Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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18/5/21

Memorias de un descarnado: 15 de 29. Por Deéelij

Quinta jornada. Al alba. Espacio aéreo de Ís.

     Estaba cayendo a gran velocidad, respirando lentamente el medio litro de oxigeno que le quedaba. Tendría que soportar el descenso hasta los diez mil pies con esa escasa cantidad de sustancia, de lo contrario se asfixiaría. A lo lejos comprobaba como su maravilloso Starfighter, sin control irremisible, derivaba inciertamente, contra un destino aplastante. Al tocar tierra se destrozaría. Una máquina tan bella destruida por su culpa. Atraído por la gravedad que provocaba una aceleración continua, pensó en el problema del paracaídas. ¿Aguantarían las cuerdas en la apertura? ¿Cómo respondería su cuerpo ante el frenado de la campana abriéndose a más de trescientos kilómetros por hora? En su trayectoria se encontraba una nube esponjosa. Primero parecía pequeña, pero a medida que avanzaba se hacía gigantesca. Casi sin previo aviso visual, sin que sus sentidos pudieran percatarse de la disminución en la distancia, su cuerpo penetró en aquel lecho extinguiéndose cualquier posible calibración visual. El pánico se apoderaba en esas circunstancias más aún de sí mismo. Sintió que no llegaba el elixir que le mantenía con vida. ¿Estaría taponada la mascarilla? Es posible que a esa altura su saliva se hubiese congelado en el interior del conducto impidiendo la transmisión correcta del oxígeno a sus pulmones. Se ahogaba. Soltó la máscara buscando que a esa altitud hubiera el suficiente elemento vital como para que le permitiera llevar vida a sus células agonizantes. No salía de la nube, debía ser enorme. No encontró en su aspiración la suficiente base elemental para su oxigenación. Aquello estaba concluyendo. Un solo error y pagaría de nuevo con su vida. ¿Por qué tendría que subir tan alto con el reactor? Sabía que no podría conseguirlo, pero su orgullo desmedido le impulso a realizar una bravata procurando llamar la atención de Pal; quería impresionarla demostrando todo lo aprendido. Y desde luego que lo había hecho con su estupidez. Más sería el espanto cuando recogieran lo que quedara de él al estamparse contra el suelo si no alcanzaba a respirar algo de oxígeno. Y si lo hacía, ¿qué? A posteriori estaría el problema del paracaídas. No estaba seguro de que funcionase. Quizá, a tal velocidad el correaje seccionaría sus piernas. ¡Qué estúpido! Parecía mentira, después de todo ese tiempo aprendiendo a volar, no había asimilado las cuestiones más básicas. Tendría que volver a empezar, posiblemente en otra dimensión, pero tendría que aprender a pensar, hablar y a caminar. Era lo que se merecía, por imbécil. Salía de la nube casi sin consciencia, pero agitándose queriendo, en ese gesto, encontrar algo conque poder respirar…

     -     Vamos holgazán levanta de una vez; es tarde – decía una familiar voz llegada desde ultratumba.

     Olía a café recién hecho. No se atrevía a abrir los ojos. No quería ver el nuevo y teórico cielo al que había llegado.

     -    Vamos hay mucho que hacer – escuchó sintiendo como un pie con su planta extendida le sacudía en su trasero –. ¡Arriba! Empieza la clase.

     ¡Dios!, por idiota he retrocedido a un sitio distinto, pensó. Seguro que tendré que tomar clases de monopatines. Eres un estúpido. Tendrías que haber echado cuenta de lo que Pal y Pitt te decían. Ahora, no estarías en la escuela de vuelo de reincidentes.

     -   ¿Te levantas o tiro el desayuno a la basura? Último aviso, y no me ando con remilgos. Arriba alumno. ¿Acaso crees que voy a soportar tus niñerías?

     Temeroso, nervioso, con miedo, miró lo que sus parpados recogidos permitieron contemplar. Se alojaba en una cama. Frente a sí, una pared de listones de madera. Al lado, una blanca almohada, y una manta con aroma con una fragancia conocida. Se dio la vuelta incorporándose al mismo tiempo sin calcular la distancia que le separaba de la cama superior, de tal modo que sufrió un impacto seco, sonoro y duro, que prolongó el dolor a su orgullo desmedido, cariacontecido por la falta de reflejos en su movimiento.

     Sorpresa. Era Pitt quien le hablaba. El alivio reconfortaba sus temores. Por lo menos sabría a qué atenerse. Lo increíble es que esa otra escuela para inoperantes también la dirigiese el mismo.

     -     Cuánto me alegra verte Pitt. Gracias por estar aquí.

     -     No puedo decir lo mismo, has vuelto a cagarla – dijo acercándole una taza de café.

     Al asirla observó que era de color naranja. La puso sobre la base de la palma de su mano. Allí estaba la inscripción. “Sé que eres el mejor”.

     -     Pitt… – inquirió dubitativo –.  ¿Dónde estoy?

     -     Mejor sería preguntar qué es lo que vas a hacer inmediatamente.

     -    Realmente lamento todo lo que ha pasado – manifestó compungido –. No sé qué me pasó con el Starfighter, creo que el pánico se apoderó de mí… y terminé saltando, no lo recuerdo exactamente, y luego… luego me asfixié. Y vuelta a empezar, ¿no? ¿Bueno por dónde tengo que empezar? Te aseguro que esta vez obedeceré sin excusas. He aprendido la lección.

     -   Permíteme que también dude de eso – espetaba con dureza, con apasionamiento –, de lo contrario no estaría aquí. ¿Sabes? Tengo mucho trabajo como para tener que ocuparme de nuevo de ti, así que espabila. Esta vez no te admito dilación alguna, y menos improperios y despropósitos. ¿Queda claro?

     -    Perfectamente. Lo que tú digas. Pero déjame decir que siento haber destrozado el avión. Procuraré recompensarlo de alguna manera.

     -    ¿Pero qué dices? Creo que te ha sentado mal tanto sueño o ¿es el café? ¿No tomarías alguna porquería anoche? ¿Eh?

     -      No te entiendo Pitt. ¿Qué está pasando?

     -     Levántate y toma una ducha bien fría, será lo mejor. Vamos, arriba – le obligó ofreciéndole su mano.

     Al incorporarse percibió un entorno conocido. Era su cabaña, la que había creado.

     -     Pitt. ¿He vuelto al mismo sitio?

     -    Son las doce de la mañana; hace casi seis horas que amaneció, y no sé cuántas has estado durmiendo. Sean las que sean, te han sentado mal. Venga a la ducha. Hay mucho trabajo pendiente.

     Aturdido, caminó en dirección al baño. Cumplimentando a rajatabla lo ordenado.

     -     ¿Estás mejor? – indagó al verlo salir de la ducha, diez minutos más tarde.

     -   Algo enojado conmigo mismo por la estupidez cometida – respondía como un torbellino  –. Te puedo asegurar, Pitt, que no sé qué mosca me picó. No sé por qué forcé el avión sabiendo que aún no estaba preparado, que podría fallar de nuevo el motor – relataba al tiempo que Pitt con los ojos medios cerrados y la frente entrujada mostraba estupor –. Sí, sé que no debí hacerlo, pero es que no recuerdo qué me impulsó a ello. Sólo tengo en la mente el momento de la caída libre, y cómo quedé sin oxígeno… y luego la asfixia. Del resto no tengo conciencia. Es como sucedió la primera vez que llegué a Nairda, cuando me encontré tumbado en el trigal… y cuando luego me enfrenté al Gladiator con el que tú despegabas. Y luego…

     -    Para, para. ¿De qué estás hablando, insensato?

     -   De eso Pitt, de haber estrellado el Starfighter. ¿De qué si no? Y de haber vuelto a nacer, y…

     -   Espera, espera. Te has levantado al galope, sin ton ni son – decía mientras lo agarraba por los hombros – Verás… has tenido, por lo que percibo, lo que se denomina un sueño real; es decir, que has vivido algo que aún no ha sucedido, o algo que puede, insisto, puede suceder. No es otra cosa. Tranquilo. Mira por la ventana, el avión está donde lo dejó ayer Pal. Nada ni nadie lo ha movido. ¿Entendido? Ya pasó todo. Anda, siéntate y desayuna, ¡pilotillo! Tenemos mucho que hacer, y aunque tenemos todo el tiempo imaginable, me gusta que mis alumnos concluyan cuanto antes…

     Continuó hablándole, tenía que centrarlo. Era bien sabido que los sueños reales poseen un efecto perturbador. Son la advertencia de algo a lo que podría enfrentarse de no modificar algunos parámetros, o quizá el recuerdo de algo pasado para corregir la demora actual. Cualquiera de ambas posibilidades podría darse. La cuestión estribaba en no poder solventar ninguna de ambas posibilidades, dado que el alumno no recordaba lo que le había pasado con total exactitud cuando cambiaba de dimensión. Sea lo que fuere, él bien sabía, por experiencia, que tendría que resolverlo la misma persona que lo soñó en su debido tiempo. No estaba en sus manos, ni en sus designios, el poder de controlarlo. Cada uno resuelve en libertad, aunque en muchas ocasiones tenga que encontrar, en “solitario”, la solución.

       Concluido el aprovisionamiento alimentario y el esclarecimiento de un sueño real, pasó a dar concretas pautas.

      -     Bien, Jano, Pal me comunicó ayer noche en qué parte del proceso estabas anclado. Así que ahora tienes que descargar la última fase del resentimiento, que en tu caso, y por lo que me explicó, ocurrió con la parada de motor; por tanto, imagino que es poco lo que te queda que escupir. Tienes que seguir descargando – indicó colocándole folios y lápiz delante –. Ya lo hiciste con respecto a quienes te ofendieron, denigraron, injuriaron, despreciaron y demás circunstancias similares. De igual modo procediste a la inversa, contra los que tú lanzaste tus despropósitos. Por lo que he visto que escribiste, que no leído, te han dado más de lo que tu otorgaste, lo cual no está mal, y ésta es otra característica de esa manifestación, el resentimiento a soltar debe ser pequeño. Espero que concluya en poco tiempo esta parte. Así que manos a la obra. ¿De acuerdo?

     -      ¿De acuerdo con qué? ¿Qué quieres que haga? No entiendo nada.

     -      ¿Acaso ayer, al bajar del 104, no te mencionó Pal que quedaba algo más que hacer?

     -       Si. Es verdad.

     -       Pues hazlo. 

     -     Lo siento Pitt, no me has entendido. Ella sí dijo que efectivamente faltaba algo, pero no lo especificó…

     -      Sí, por supuesto que lo hizo – cortó la explicación acercándose a un palmo de sus narices –. Sólo que tú, ¡¡insensato!! No la escuchaste. Te lo dijo. Y lo sé porque ella así me lo contó, y nunca miente. Pal es muy exacta en cada una de sus afirmaciones, y siempre procura lo mejor en todo momento. El problema es que el niñato… –  decía señalándole con energía inusitada, sin dar lugar a excusa posible o lamento postrero – llegó enfadado consigo mismo, avergonzado, humillado y con su orgullo herido. Había cometido una equivocación grave, por cierto, y no quiso, en ningún momento, reconocerlo. Y en vez de escuchar atentamente lo que dijo Pal con mucho cuidado, imagino que para que no te sintieras molesto, al contemplar tu empecinado acaloramiento – hizo una pausa señalándole con el índice en su hombro –, tú, después de que te diera con mimo una taza de café que ella misma había preparado con cariño y –pronunció elevando el tono –, decorado personalmente con una frase que a todas luces es inapropiada para ti, pues no tuviste el acierto de sopesarla adecuadamente; sólo tuviste la desconsideración de arrojarla contra el asfalto. Pero sí que te lo dijo; me consta. Además – continuaba sin miramientos a un palmo de distancia, invadiendo su espacio vital, intimidándole –, tienes la descortesía de no intentar arrancar el Starfighter para dejar libre la pista. Verás, niñato de poca monta – pronunciaba increpando Pitt con coraje al tiempo que Jano impresionado desde hacía rato, no se atrevía a mover un solo músculo –, tú, aficionado al vuelo, alumno inacabado, Teniente de Navío, Capitán de reactores, piloto de pruebas… en definitiva: un incordio a todas luces, sólo tienes la ocurrencia de coger la moto y desaparecer. Pero sí, sí que te lo dijo; pero no la escuchaste. Verás – inquiría con un nuevo ataque medido –: ella solicitó estar todo el día contigo para que pudieras avanzar con rapidez; estaba disfrutando en tu aprendizaje. No le opuse resistencia, pero sí le advertí que tú eras un elemento de cuidado, que te conocía bien y que posiblemente necesitarías un par de días para asimilar la lección; pero ella insistió en que podría conseguir acelerar el proceso. Las evidencias me han dado la razón, pero ella no se equivocó; fuiste tú el que cometió el error. Estuvo todo el día entregándote cosas con Amor, con mucho Amor y ternura. ¿Y qué es lo que hace el muchachito insensato? Tirarlo todo por la borda. No atiende a razones. Su orgullo se ve ¡¡levemente!! molesto y salta con exabruptos y despropósitos. ¿Sabes una cosa? – negó Jano con la cabeza, obedeciendo a un sexto sentido, sin atreverse a pronunciar sonido alguno. Nunca había visto a Pitt de tal humor; sería mejor, concluyó en su fuero interno, aguantar el chaparrón –: que tienes menos de dos horas para escribir y terminar de borrar todo el resentimiento que aún te corroe. Luego vas a coger el Starfighter y volando a toda mecha buscarás a Pal, a quién pedirás perdón.  ¿Ha quedado claro?

     -     Señor. Sí, señor –respondió con energía.

     -   Sin coñas. ¿Queda claro? – Inquirió –. Me llamo Pitt ¿Entendido? – espetó a bocajarro; sin miramientos.

     -     Sí, Pitt – emitió compungido –. ¿Puedo hacer una pregunta?

     -     Puedes… pero sé breve.

     -     Bien…

     -     Eso no es una pregunta –zanjó Pitt con rotundidad – inténtalo de nuevo.

     -     Entiendo…

     -     ¡¡Tampoco empiezan así las preguntas!! – gritó buscando intimidarle aún más –. Última oportunidad. Y rapidito.

     -    ¿Qué es lo que me dijo Pal? – indagaba ante la mirada escrutadora de Pitt – No lo recuerdo. Es la verdad.

     -    No seré yo quien lo haga. Aquí las cosas se dicen para ser atendidas, inmediatamente. Tienes dos opciones, la primera está descartada, pues Pal no está aquí para repetirlo, ni creo que tenga pensamiento de volver. Sólo te queda recordarlo. ¿Alguna duda? Tengo que hacer cosas. – concluyó camino de la salida.

     Jano quedaba meditativo analizando las últimas palabras y gestos de su interlocutor. Él no hacía nada por nada. Algo le estaba comunicando. Había un acertijo en todo ello, pero ¿dónde? ¿Dónde?… Se preguntaba al observa la marcha del General.

     La puerta se cerró. Quedó aislado con su pensamiento. El motor de un vehículo se acababa de encender. Saltó raudo afuera. Una vieja camioneta empezaba a moverse. Pitt se marchaba y tenía que solventar el intríngulis que le planteó.

     -     Pitt. Pitt, espera. Dime una cosa. Sólo una -  Enunció junto a la ventanilla de la portezuela.

     -     Dispara.

     -     ¿Cómo puedo recordar algo que no escuché?

     -    Bien, observo que sigues siendo rápido de reflejos – dijo mofándose con cariño –. Fíjate, todo es fácil. Siéntate relajándote, con los ojos cerrados en todo momento, como lo hiciste en el VZ, y retrocede hasta el instante en que quieras rescatar aquello que parece que no existe u olvidaste o crees no haber captado; con tranquilidad recuperarás cada dato, cada percepción, cada sensación, incluso los registros de temperatura, color y humedad. Hazlo y tendrás lo que buscas. ¿Entendido?

    -      Sí. Una última cosa…

    -     No hace falta que lo preguntes: estaré aquí sobre las tres, para almorzar. Y espero, y, debo suponer que habrás terminado con este último paso. Esta tarde te quiero en el aire ¿Prometido?

     -    Tenlo por seguro – confirmó transmitiendo certeza absoluta –. Tienes mi palabra.

     La camioneta partió cruzando la pista de aterrizaje a media altura camino del sendero que le conduciría a la depresión.

     ¿Por qué no habrá venido en un avión? Se preguntó. Era algo raro que usara un vehículo para atravesar la distancia que separaba Ís de Nairda. Pero tendría buenos motivos.

     Pese a todo, algo de intranquilidad se instaló en su interior. El comentario con respecto a Pal manifestaba una circunstancia que en modo alguno quería constatar como definitiva. Él quería volver a verla, y pronto. No obstante, cierta duda imprimía el temor de no ver cumplido ese deseo tal y como él quería que fuese plasmado. El miedo a no tenerla cerca crecía constantemente sin poder mitigarlo. Esperaba, por otro lado, con leves esperanzas, que la actitud de ella no fuese la de crear una distancia insalvable. 

     Una vez sentado en el interior de su refugio, procedió a eliminar cualquier pensamiento o consideración al respecto. Debía centrarse en concluir y cumplir con la palabra dada. Cerró sus ojos instalando la atención en una respiración sosegada. Comenzaba el proceso de aislarse del mundo que le rodeaba. Poco a poco fue sumiéndose en esa profundidad requerida. Retrocedió al instante deseado fijando la atención en el momento en que bajó del 104: Pal se acerca con la jarra naranja… Recordaba cómo aquél detalle le llamaba la atención ahora, y no en aquel momento, algo que también ocurría con los gestos conciliadores de su instructora. Empezó a percibirlo, a recrearlo, incluso a respirar el mismo perfume que rodeaba el ambiente: una mezcla de keroseno quemado, sudor procedente del temor experimentado en el aterrizaje con el motor parado, y el embriagador perfume de Pal. La brisa que soplaba, la luz que le rodeaba… todo estaba magnificándose con mayor autenticidad que en el momento experimentado. Seguía sorprendiéndose de los resultados. Simplemente era increíble que la acción ocurrida y pasada pudiese percibirse al detalle, como si una película mostrase a cámara lenta la trayectoria descrita milímetro a milímetro del evolucionar, en su recorrido, de una bala disparada. Todos los detalles llegaban casi paladeándose. Podía parar y dar marcha atrás. Rebobinaba el tiempo a su gusto. Por unos instantes acarició la posibilidad de ser un dios controlando el mundo. Él no se sentía así en aquel momento, sin embargo, la realidad percibida lo atestiguaba. Supo que podía estar en dos sitios al mismo instante. El don de la ubicuidad era real. Algo proclamaba el éxito de un poder inimaginado.  Aunque pudiera retroceder una y otra vez en aquel tiempo siendo el dueño del mismo, sabía que el tiempo presente, donde se ubicaba su cuerpo, corría en su contra. Tenía que avanzar en la proyección hasta encontrar las indicaciones de Pal. Su voz llegaba:

     -    “Queda una parte a la que no se ha atacado… es aquella que… “ 

     Eso fue todo el contenido de sus palabras. No había más. Retrocedió. La filmación daba comienzo. Escuchó sus propias palabras algo desaforadas, su molestia, su querer evadir responsabilidad… pudo escrutar sus sentimientos al segundo; había perdido el control, obraba maquinalmente.

     -    “¿Sí? ¿Y cuál puede ser? Puedo asegurar que he sacado todo lo que referiste. No hay nada más. Nada. Estoy seguro.”

     Percibía exactamente cómo no prestaba atención a la transmisión de Pal. Estaba ofuscado y enfadado consigo mismo, no quería rendir cuentas ni reconocer un posible error propio. Notaba el tremendo malestar, se odiaba por el fallo. Si al menos ella hubiese estado en otro lugar, su humillación no le habría hecho sentir un desastre. Se criticaba y juzgaba antes de que ella pudiera emitir algún comentario. Se avergonzaba de su mal pilotaje, pero no iba a reconocerlo ante ella, de eso ni hablar. De nuevo la voz de Pal llegaba interrumpida, el mensaje no se captaba:

     -     “Queda una parte a la que no se ha atacado… es aquella que…” 

     La visión de la jugada continuaba.

     “¡Vaya, ya estamos con las sorpresas! ¿Sabes una cosa Pal? No, no lo sabes; está claro que no… Da igual…”

     Luego, su actitud tirando la taza de café, y el modo en qué aceleraba la Harley dejando a Pal con dos palmos de narices tirada en la pista. Abandonada. Obtuvo un sentimiento de reprobación. Su propia humillación y crítica, fueron esparcidas como un ventilador hacia quien no tenía la más mínima culpa. Observó un comportamiento desmedido. Se había portado sin respeto ni educación. Justo después de haber borrado de su pasado el resentimiento afloraba de nuevo una parte. Una parte que advertía que no podía proceder de algo ya borrado y olvidado. Eso tenía su raíz en otro contenido.

      Rebobinaba una vez más: 

     - “¿Sí? ¿Y cuál puede ser? Puedo asegurar que he sacado todo lo que referiste. No hay nada más. Nada, estoy seguro.”

     - “Queda una parte a la que no se ha atacado – masculló lentamente, con cariño, procurando disipar su evidente malestar… es aquella que…” 

     -  “¡Vaya, ya estamos con las sorpresas! ¿Sabes una cosa Pal? No, no lo sabes; está claro que no… Da igual…”

     -    “Queda una parte  a la que no se ha atacado. La última. “

     Esta vez llegó algo distinto. Recordaba. Volvió atrás, tenía que captar cada detalle.

     -   Queda una parte a la que no se ha atacado. La última…  Es aquella que atañe a ti mismo. El resentimiento contra ti. Es el que has creado al criticarte y humillarte ante tus acciones. Escúchame Jano, no te ciegues, ahora estás cayendo en eso mismo. Te estás anulando al criticarte. Libérate de todos los momentos de auto denigración. ¡Jano, escúchame, por favor!

     Después, la película avanzaba con todo lujo de detalles, pero eso ya no interesaba. Había alcanzado el recuerdo que buscaba. Y aunque el descubrimiento de un procedimiento magnífico para extraer de la mente detalles que parecían no existir, le sublimaba e instigaba a buscar en el pasado resolviendo otros momentos ocluidos en apariencia, evocó el objeto del ejercicio y le puso fin.

     Abrió los ojos de golpe, del mismo modo en que todo ese pasado se fulminó sin olvido.

     Empezó a escribir rápidamente. Su escritura prácticamente era ilegible. A la mente llegaban con rapidez cada una de aquellas manifestaciones donde se anuló, humilló y criticó provocándose con esas acciones una disminución considerable en su autoestima, y, como consecuencia, en su poder personal. Él mismo con sus enojos, instauró ciertos parámetros de falta de creencia en sí. Entendió que, si creía que fallaba en su pericia, fallaría. Comprendió que, si alguna vez pensaba que no sería capaz, eso mismo obtendría. Una vez más pudo cuadrar cómo cada una de las normas de vuelo ínterdependían una en función de la otra. En la medida en que iba aceptando, en su entender, el correcto proceder en la aplicación de cada una, captaba, que ninguna funcionaria por separado, sino todas a la vez, siempre y cuando su comprensión estuviese perfectamente definida en su mente.

     ¿Por qué fallo el motor? Pensó que eso podría ocurrir, y ocurrió. Algo similar recordó, a lo sucedido en el accidente que le condujo a Nairda. Sabía que su falta de pericia provocó que se estrellara. Dudo de sí mismo. Sus críticas y falta de confianza condujeron, en realidad, al teórico fallo del 104, pese a que pudo, esta vez, aterrizar.

     Expulsaba de su mente estampándolo sobre el papel, cada uno de los instantes en que perdió la confianza en sí mismo; cada vez que se criticó; cada vez que sintió enojo o cólera en su contra; cada vez que aseguró en su fuero interno su incapacidad para hacer o conseguir algo y, en definitiva, Ser; cada vez que se insultó socavando el crédito a sus capacidades; cada vez que minusvaloró su actuar, anulándose; cada vez que se compadeció por sus limitaciones infravalorando sus posibilidades y virtudes; cada vez que no se aceptó tal y como era; cada vez que no se quiso, ni se respetó; cada vez que se castigó; cada vez que se engañó y mintió.

     En la medida que escribía con detalle el cúmulo de arrebatos contra su Ser, crecía en confianza denodada, exultante. Un mar de claridad fortalecía su entendimiento. La eliminación de la rabia almacenada y acumulada como consecuencia de las desesperaciones personales, contribuía al empuje de una vitalidad desconocida. Robustecía, con el desahogo, cada una de sus células en un resurgir inimaginado. Advertía que el poder sobre sus actos y acciones exclusivamente podía encontrarse en su interior. Con cada capa de rencor que deshojaba, la luminosidad acrisolaba en un griterío encaminándolo hacia la felicidad. Volvía a encontrar en , una esencia inquebrantable al desaliento.

     Un estruendoso claxon resonando desaforado anunció el declinar de su actividad. Ni siquiera las horas, marcadas por el reloj de pared, habían despistado su atención. Tal fue la excitación del peregrinaje extrayendo las desacreditaciones a su valía, que ningún evento interrumpió la introspección.

     La salida al porche coincidía con el derrape vertiginoso de la camioneta tripulada por Pitt. La actuación asombró. Jamás pensó que un hombre de su talla y edad se atreviera con una demostración, a su juicio, tan infantil.

     -   ¿Has terminado? – Interrogaba desde el interior de una nube de polvo grisáceo –. Venga, ayúdame a bajar la moto de la caja y continúa – concluyo si dar opción.

     Por su cara podía adivinar su estar. Jano, sin emitir comentario alguno, percibió el lamentable estado de su motocicleta. Pitt empujó la Harley hasta la parte trasera, indicando que tendría que acabar el ejercicio, antes de que él la limpiara dejándola como nueva, cuestión de la que dudó. Nunca volvería a ser igual. Había sido una locura traerla de vuelta de esa manera, pensó. Hubiese sido mejor repostarla y conducirla desde el lugar donde la dejó abandonada. Pese a todo, la inquietud por dar por terminado esta fase de aprendizaje le azuzaba a continuar con prontitud.

     A cinco minutos para las tres de la tarde, soltó el lápiz. Su índice y pulgar, dolorido de tanto ejercicio manual al que no estaba acostumbrado, no evitaban evidenciar el alivio que el resto de su Ser, y como consecuencia, su cuerpo, obtenían al sentirse liberado del pesar que disminuía sus posibilidades. Su poder experimentaba limpieza mental, física, espiritual, y anímica. Era otro Jano distinto, si es que realmente ese era su nombre; algo curioso, pues con tanto ejercicio recordatorio repasando cada trazo y tramo de su vida, no encontró ningún instante dónde poder descifrar si realmente respondía a otro patronímico. La sospecha de estar siendo mencionado con un seudónimo se afianzaba en su interior, pero tal cuestión menor, no era motivo de indagación necesaria en las actuales circunstancias. Él estaba allí para aprender a volar, a ser feliz, si es que conseguía aprender todas las normas y, salvar el tan traído y llevado escollo que le trajo a este lugar.

     -    ¿Por qué no compruebas cómo ha quedado la motocicleta? – Reclamó Pitt abriendo la puerta sin entrar –. Vamos, ven. Está mejor que nueva.       

     Lo hizo con una mueca dubitativa. Siguió los pasos del viejo instructor hasta la parte posterior de la barraca. 

     -    Bueno, Pitt: está perfecta, muy limpia, pero el escape y muchas de las partes del motor ya habrán asumido todo el polvo que hayan podido – comentaba ante la extraordinaria maquina reluciente y brillante –; ya nunca será la misma –  resumía en un tono algo melancólico.

      -    ¡Serás desagradecido! – Espetó Pitt irónicamente – cómo se nota que aún no has empezado con la siguiente norma de vuelo. ¡Cuánto has de aprender, pilotillo! ¿Por qué no le echas un vistazo a todas esas partes que has mencionado? Sabihondo de pacotilla.      

Posdata:

En el artículo del día 1 de diciembre (Rojo octubre, peligroso noviembre y brillante diciembre. III Parte) comuniqué que personalmente había recibido por psicografía una serie de técnicas y procesos para aplicar en psicoterapia, que solucionaba el 80% de los problemas psicológicos del ser humano. La explicación resumida de esta psicoterapia es que elimina el ego, te reconecta con tu alma (conecta la Particularidad con la Singularidad) y tienes control emocional, siendo feliz en tu vida actual; al mismo tiempo dije que lo había transferido a dos Almitas maravillosas (psicólogas) que os los podía ofrecer mediante terapia, obvio que, con remuneración, pues es su trabajo, y que además ellas lo harán, pues mis tiempos están contados, para seguir en esa labor. No se trata de dar una formación, sino de recibir terapia para quien lo necesite. Durante un tiempo os habéis puesto en contacto conmigo para luego realizar el contacto con ellas (Rosario y Yesenia), pero ahora ya podéis hacerlo de forma directa mediante su correo profesional:  terapia.psico2@gmail.com También podéis visitar su Web: http://www.psico2-internacional.es

 Para las actualizaciones de Todo Deéelij y preguntas sencillas: deeelij@gmail.com

Nota a la posdata: si quieres recibir esta ayuda terapéutica más vale que te comprometas contigo mismo, pues es exigente. Sólo apto para valientes y no timoratos.


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