Agenda de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2026-2027

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17/11/09

Derecho a la Pereza

Algun@s amig@s del Blog me han escrito acerca de la interrelación entre el Movimiento Slow (ver entrada del pasado 11 de noviembre) y el denominado derecho a la pereza. Efectivamente, entre ambos hay analogías, aunque, a la par, son muy distintos en sus contenidos y trasfondos.

Como se señaló en la entrada referida, el Movimiento Slow es una reacción contemporánea ante el culto a la velocidad que arrastra nuestros días hacia el precipicio del estrés y la ansiedad, dificultando, cuando no impidiendo, que disfrutemos de la vida misma y del único lugar donde realmente existe: el presente. En cuanto al derecho a la pereza, se inscribe en la ideología de una parte del movimiento obrero y socialista y sus raíces son muy anteriores. Se podría citar el Derecho al ocio, escrito por Moreau-Christpphe en 1848. Pero con quien mejor engarzan es con Paul Lafargue (1842-1911) y su obra titulada precisamente El derecho a la pereza (Fundamentos; Madrid, 1973).

Sobre la biografía de Lafargue, puede consultarse su ficha básica en Wikipedia:

http://es.wikipedia.org/wiki/Paul_Lafargue

Resalto en ella su nacimiento en Santiago de Cuba en 1842 (su madre fue una mulata y su padre el hijo de un emigrado francés), su matrimonio en 1868 con Laura Marx (hija de Carlos Marx) y su estancia en España entre 1871 y 1873. Aquí entró en contacto con Pablo Iglesias y escribió en La Emancipación. Entre sus artículos en esta publicación ha de ser subrayado La organización del trabajo, en el que defiende la reducción de la jornada laboral a seis horas y vierte una serie de argumentos que después desarrollará en El derecho a la pereza.

Este texto fue su primer trabajo teórico significativo (entre los posteriores sobresalen El origen de las ideas abstractas, de 1898, y El método histórico, de 1903), siendo redactado en Inglaterra en 1880 y publicado primero en L´Egalité y, en 1883, como folleto. En él se manifiesta por vez primera uno de los rasgos más característicos de toda su obra posterior: la utilización de la paradoja como instrumento de difusión y clarificación de la doctrina marxista -también de las aportaciones originales del propio Lafargue- entre la clase obrera. El tono irónico y mordaz, visible desde el mismo título, y el perfil descaradamente polémico del libro lo convirtieron en uno de los más populares e influyentes en la tradición socialista del siglo XIX, sólo superado probablemente por el Manifiesto Comunista de Marx y Engels. En el siguiente enlace se puede acceder a su contenido integro:

http://www.marxists.org/espanol/lafargue/1880s/1883.htm

El tema central de sus páginas, causa tanto de su éxito inicial como de su postergación, es la refutación del derecho al trabajo (de hecho, este es su subtítulo). Con ello, Lafargue pretendió ampliar el marco de las reivindicaciones obreras y ciudadanas hacia objetivos que fueran realmente superadores del capitalismo al rechazar su expresión más íntima y consustancial: su visión productivista y mercantilista (la visión que hoy es absolutamente hegemónica y dominante) de la economía, la sociedad y la vida.

Lafargue explica con talento y agudeza como el trabajo no es absoluto un derecho de las personas, sino una imposición con consecuencias nefastas: “en la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual y de toda deformación biológica”. Frente a ello, hay que blandir y definir “los derechos de la pereza”, “mil y mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos Derechos del Hombre, defendidos por los abogados metafísicos de la revolución burguesa” como únicas metas legítimas de la vida humana.

Se trata de poner en pie una forma de existencia no sólo diferente, sino más acorde con la Naturaleza, en general, y la naturaleza humana en particular. Un modelo de vida radicalmente distinto del derivado de las exigencias productivas del capital y cualificado por el desprecio al trabajo impuesto a cambio de un salario y por el amor a los placeres de la vida, el gozo del momento presente y la actividad ejercida en aquello que vocacionalmente nos gusta y nos llena. La pereza no es holgazanería, sino ruptura de las reglas del juego del productivismo y la mercantilización de la vida para dedicarse a aquellas actividades que nos entusiasman, con las que disfrutamos y con las que, además, ayudamos a la sociedad.

Lafargue sostiene sus posturas con base en un elevado número de textos clásicos (Herodoto, Tito Livio, Jenofonte, Antiparos, Aristóteles, Virgilio, Juvenal,…) y de fuentes literarias o artísticas de épocas preindustriales (el Romancero, la pintura flamenca, Rabelais, Quevedo, Cervantes, la novela picaresca,…), no dudando en citar al Maestro Jesús y su proverbial canto a favor de la confianza en la divina Providencia. Lo reflejan muy bien estos párrafos de su libro: “Hombres ciegos y de limitada inteligencia han querido ser más sabios que su Dios; seres débiles y detestables, han pretendido rehabilitar lo que su Dios ha maldecido. Yo que afirmo no ser cristiano, ni economista, ni moralista, hago apelación frente a su juicio al de su Dios, frente a las prescripciones de su moral religiosa, económica o librepensadora, a las espantosas consecuencias del trabajo en la sociedad capitalista (…) Jesús, en su Sermón de la Montaña, predicó la pereza: “contemplad cómo crecen los lirios del campo; ellos no trabajan, ni hilan y, sin embargo, yo os lo digo, Salomón, en toda su gloria, no estuvo más espléndidamente vestido” (…) También el proletariado, traicionando sus instintos e ignorando su misión histórica, se ha dejado pervertir por el dogma del trabajo”.

Y Paul Lafargue no se contenta con ofrecer un discurso moral o unas consideraciones utópicas, sino que pone su empeño en demostrar la posibilidad de sustituir el sistema imperante por uno nuevo, capaz de satisfacer las exigencias del derecho a la pereza, abogando por una reducción de la jornada laboral a tres horas y el aumento del poder adquisitivo de los ciudadanos y vaticinando lo que sucederá si esto no se lleva a cabo: colonización (globalización), crisis periódicas, creación de necesidades ficticias, adulteración de los productos,…

“La maquina es la redentora de la Humanidad”, afirma Lafargue. ¡Qué escribiría ahora en plena revolución tecnológica!. Parece como si la Providencia se hubiera empeñado en darle la razón y hubiera colocado en manos de los seres humanos los instrumentos que pueden levantar para siempre el teórico "castigo divino" de ganar el pan de cada día con el sudor de nuestra frente. Eso sí, Lafargue alerta lo que el adelanto tecnológico (maquinismo, en expresión de la época) conllevará mientras domine la visión capitalista: “generalización de la miseria y paro obrero”.

Es evidente la proximidad de todos estos planteamientos con los más modernamente defendidos por Marcuse o Henri Lefebvre, particularmente en las referencia de éste al “derecho a la fiesta” como uno de los puntos fundamentales de sus propuestas. Y los teóricos actuales de la “civilización del ocio” e, incluso, los del Movimiento Slow, como el japonés Club de la Pereza (Sloth Club), pueden encontrar en Lafargue unos de los pioneros más contundentes y ejemplares.

16/11/09

Cuando 24 horas al día no parecen suficientes

Paco Aguilar me envía la breve narración que reproduzco seguidamente. Viene como anillo al dedo a propósito de las reflexiones que se vienen colgando últimamente en el Blog favorables a un ritmo de vida distinto del marcado por el culto a la velocidad. Espero que os guste:

Un profesor, delante de su clase de Filosofía, sin decir palabra, tomó un frasco grande y vacío de mayonesa y procedió a llenarlo con pelotas de golf. Luego preguntó a los estudiantes:
-¿Está el frasco lleno?.
Los estudiantes estuvieron de acuerdo en decir que sí.
Seguidamente, el profesor sacó una caja llena de canicas y la vació dentro del frasco de mayonesa. Las canicas llenaron los espacios vacíos entre las pelotas de golf.
El profesor interrogó de nuevo a los estudiantes:
-¿Está el frasco lleno?.
Y volvieron a contestar que sí.
A continuación, el profesor tomó un recipiente con arena y lo volcó dentro del frasco. Por supuesto, la arena llenó todos los recovecos vacíos. Por lo que el profesor repitió su pregunta:
-¿Está el frasco lleno?.
En esta ocasión los estudiantes respondieron con un sí unánime y atronador
Pero el profesor siguió manos a la obra y agregó dos tazas de café al contenido del frasco. Y, efectivamente, la arena que quedó empapada de café.
No hizo falta que volviera a insistir con su pregunta. Los estudiantes reían a carcajadas por la situación.
Cuando las risas se apagaban, el profesor agarró el frasco con la mano derecha, lo elevó a la altura de su cabeza y le indicó a los estudiantes:
-Quiero que se den cuenta de que este frasco representa la vida, la vida misma.
Guardó unos segundos de silencio y siguió:
-Las pelotas de golf son las cosas importantes, como amarte a ti mismo y a los demás, la familia, los hijos, la salud, los amigos, los espacios de recogimiento interior, todo lo que te apasiona y todo lo que haces con Amor. Son cosas, que aún perdiendo todo lo demás y sólo ellas nos quedaran, nuestra vida estaría llena.
Miró a los estudiantes, que le observaban con ojos extasiados, y continuó:
-Las canicas son otras cosas que importan, pero menos, como el trabajo, la casa, el auto, etcétera.
Constatando que el auditorio permanecía absorto en sus explicaciones, añadió para terminar:
-Y la arena representa todas las demás cosas con las que cargamos nuestra agenda, nuestra actividad cotidiana y nuestra mente.
Tras ello, calló y empezó a recoger sus apuntes y libros que estaban sobre la mesa, dispuesto a dar por finalizada la clase. Entonces un alumno pidió la palabra para interrogarle:
-Pero, profesor, ¿qué nos quiere enseñar con esto?.
El profesor, que esperaba precisamente que algún alumno le hiciera tal pregunta u otra similar, respondió de inmediato:
-Si en el fraco hubiéramos puesto primero la arena, no habría habido espacio para las canicas ni para las pelotas de golf. Lo mismo ocurre con la vida. Si gastamos todo nuestro tiempo y energía en las cosas sin importancia, nunca tendremos tiempo y energía para las cosas realmente importantes. Por tanto, prestad atención a lo que es crucial para vuestra felicidad: juega con tus hijos, ve con tu pareja a cenar, encuentra espacio para la meditación y el silencio, crece interiormente, practica tu deporte o afición favorita,... . Y hazlo todo viviendo el presente, deleitándote en el ahora, disfrutando el momento. Ocúpate primero de las pelotas de golf, de lo que realmente importa; y sólo después dedica tiempo a las demás cosas. Establece tus prioridades, el resto es solo arena.
Uno de los estudiantes levantó la mano y preguntó que representaba el café. El profesor sonrió y dijo:
-Es sólo para demostrarles que no importa cuan atareada pueda parecer tu vida: ¡siempre hay espacio para un par de tazas de café con un amigo o con alguien que necesita que lo escuches!.

11/11/09

Movimiento Slow

En la entrada Elogio de la lentitud, publicada el pasado 31 de octubre, se citó el libro del mismo título, obra de Carl Honoré, y se reflexionó sobre los impactos negativos y nocivas secuelas del culto a la velocidad, una de las características de la visión y el sistema dominantes y lógica derivación de su perfil productivista, mercantilista y consumista. En ella me comprometí a retomar el asunto escribiendo acerca del “Movimiento Slow”, cosa que hago seguidamente.
La realidad muestra que hemos olvidado la espera de las cosas y la manera de gozar del momento cuando llegan. La actriz y escritora Carrie Fisher lo ha expuesto muy bien: “incluso la satisfacción instantánea requiere demasiado tiempo”. Lo que enlaza con la necesidad de vivir el presente -el ahora, el único sitio donde la vida realmente existe-, desarrollada en otros apartados del Blog (ver MENTE, PRESENTE Y PRÁCTICA DEL AHORA, de 16 de octubre), e incluso con un arte en peligro de extinción: el arte de no hacer nada, que abre la puerta al silencio, la meditación y el crecimiento interior. Pero, para cientos de millones de personas, no hacer nada es sinónimo de falta de referencias, lo que provoca nerviosismo, pánico al vacío y urgencia por encontrar algo que hacer. En lugar de no pensar, permitiendo que nuestra dimensión interior inspire la mente, o de concentrarnos en una idea para que madure en nuestra inteligencia, nos hemos convertidos en adictos al pensamiento rápido y, por tanto, superficial y fácilmente manipulable por terceros y por influencias externas.
Ahora bien, no es preciso ser un genio para percatarse que hacer las cosas más despacio significa hacerlas mejor. Y ofrece la oportunidad de disfrutar con la acción de hacerlas, lo que se sitúa estrictamente en el presente, y no sólo con los teóricos resultados de la acción, que pertenecen al ámbito de lo futurible, de lo que está por llegar. Un futuro al que nos lanzamos aceleradamente para ni siquiera ser muy conscientes de cuando llegamos a él. Todo mejora, hasta la salud, cuando se prescinde del apresuramiento.
Las palabras “rápido” y “lento” representan dos filosofías de vida muy distintas. Rápido equivale a atareado, controlador, agresivo, apresurado, superficial, estresado e impaciente, es decir, todo aquello en lo que la cantidad prima sobre la calidad. En cambio, lento está asociado a sereno, cuidadoso, receptivo, silencioso, intuitivo, pausado, paciente y reflexivo, esto, es, donde la calidad prevalece sobre la cantidad. Por ello, la filosofía de vida de la lentitud puede resumirse en dos cualidades: equilibrio interior y armonía exterior.
A esta perspectiva responde la profusión de prácticas como el Tai Chi y el desarrollo del Movimiento Slow, formado por personas que quieren vivir mejor en un mundo sometido al ritmo frenético de la velocidad. En él se inscriben numerosos grupos, desde el nipón Club de la Pereza (Sloth Club) a la estadounidense Fundación por un Largo Ahora (Long Now Foundation), pasando por la austriaca Sociedad por la Desaceleración del Tiempo o la iniciativa Comida Lenta (Slow Food) promovida por el italiano Carlo Petrini. El manifiesto de ésta es un toque de alerta ante el culto a la velocidad en todas sus formas y pone en evidencia que nuestra sociedad primero inventó la máquina y después la tomó como modelo de vida: “Estamos esclavizados por la velocidad y todos hemos sucumbido al mismo virus insidioso. Vivir rápido, una actitud que trastorna nuestros hábitos, invade la intimidad de nuestros hogares”.
¿Que nos aconseja hacer el Movimiento Slow?. Pues, ante todo, ser coherentes: cuando se trata de ir más despacio, no se pueden tener prisas, por lo que conviene comenzar poco a poco. Por ejemplo, para cambiar el ritmo de vida hacia un mayor sosiego es aconsejable empezar con algunas prácticas de “salida del tiempo”, es decir, actividades como la meditación, la oración, el silencio interior o, incluso, sentarse en un banco o pasear plácidamente observando el bullicio que nos rodea. Igualmente, aplicar la pausa a la hora de comer, de leer el periódico o de hacer el amor. Si un pequeño acto lento le hace sentirse bien, pase paulatinamente a lo importante, hasta llegar al punto de replantearse su horario laboral o su agenda cotidiana de “actividades múltiples y veloces”.
Le aseguro que en la medida que lo vaya haciendo y constate directa y personalmente la mejora en su calidad de vida, se formulará repetidamente una misma pregunta: ¿por qué no decidí hacerlo antes?.