Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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10/1/19

El tratado de la sencillez (1ª parte de 3)



Escrito por Nakaiet. Versionado por Deéelij.


         El tiempo donde sucedió no importa. Cuándo aconteció no es relevante. El cómo se trató y culminó es lo trascendental, lo notable, lo vital, lo que ha de considerarse  y tener en cuenta, practicándolo.

         Os la presentaré. Ella fue, al nacer, llamada Nakaiet; la que asombra. Su llegada fue algo que, realmente, asombró a sus padres tras que tuvieran seis hijos seguidos. Cuando, para ellos,  parecía que su sino sería traer otra vida masculina a ese mundo, asombró que llegara Nakaiet. Con el tiempo no sería lo único que asombraría a sus padres, hermanos y miembros de la tribu. Nakaiet había llegado para asombrar. Ese era su designio, y ella parecía saberlo, al menos así pensaron todos los que tuvieron ocasión de conocerla y tratarla; pues se fue en una estrella fugaz; a otros mundos, quizá a éste. Quizá nos asombre encontrarla, si se deja ver.  

         Menuda y pequeña entre sus hermanos, era quien ponía orden, aclaraba y establecía la paz entre tanta testosterona disuelta en el ambiente familiar.

         En su poblado ocurría lo mismo, parecía ser la hacedora de la paz. Los mayores, en sus disputas, conflictos, discusiones y malas interpretaciones, cuando no llegaban a ninguna parte, y cada parte no llegaba a nada, siempre buscaban la presencia de Nakaiet. Ella se sentaba entre ellos, les escuchaba y parecía, que al término de las distintas exposiciones, les hacía ver el inicio del sinsentido en el que se habían metido. Ella realizó su hechizo por miles de veces; y pese a ello, nunca parecían aprender el porqué del secreto de su aplacable sencillez.

         Los hechos fueron pasando, los eventos también. Nakaiet alcanzó una edad considerada adecuada para sus viajes en solitaria. Y emprendió una travesía por su mundo.
         En los distintos lugares la fueron acogiendo, pues no había un por qué no hacerlo; así es como funciona su mundo: recibiendo, acogiendo. Nakaiet, en sus llegadas a las nuevas poblaciones, siempre despertaba algo, una especie de halo atrayente para los demás. Parecía ser irresistible no fijarse en ella, ya no sólo por su belleza, sino por su estar apacible. Sus ojos verdes de profundo mar expiraban alguna onda de luz imperceptible, pero cálida a la vez. Su andar reposado aunque de paso firme… Ella imponía, sin pretenderlo.
         Allí donde estuvo siempre se caracterizó por lo mismo: por su asombrosa capacidad para establecer la paz.
         Hubo un momento, en su viaje, que llegó a un lugar alto, desde donde se divisaba una superficie de terreno que a lo lejos no parecía tener fin. Estaba allí, contemplando, aquel insondable y maravilloso paisaje, cuando el atardecer caía pausadamente, y fue entonces que el olor de una hoguera le llegó. Le asombró, y eso que de nada se asombrada quien asombraba. Al poco, la luz solar se había extinguido, y ello le permitió distinguir el destello de la fogata que no estaba lejos, en medio de esa alta planicie. Anduvo con paso decidido, pues no podía imaginar quién allá pudiera haber encendido un fuego que no era preciso, pues frío no hacía. Al quedar escasa distancia, observó a alguien que estaba mirando a la fogata; estaba en posición de descanso, con sus posaderas dejadas sobre en una pequeña roca bien estructurada, y que a modo de asiento le servía; quizá, se dijo, para contemplar las llamas que subían desde la madera incandescente.

-          Te esperaba, Nakaiet. Acércate – dijo una voz femenina.

Nakaiet, por primera vez, que ella recordara, se asombró; el asombro de que le llamara por su nombre, además de hacerlo con tremenda sencillez; como si al pronunciar su nombre el susurro del sonido le llegara ofreciéndole un abrazo arropado y tierno.

-          ¿Quién eres y cómo sabes mi nombre? – Aludió al llegar a la altura
de la que pudo observar que era una mujer de mediana edad; de casi el doble de la que ella poseía.

-          Quien soy es sencillo, soy tú en tu búsqueda de mí.

Eso le dejó algo más asombrada aún, pese a que no se asombrada de casi nada, o eso creía ella. No obstante, aceptó la invitación ofrecida sentándose al lado de la recién descubierta, sin miedo alguno.

-          ¿Podrías explicar eso que aseguras de que soy tú? Es  algo  que  no
puedo comprender. ¿Acaso es un acertijo, una broma, o un problema a solucionar?
-          No, Nakaiet. Yo soy tú en tu búsqueda  para  alcanzar  la  finalidad
de tu viaje. Verás – continuo sosegadamente – saliste de tu poblado con la intención de conseguir saber cuál es el secreto, que ni los demás observan en ti, ni que ni siquiera tú observas en ti, cuando medias en cualquier diferencia entre los demás, ¿no es así?  
        
         Nakaiet se quedó algo pensativa. Si bien lo que escuchaba era cierto, ¿cómo podría saberlo ella dado que era algo que llevaba en su interior a modo de secreto que quería descubrir, localizar? Nunca lo mencionó a nadie, pero esta mujer que decía ser ella… ¡Bueno!, se dijo en su dilucidar, quizá ella sea yo y yo ella. Bien, lo admito en mí, no me opongo a esta posibilidad – como solía hacer con los demás – no opositarse, no entrar en contra -, pero esta vez era una reflexión en su intimidad -, quizá esta persona no miente y dice la verdad. ¿Por qué no escucharla, si nada pierdo en ello? Tras este pensar, se dispuso a recibir lo que fuera que tuviera que llegar, como hacía con el resto de los demás, algo ya conocido en toda su vida.

-          Sí, es verdad. Eso es lo que busco. ¿Tienes tú la respuesta?
-          Así es, Nakaiet. La tengo, y te la puedo dar. ¿la quieres de verdad?
-          Sí, claro; pero antes dime una cosa, explica lo de que soy tú.
-          Es sencillo. Soy el reflejo de ti, de tu  búsqueda. Somos  lo  mismo.
 No obstante, tú lo observas en la distancia que se manifiesta en el cuerpo en su avanzar físico. Persisto, soy tu reflejo de lo que tardarías el doble de tu edad en localizar. Y por tu perseverancia en lo que asombra a los demás y que no puedes descubrir en ti de ese asombro a todos, es por lo que se te manifiesta tu yo más próximo donde encuentras la solución. ¿Lo has comprendido ahora?

          Pensó un poco, no mucho, y respondió.

-          Lo que quieres decir es que lo que busco tardaré en encontrarlo el
doble de mi edad actual, pero debido a mi insistencia yo, en mi futuro cercano, me manifiesto a mí, ahora, para explicármelo, ¿es así?
-          Así es.
-          De acuerdo, lo entiendo. Lo doy por válido, sin asombros. Gracias.
-          De nada. ¿quieres ahora la respuesta a tu búsqueda?
-          Sí, por supuesto, tengo ganas de saber qué busco.
-          Realmente, lo que buscas, lo tienes dentro, pero  no lo encontrabas
al mirar afuera. Es como le suele ocurrir a los demás: siempre buscan fuera la solución que dentro poseen, y que tú también posees. Y tú búsqueda concluye aquí, pues vas a alcanzar a saber cuál es la pieza o clave principal de ti que a todos asombra, e incluso te asombrada no saber que poseías y por ello buscabas. Lo que Tú, lo que ambas hemos buscado, era alcanzar el conocimiento del por qué asombramos a los demás en sus disputas, escuchándoles y alcanzando luego la paz. Y en verdad no es algo sorprendente. Tampoco es algo mágico. Es algo tremendamente sencillo que llevamos todos dentro desde el nacer; no obstante, la mayoría olvidan al crecer. Repito, es sencilla la pregunta que hemos buscado. La respuesta es que nunca producimos a nadie, ni a nosotras mismas, ningún REPROCHE. Cuando hablamos sin REPROCHE alguno a uno mismo y a los demás, el trato se vuelve sencillo. Por eso asombras, por eso te asombras, pues desconocías tu sencillez en el trato a los demás, un trato al que no suelen estar acostumbrados.

         Nakaiet, quedó por un lado anonadada, por el otro sorprendida, y por último pensativa en las distancias que había recorrido buscando lo que llevaba dentro. Estaba en ello, cuando su doble en edad volvía a hablar.

-          Si esto has comprendido, yo he de marchar, tú quedar y transmitir
a quien quiera oírte cuando pronuncies el tratado de la sencillez para que todos puedan vivir en paz.
-          ¿Te vas, por qué?
-          Sencillo, al igual que el secreto desvelado: ya  has  encontrado  lo
Buscado; yo parto queriendo descubrírselo a otros mundos, con la mayor sencillez.

         En ese instante, un abrazo las alcanzó, un beso las despidió, y ambas partieron con sus rumbos redoblados y fijos. Luego, al tiempo, en este mundo, en una planicie, andando por el monte, conocí a Nakaiet; quien me transmitió su historia, por cierto: muy necesaria en este planeta. Y ahora, tras aquel encuentro, y pasado miles de instantes, esto que he narrado, es lo que he denominado el tratado de la sencillez: no reprochar nada a nadie.


         El jueves que viene habrá más.

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