28/11/09

Inmanencia de Dios, Espíritu Santo y Convivencia Vibracional

Como se indica en Noviembre 2009: Conferencias, actividades e intervenciones pública, en la mañana de hoy continúo impartiendo el Taller de Espiritualidad para Buscadores. En él, tras haber profundizado en el discernimiento sobre la divinidad, abordaremos cuestiones como la Inmanencia de Dios, el Espíritu Santo, el alma o la encarnación y reencarnación. Desarrollaré estos extremos en varias entradas, comenzando con esta.

1. La “Inmanencia” de Dios

Como se remarcó en la entrada Principio Único (“Padre”) y Espíritu (“Hijo”), del 21 de noviembre, el plano de lo No Manifestado es creación divina y Esencia (Amor) emanada en expansión, por lo que, aun no siendo increado como el Principio Único, participa de sus demás cualidades, entre éstas la gradación pura e infinita de su vibración. En cuanto al plano de lo Manifestado, está constituido por la expansión del Verbo asociado a la Emanación de la Esencia, siendo igualmente obra divina, tanto en sus manifestaciones intangibles como tangibles, aunque su vibración sea finita y tanto más densa cuanto mayor es su condensación.

En este orden, la Creación -en permanente despliegue por la expansión de la Consciencia y fusionada con el Creador en el Ser Uno- está repleta y completa de la Esencia emanada en expansión, es decir, de lo No Manifestado, del Espíritu o Amor desplegado a partir del Principio Único. La Creación es Amor, sin disociación posible. Y lo No Manifestado radica íntimamente y es presencia absoluta y subyacente, con frecuencia vibracional infinita, en las múltiples dimensiones y en la globalidad y en cada uno de los Universos que configuran el Omniverso, todos existentes y sostenidos en la Mente infinita y eterna, Ser Uno.

Esto no ocurre con lo Manifestado. El Verbo no es la Esencia emanada, sino la vibración que le acompaña. Y el Verbo en expansión, en sus muy distintos grados de condensación y consiguientes gradaciones vibratorias finitas (intangibles y tangibles), no llena toda la Creación. Enunciado en términos coloquiales, lo Manifestado no ocupa la totalidad de la Creación, aunque esté integrada en ella, sino una “parte” de la misma, por más que la “parte” pertenezca a la Unidad Divina.

Por tanto, en la Creación hay esferas –dimensiones, planos, espacios,…-constituidas exclusivamente por lo No Manifestado (con ello está relacionado lo que la ciencia tilda tanto de antimateria como de materia oscura). Y otras en la que lo No Manifestado, vibración infinita, y lo Manifestado, vibración finita, coexisten vibracionalmente.

Esto provoca algo de enorme trascendencia: sea cual sea el carácter intangible o tangible de lo Manifestado y sea cual sea la “parte” del Omniverso donde radique u ocupe, siempre convive con lo No Manifestado. Es una convivencia de tipo vibratorio (una “convivencia vibracional” en la que se profundizará inmediatamente) entre la frecuencia infinita del Espíritu o Amor y la gradación finita de lo Manifestado, sea intangible o tangible.

Desde la perspectiva de los cinco sentidos del ser humano, que sólo se percatan de parte de lo Manifestado (de la gama o franja de las manifestaciones que por su condensación y vibración pueden percibir), esta convivencia puede describirse como presencia “patente” (visible) de lo Manifestado y presencia “latente” (no visible) del Espíritu. O lo que es lo mismo: como presencia “subyacente” del Espíritu (vibración pura) en lo Manifestado (vibración finita, tanto menor cuanto mayor sea la condensación).

Esto, por supuesto, es aplicable a la materia (lo Manifestado tangible para nuestros sentidos): a pesar de su corporeidad, la materia (incluida la parte física del ser humano) goza de la presencia subyacente del Espíritu, de la Esencia emanada y expandida, con todos sus atributos y capacidades. Es un hecho francamente maravilloso que evidencia rotunda y portentosamente la envergadura del acto de Amor que la Creación es y significa. A él se refieren diversas tradiciones espirituales con la expresión la “Inmanencia” de Dios.

Para entender mejor sus implicaciones, resulta útil constatar que el Diccionario de la Lengua de la Academia Española aconseja el uso del término “inmanente” para referirse a lo “que es inherente a algún ser o va unido de un modo inseparable a su esencia”. Para poder aplicar esta definición a la Inmanencia de Dios hay que reiterar que todo es creado y se sostiene en el Ser Uno, Mente infinita y eterna. Por lo mismo, su Esencia ha de estar, de forma inherente o subyacente, en todo lo que en Él existe y permanece. No puede ser de otra manera; y la presencia inmanente de lo No Manifestado en lo Manifestado es su plasmación natural.

En conclusión: todas las modalidades de existencia procedentes de la condensación del Verbo -intangibles y tangibles- conviven vibracionalmente con el Espíritu o Amor, lo que se plasma en la inmanencia de lo No Manifestado (frecuencia vibratoria infinita y de la que, por ello no se percatan nuestros cinco sentidos) en lo Manifestado (de limitada gradación vibracional y que en el caso de mayor condensación y menor gradación vibratoria, como la materia que conforma nuestro cuerpo, sí es percibida por los sentidos físicos).

2. Lo que "es" y lo que "no es": la "paradoja de consciencia"

Dentro del plano de lo Manifestado, las manifestaciones tangibles o materiales, por su fuerte condensación y débil grado vibratorio, están sujetas a las reglas del tiempo y el espacio (espacio/tiempo). Y son mutables y muy efímeras en comparación con la inalterabilidad y eternidad que caracterizan al plano de lo No Manifestado. Esto ha provocado que escritos religiosos ancestrales identifiquen lo material como lo que “no es”, dada su existencia fugaz y cambiante; y lo No Manifestado como lo que “es”, debido a su perpetuidad e inmutabilidad.

Ante ello e hilando con lo reseñado a propósito de la Inmanencia, se produce una curiosa circunstancia: nuestros sentidos perciben las manifestaciones materiales, englobadas en lo que “no es”, pero, por su elevadísimo rango vibratorio, no se percatan de lo No Manifestado, que realmente “es”. Se trata de una tremenda paradoja: percibimos lo que “no es” y no nos percatamos de lo que “es”.

Y esto se puede aplicar a nuestra propia realidad como seres humanos. Nuestro cuerpo físico pertenece al ámbito de lo Manifestado; y es el resultado de la evolución, a lo largo de miles de millones de años, de la materia surgida de la condensación del Verbo (la vibración asociada a la Emanación de la Esencia divina). Además, contamos con la presencia inmanente de la Esencia emanada y expandida, Espíritu o Amor (No Manifestado). Lo primero nos proporciona una dimensión material de baja frecuencia vibracional, que “no es”, debido a su condición extremadamente efímera y cambiante; lo segundo nos otorga una dimensión espiritual de altísima gradación vibratoria, perteneciente a lo que “es”, por ser eterna e inalterable. Sin embargo, nuestros sentidos físicos perciben de nosotros mismos lo que “no es” (lo que “no somos”), mientras que no se percatan de la existencia de lo que realmente “es” (lo que verdaderamente “somos”).

La ignorancia acerca de esta paradoja, que es una auténtica “paradoja de consciencia”, hace que numerosas personas olviden su espectacular dimensión espiritual (Espíritu, Esencia divina, Hijo de Dios, Dios mismo) y pasen sus días de existencia física en el falso convencimiento de que eso es todo lo que son, cuerpo o materia sometido a la tiranía de los apegos materiales y, finalmente, de la muerte. Tal es el nivel de inconsciencia y de desconocimiento de sí mismo al que el ser humano puede llegar.

3. El “Espíritu Santo” y la “convivencia vibracional”

Se han hecho numerosas referencias hasta aquí tanto al Principio Único como al Espíritu o Amor; y a cómo ambos comparten atributos y pureza vibratoria y son la Esencia misma del Ser Uno. Ahora bien, ¿qué es el “Espíritu Santo” que completa la naturaleza trina de Dios (Ser Uno), propugnada por el cristianismo y otras creencias, junto con el Padre (Principio Único) y el Hijo (Espíritu o Amor)?. Expuesto sin ambages, el Espíritu Santo o Paráclito (del griego “parakletos”: “aquel que es invocado”) es la plasmación efectiva y concreta de la Inmanencia de Dios en cada una de las manifestaciones, intangibles o tangibles, que conforman lo Manifestado.

Como se ha reseñado, la Inmanencia es la presencia inherente de lo No Manifestado en lo Manifestado. Pues bien, estamos ante el Espíritu Santo cuando, realmente y de modo específico, se produce esa presencia del Espíritu divino en cualquier manifestación concreta, sea inmaterial o material, de las prácticamente infinitas que configuran el plano de lo Manifestado.

Ya se señaló que el Espíritu o Amor, lo No manifestado, es uno. Y que las manifestaciones, por cuantiosas que sean, constituyen una unidad en lo Manifestado. Aún así, las manifestaciones admiten una diferenciación aparente entre sí debido a sus múltiples y distintos niveles de condensación y frecuencia vibracional. Por esto, aunque la Inmanencia de Dios es global y total (en lo Manifestado se halla inherente lo No Manifestado), hay también que contemplarla en términos de presencia efectiva del Espíritu o Amor en cada una de esas manifestaciones. Valgan los símiles tanto del viento -que es uno, pero zarandea en particular cada árbol o animal del bosque- como del aire que respiramos -que obviamente es uno, pero alienta a cada persona que lo inspira. Analógicamente, siendo uno el Espíritu, su presencia específica en cada manifestación concreta, inmaterial o material, es el Espíritu Santo.

En coherencia con los símiles propuestos, se entiende que en el Evangelio de San Juan se afirme: “El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu” (3,8). O que haya descripciones del Espíritu Santo como el “aliento” de Dios, que es Uno, pero que anima a cada individuo o modalidad de existencia: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente” (Génesis, 2,7).

Por supuesto, todo esto es aplicable a cada uno de los componentes del mundo material que los cinco sentidos detectan; y a nosotros mismos en nuestra dimensión física. El Espíritu -de elevadísimo rango vibratorio, Esencia divina (Amor) emanada y expandida- radica de forma inmanente tanto en la materia que nos rodea como en la que nos constituye corporalmente. Una materia de reducida gradación vibratoria que es “iluminada” por la vibración pura del Espíritu, por la Luz de Dios. Es la lógica de Amor de la Creación; y esto es lo que indica la figura del Espíritu Santo: la presencia subyacente y concreta del Espíritu divino en cada manifestación del plano de lo Manifestado y, por supuesto, en cada ser humano. El cristianismo lo expresa simbólicamente cuando describe al Espíritu Santo como llama o chispa viva del Espíritu de Dios que “desciende” sobre nosotros: a los reducidos niveles vibratorios de la materialidad baja el Espíritu para que se haga la Luz en las Tinieblas. Algunas tradiciones religiosas denominan a esto “encarnación”.

Se comprende así la naturaleza trina de Dios (Ser Uno): Padre (Principio Único); Hijo (Espíritu o Amor, con las mismas cualidades vibratorias que el Principio Único y, por ello, Esencia de Dios, Dios mismo); y Espíritu Santo (presencia inmanente del Espíritu, la Esencia divina emanada y expandida, en cada manifestación, inmaterial o material, surgida por la expansión y condensación del Verbo –vibración asociada a la Emanación de la Esencia-).

Asistimos con todo ello a la extraordinaria “convivencia vibracional” antes aludida. Porque, aun siendo una unidad en el ámbito de lo Manifestado, todas las manifestaciones, inmateriales o materiales, tienen su propia identidad en función del grado de condensación y la frecuencia vibracional resultante. Y todas cuentan, a su vez, con la presencia inmanente del Espíritu. De lo cual se deduce que en el mundo que nos rodea y en nosotros mismos coexiste una doble dimensión vibratoria: la “dimensión manifestada” en sentido estricto, de limitada gradación vibracional (por ejemplo, la materia que perciben nuestros sentidos o nuestro cuerpo físico); y, de manera inherente, otra “dimensión no manifestada” o espiritual, de elevadísima frecuencia vibratoria (de la que por ello nuestros sentidos no se percatan). La Inmanencia, la presencia subyacente de lo No Manifestado en lo Manifestado, provoca esta íntima alianza o convivencia vibracional entre la vibración pura e infinita del Espíritu o Amor -Hijo de Dios, Esencia divina, Dios mismo- y la limitada gradación vibratoria de lo Manifestado.

(En la entrada que publicaremos mañana se completará todo lo anterior abordando el significado y contenido del “alma”, así como la llamada “dinámica vibratoria interactiva” entre Espíritu, alma y cuerpo en la que tiene reflejo y se manifiesta el aumento del grado de consciencia que pueda disfrutar cada ser humano)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.