidad, lo que había visto. Al día siguiente, domingo, Swedenborg dio al gobernador los detalles de su visión del incendio, ofreciendo una minuciosa descripción de la naturaleza y extensión del fuego y de los medios que se habían movilizado para su extinción. La noticia del supuesto incendio se desparramó rápidamente por la ciudad de Gotemburgo y el asunto se convirtió en el tema de conversación del momento.

Se debió esperar hasta el lunes, cuando llegó un mensajero desde Estocolmo con los detalles del incendio (enviado por la Junta Mercantil de esa ciudad), para confirmar la veracidad de las declaraciones de Swedenborg, con lo cual quedó convertido en una figura pública y todos experimentaron gran curiosidad por su persona. Poco tiempo después fue conocida su autoría de Arcana Coelestia y El Cielo y el Infierno. Muchas personas prominentes, curiosas por encontrarse con un hombre que pretendía ser capaz de penetrar los secretos del Cielo, comenzaron a escribir descripciones de la personalidad de Swedenborg y de sus hábitos de vida. Los que aún no le conocían tendían a opinar que había perdido la razón. Pero después de encontrarse con él y conversar sobre los más diversos temas no podían más que afirmar que su aspecto, por lo menos, era el de una persona cuerda y que su conversación era impecablemente razonable. Frecuentemente terminaban en un callejón sin salida, al no querer aceptar la verdad de sus pretensiones, pero sintiendo que les era imposible acusarlo de locura.

En la primavera del año siguiente ocurrió otro incidente que contribuiría aún más a confirmar los poderes sobrenaturales de Swedenborg. La viuda del embajador holandés en Estocolmo, Mme. de Marteville, se interesó en la facultad que tenía Swedenborg, según sus escritos, de dialogar con los espíritus. Su esperanza era de carácter utilitario, en realidad. Un platero le había hecho llegar una cuenta bastante abultada por un juego de plata que su esposo, según decía el artesano, le había comprado antes de morir. Ella estaba segura de que su esposo había pagado la cuenta, pero no podía encontrar el recibo. Swedenborg aceptó el encargo de preguntar al esposo sobre el recibo cuando lo viera en el mundo espiritual. Pocos días después Swedenborg visitó a la viuda y le dijo que se había encontrado con su esposo, en el mundo de los espíritus, y que éste le había dicho que él mismo se encargaría de revelar a su esposa el lugar donde estaba guardado el recibo. Ocho días después Mme. de Marteville tuvo un sueño en el cual se le apareció su esposo y le pidió que buscara detrás de uno de los cajones de su escritorio. Siguiendo las instrucciones del muerto, la viuda encontró el recibo y no solamente esto, sino una valiosa joya con un diamante que había perdido y no sabía dónde buscar. A la mañana, Swedenborg visitó a Mme. de Marteville y, antes que ésta pudiera contarle de su sueño, le dijo que la noche anterior había vuelto a encontrar a su esposo, en el mundo espiritual, y que le había recordado el asunto del recibo, y que éste le había dejado para ir a decirle a su esposa, antes que volviera a olvidarse del encargo, dónde podía encontrar el recibo.

Más extraordinario aún fue otro incidente, conocido como "el secreto de la Reina". En el otoño de 1761, el Conde Ulric Scheffer invitó a Swedenborg a acompañarle a la corte para visitar a la reina Lovisa Ulrika, que se sentía interesada en Swedenborg por haber oído hablar de sus poderes fuera de lo común. La reina le pidió que se comunicara con su difunto hermano Augustus William, que había muerto dos años antes. Swedenborg aceptó el encargo, y pocos días después visitó nuevamente a la reina, le obsequió varios ejemplares de sus obras y en un rincón de la sala, en audiencia privada, le dijo un secreto que produjo gran sorpresa en la soberana. Lovisa Ulrika exclamó que la comunicación de Swedenborg contenía informaciones que solamente su hermano podía conocer. El incidente gozó de amplia difusión y se lo discutió durante mucho tiempo en los círculos de la sociedad sueca.

Estos tres ejemplos de la capacidad clarividente de Swedenborg, junto con otros episodios de menor cuantía, sirvieron para extender su fama. Continuó viviendo y escribiendo como de costumbre, pero muchos curiosos visitaban su casa e interrumpían sus estudios, eran muchos los que querían visitar al hombre que con voz calmada declaraba ser capaz de conversar con los ángeles.

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