Agenda de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2026-2027

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30/4/10

El primer arzobispo de Sevilla fue un caballero templario; y su esposa, una princesa noruega

Es muy poco conocido el hecho histórico de que el primer arzobispo de Sevilla fue un caballero templario, el infante Felipe, hijo del rey Fernando III el Santo. Y que renunció al cargo y a su condición eclesiástica para contraer matrimonio con una princesa Noruega, Cristina, cuya vida se recrea en la novela La cúpula del mundo, de Jesús Maeso de la Torre, que acaba de publicar la editorial Grijalbo.

Se invita a l@s seguidor@s del Blog a un paseo por la historia para deleitarse con tan curiosos hechos.

Felipe de Castilla: un templario, primer arzobispo de Sevilla

Fernando III y Beatriz de Suabia tuvieron diez hijos, tres hembras y siete varones. El primogénito, Alfonso, estaba llamado a la sucesión en el trono, cosa que efectivamente hizo tras la muerte de su padre, en 1252, como Alfonso X (apodado por la historia como el Sabio). Pero para el resto de la progenie había que buscar otros horizontes. Éstos oscilaban entre un buen matrimonio para las mujeres y la carrera militar o religiosa para los hombres, aunque siempre con el telón de fondo de la influencia social y política que como descendientes del monarca correspondía. Así, para uno de sus vástagos, Felipe de Castilla, nacido en 1227, el rey Santo previó altas responsabilidades eclesiásticas y lo nominó, cuando contaba solo 16 años de edad, abad de Castrogeriz, dejando claro el camino que el infante debía seguir en adelante y que, con el paso del tiempo, lo encumbraría al arzobispado de Sevilla.

En 1243, al poco de su designación como abad, los tutores de Felipe aconsejaron a su padre que el infante perfeccionará sus estudios en la ya muy prestigiosa Universidad de París. Y, desde luego, acertaron en la elección en cuanto a la calidad de la enseñanza, si bien no valoraron adecuadamente el contenido y características de ésta, pues el contexto intelectual y el clima docente parisino se ajustaban poco al perfil e intereses de la sobria corte castellano-leonesa. Lo primero a destacar es que la obra de Averroes (Ibn Rushd) hacia furor en la Universidad de París (tanto predicamento tuvo que, en 1277, el obispado parisino se vio forzado a condenar 219 tesis averroístas). Igualmente, que ésta era considerada como principal cantera donde obtener nuevos y acreditados miembros por parte de las más significativas órdenes religiosas y religioso-militares. Y, por último, que allí impartían docencia personajes tan singulares como el dominico Alberto el Grande (san Alberto Magno). Éste fue, precisamente, maestro de Felipe, quien además hizo amistad con su compañero de estudios Tommaso d´Aquino (santo Tomas de Aquino). Y si Aquino, influenciado por Alberto, entró en la Orden de los Dominicos en 1244, Felipe lo hizo en la Orden del Temple en 1245, al cumplir 18 años.

Bajo los auspicios del Temple, Felipe completó su formación con saberes que no se aprenden en aulas universitarias. En especial, le subyugó la tradición de las “Vírgenes Negras”, apreciando particularmente la elevada simbología de la Virgen de Roca-Amador. Conocimientos y predilección que trajo en su equipaje al retornar a tierras castellanas, en las que impulsó la devoción por la citada imagen. Probablemente, esta preferencia del infante por la Virgen de Roca-Amador explique la presencia del magnífico fresco a ella dedicado que, tapado por un manto de cal, se hallaron durante las obras de restauración del segundo Alcázar de Sevilla, el de Don Fadrique, en lo que hoy se conoce como Convento de Santa Clara.

Felipe fue canónigo de las catedrales de Burgos y Toledo y abad de la Colegiata de Valladolid y viajó a tierras hispalense para incorporarse al largo asedio de la Sevilla musulmana, que tan acertadamente ha descrito Genaro Aranda en su novela Sevilla para Castilla (Ituci Siglo XXI; Sevilla, 2008). Tan orgulloso estaba Fernando III de la talla intelectual alcanzada por su hijo que lo designó obispo de la ciudad antes de su conquista en noviembre de 1248. Y, tras ésta, lo presentó de manera inmediata como arzobispo de Sevilla, aunque pendiente de la edad canónica para el cargo -Procurator Eclesia Hispalensis-, pues con sólo 21 años carecía del mínimo pertinente para tan alta dignidad. En tanto, fue nombrado administrador de la diócesis el obispo de Segovia, Raimundo de Losana –Don Remondo-. Y hubo que esperar hasta 1252 para que llegara desde Roma la confirmación de la investidura por el papa Inocencio IV. Con su hermano Alfonso X ya como rey, Felipe recibió el anillo y la mitra arzobispal el 24 de agosto de 1254. La Orden del Temple tenía motivos para sentirse orgullosa: un caballero templario ocupaba el arzobispado de Sevilla y era la primera persona en hacerlo después de más de medio milenio de adscripción islámica de la urbe.

Felipe de Castilla y Cristina de Noruega

Pero la historia no termina aquí, pues la educación recibida por el ahora arzobispo lo había hecho una persona poco dada a convencionalismos. Así, en 1257, Felipe asistió a unos festejos organizados por Alfonso X en el Alcázar de Sevilla y quedó prendado de una de las invitadas: Cristina Hâkonsdatter, hija del rey Haakon IV de Noruega, nacida en Bergen en 1234. Había viajado a España para contraer matrimonio con un miembro de la casa real castellana, que quería sumar Noruega al listado de apoyos que Alfonso X necesitaba para ser nombrado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero los planes tuvieron que cambiar al protagonista masculino, pues entre Felipe y Cristina (propiamente Kristina o Kristin) el flechazo fue mutuo. De inmediato, el arzobispo de Sevilla pidió a la Orden del Temple autorización para casarse con la princesa nórdica y solicitó de su hermano y soberano que le permitiera cesar en su rango y votos eclesiásticos para contraer matrimonio.

A pesar de las tensiones y habladurías, el rey Sabio, figura igualmente nada esteriotipada, dio luz verde al enlace conyugal. Y lo mismo hizo el Prior del Temple asentado en Sevilla, otorgando a Felipe la condición de “caballero terciario”, esto es, casados que se mantenían asociados a la Orden y que al morir dejaban a ésta sus propiedades. De este modo, Felipe y Cristina contrajeron matrimonio el 31 de marzo de 1258. Tres años y medio después de recibir el anillo arzobispal, Felipe lo cambiaba por el nupcial. La ceremonia se celebró en la Colegiata de Valladolid, aunque la pareja fijó su domicilio en la capital hispalense. En mayo de 1259, Don Remondo ocupo el sillón arzobispal dejado vacante por Felipe.

En Sevilla falleció Cristina sólo cuatro años después de la boda, en 1262, sin dejar descendencia. Su marido la hizo enterrar en un bello sepulcro gótico de la Colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias (Burgos), de la que también había sido abad antes de acceder al arzobispado. Cerca de la tumba cuelga hoy una campana que según la tradición garantiza matrimonio a las chicas que la hagan sonar; y en el exterior se alza desde 1978 una evocadora estatua del artista noruego Brit Sorensen. Por cierto, que en 1958 fue abierto el sepulcro y apareció la momia de la princesa con el pelo amarillo, las uñas rosadas y los dientes aún blancos, amén de unun pergamino con una receta para el dolor de oído (la Fundación Princesa Kristina de Noruega honra desde 1992 su memoria e intenta cumplir el deseo de la princesa de que se construyera en su tierra de acogida una capilla a San Olaf).

Felipe, por su parte, al quedar viudo, recuperó todos sus derechos como caballero templario. Y como tal fue enterrado años después, en 1274, en la iglesia de Santa María de Villa-Sirga, junto a Carrión de los Condes (Burgos), perteneciente a una encomienda templaria que había dedicado la capilla a Santa María la Blanca.

Cuna de vikinga, tumba de infanta

Ahora la novela titulada La cúpula del mundo, de Jesús Maeso de la Torre, publicada por la editorial Grijalbo, se detiene en la vida de Cristina de Noruega, quien pasó de los hielos y las brumas de Noruega al sol y los campos de Castilla y Andalucía, se Tonsberg a Las Huelgas, de una cuna sobre los fiordos a una tumba en Covarrubias.

Y es que las peripecias de la hermosa princesa hiperbórea descendiente de vikingos no tienen nada que envidiar a un cuento medieval, ni siquiera a las de la gran vikinga de ficción, la reina Sigrid del Capitán Trueno. Si la heroína de los tebeos era hija del rey Thornwald de la legendaria Thule, nuestra Cristina lo era, como ya se ha reseñado, del gran Haakon IV el Viejo de Noruega, al que debemos no sólo la unificación definitiva de su país, sino la célebre carrera de esquíes conocida como la Birkebeinerrennet, que conmemora su salvación de niño durante las guerras civiles en brazos de dos grandes guerreros (y esquiadores pioneros), Skevla y Skrukka.

Cristina tuvo a su Trueno en la persona del infante Felipe. Su hermano Alfonso X la envió a buscar a sus frías tierras en el marco de su política de alianzas dinásticas para consolidar sus aspiraciones imperiales en Europa. Se cuenta que sufrió mucho fuera de sus tierras de origen y que, como las ondinas de los cuentos de hadas, murió de melancolía. También se dice que destacó por su hermosura.

¿Era de verdad guapa la chica del país del norte?. Jesús Maeso nos dice que sí: "aparte del testimonio de Sturla Tordsson en su saga sobre Hakon Hakornarson (el nombre en nórdico antiguo del padre), parece que Jaume I, que era un gran galanteador, le tiró los tejos cuando la comitiva noruega hizo escala en Barcelona camino de la corte de Alfonso X".

Maeso le imagina una vida infeliz a la noruega en la corte castellana. La de su padre, cristianizada, no era ya una corte propiamente vikinga -como la que escandalizó en el siglo X al viajero Ibn Fadlan porque los reyes hasta tenían sexo en público con esclavas durante las audiencias, pero debía de conservar un sano salvajismo que contrastaría con el encorsetamiento de las formas en la muy católica Castilla. Doña Violante, la esposa de Alfonso X, hija de otra princesa viajera, Violante de Hungría, era mujer de carácter y no sería extraño que tuviera roces con la escandinava. Maeso la describe aún semipagana, como debía serlo gran parte de la sociedad noruega bajo el barniz cristiano. Pero no era ninguna bárbara. "Hablaba idiomas y venía de una corte culta, aunque, claro, no comparable a las del sur de Europa, que eran ya prerrenacentistas. El choque cultural debió de ser grande". De su aspecto especula, suspirando: "Su nívea piel debía ser un asombro aquí y se decía que tenía los ojos profundamente azules, del color del cielo de su tierra".

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23/4/10

La Orden del Temple en el Camino de Santiago

Como señala Ángel Almazán Soria (http://miradaesoterica.blogspot.com/), los diversos investigadores que han investigado sobre la Orden del Temple suelen discrepar respecto a en qué lugares estuvieron concretamente a lo largo del Camino de Santiago Francés a su paso por Castilla y León. Así, si nos basamos en documentos conocidos hasta el momento que no arrojen duda alguna, habría que echar mano del libro Los templarios en la Corona de Castilla escrito por Gonzalo Martínez Díez, que reduce su presencia a las encomienda de Villalcázar de Sirga y Ponferrada, desconociéndose exactamente el entorno territorial que abarcaban y en el que tenían diversas posesiones templarias, desde iglesias a casas, granjas y molinos, aunque sí se sabe que tenían una casa en Rabanal del Camino.

Otros investigadores estiman que los templarios estuvieron en otros enclaves. Así, Javier Castán Lanaspa, en su libro Arquitectura templaria castellano-leonesa los sitúa en la iglesia leonesa de San Fiz do Seo, la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes la iglesia del Castillo en Támara y posesiones en la burgalesa Villafrandovínez.

A su vez, Juan García Atienza amplía aún más los enclaves templarios, destacando, al comienzo y al final del tramo castellano leonés jacobeo un hospital y granja en Villafranca de Montes de Oca y la iglesia de San Juan en Villafranza del Bierzo.

Igualmente, los conventos cluniacenses y cistercienses atendieron a peregrinos, destacando por ejemplo el Hospital del Rey en Burgos, dependiente de las monjas de Las Huelgas, o el imponente convento antoniano de Castrojeriz.


¿Por qué estaban los templarios en el Camino de Santiago? Porque era una Orden con una doble función: monacal y militar. Esta doble vertiente de caballeros-monjes inevitablemente les hace estar en esta gran senda de peregrinación a Compostela, tanto para proteger inicialmente a la cristiandad de posibles ataques de los musulmanes, como para facilitar el paso de peregrinos y, también, para sus funciones religiosas y, en algunos casos, iniciáticas.

En este orden, Danie G. Rojo ha publicado un interesante texto en la web de Jacobeo 2010 (http://www.icaljacobeo.es/) dedicado a examinar la presencia del temple en el Camino de Santiago. Se recogen seguidamente sus contenidos:

Una orden también dedicada a facilitar el paso a los peregrinos

Los Caballeros Templarios, igual que otras órdenes militares, tuvieron una fuerte presencia en la ruta jacobea. Sólo en la región, diversos investigadores localizan diez enclaves como Villalcázar de Sirga y Ponferrada.

Aunque la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo o del Templo de Salomón se creó en Tierra Santa poco después de la Primera Cruzada, hacia el 1118, no tardó en extender su poder e influencia a territorios franceses, supuestamente su lugar de origen, y de la Península Ibérica, entre los que no podía faltar la ruta del Camino Francés a Santiago de Compostela, que en ese siglo XII comenzaba a despuntar como auténtico fenómeno de masas.

Dada su doble función “monacal y militar”, el Temple se situó en la zona norte de España no sólo para “facilitar el paso de peregrinos”, sino “para proteger a la cristiandad de posibles ataques de la morisma” y “para sus funciones religiosas y, en algunos casos, iniciáticas”, según declara a la Agencia Ical el escritor y periodista soriano Ángel Almazán de Gracia, delegado en Soria de la Sociedad de Estudios Templarios y Medievales Templespaña.

Fortalezas, iglesias, hospitales, casas, granjas, molinos... La orden se estableció de Oriente a Occidente de la península, Camino de Santiago y en otras zonas, gracias en buena parte a las “donaciones”, como afirma el también miembro de Templespaña Raúl Riesco Martínez en uno de los capítulos del libro Codex Templi (El País-Aguilar), donde también deja constancia de la fuerte presencia templaria en el Camino Francés a su paso por Castilla y León.

Diversos historiadores e investigadores, entre ellos el propio Riesco, localizan, con la seguridad que permiten las fuentes relativas a una orden desaparecida hace casi 700 años, hasta una decena de enclaves del Temple en la región, entre los que destacan los de Villalcázar de Sirga (Palencia) y Ponferrada (León), las “mayores encomiendas templarias del Camino” junto a la de San Fiz de Ermo (Lugo), según Riesco.

Villafranca Montes de Oca

La ruta comenzaría en Villafranca Montes de Oca (Burgos), donde el historiador Juan García Atienza identifica en su libro ‘Los enclaves templarios’ (Martínez Roca) una granja que “fue casa y hospital de templarios”, fundamentales para la protección de los peregrinos en unos montes en los que “se ocultaban numerosos bandidos”. Al sur de la capital burgalesa, en Frandovínez, los Pobres Caballeros de Cristo también tenían posesiones, según escribe Javier Castán Lanaspa en su libro ‘Arquitectura templaria castellano-leonesa’ (Universidad de Valladolid).

Ya en la provincia de Palencia, Gonzalo Martínez Díez localiza en ‘Los templarios en la Corona de Castilla’, un volumen basado en documentos que “no arrojan duda alguna”, según Almazán, la iglesia de Santa María la Blanca de Villalcázar de Sirga, una imponente construcción de 17 metros de altura en su interior y tres naves cistercienses, en la que “aparecen esculpidos los caballeros templarios, con sus mantos albos, cruces en gules y escudos”, escribe Riesco Martínez.

En Palencia, Castán Lanaspa también asigna al Temple el antiguo hospital de peregrinos de Támara de Campos, hoy sede del Ayuntamiento y de un museo etnográfico, y la iglesia de Santiago, en Carrión de los Condes. “El friso de su fachada recuerda sospechosamente al pórtico de Villalcázar”, apunta Riesco, quien también reconoce como templario “un molino en la población, derruido en 1432”. El último enclave de la provincia tiene un nombre inequívoco, Terradillos de Templarios, donde la orden de freires tuvo “heredades” donadas por Alfonso VIII en 1191.

El castillo de Ponferrada

Bajo el dominio de la poderosa encomienda de Ponferrada (León) se encontraba la casa de Rabanal del Camino, situada frente a la parroquia de Santa María de la Asunción, primera parada leonesa de una ruta que tuvo su centro neurálgico en la citada fortaleza berciana, con su triple muralla, muy del gusto templario, y sus doce torres, que diversos investigadores, como Juan Pedro Morín, Jaime Cobreros y Luis San Juan, identifican con las siluetas de las constelaciones zodiacales. Por esta razón, el castillo podría considerarse un gran observatorio astronómico.

La iglesia de San Juan de San Fiz, a las afueras de Villafranca del Bierzo, también perteneció a los Pobres Caballeros, según García Atienza, así como la iglesia de San Fiz do Seo, consagrada a San Pelayo y la Virgen de los Dolores. “Tanto dominio a las puertas de Santiago, en la última concentración urbana, junto a Villafranca, testimonia el control y protección de los templarios en el Camino”, puntualiza Raúl Riesco Martínez, quien también recuerda que “ninguna orden militar desempeñó funciones de protección en exclusiva”.

Así, y como recalca Ángel Almazán de Gracia, “hubo otras órdenes militares que tuvieron mayor dedicación a atender a los peregrinos que los templarios en Castilla y León, como la famosa Orden de Santiago”, con hospitales en Villalcázar de Sirga, Santa María de las Tiendas (Palencia), San Marcos, en León, y su hospital dependiente de San Miguel del Camino; “los Sanjuanistas u Orden de los Hospitalarios de San Juan”, conocida posteriormente como Orden de Malta; y “los conventos cluniacenses y cistercienses”, que igualmente asistieron a los romeros.

El Temple, entre iglesias y hospitales

En torno al Camino Francés a Santiago de Compostela se ubican seis enclaves templarios en Burgos y Palencia, entre los que brilla con luz propia Santa María la Blanca de Villalcázar de Sirga.

Protectores de la cristiandad en su conjunto antes que simplemente de los peregrinos a Compostela, la Orden del Temple no tardó en instalarse en el Camino de Santiago y sus alrededores por cuestiones estratégicas. La vía se había convertido en un eje europeo religioso, comercial y social, en el que las actuales provincias de Burgos, Palencia y León jugaban un papel importante.

Los historiadores localizan en las dos primeras seis enclaves pertenecientes a los Pobres Caballeros de Cristo, pero, al tratarse de una orden disuelta en 1312, apenas queda nada de su memoria en muchos de los lugares donde vivieron, como una casa y hospital de Villafranca Montes de Oca (Burgos), borradas de la historia y del recuerdo de los actuales habitantes.

Las huellas del invierno todavía se palpan en la fuente cercana a la Iglesia de Santiago, en Villafranca, congelada y con carámbanos colgantes. “No sé nada de ningún hospital templario aquí. A lo mejor, mi hijo, que se conoce de memoria la historia del pueblo”, afirma Teresa Sanz, que desde hace seis años se encarga de mantener, con una joven, el albergue municipal del pueblo. “Tenemos las ruinas de San Félix de Oca, donde se dice que está enterrado el fundador de Burgos, pero de los templarios...”, añade Sanz, quien no duda de que el Camino de Santiago “da vida al pueblo, al bar, a la panadería...”. “Hay días que hay más peregrinos que habitantes”.

Hito fundamental en la ruta jacobea, Villafranca se sitúa en plena etapa de Belorado a San Juan de Ortega y sus Montes de Oca fueron siempre un paso peligroso para los peregrinos, tanto por los lobos como por los bandidos. Por esa razón, el Temple se situó en la zona, como afirma Juan García Atienza en su libro ‘Los enclaves templarios’ (Martínez Roca). Sin embargo, de esa presencia sólo queda un rastro de papel en los libros.

Lo mismo ocurre en Frandovínez, situada al sur de la ciudad de Burgos, donde el profesor titular de Historia del Arte Antiguo y Medieval de la Universidad de Valladolid, Javier Castán Lanaspa, localiza posesiones templarias hoy imposibles de identificar, ni siquiera si uno se encarama al promontorio donde se alza la iglesia de San Miguel Arcángel. No obstante, ya en 1352 el ‘Becerro de las Behetrías’ califica la Villa de Frandovínez como lugar de abadengo en el cual tienen parte “el Monasterio de Huelgas, el Hospital del Rey y la Orden del Temple”.

Palencia

La huella de los Caballeros del Templo de Salomón comienza a hacerse más tangible al cruzar la frontera de Palencia, que alberga una de las tres encomiendas templarias más importantes del Camino de Santiago, la iglesia de Santa María la Blanca, en Villalcázar de Sirga, y un pueblo de nombre inequívoco, Terradillos de Templarios.

La primera parada de la ruta palentina se encuentra a la vereda del Camino de Santiago, en Támara de Campos, en cuyo punto más alto descansa un antiguo hospital de peregrinos de la Orden del Temple, según Castán Lanaspa, del que hoy sólo queda la iglesia, cuya bella espadaña roza el cielo palentino con la recia y serena majestuosidad del románico. Tras la disolución del Temple, el hospital pasó a manos de la Orden de San Juan y su claustro pervivió, en ruinas, hasta bien entrado el siglo XX, como recuerda Concha Gallardo, alcaldesa desde hace dos décadas, que jugaba allí “de pequeña”. Hoy, es la sede del Ayuntamiento y de un museo etnográfico.

A pocos kilómetros de allí, el peregrino puede maravillarse con uno de los hitos más monumentales de la ruta jacobea, la iglesia de Santa María la Blanca, de Villalcázar de Sirga, cuyo párroco, Jesús Fernández, cuenta siempre “la leyenda del tesoro templario escondido tras una figura de un cerdo, en la fachada”.

Ese cerdo, como recuerda el sacerdote, sustituyó misteriosamente al buey o toro de San Lucas en el tetramorfos del templo, una bella muestra de la transición del románico al gótico, entre cuyas joyas figura la talla de la Virgen de las Cantigas o los sepulcros del infante don Felipe, su segunda esposa -Leonor Ruiz de Castro y Pimentel- y el caballero Juan Pérez.

En los dos primeros, como explica Jesús Fernández a quien quiera que visite el templo, se pueden contemplar varios relieves que representan a caballeros templarios, con sus mantos, cruces y escudos. Un retablo dedicado a los milagros de Santiago Apóstol rubrica la unión del Camino con la iglesia y la orden militar nacida en Tierra Santa.

Un molino, desaparecido en 1432, y la iglesia de Santiago de Carrión de los Condes pertenecieron también a la Orden del Temple, que tiene en Terradillos de Templarios uno de sus lugares más representativos, al menos nominalmente, y también por el hostal que allí existió en la Alta Edad Media, dedicado a San Juan y del que sólo quedan algunas piedras y enterramientos. Para preservar su memoria, el albergue de peregrinos lleva el nombre del último gran maestre del Temple, Jacques de Molay, quemado en la hoguera frente a la catedral de Nôtre Dame en 1314.

La provincia más templaria de Castilla y León

La sombra de la orden templaria, desaparecida hace siete siglos, se convierte en una impresionante realidad en el Castillo de Ponferrada, pero en tierras leonesas, al paso del Camino de Santiago, se localizan tres enclaves más de los monjes guerreros.

La primavera está a un tiro de piedra y el sol de marzo brilla con fuerza, pero la nieve ha vuelto a cubrir, con un manto inmaculado imposible de igualar en la ciudad, Rabanal del Camino y sus alrededores. En este pueblo leonés se situaba antaño un enclave templario -hospital, según unos; casa relacionada con la explotación de las minas de Las Médulas, según otros-, el primero de la orden en el Camino Francés a Compostela a su paso por León, provincia que cuenta con una de las huellas más impresionantes de la presencia del Temple: el Castillo de Ponferrada.

El secretario de la junta vecinal de Rabanal, Juan José Prieto, presume de pueblo y de iglesia (la de Santa María de la Asunción) y con razón. “Tenemos cuatro albergues, dos hostales y cuatro bares, por aquí pasan muchos peregrinos, aunque el nombre lo tenga Foncebadón”, aseguró. A la sombra de los muros de la iglesia, sobre un suelo de piedra helado y resbaladizo, no oculta su admiración por el templo: “Tiene una de las mejores y más bonitas espadañas de la zona”.

A poca distancia, Prieto señala una casa que a los ojos de un visitante no destacaría del resto: “Es la casa de las cuatro esquinas, donde supuestamente pasó una noche Felipe II”. Unos pocos metros después, el secretario vuelve a detenerse ante otra vivienda: “Aunque no quede nada de la original, ésta era una casa de los templarios, un hospital”, afirma. Así es la sombra del Temple; se proyecta, desdibujada, en muchos puntos del Camino de Santiago, donde su presencia se pierde entre la historia y la leyenda, gracias en parte a contribuciones literarias como la famosa novela romántica ‘El señor de Bembibre’, del berciano Enrique Gil y Carrasco.

A veces, como para recordar que muchas tradiciones tienen una base de realidad, esa sombra se torna inequívocamente real, inmensa. Es el caso del Castillo del Ponferrada, que la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo ocupó, reformó y amplió “entre 1178 y 1308”, como recuerda su director, Francisco Javier García Bueso. El viento ulula entre los sillares de piedra de la fortaleza y en él resuenan los ecos de tiempos pasados.

Los templarios, el Conde de Lemos, los Reyes Católicos... Todos dejaron su huella en un edificio que “ha evolucionado de forma compleja, como un juego de construcción, como un castillo con muchos castillos dentro”, explica García Bueso, quien no tiene reparos a la hora de referirse a la historia más “esotérica” de la fortaleza. Ubicada en pleno casco antiguo de la villa, domina Ponferrada desde un promontorio, sobre “un eje de fuerzas, en la confluencia de los ríos Sil y Boeza”. Algo que, tratándose de los templarios, no fue casual.

A partir de 1994, con la redacción y posterior ejecución de un plan director -financiado por el Ministerio de Cultura, la Junta de Castilla y León, la Diputación de León y el Ayuntamiento de Ponferrada-, el castillo ha recuperado su antiguo esplendor. Prácticamente toda su estructura se ha consolidado y la zona conocida como ‘palacial’, levantada por el Conde de Lemos, se ha rehabilitado para albergar salones de congresos, cafetería, restaurante, salas de exposiciones y una biblioteca.

El Camino de Santiago bordea parte del perímetro del castillo, cuya muralla exterior fue “reforzada y ampliada” por los templarios, que en 1308, un año después de que Felipe IV de Francia y el Papa Clemente V comenzaran su persecución, tuvieron que huir de la capital berciana, “primero al norte de Badajoz, a Albuquerque, y luego a Portugal”.

San Juan de San Fiz

Construida entre finales del siglo XII y principios del XIII, la iglesia de San Juan de San Fiz, en Villafranca del Bierzo, también estuvo vinculada con “las órdenes del Temple y de los hospitalarios”, según afirman historiadores como Juan García Atienza y tal y como se indica en un cartel informativo colocado junto al templo, exponente del románico rural de El Bierzo y ubicado a las afueras de Villafranca, en la carretera hacia Corullón.

Las imágenes de San Juan Bautista y María Magdalena presiden la iglesia, restaurada en 1987 y construida sobre unas ruinas romanas que pueden verse bajo las escaleras de acceso al altar. “Santo Tomas de Ollas, Santiago y San Juan de San Fiz, de Villafranca, y San Esteban de Corullón representan el románico más característico de El Bierzo”, recalca el párroco de Villafranca, Tomás Alija, para luego resaltar que San Juan de San Fiz ya era “un lugar emblemático en tiempos romanos y un lugar sagrado en el medievo”.

En la localidad de San Fiz do Seo, a la sombra de la Peña del Seo, donde “los alemanes sacaban wolframio en la II Guerra Mundial”, según relata su alcalde pedáneo, Antonio Abad, se sitúa la más humilde iglesia de San Pelayo y la Virgen de los Dolores, relacionada también con los templarios. Su exterior se ha transformado mucho desde aquella época, pero el interior, restaurado el verano pasado, permite apreciar la solera de la construcción, último rastro templario en el Camino Francés a su paso por León.

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19/12/09

La geometría templaria

La presentación de La Orden del Temple: un nuevo descubrimiento, mi nuevo libro que ha publicado Ituci Siglo XXI, ha tenido numerosas plasmaciones en los medios de comunicación andaluces, así como en diversas plataformas virtuales de noticias. Como botón de muestra, reproduzco a continuación la noticia tal como apareció ayer en el periódico Diario de Sevilla bajo el titular Carrillo y la geometría templaria:

El que fuera vicealcalde y concejal de Urbanismo del Ayuntamiento de Sevilla Emilio Carrillo aborda en su último trabajo editorial, La Orden del Temple: Un nuevo descubrimiento (Ituci Siglo XXI), que presentó anoche en la sede del Círculo Mercantil en la calle Sierpes la expansión de los templarios tras la conquista de Fernando III del antiguo Reino de Sevilla.

El autor de 26 libros, algunos de ellos traducidos al inglés y francés, señaló que ha intentado realizar "una demostración práctica" de algo sobre lo que se viene escribiendo mucho como es el modelo de ubicación territorial de la Orden del Temple, pero que "hay pocos casos prácticos puestos sobre la mesa". De esta manera, analiza el territorio del antiguo Reino de Sevilla, donde, según Carrillo, la implantación de esta orden confirma "los rasgos esenciales del modo de operar y la estrategia en las ubicaciones territoriales". En este sentido, explicó que se evidencia la preferencia del Temple por "la configuración de figuras geométricas en sus ubicaciones, las causalidades numéricas para instalar sus principales recintos militares o espirituales, así como las preferencias por determinados sitios por su raigambre religioso". Asimismo, concretó que desde el punto de vista teórico estaba todo escrito, pero "la ubicación del temple por estas tierras entre 1230 y finales del siglo XIII es una demostración práctica".

Según Carrillo, la Orden del Temple tenía en la localidad de Jerez de los Caballeros (Badajoz) uno de los dominios propios más importantes; sin embargo, tras la conquista de Fernando III del antiguo Reino de Sevilla, en el reparto de los territorios y por el apoyo prestado al monarca, los templarios decidieron no extenderse por el sur de la comarca extremeña sino buscar razones estratégicas y espirituales en los lugares a obtener. En este sentido, señaló que en la búsqueda de esos valores deseaban una salida al mar que encuentran en la localidad onubense de Lepe y territorio espirituales con carga energética como el Monasterio de La Rábida o la isla de Saltés, situadas en la provincia de Huelva.

Al hilo de esto, Carrillo manifestó que la Orden del Temple, cuando se extendía por el territorio, llevaba a cabo "un análisis riguroso de las ventajas de éste", buscando "la realización de determinadas figuras geométricas, con el triángulo como elemento fundamental". Asimismo, añadió que buscaban que los vértices y los lados deberían tener la misma distancia entre sí, como así sucede con Jerez de los Caballeros o la ciudad de Sevilla, donde instalaron el priorato tras la conquista de Fernando III. En el libro se explica también las equidistancias de los emplazamientos, que se pone de manifiesto en los 124 kilómetros que distan entre los principales componentes de las propiedades templarias: entre Jerez de los Caballeros con Sevilla y con Lepe.

http://www.diariodesevilla.es/article/sevilla/589276/carrillo/y/la/geometria/templaria.html

14/12/09

La Orden del Temple: un nuevo descubrimiento. Presentación próximo jueves 17


Nota de Prensa de la Editorial

El próximo jueves 17 de diciembre, a las 20:00, tendrá lugar la presentación en Sevilla (Salón de Actos del Círculo Mercantil e Industrial, C/ Sierpes, 65) del nuevo libro de Emilio Carrillo titulado La Orden del Temple: un nuevo descubrimiento, editado por Ituci Siglo XXI. La presentación será llevada a cabo por Juan Antonio Romero Gómez, autor del texto Los templarios en el Reino de Sevilla.

El libro parte del hecho de que se ha escrito con profusión acerca del modelo geoestratégico de localización en dominios, castillos y propiedades seguido por la Orden del Temple durante sus dos siglos aproximados de existencia –desde su constitución en Tierra Santa a finales del siglo XI hasta su disolución por bula papal en 1312-. Numerosos autores se ha ocupado de ello desde distintas perspectivas, definiendo lo que pueden considerarse sus cuatro señas básicas de identidad:

+empeño, rayando en la obsesivo, tanto en el examen minucioso de las ventajas comparativas del territorio del que se trate como en su rentabilización mediante el emplazamiento exacto de sus dominios y fortalezas;

+el gusto por la geometría y la reproducción de escalas en el diseño del mapa de ubicación de sus encomiendas, fortalezas y posesiones;

+la equidistancia y las causalidades numéricas entre ellas; y

+la preferencia por los recintos con raigambre espiritual y carga energética.

Sin embargo, estando clara la teoría, no abundan los ejemplos concretos que hayan podido estudiarse con base en hechos comprobados, circunstancias y datos históricos objetivos y conclusiones contrastables.

Pues bien, el estudio acometido por Emilio Carrillo y vertido en su nuevo libro titulado La Orden del Temple: un nuevo descubrimiento -editado por Ituci Siglo XXI (http://www.ituci.com)- demuestra de manera tan rigurosa como amena para el lector que la llegada, expansión y afianzamiento del Temple en los amplios espacios que tuvo bajo su control entre 1230 y 1312 en las hoy provincias de Badajoz, Huelva y Sevilla (en gran parte, lo que fue el antiguo Reino o alfoz de Sevilla) es una plasmación patente de los perfiles y características de tal modelo; y representa un caso práctico de indudable valor en el conocimiento del “modus operandi” de la Orden.

Para llegar a ello, el texto se estructura en cinco partes:

+Se empieza por efectuar una breve síntesis acerca del abolengo y procedencia de los castillos que jalonan la Sierra de Huelva (Sierra de Aracena y Picos de Aroche), esto es, Almonaster, Aracena, Aroche, Cala, Cortegana, Cumbres Mayores, Encinasola, Santa Olalla y Zufre, algunos de los cuales han sido tradicionalmente ligados a la historia y al quehacer templarios.

+A renglón seguido, se examina la conquista cristiana de esta comarca onubense, tan conflictiva como dilatada, ya que no puede darse por finiquitada antes de la firma de los acuerdos de Badajoz, en 1267.

+Posteriormente, el libro analiza el proceso de asentamiento de la Orden del Temple en el entorno territorial más cercano a la Sierra de Huelva, es decir, el sur de Badajoz, donde los templarios conformaron a partir de 1230 su dominio más extenso de toda la Península Ibérica: el Bayliato de Jerez de Badajoz (hoy, de los Caballeros).

+A continuación, se investiga la expansión del Temple por el Reino de Sevilla con ocasión de la toma de la ciudad hispalense por Fernando III, en 1248, lo que permite dibujar con precisión el mapa templario hacia mitad del siglo XIII en toda la zona que hoy configuran las provincias de Badajoz, Huelva y Sevilla, constatando como tal mapa se basa en un triángulo con tres vértices principales: Jerez de los Caballeros, al norte; Sevilla, al sureste; y el eje La Rábida, Isla de Saltés y Lepe, al suroeste.

+Y, finalmente, se indaga acerca el origen del Castillo de Cortegana, ubicado en la reiterada serranía onubense, cuya construcción, sobre la que existen muchos interrogantes, puede aportar importantes datos para los objetivos que persigue el libro.

Con todo ello, el autor llega a una amplia batería de conclusiones entre las que sobresalen las siguientes:

+Se constata la no presencia de la Orden del Temple en la Sierra de Huelva, desmintiendo su pretendida relación con localidades como Aracena.

+Se plantea una novedosa tesis acerca del Castillo de Cortegana: su origen templario, lo que configura al fortín corteganés como la excepción que confirma la regla de esa no presencia de la Orden en la serranía onubense;

+Se verifica por medio de un caso práctico –la localización en las hoy provincias de Badajoz, Huelva y Sevilla- las características teóricas del modelo geoestratégico seguido por el Temple en su expansión territorial.

+En particular, se comprueba como la Orden llevaba a cabo un examen muy minucioso de las ventajas comparativas del territorio y diseñaba su rentabilización mediante el emplazamiento de dominios y castillos: lo que se constata, por ejemplo, en la opción templaria por una salida a aguas del Océano Atlántico, frente a la posible ampliación espacial del bayliato jerezano; o en la búsqueda de asentamientos intermedios que facilitarán la comunicación y la accesibilidad entre sus posesiones más alejadas -verbigracia, Villalba del Alcor en la ruta entre Sevilla y Lepe; o Cortegana, entre Jerez y La Rábida-.

+Igualmente, se evidencia el gusto de la Orden por la geometría en el diseño del mapa de ubicación de sus encomiendas, fortalezas y posesiones. Esto se plasma de forma fidedigna en el triángulo configurado entre Jerez de los Caballeros, Sevilla y Lepe; en el arco del compás que une a estas dos últimas y pasa por encima de La Rábida y la Isla de Saltes; y en la perfecta línea recta que, atravesando Cortegana, relaciona el castillo jerezano con el monasterio de La Rábida.

+Se muestran también las equidistancias y causalidades numéricas que los templarios utilizaban en sus emplazamientos, lo que se pone espectacularmente de manifiesto en los 124 kilómetrosque distan entre los principales componentes de las propiedades templarias en la zona estudiada: entre Jerez de los Caballeros tanto con Sevilla como con Lepe; en el arco del compás que une Sevilla con Lepe, pasando por encima, como se ha reseñado, de La Rábida; y en la línea recta que une a ésta con Jerez de los Caballeros.

+Y, por último, se comprueba la preferencia de la Orden del Temple por los recintos con raigambre espiritual y carga energética, lo que se materializa en este caso en la elección de las posesiones tanto de La Rábida –un antiguo “ribat” árabe- como de la vecina Isla de Saltes, lugares dedicados al culto religioso desde la época romana, fenicia y aún antes.

Todo lo cual permite aseverar que la llegada y expansión del Temple en el vasto territorio conformado entre las hoy provincias de Badajoz, Huelva y Sevilla representa un caso práctico del modelo geoestratégico y “modus operandi” que la Orden seguía en sus localizaciones territoriales, lo que representa un descubrimiento de singular significación pues sobre tal modelo existen numerosas referencias teóricas, pero escasas confirmaciones prácticas.

5/12/09

Más Colaboradores de FANUM

El pasado viernes 13 de noviembre se informó en el Blog de la constitución formal de la Fundación Andaluza Nueva Mundo (FANUM) y la posibilidad abierta en sus Estatutos de ser Colaboradores de la misma, lo que no conlleva coste económico alguno y facilita la participación activa en sus actuaciones e iniciativas, así como el acceso a sus servicios.

Ya el día siguiente, sábado 14, publiqué unas líneas de agradecimiento a tod@s l@s que de manera inmediata y a través de la dirección de correo electrónico EMCARRI@terra.es, solicitaron ser Colaboradores de FANUM. Agradecimiento que amplié a los nuevos Colaboradores en una entrada inserta el 18 de noviembre y extiendo aún más ahora a aquellos que se han sumado desde entonces a la iniciativa. Y continúo animando a los seguidores del Blog a hacer lo mismo.

Como también especifiqué, la condición de Colaboradores está abierta no sólo a personas físicas, sino, igualmente, a personas jurídicas. A las que ya se habían adherido, se acaba de incorporar la asociación Orden del Temple (inscrita en el Registro Nacional de Asociaciones de España, con rango Internacional). Para los que deseéis información sobre sus postulados y actividades, estos son los enlaces para su página web y blog:

http://www.ordendeltemple.net/