25/4/10

Taller de Espiritualidad para Buscadores: Módulo 7 (continuación)

PARA TODOS LOS QUE DESEEN SEGUIR POR ESTE BLOG EL

TALLER DE ESPIRITUALIDAD PARA BUSCADORES

(Se publican en el Blog las entradas correspondientes a los distintos Módulos que configuran el Taller conforme éste se va desarrollando para l@s que lo siguen de manera presencial, comenzando el sábado 6 febrero y concluyendo el domingo 16 de mayo de 2010)

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Taller de Espiritualidad para Buscadores:

+ Módulo 1: Ver entradas del sábado 6 y domingo 7 de febrero.

+ Módulo 2: Ver entradas del sábado 13 y domingo 14 de febrero.

+ Módulo 3: Ver entradas del sábado 20 y domingo 21 de febrero.

+ Módulo 4: Ver entradas del sábado 6 y domingo 7 de marzo.

+ Módulo 5: Ver entradas de los sábados 13 y 20 y domingos 14 y 21 de marzo.

+ Módulo 6: Ver entradas de los sábados 27 de marzo y 10 de abril y domingos 28 de marzo y 11 de abril.

+ Módulo 7: Ver entradas del sábado 17 y domingo 18 de abril.

+ Módulo 7: Convivencia vibracional y Espíritu encarnado (continuación):

Sábado de abril 24:

61. ¡Toma el mando y Ama!

62. La encarnación en una “cadena de vidas” (“reencarnaciones”)

63. La elección de cada nuevo eslabón en la cadena de vidas

Domingo de abril 25:

64. Final del “gran olvido”: la Iluminación

65. Hablamos de ti y de mí: estamos en acto de servicio por Amor

66. Hijos de Dios, no porque nos haya creado Él, sino porque somos Él

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64. Final del “gran olvido”: la Iluminación

La encarnación inmanente del Espíritu en el plano humano culmina cuando alcanza su cénit la dinámica vibratoria interactiva y el alma alcanza el mayor rango consciencial y vibratorio posible en el plano humano. La vida física en la que esto se consigue habrá sido en un ser humano con consciencia sobre su dimensión espiritual, con discernimiento acerca de lo que “es” y “no es” y plenamente consciente de su verdadero ser: ¡soy el que soy!. Ha superado el “gran olvido” y se contempla por fin como lo que realmente es: Dios mismo o, si quiere, un “estado de Dios”.

San Bernardo describió muy bien a un hombre o mujer así: “aspira tranquilo a las bodas del Verbo (…), deja de temer iniciar una alianza de comunión con Dios (…) ¿A qué no podrá aspirar con seguridad ante él si se contempla embellecido con su imagen y luminoso con su semejanza?. ¿Por qué puede temer a la majestad, si su origen le infunde confianza?. Lo único que debe hacer es procurar conservar la nobleza de su condición con la honestidad de vida; esforzarse por embellecer y hermosear con el digno adorno de sus costumbres y afectos la gloria celestial que lleva impresa por sus orígenes » (San Bernardo; SC 83:1).

La presencia subyacente del Espíritu es tan viva, pujante y poderosa que el ser humano disfruta de la Unidad Divina. El ego y sus apegos, el piloto automático, queda absolutamente desactivado y el Yo profundo toma el mando de la vida, centrada en el momento presente, el aquí y ahora, y ocupada sólo en Ser y, por ende, en Amar. Se produce la experiencia maravillosa de la consciencia plena, la “Iluminación” interior: se constata y se comprueba radicalmente que lo que afanosamente, a lo largo de tantas (vidas o reencarnaciones, se buscaba fuera de uno mismo, a través de los anhelos y deseos de la materialidad, en verdad lo tenemos en nuestro interior, nuestro auténtico Yo, Dios mismo y su Felicidad.

Tal como ya se recogió en la primera parte de este texto, de manera espectacular lo describió San Agustín: “Tarde os amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde os amé. Y he aquí que Vos estabais dentro de mí y yo de mí mismo estaba fuera; y por defuera yo os buscaba. Y en medio de las hermosuras que creasteis irrumpía yo con toda la insolencia de mi fealdad. Estabais conmigo y yo no estaba con Vos. Manteníanme alejado de Vos aquellas cosas que si en Vos no fuesen, no serían. Pero Vos derramasteis vuestra fragancia, la inhalé en mi respiro y ya suspiro por Vos” (Confesiones, Libro X, 27).

El cambio de tornas que la “Iluminación” representa es completo: ahora es la fuerza vibracional del Espíritu la que contagia y “tira” vibracionalmente hacia arriba de la materialidad, y no al revés. Este intenso tirón vibratorio que la dimensión espiritual da a la dimensión material lo experimenta el alma, que gozará de toda la energía vibracional que ha ido acumulando durante la dinámica vibratoria interactiva y la cadena de vidas en la que ha estado adherida a la materia; y estará lista para pasar a otros planos de existencia de mayor frecuencia vibratoria (como se examinará más tarde, especialmente en el epígrafe sobre el “Juicio Final” del Módulo 8, el paso del alma a otro plano existencial y vibracional no suele ser “individual”, de un alma específica, sino en un contexto de unidad con las almas de los demás seres humanos, produciéndose un salto consciencial colectivo de almas que están energéticamente preparadas para ello).

Se trata de algo fascinante. Como se ha insistido, todo comienza “de arriba hacia abajo” y tiene su correlato “de abajo hacia arriba”: una colosal dinámica que evidencia la unión entre Creador y Creación, sin separación alguna, con la consciencia como hilo conductor y el Amor como energía nutriente.

Recuérdese el arranque, que es “de arriba hacia abajo”: 1. Concentración: en Consciencia Perfecta y Concentración Absoluta, emana la Esencia del Ser Uno, acompañada del Verbo como vibración asociada. 2. Expansión: la Esencia emanada y el Verbo se expanden; y en las manifestaciones derivadas de la condensación del Verbo (lo Manifestado, vibración finita) se encuentra inmanente el Espíritu (Esencia emanada y expandida, lo No Manifestado, vibración infinita).

Y aquí se desencadena el proceso “de abajo hacia arriba” (también denominado Absorción): 1. Como consecuencia de tal convivencia vibracional y por el efecto heterodinaje, surge el alma como tercera gama energético-vibracional. 2. Espíritu, alma y cuerpo protagonizan una dinámica vibratoria interactiva (grado de consciencia, estadio de conciencia, experiencias). 3. Y conforme se eleva el grado consciencial del ser humano, el alma va ganando frecuencia vibracional hasta hallarse en condiciones energéticas de “subir” hacia planos de mayor rango vibracional.

La expansión de la consciencia del ser humano expande, así, la propia Creación, haciendo que la Creación sea Creadora y unificando Creador y Creación. Figuradamente, el Espíritu (“Hijo”), por su presencia inmanente en la materialidad, habrá desarrollado el pacto de amor (“sacrificio”) que hace posible la resurrección de la materia (“carne”) mediante la elevación de la gradación energética del alma (surgida precisamente de la convivencia Espíritu/materia) hacia otros planos vibracionales (“Cielo”) cada vez más próximos a la calidad vibracional pura e infinita de la Esencia divina (“Padre”).

Como se enunció en Capítulo 6, la indisoluble identidad entre Creador y Creación, por lo que la Creación es, a la vez, Creador, explica la traducción “Yo resultaré ser lo que resultaré ser” de lo que Dios indicó a Moisés en el versículo 3,14 del Libro del Éxodo. En el Ser Uno, “Yo soy el que soy” y “Yo soy el que resultaré ser” no sólo no chocan ni se contradicen, sino que se fusionan de manera armónica, hermosa, maravillosa. La consciencia es la base de la fusión; y el Amor, la energía que la nutre: la Consciencia Perfecta desencadena el proceso “de arriba hacia abajo”; y la toma de consciencia en el ámbito de reducida gradación vibracional de lo Manifestado (mundo material, cuerpo humano,…) produce una especie de rebote consciencial “de abajo hacia arriba”.

65. Hablamos de ti y de mí: estamos en acto de servicio por Amor

Llegados a este punto, conviene traer aquí unas espléndidas reflexiones de Félix Gracia –Hijos de la luz: un pacto de amor- que vienen como anillo al dedo a propósito de lo hasta aquí sintetizado y su aplicación al ser humano y nuestra condición de “buscadores”. Porque los hechos narrados han sucedido siempre y están sucediendo ahora. No hablamos, pues, de éste o de aquél, sino de ti y de mí, de nosotros. De nuestro Espíritu, inmanente y subyacente en la tierra siendo su hogar el cielo. El grito desgarrado que pide salir de las tinieblas no es un eco traído por el tiempo, sino el de tu garganta y la mía. No evocamos la historia ni hablamos de teorías, sino de la lectura viva de nuestra alma. Somos lo que se ha reflejado en las páginas anteriores: ¡Hijos de la Luz!, Espíritus puros unidos al Padre; hechos de su misma Esencia, eternos. Somos uno con Dios y, por lo tanto, Dios. Sin tiempo ni límite. ¿Cómo podría perderse una criatura de tan elevado rango?.

No, no nos hemos perdido; ni estamos exiliados. Caminamos por el mundo para que el mundo –la materia, la carne- resucite. Nadie nos ha obligado, pues esa era nuestra voluntad y nuestro destino. Nos hicimos uno con la Ley para que la Ley se cumpliera. Y lo hicimos, no desde la ruptura, sino desde la unión con Dios. Por eso, aquella voluntad no fue la nuestra, sino la de Él, la Voluntad, la única. Este es nuestro pacto de amor. Ni nos hemos extraviado ni andamos solos, aunque milenios de ignorancia nos hayan hecho creer lo contrario. Si el Hijo que emprendió ese camino era uno con Dios, también Él ha descendido “ad ínferos”.

Que callen todas las voces y cesen las músicas todas. Que todo pare un instante y que se detenga el mundo. Silencio, para que puedas oír dentro de ti. Para que escuches en ti las palabras anteriores. Para que sientas que, más allá de dogmas y creencias, ésta es la verdad que sale del corazón: ¡Dios y el ser humano jamás han dejado de ser Uno!. No estamos, pues, condenados, sino en acto de servicio para expandir nuestra consciencia desde la tridimensionalidad, provocando, así, pequeños “big-bangs” que extienden los efectos del principal e impulsan la expansión de la Consciencia de la Unidad.

66. Hijos de Dios, no porque nos haya creado Él, sino porque somos Él

Dios mira por nuestros ojos y camina con nuestros pies. Pero lo hemos olvidado y nuestra existencia se convierte en dramática, no por causa de una pérdida, sino por un eran olvido. Si Dios escribiera la historia de la humanidad, enseñaría cómo se extendió a sí mismo haciéndose múltiple sin dejar de ser Uno; y cómo, para lograrlo, estableció la ilusión de la separación que da consistencia a su multiplicidad. Constataría que el ser humano es fruto de su misma Esencia, porque es Él mismo hecho visible. Y confirmaría que no fue creado o hecho por Él, sino que es un estado de Dios y, por lo tanto, testimonio de su eterna Inmanencia. Esta es nuestra grandeza: mi título de Hijo de Dios señala la más alta dignidad imaginable, no porque nos haya creado Él, sino porque somos Él.

Esta es la auténtica realidad, el orden natural en el que se establece el pacto de amor que precede a la encarnación. Su reconocimiento sobrecoge y cambia radicalmente la visión del mundo y de nosotros mismos. Nada puede seguir siendo igual para aquél que ha accedido a tan suprema verdad. No somos resultado del error, ni pesa sobre nosotros vejación alguna. Todo es santo, inocente de culpa, bienaventurado. No hay trasgresión ni condena, sino manifestación de Dios. Este es el sublime pacto de amor que nos trajo al mundo.

Y cuando en nuestro corazón sentimos el ansia de liberación es, en el fondo, la advertencia de que la misión está cumplida, que la dinámica vibratoria interactiva está llegando al culmen. Pero su realización no significa una victoria sobre el estado de encadenamiento -nada hay que vencer donde todo es la Voluntad de Dios-, sino el cumplimiento de la misión creadora: expandir la consciencia para que se expanda la Consciencia de la Unidad. Por ello, el anhelo de liberación lleva aparejado tanto la aspiración en sí, como su subordinación a la divina Voluntad. Se trata del “deseo disolverme (en la Unidad) y estar con Cristo (cupio dissolvi et esse cum Christo)”, hecho suyo por místicos como Beatriz de Nazareth (Siete modos de vivir el Amor), aunque sometido a lo que Charles de Foucauld expresó tan emotivamente: “Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras (…) lo acepto todo (…) con una confianza infinita, porque tú eres mi Padre”.

Como escribió Teilhard de Chardin (Adora y confía), las leyes de la vida y las promesas de Dios garantizan que cuanto nos reprima e inquiete es falso. Cesan, entonces, todas las inquietudes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. Se quiere lo que Dios quiere; y se vive feliz, en paz, siendo sólo, ni más ni menos, que Amor. Nada altera ni es capaz de quitar esa paz: ni la fatiga psíquica ni los posibles fallos morales. En el rostro brota una sonrisa que es reflejo de la que el Padre/Madre permanentemente nos dirige. Y como fuente de energía y criterio de verdad se coloca todo aquello que nos llena de la paz de Dios.

Llegado a este punto, el ser humano, consciente de su verdadero Ser y presto a volcarse en la Unidad a la que siempre ha pertenecido, comprende bien que la liberación no es una pericia individual ni una práctica puntual, sino el estado del Espíritu que realiza conscientemente a Dios en la materia. La liberación va mucho más allá de una experiencia personal y provoca una expansión de la consciencia en toda la Creación: un crecimiento cualitativo de todo hacia la Consciencia de Ser y el reconocimiento de Ser Dios. Así de maravillosa es la Creación surgida del “big-bang” analizado en capítulos precedentes. La expansión de la consciencia en las distintas dimensiones de existencia que constituyen la Creación genera múltiples “big-bangs” y transforma la Creación en Creador: Creador&Creación; Creación&Creador.

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FIN MÓDULO 7

Próximo: Módulo 8 (entradas del sábado 1 y domingo 2 de mayo de 2010)

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