Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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14/5/10

La zanahoria, la lechuga y el huerto

Una zanahoria nunca podrá ser una lechuga, por más que se lo diga a si misma, por más que se esfuerce y por más que vaya de curso a curso intentando alcanzar el estado de lechuga, no le es posible. Podrá hacer pequeños cambios, detalles superficiales. Nos engañamos pensando en que cosas como la ley de la atracción, los sistemas terapeúticos o los procesos transformadores nos cambiarán de estado. Sin embargo, eso solo produce cambios superficiales y generalmente, no duraderos.

La zanahoria siempre será zanahoria. Pero cabe la posibilidad de que sea el huerto entero. A mí me ocurrió sin querer.

Existen otros tipos de cambio, los grandes saltos de conciencia. Esos cambios no los puede hacer el ego. El mapa no se puede modificar a sí mismo. Esos cambios se realizan cuando el ego se pone a disposición de que suceda, generalmente, tras mucha disciplina, seguir una tradición milenaria, por un gran shock vital o por la influencia de un maestro verdadero o de rituales sagrados iniciáticos.

Voy a contaros mi segundo gran cambio. El primero fue de muy pequeño, con apenas 7 años. Cuando me enteré de que los reyes magos eran los padres se me cayó el sistema de creencias. Todos me habían mentido, todos. Mis padres, mis profesores, la televisión, el colegio. Tenía pruebas físicas de la existencia de los reyes, los había visto en la calle y toda la sociedad actuaba como si aquello fuera real. Y sin embargo no lo era. Eso me hizo cambiar todo. Afortunada desgracia. Toda la confianza que tenía en los demás se cayó para siempre. Desde entonces, y hasta hoy, dudé de todo. Menos mal.

No volvió a suceder un cambio semejante hasta quince años después. Ahí volvió a caer de nuevo el sistema de creencias y se produjo un cambio brutal en la estructura de mi mente y en cómo configuró la realidad desde entonces. Tras esa experiencia, la puerta de la percepción se abrió y los siguientes años fueron cayendo las capas de la cebolla, las capas de la zanahoria. Hasta que se hizo transparente.

Esto fue lo que pasó:

Estábamos en lo alto de las montañas, tres amigos. Tres buscadores de si mismos. Me habían hablado de las plantas maestras, de esos vegetales misteriosos usados desde hace milenios en las tradiciones chamánicas. Ese día comprendí su poder y su fuerza. No los recomiendo usar sin cuidado, sin criterio, sin información, sin un entorno adecuado y sin una guía de un chamán experto. Sin embargo, cuando se aplican bajo esas condiciones, el salto de conciencia puede producirse. No ocurre en todas las mentes. Lo sagrado ni es la planta, es el alma de cada guerrero que se entrega a través de ella a comprender la verdad. No pasa siempre ni a todos. Pero aquella vez sucedió.

Nos entregamos aquel día al poder del hongo mágico.

El latido del corazón era fuerte. Por los nervios o por el efecto de la planta, pero el corazón bombeaba a otra velocidad. El estomago se contraía, como esperando algo que no acababa de llegar. Fijaba la mirada en un sitio, y poco a poco aquello comenzaba a oscilar, como bailando una música silenciosa. Y entonces te das cuenta de que la planta es poderosa y que te debes preparar para una rotura de esquemas total. Se rompió el tiempo.

Una presión acecha en la cabeza, como si algo fuera a ocurrir ahí dentro. Y entonces ocurre, sin que puedas decir ni cuándo ni cómo, de repente, las cosas empiezan a cambiar. La luz se hace más tangible, como si aumentara de intensidad. Los perfiles de todo lo que ves se acentúan, haciendo más claras las siluetas de los objetos. Y los colores se revelan como nuevos, como si nunca los hubieses visto antes. Colores que hablan por si mismos, que solo por ser así de hermosos te premiasen con su presencia. Y entonces, te disocias unificándote.

Pasas a ser solo un observador, un ente vivo en medio de un mundo nuevo. Como si el paraíso te hubiese secuestrado, ves alrededor tuyo un planeta nuevo, que se revela grandioso, inconcebible, de ensueño. Los árboles pasan a tener vida y se mueven en armonía común, provocando oleadas de movimientos que ascienden la montaña. El sol asoma de cuando en cuando entre las nubes, unas nubes casi mágicas, que se retuercen y revuelven como si tuvieran libertad por primera vez. Y el sol, el sol cada vez que asoma entre las nubes te regala una oleada de calor vital, de energía de vida que te hace cerrar los ojos y recibir ese regalo como si de ello dependiera el seguir viviendo. Lo notas en cada centímetro de tu piel, a través de la ropa, llenando de energía y calor tu cuerpo. Y entonces sabes que todo depende de él, que es la fuerza que mantiene el planeta vivo, la vida activa, el mundo en movimiento.

La disociación es muy fuerte, el propio pasado desaparece, y si intentas recordarlo, las ideas te llegan de un sitio muy lejano, como si fuera una vida que te han contado pero que en realidad no es la tuya. No eres más que un ser que observa, un ojo que mira y un cuerpo que respira, un animal en una montaña, un miembro de un rebaño en una pradera. Los instintos se vuelven tan cercanos y tan poderosos que no dejan sitio al pensamiento como no sea para asombrarse de la fuerza y la magia de la naturaleza. Por eso la necesidad animal de respirar, observar, beber y sentir se hace tan fuerte y tan placentera que se torna un intenso y animal placer.

El tiempo no existe. El tiempo se adapta a tu mente. Puedes estirar un momento tanto como creas que puedes, y sin embargo pasa tan deprisa que todo el viaje cabe en un recuerdo. De repente, tres horas, o un segundo es la eternidad. Del mismo modo, el espacio es relativo. Como el tiempo no existe, las distancias tampoco. Intentas recordar racionalmente como era el mundo antes de verlo así, y sin embargo, todo es confuso porque lo que antes era precipicio ahora es camino fácil y lo que antes era lejano, ahora está ya detrás de ti. Por eso piensas que todo es mentira y verdad a la vez, porque dejas de ser esclavo del tiempo y del espacio para ser el amo de él, y sentirse dueño del tiempo solo sucede cuando comprendes que es tu memoria la que elabora el tiempo. No existe tal cosa como el Tiempo.

Y te asombra el planeta como si fuera la primera vez que lo vieras, como si por primera vez le pusieras nombre, como si fueras un extraterrestre que analiza por primera vez el planeta que visitas. Y sin embargo, sabes que es el tuyo, la madre tierra que te protege y te da vida. Eres un ser del planeta, un hijo de la naturaleza, un observador que se mira viviendo en un paraíso prometido, una realidad vital tan fuerte que duele dentro, como la belleza excesiva. Y el agradecimiento por ser humano lo llena todo, te sientes el hijo del planeta, todo existe para ti, y una alegría inexplicable lo invade todo y solo tienes ganas de vivir tu vida de humano, de mirar, sentir, respirar, sonreír…

Entonces me dí cuenta del cambio brutal. El entorno había cambiado. Lo de fuera, el medio, el paisaje, todo el entorno era distinto. Eso no era posible. El entorno hasta entonces era LO DE FUERA DE MI.

Sin embargo, desde ese momento, como si los Reyes Magos volvieran a existir, me dí cuenta de que LO DE FUERA NO ERA FUERA. Lo de fuera era DENTRO también. No había diferencia entre interior y exterior. No había diferencia entre el yo y la realidad. No había objeto sin sujeto. YO ERA LO DE FUERA. LO DE FUERA ERA YO. El observador era lo observado. Mi ego se calló y pasó a ser transparente, totalmente vacío y transparente, como un recuerdo de cristal que se evaporó. Allí, existiendo todo el universo, no había nadie. Nada y Todo. 0, 1 e infinito era lo mismo. Nada estaba separado de mi, yo no existía realmente. No había tal cosa como un “yo”. El mundo funcionaba por si mismo.

Eso era comprender a bocanadas, no analizando. La sabiduría no es conocimiento. Todo cambia, nada es permanente. Si quieres ser eterno has de aliarte con los que siempre perdura: El cambio. Para ello hay que ser transparente. Siendo así no te hiere la vida, no te afecta la muerte... Ese cambio sí es posible. Ahí está el huerto.

Entonces entiendes que todo es una gran energía que se crea a si misma y que crea seres vivos para poder mirarse a si misma creando. Entonces entiendes que todo es percepción y que el mundo te ha creado para poder mirarse a si mismo, y de esas conciencias se alimenta el UNIVERSO, porque no es más que eso, UNO, CERO, INFINITO, una energía que se transforma en un caleidoscopio sin fin, en un mundo tras otro. Todos los mundos ahí, en un baile perpetuo, solo para que los mires porque tu eres la energía. Dios eres tú. El Kosmos es tú. El espíritu es tú.

Tú no respiras, eres respirado. No piensas, eres pensado. No sientes, eres sentido. Y todo existe porque lo miras. El buscador es lo buscado. No hay dentro ni fuera, no hay bien ni mal, no hay mapa. Solo hay Realidad.

La planta bajó y entonces llegó el miedo y todo esto fue demasiado grande y complicado para la pequeña cabeza establecida que vuelve a llamar a la puerta. Quieres recuperar tu personalidad y el tipo que eras antes con todas sus pequeñeces y sus dudas. Y te toca elegir, entre quedarte como parte del fluido o volver a ese ser que eres. La elección fue volver. Había que compartirlo.

Lo último que pregunté fue algo así como: “Si todo existe porque yo lo veo, si todo es percepción y Dios es yo de vacaciones en la tierra, si todo es uno y uno es todo ¿por qué no hay una respuesta a todo esto?” y fui contestado con algo mágico “porque no hay pregunta”.

Acabó el viaje y ese momento fue triste, y miré por última vez las montañas y las nubes y los pinos y a los amigos de viaje y antes de perderlo ya lo estaba añorando.

El hongo mágico me había realizado el cambio, enseñado a mirar de otra manera y eso perdura, como una habilidad antigua de hace milenios, como un secreto que te han susurrado al oído y que de cuando en cuando puedes recordar.

Y entiendes también que cuanto más consciente eres de que la muerte te avisa para que puedas seguir viviendo y para que seas más consciente de que te persigue. Hasta que te hagas transparente.

Nunca más volví a funcionar igual. Yo hasta entonces era como una zanahoria que quería ser lechuga. Sin embargo, desde aquel día, me dí cuenta de que yo era el huerto.

Eso es cambiar para mí. Y sucede por si mismo.

Buen viaje.

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Autor: Mariano Alameda

Fuente: http://uakix.com/

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