19/11/09

Cartas y discursos; eutanasia y Revolución

Usted me permitirá hacerle las siguientes observaciones:

1º. Si quiere continuar sus relaciones con mi hija tendrá que reconsiderar su modo de “hacer la corte”. Usted sabe que no hay compromiso definitivo, que todo es provisional; incluso si ella fuera su prometida en toda regla, no debería olvidar que se trata de un asunto de larga duración. La intimidad excesiva está, por ello, fuera de lugar, si se tiene en cuenta que los novios tendrán que habitar la misma ciudad durante un periodo necesariamente prolongado de rudas pruebas y purgatorio (...) A mi juicio, el amor verdadero se manifiesta en la reserva, la modestia e incluso la timidez del amante ante su ídolo, y no en la libertad de la pasión y las manifestaciones de una familiaridad precoz. Si usted defiende su temperamento de criollo, es mi deber interponer mi razón entre ese temperamento y mi hija (...)

2º. Antes de establecer definitivamente sus relaciones con Laura necesito serias explicaciones sobre su posición económica. Mi hija supone que estoy al corriente de sus asuntos. Se equivoca. No he puesto esta cuestión sobre el tapete porque, a mi juicio, la iniciativa debería haber sido de usted. Usted sabe que he sacrificado toda mi fortuna en las luchas revolucionarias. No lo siento, sin embargo. Si tuviera que recomenzar mi vida, obraría de la misma forma (...) Pero, en lo que esté en mis manos, quiero salvar a mi hija de los escollos con los que se ha encontrado su madre (...) La observación me ha demostrado que usted no es trabajador por naturaleza, pese a su buena voluntad y sus accesos de actividad febril (...)

Usted debe ser un hombre hecho antes de pensar en casarse, y es necesario un largo periodo de pruebas para usted y para ella.”

¿Adivinan quién es el autor de esta carta?.

Pues la escribió y firmó, con fecha 13 de agosto de 1866, ni mas ni menos que Karl Marx. ¿Le parece increíble que el revolucionario más sobresaliente del siglo XIX, guía aún para millones de personas en todo el mundo, redactara una misiva tan conservadora, llena de “moralina” y preocupada por la posición económica de su posible yerno?. Vivir para ver (leer, en este caso). En cuanto al destinatario de la carta, no fue otro que Paul Lafargue, el autor del Derecho a la pereza, al que se dedicó la entrada que con tal título se insertó en el Blog el pasado martes 16 de noviembre.

Como allí se reseñó, a pesar de las diatribas que se acaban de reproducir, Lafargue se casó con Laura, hija de Karl. El matrimonio tuvo lugar el 2 de abril de 1868, después de que Marx aceptara las condiciones económicas “muy favorables” propuestas por los padres de Lafargue

A pesar de las reticencias del suegro con relación al carácter de su yerno, él y Laura fueron siempre una pareja bien avenida. Tanto como para acordar, siendo aún relativamente jóvenes, que practicarían juntos la eutanasia antes de que la vejez los introdujera irremediablemente en la decrepitud y en la enfermedad. Para ello consensuaron suicidarse antes de que el mayor de ellos -Paul, nacido el 15 de enero de 1842 (Laura lo hizo el 26 de septiembre de 1845)- cumpliera 70 años. Y, efectivamente, pusieron fin a sus vidas el 26 de noviembre de 1911, mes y medio antes del septuagésimo cumpleaños de Paul. Para la ocasión, éste dejó escrita la siguiente carta:

Sano de cuerpo y de espíritu, me suicido antes de que la implacable vejez me arrebate, uno a uno, los placeres y las alegrías de la existencia y me despoje de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y rompa mi voluntad y no haga de mí una carga para mí mismo y los demás. Desde hace años me había prometido no superar los 70 años; fijé la época del año para mi partida y preparé el modo de ejecución de la resolución: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico. Muero con la alegría suprema de tener la certidumbre de que, en un porvenir próximo, la causa a la cual estoy dedicado desde hace 45 años, triunfará. ¡Viva el comunismo!. ¡Viva la Internacional!. (Publicado, con fecha 27 de noviembre de 1911 por el periódico del Partido Socialista francés)

Fue el jardinero de la casa parisina de la pareja quien encontró los cuerpos de Paul -en la cama- y Laura -en el baño-. Todo estaba en perfecto orden. El 3 de diciembre, los restos mortales de ambos fueron trasladados desde el edificio principal del Partido Socialista al cementerio. En el entierro estuvieron representados todos los sectores de la Internacional Socialista. Llovía mansamente cuando cuando las columnas de socialistas, emocionados, silenciosos, con las banderas rojas al frente, entregaron los féretros a la tierra. El propio Lenin, por aquellos días en París, pronunció el discurso de despedida. Lo concluyó así:

El siglo XX será planteado y definido bajo estos aspectos esenciales: el papel dirigente de la clase obrera y de su vanguardia en la Revolución y por la amplitud de las conmociones mundiales y por la inmensas perspectivas abiertas al socialismo. Fin de un mundo y nacimiento de otro.

La profecía nunca ha sido el mejor arma dialéctica de los líderes políticos.

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