Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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3/8/21

Memorias de un descarnado (24-29) Por Deéelij

 

      Al finalizar, sus ojos estaban inundados por lágrimas vivas, duras y compungidas. El cambio de una experiencia a otra constituía un abismo; de un depredador sin piedad, a un ser benévolo, complaciente, generoso y entregado. Los polos opuestos de todo lo imaginable. ¿Qué consecuencias podía deducir?

      Veintidós páginas contaron la escasa historia, criticó internamente, para detallar una vida llena de posibilidades en un ambiente de paz, destrozada por unos dominadores carentes de toda moralidad y ética.

       Decidió continuar. Quería comprobar con vértigo inusitado el siguiente capítulo. Tenía que desentrañar el mensaje necesario para reparar sus problemas. Pese a su momentánea tristeza, se lanzó a la caza del siguiente personaje encarnado: Zenko.

       Nuevamente encontró una descripción de alguien alto y muy fuerte de piel negra, muy negra y brillante. ¿Otra vez de piel oscura?, se preguntó. La curiosidad le pudo examinando el total de las páginas de ese relato; sólo quince. Parecía que cada vez vivía menos en cada reencarnación. Ello podría aportar algún dato. Lo anotó. La misma indagación realizó con la descripción del capítulo contiguo. ¡Sorpresa! Ahora las páginas aumentaban a veintiocho. Comprobó el resto, unos más, otros menos. A priori no podía establecerse una comparativa. Ninguna lógica aparente. Desistió del inicial intento continuando la lectura.

Ø  Zenko fue una vida llena de valor, coraje, vigor y honor. Perteneció a una tribu que vivía cercana a la costa, la cual subsistía de la pesca abundante entregada por un mar apacible y soleado. El resto de la dieta la obtenían del fruto que los numerosos árboles de todo tipo ofrecían sin cesar. Fue uno de los más destacados sin ser nunca jefe, pero su buen hacer infundía gran respeto. Su inteligencia aportaba técnicas que permitían obtener los alimentos de forma más fácil, ahorrando tiempo que era dedicado a la diversión y el cuidado de la familia, los hijos y el grupo del que formaba parte. En apariencia fue una experiencia exquisita, sin altercados notorios, en un lugar donde las decisiones se tomaban en consenso, procurando el mayor beneficio posible para el mejor desarrollo y bienestar; una bonanza interrumpida por otra invasión, no para conquistar o dominar, sino para raptar y esclavizar. Llegaron hombres que desembarcaron de grandes navíos, barcos cien veces mayores que los que ellos jamás imaginaron construir. Su objetivo fue capturar el mayor número de personas. Saquearon sus casas, violentando todo lo que encontraron a su paso. Como no estaban preparados para la lucha y el combate, no supieron defenderse del hostigamiento recibido. Todo se produjo en un abrir y cerrar de ojos. Sangre y llantos se esparcieron por lo que dejó de ser un punto de serenidad y felicidad. Finalmente fue encadenado por los pies en la bodega de uno de aquellos gigantes buques de madera, y obligado a remar a golpe de tambor. Un látigo castigaba al que no mantuviera el ritmo. Aquello constituyó algo contra lo que no pudo ni quiso luchar. No estaba preparado. Todos sus propósitos estaban perdidos, se esfumaron. Rápido en la toma de decisiones, en un descuido de uno de los guardianes soltó el remo, lo asió por los pies tumbándolo en el suelo. La trifulca duró segundos. Se apoderó de un corto puñal, que envainado permanecía sujeto a la cintura del uniforme del castigador, hundiéndoselo en su propio vientre. Murió en una agonía lenta y dolorosa mientras se desangraba”.

 

     ¿Se suicidó? Fue la gran cuestión que le asaltó. El debate se sembró en su pesar. No encontraba consuelo. ¿Por qué? ¿Por qué? Indagaba con fluidez. Él hubiera luchado por recuperar la libertad, por volver al hogar, por restablecer la destrozada comunidad. Hubiera dado muerte a los captores. Habría hecho justicia ante la ignominia; sin embargo, se rindió. De nuevo otra vida iniciada en felicidad, torcida por la vehemencia implacable de seres dominantes, sin escrúpulos.  

     -     Buenas tardes, hora del almuerzo – anunciaba Nunsi entrando con una bandeja isotérmica –. Bien, Jano, tienes que comer y reponer fuerzas. Hay un excelente estofado de primero, espinacas a la crema de segundo, y de postre un mus de chocolate con naranjas que te hará degustar una de las mejores delicias de nuestro chef.          

     Jano no articuló palabra. Aún estaba sumido en su desasosiego. Cariacontecido, se dejó hacer. Nunsi dispuso la mesa. Le ayudó en el desplazamiento y permaneció a su lado animándole en una fluida conversación mientras engullía sin apenas masticar. Ella percibió lo que podría estar sucediéndole. No era ninguna novata. Conocía perfectamente el paso por el que danzaba su existir en aquellos instantes. Ella, al igual que el resto de los miembros de Nairda, pasó en su momento por lo mismo. El entendimiento constituía una de las principales bazas para el perfecto desarrollo de su labor sanitaria. Con su palabrería nada vana, fue sacando al piloto de la introversión que le mantenía aislado de su antigua realidad. Llegado el postre, Jano recuperaba el tono emocional. Aquella delicia le hizo reaccionar en mayor medida que la conversación animada en forma de monólogo de su interlocutora.

     -     ¿Podría tomar un café, o se ha prescrito lo contrario?

     -    Nada de eso. Puedes comer cuanto quieras. Todas tus constantes están en perfecto estado. Pide lo que quieras, se te dará sin problemas. ¿Te has quedado con hambre?

     -    No, en absoluto. Gracias. Estoy repleto. Todo estaba muy rico y bien condimentado, pero tengo la costumbre de concluir con un buen sorbo de ese líquido negro, bien caliente.

     -     Pues ahora mismo te lo traeré. ¿Sólo, con leche, azúcar?

     -     Sólo. Dos de azúcar. Gracias.

     Solícita marchó en busca del encargo. Mientras, Jano, desplazó con prudencia su cuerpo hasta el sillón. No tuvo tiempo suficiente. El café y Nunsi estaban de vuelta encarando su acción.

     -    No deberías haberlo hecho. Es mejor que me avises para moverte. Nadie, y tú menos, debería querer volver a ver cómo sufres un nuevo resbalón. ¿Me avisarás la próxima vez? – encaró con dulzura.

     -      Lo haré. Sólo quería demostrarme que podía hacerlo, pero obedeceré, lo prometo.

     Tomó el café con avidez. Quería continuar. Su cuerpo reclamaba una pequeña siesta. Pero la mente, inquieta, ordenaba seguir perfilando. Lo que todavía le costaba creer, es que ese fuera su pasado.

     -     Bien Jano. Aquí te dejo este mando – sacado de uno de los cajones de la mesita de noche –, así no tendrás que levantarte para pulsar el botón ámbar. ¿Lo usarás si me necesitas?

     -     Dalo por hecho. Gracias Nunsi.

     La puerta se cerró dejándole dispuesto para recobrar su acción.

Ø  Gonzalo de Courcuviong fue una especie de guerrero que luchaba en nombre de su dios; un género de sacerdote militarizado. La orden religiosa a la que pertenecía tenía la extraña misión de luchar contra  una civilización catalogada de infiel que realizaba exactamente lo mismo, salvo que su dios, al parecer, respondía a otro nombre. La incongruencia de esa vivencia no tenía el más mínimo sentido, a su entender: Miles de seres batiéndose a muerte porque sus dioses reclamaban la misma parcela de terreno, bajo promesas de gloria para ambos bandos si caían en pos de la victoria y aniquilación del enemigo feroz. Ambas facciones creían estar en posesión de la verdad, y por ella sacrificaban todo. El ambiente de continuos conflictos y saqueos, impregnados de derramamientos de sangre cruentos, llenaban una y otra página. Unas veces ganaban; otras salían vapuleados. Las pérdidas de vidas eran terroríficas. El dolor, el odio y el rencor suponían la simiente sobre la que supuestamente tendrían que crecer las respectivas civilizaciones en sus denodados empujes hacia la autodestrucción. No parecía que ninguno de los dos ejércitos ganase el conflicto que duraba demasiados años. Todo era un absurdo. Cada mañana se levantaba realizando una serie de plegarias, implorando protección, subía a su caballo, entraba en formación con los suyos y se disponían a la refriega. Su espada partía en dos a los enemigos que osaban desafiarle. Con la puesta de sol, regresaban a sus respectivas líneas, reponían fuerzas, dormían y vuelta a la rutina con un nuevo amanecer. Todo parecía tremendamente monótono y agotador, hasta que un día pudieron romper por los flancos al adversario, los acorralaron embolsándolos y capturándolos, para posteriormente, realizar el intercambio de prisioneros. Fue una gran victoria. En aquella ocasión su escuadrón fue destacado con urgencia a la toma de un recinto religioso en terreno contrario, el cual estaba cercano y constituía un punto de estrategia vital para el avance de las tropas. El susodicho edificio se encontraba en lo alto de una elevada cima. Al galope tendido, forzando el aliento de sus monturas, subieron sin encontrar resistencias. Una vez en las inmediaciones descabalgaron, y con prudencia y a pie, espada en mano, avanzaron escrutando posibles moradores. La penetración fue tranquila, en silencio. El lugar parecía desierto. Gonzalo de Courcuviong avanzó por uno de los flancos obedeciendo la orden dada. Luego subió una escalinata de pocos peldaños que desembocaba en un largo pasillo cimentado de piedras, bajo el amparo de una techumbre sostenida por arcos de medio punto. Estaba oscuro. La luz solar estaba despidiéndose. Llegó hasta lo que parecía un portón lateral al que se accedía tras bajar dos escalones. Una figura se perfiló en la penumbra. La voz de una mujer asustada se asomó mostrando su rostro cubierto por un velo: reclamaba piedad, quería seguir viva. Él nunca había matado fémina alguna, así que, bajó su espada sujeta por su mano izquierda apoyando la punta sobre el tosco y áspero suelo, dando a entender la intención de no hacer daño alguno con su gesto. Ofreció su derecha para sacar aquella alma asustadiza del lugar y ponerla a refugio, pero no tuvo tiempo para defenderse. Alguien por la espalda clavaba sin piedad ni consuelo, con absoluto desprecio junto a un aullido ensordecedor, una daga que penetró sin obstáculos hasta su corazón. Cayó sobre sus rodillas sin poder ver a su agresor. Murió. Lo hizo sin encontrar las maravillas prometidas. Murió como vivió, sin sentido aparente”.

 

     El sueño anteriormente reclamado había desaparecido ante tal espectáculo. Saber más de sí, era el único objetivo a las cuatro y cuarenta y uno de la tarde, además de procurar ingerir un nuevo café.

     -    Se ha encendido la luz ámbar en el avisador de enfermería – llegaba la voz de Nunsi a través del intercomunicador – ¿Ocurre algo Jano?

     -   Sí Nunsi. Quería, si es posible, otro café.

     -   ¿Con algunas pastas?

     -   No es mala idea, gracias.

     -   Está hecho. Enseguida lo tendrás.

     Nicola D´angelo constituyó todo un pasmo que hizo olvidar al monje combativo. En esta ocasión, él fue una mujer. ¿Una mujer? La sorpresa hechizó sus ojos. Devoró las dieciocho exiguas páginas de una vida corta, muy corta.

Ø  “Fue la hija de una madre soltera, algo tremendamente mal catalogado en la época en que se encuadraba la historia. Una moralidad hipócrita reinaba como ley absoluta sobre cualquier otra existente. Con su nacimiento, se extinguía la vida de su progenitora a la que nunca conocería. Fue recogida y criada en un hospicio sucio, denigrante y humillante. Allí fue sometida a toda clase de trabajos. La vida paupérrima apenas albergaba posibilidad de subsistencia. Hasta los catorce años estuvo recluida en aquel edificio rodeado por altos muros. La supervivencia era el fin perseguido a toda costa, pero ella fue de las pocas elegidas para que aprendiera a escribir y leer, un lujo que pocos podían alcanzar. Ello fue lo que le hizo saberse superior a las demás. El conocimiento recabado por la lectura de varios libros, abrieron su entendimiento. Tenía que salir de aquel lugar de alguna manera. Ese fue su objetivo, al contrario que el resto de sus compañeros, que sólo querían seguir trabajando para poder recibir algo de alimento en medio de aquellas grandes penurias y tristezas. Ideó un plan que no lo comentó con nadie. Sabía que podría ser traicionada por un simple trozo de pan de maíz duro y negro. Pudo esconderse en la carreta de uno de los proveedores. Una vez que calculó que estaba fuera del hospicio, saltó sin que pudieran percibirla y corrió por las callejuelas sin mirar atrás. Lo hizo durante más de treinta minutos, hasta que se sintió segura. Robó unas manzanas de un puesto callejero. El hurto no fue percibido. Luego siguió caminando hasta encontrarse en las inmediaciones del puerto. Sabía lo que era gracias a sus lecturas. Veía por primera vez el mar, algo sin duda maravilloso que le atrapó de inmediato. Deambuló por el muelle hasta que escuchó como alguien a gritos anunciaba la necesidad de tripulación para un buque que zarparía al día siguiente antes del amanecer, con la marea alta...”

 

     -  Aquí tienes el café y las pasta. Disfrútalo – comentaba Nunsi interrumpiendo la asombrosa vivencia.

      -    Gracias – contestó Jano devolviendo la mirada, al tiempo que deseaba quedarse de nuevo en su soledad iluminadora.

     -     De nada. ¿Necesitas alguna otra cosa?

     -     No, de veras.

     -   Perfecto. Entonces te dejo si todo está bien – concluyó recogiendo la otra taza de café vacía. Salió como entró, en silencio, sin perturbar la tranquilidad del paciente.

Ø  “…Nicola fue admitida como grumete. Era habitual aceptar chavales como tripulantes en ese período desaforado, duro y pérfido. El contramaestre no percibió que era una chica, de lo contrario no hubiese sido admitida. Su aspecto desaliñado y su tez maltratada ocultaban las facciones de mujer, al igual que su amplio gabán impedía ver la prominencia de sus pechos. Inmediatamente se le puso a fregar la cubierta, recoger cabos y ordenar la bodega con las provisiones que se cargaban. La cena fue abundante por primera vez en su vida. Durmió plácidamente en un colgante jergón caliente hasta el momento de la partida. A las tres de la mañana, El Orfeón, el barco que le conducía a la libertad soltaba amarras. A la salida de la bocana del puerto le fue ordenado subir a lo alto del palo mayor; actuaría de vigía, avisando de la proximidad de cualquier otro artefacto flotante que pudiera acercarse de forma peligrosa. Aquellas aguas estaban, últimamente, rondadas por piratas. Le dieron las indicaciones pertinentes, de forma muy tajante. Explicaron las voces que debería dar, y el castigo que recibiría si se dormía o no hacía correctamente su trabajo. Escalar por los cordajes era algo nada apetecible; pero a ella le pareció algo novedoso y excitante.  Desde allí la perspectiva era magnífica. Pudo comparecer para dar testimonio del más bello amanecer, el primero que sus ojos le permitieron percibir con nitidez. Todo era por primera vez maravilloso y bello: buena cama y comida, un trato exigente, pero no maltratador, y el descubrimiento de un nuevo existir. Tres horas y media después, el viento soplaba con fuerza. Desde su posición el oscilar del puesto que ocupaba era vertiginoso. Danzaba de un lado para otro intentando otear el horizonte. Se mantenía aferrada a la barandilla de madera con todas sus fuerzas procurando realizar correctamente su trabajo. Su estómago iniciaba una maniobra para ella desconocida. Su vientre se descompuso. El vómito fue la consecuencia consiguiente que produjo perdiera el agarre y saliera precipitada al vacío. Su destino: el puente de mando. La fractura de su cervical fue el fin de la iniciada libertad. La felicidad inundó sus últimas horas. Al menos, concluyó disfrutando de cierta paz”.

 

       Jano engulló, sin apenas masticar, las últimas pastas ayudadas por un largo buche de café. Dejó el libro sobre la cama realizando algunas anotaciones en el bloc. Llevaba cinco tránsitos a cada cual más escabroso. ¿Por qué ocurrió todo aquello? ¿Quién le mandó meterse en tales fregados? Eran cuestiones que no alcanzaba a resolver. Parecía no haber concatenación posible. Cada relato era descriptiblemente distinto. ¿Qué podía enlazarlos? ¿Existía un punto común? Nada, por más que pensó, indicaba algo que pudiera ofrecer una luz, un apoyo desde el que perfilar la propuesta de Pitt.

      Aún quedaba más de la mitad por leer. Quería terminar cuanto antes con aquello. La curiosidad, defecto o virtud que no estaba entre sus cualidades, se manifestaba fervientemente impulsando a la continuidad de los acontecimientos escritos.

Al comienzo del nuevo relato, cierto sosiego amainó la inquietud.

Ø  “Esta vez Richard Moore era el hijo de una familia pudiente, rica, exquisita y noble. Poseería, al fallecimiento de su padre y como hijo mayor, el título que el mismo ostentaba. Su familia, desde hacia muchas generaciones, se sentía orgullosa de portar el emblema de los Duques de Moore. Fue educado con finura y elegancia. Rodeado de los mejores profesores, aprendió varios idiomas, además de notables conocimientos de filosofía, matemáticas, física y astronomía. Llevaba una vida cómoda a la vez que insípida. Todo lo tenía, y nada le complacía. El vacío de su vida parecía ser su enarbolada bandera. Como primogénito, ingresó en el ejército alcanzando, como correspondía a su rango, el perfil de un joven oficial que marchaba a la conquista de territorios para engrandecer el imperio del país al que pertenecía. Embarcó en un largo viaje de varios meses cuando tenía recién cumplidos los veinte años, y formó parte de la plana mayor de mando del Gran Mariscal de Campo que dirigiría la conquista de unas islas remotas. Cortés y disciplinado, pero con pocas dosis de valentía y bravura, agradeció no tener que entrar en ningún instante en combate, limitándose a transmitir las órdenes que le eran dadas. Sólo estuvo en el campo de batalla tras el término de la refriega, acompañando, sobre su montura, al Estado Mayor en las inspecciones rutinarias que acostumbraban a realizar. Contemplar los cuerpos retorcidos y ensangrentados no fue un espectáculo digno, le repugnaba, pero más que por el horror del mismo, por el miedo que sentía ante el temor de poder verse inmerso alguna vez en una situación similar. Nunca desenvainó el sable, ni su casaca se manchó más que del polvo o el barro levantado por los cascos de los caballos. Sí tenía, sin embargo, una gran virtud. Era fiel al mando al que servía, leal y sincero, cuestiones nobles incrustadas desde su infancia las cuales le acarrearían lo que más temía: la muerte. Cierto número de altos oficiales no estaban de acuerdo con la manera de combatir del Mariscal. Éste, pese a saber ostentar el mando con firmeza, carecía de algo que debe ser inherente al rango que ostentaba: astucia y estrategia. Las pérdidas en las luchas eran considerables. Hubo grandes discusiones en los planes de ataque antes de cada batalla, pero el Mariscal siempre tomaba la más arriesgada. Conquistaba la victoria, pero con un costo humano propio excesivo. El golpe de mando estaba planificado desde hacía varios días, pero para ello habría que eliminar no sólo al Mariscal, sino a los más allegados y fieles. Richard Moore, sin penas, ni glorias, abandonaba junto a otros aquella vida después de ser envenenados, traicionados”.

 

     ¿Conclusión?: “Insipidez. Falta de valor. Temor”. Por fin extrajo algo que creía tener cierto sentido tras ciento cuarenta y siete páginas, y algo más de siete horas de lectura.

     Ahora el ánimo cobraba aliento en la consecución de su labor. Algo de chispa brotó. Un vestigio de luz apuntaba cierta dosis de unión en esas experiencias.

Posdata:

En el artículo del día 1 de diciembre (Rojo octubre, peligroso noviembre y brillante diciembre. III Parte) comuniqué que personalmente había recibido por psicografía una serie de técnicas y procesos para aplicar en psicoterapia, que solucionaba el 80% de los problemas psicológicos del ser humano. La explicación resumida de esta psicoterapia es que elimina el ego, te reconecta con tu alma (conecta la Particularidad con la Singularidad) y tienes control emocional, siendo feliz en tu vida actual; al mismo tiempo dije que lo había transferido a dos Almitas maravillosas (psicólogas) que os los podía ofrecer mediante terapia, obvio que, con remuneración, pues es su trabajo, y que además ellas lo harán, pues mis tiempos están contados, para seguir en esa labor. No se trata de dar una formación, sino de recibir terapia para quien lo necesite. Durante un tiempo os habéis puesto en contacto conmigo para luego realizar el contacto con ellas (Rosario y Yesenia), pero ahora ya podéis hacerlo de forma directa mediante su correo profesional:  terapia.psico2@gmail.com También podéis visitar su Web: http://www.psico2-internacional.es

 

Para las actualizaciones de Todo Deéelij y preguntas sencillas: deeelij@gmail.com

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