21/4/10

Arpas Eternas: Jhasua ante sus jueces (1/2)

Arpas Eternas se encuentra entre los llamados “Libros Revelados”. Y es uno de los más importantes de los últimos tiempos. Fue editado 20 años antes de lo publicado sobre los Manuscritos de Qumram y el contenido de ambos es, en lo esencial, coincidente, aunque Arpas Eternas es más rico en detalles y datos. De su amplio contenido, Pepe Navajas, editor de Ituci Siglo XXI y amigo del Blog, ha seleccionado una serie de pasajes que todos los miércoles pone a nuestra disposición.

1. Profecía del Maestro Jesús referida a estos tiempos (ver entrada publicada el pasado 19 de febrero)

2. Encuentro entre Jesús y Juan el Bautista siendo niños (24 de febrero)

3. Jesús y Juan el Bautista, siendo niños, oran en un templo esenio (3 de marzo)

4. Profecía de Jesús a Vercia, la druidesa gala (10 de marzo)

5. La inquietud compartida entre Vercia, Nebai y Mágdalo (24 de marzo)

6. Muerte de Juan el Bautista y lectura de su testamento (31 de marzo)

7. El prendimiento de Jesús (1/2) (7 de abril)

8. El prendimiento de Jesús (2/2) (14 de abril)

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9. Jhasua ante sus jueces (1/2)

El astuto Hanán, alma de la vida política y religiosa de Judea, no permitió que se convocara a todos los miembros del Sanhedrín que eran sesenta y uno. Valiéndose de subterfugios intencionados, dejaron sin aviso a seis miembros que eran grandes amigos del Maestro: Eleázar y Sadoc, sacerdotes pertenecientes a la Fraternidad Esenia; José de Arimathea, Gamaliel, Nicodemus y Calva-Schevona, nombre judío de Nicolás de Damasco. Estos seis hombres incorporados de nuevo al Consejo por la elección reciente, resultaban temibles en el Sanhedrín, pues siendo su palabra de admirable lógica, y su vida recta consagrada a la verdad y la justicia, arrastraban con sus opiniones a los pocos hombres da alma sana y corazón sincero que había en el seno del Gran Consejo, como ser Chanania Ben Chisva que desempeñaba el arbitraje en las votaciones y Rabbí Shananía, vicario de la cámara de sacerdotes; Jonathan Ben Usiel filósofo y poeta, y Simeón de Anathol doctor en leyes.

El viejo Hanán que durante diez años había ejercido el pontificado y que sus cinco hijos lo habían ejercido también bajo la tutela de su padre, conocía toda esta red tendida en el Sanhedrin, al cual no le convenía en ninguna forma que se levantaran fuertes oposiciones en el seno del Gran Consejo, precisamente cuando a sabiendas iba a cometer el más horrendo delito desfigurado de juicio legal.

Y fue debido a esto que los cuatro doctores amigos del Maestro desde su niñez, ignoraron por completo su prisión hasta poco antes del mediodía siguiente.

En la reunión privada que hemos visto que se realizaba en el salón del pontífice entre fuentes de exquisitos manjares y delicados vinos de Corinto y de Chipre, sólo se hallaban los miembros incondicionales de Hanán: Caifas su yerno y pontífice; sus cinco hijos: Eleázar, Jonathas, Matías, Teófilo y Unano; más los tres hijos del viejo Simón Boetho, cuñado de Hanán; EIkias, tesorero del Templo, Samuel Akatón, Do ras y Ananias de Nebedal. Eran sólo catorce, pero los más indicados para tejer en la sombra la más hábil urdimbre que pudiera luego con vencer a los imparciales, hasta que se llegase a la mitad por lo menos de votantes a favor de la condena a muerte para el Profeta de Dios. (…)

A las primeras horas de la mañana se hallaban reunidos en el Templo, en el recinto destinado a deliberaciones judiciales, treinta y dos miembros del Sanhedrín para juzgar los supuestos delitos del más grande espíritu que ha bajado a la tierra. Después de las preguntas reglamentarias sobre quién era, quiénes eran sus padres, dónde fue su nacimiento, etc., etc., el pontífice Caifas hizo una señal a uno de los presentes, llamado el Doctrinario que era el primer juez para los delitos, en contra de las leyes religiosas establecidas, como originarias de Moisés. Y comenzó la acusación.

—Este hombre ha curado enfermos en día sábado consagrado por la ley a Jehová y al descanso corporal. ¿Qué contesta el acusado?

Que las obras de misericordia ordenadas por Jehová a sus más amados Profetas, no pueden jamás significar profanación del día del Señor, si no una glorificación a su santo Nombre y a su Poder Supremo —contestó con gran serenidad el Maestro—. Entre vosotros está presente el honorable Rabí Hanán a quien curé en día sábado de la úlcera cancerosa que le roía su vientre, y el no protestó por ello. Hubo testigos de tal hecho que pueden ser citados ante este Tribunal. Fue en casa de la princesa Aholibama-. Esta declaración cayó como una bomba en el seno del Gran Consejo, y todos los ojos inquisidores se volvieron hacia el aludido, cuya confusión fue tal, que decía a gritos ser verdad lo que el acusado contestaba. Como los rumores y comentarios subían de tono, el pontífice tocó la campanilla y el silencio se hizo de nuevo.

—Este hombre ha dicho —continuó el acusador— que se destruya el Templo y que en tres días le reedifica. —Defiéndete si puedes —gritó el pontífice.

- El hombre de bien cuya conciencia está de acuerdo con los Diez Mandatos de la Ley Divina, puede hablar de su cuerpo físico, como de un santuario o templo que encierra el Ego o Alma, emanación directa del Supremo Creador. En tal sentido lo he dicho.

— ¿Luego quieres decir —arguyó el Juez Doctrinario— que destruido tu cuerpo por la muerte, en tres días le resucitas?

Le saco del sepulcro, porque está en ley, que esta vestidura de carne no sea pasto de la corrupción —contestó el Maestro.

Aquí se armó otra barahúnda más ardiente que la primera. Los fariseos decían que el acusado era un saduceo sostenedor de la resurrección de los muertos.

Otros, que era un hebreo paganizado, que sostenía las teorías idólatras de Platón, Aristóteles y demás filósofos griegos. Otros que era de la escuela egipcia de Alejandría, y que iba a arrastrar al pueblo por otros caminos diferentes al trazado por Moisés. Hanán, que era el más sagaz de todos aquellos hombres, compren dio que de seguir por ese camino no llegarían a una rápida conclusión y pidió la palabra al pontífice que era su yerno Caifas, y que se la con cedió al punto.

—Es lamentable —dijo Hanán— que no lleguemos a entendernos respecto de este hombre, ante el cual se rebaja nuestra dignidad de Jueces, que no saben de qué delito le acusan. Seamos más precisos y categóricos en nuestro interrogatorio en forma que se vea obligado a decir la verdad respecto de su actuación en medio de nuestro pueblo. Hemos visto que este mismo pueblo le aclama como al Rey de Israel, como al Mesías Libertador anunciado por loa Profetas. Que diga él mismo quién es, de quién recibió el poder de hacer las maravillas que hace, quién le autorizó para interpretar la Ley y enseñar al pueblo doctrinas nuevas, como es la igualdad de derechos para todos los hombres hasta el punto de proclamar que el esclavo es igual que su señor.

El Maestro sereno, impasible, miraba fijamente a Hanán que no pudo sostener su mirada. . . esa misma mirada que lo envolvió en un aura de piadosa ternura cuando le curó su incurable mal.

Cuando el alterado vocerío se acalló, habló el acusado:

En vuestra asamblea de esta noche, resolvisteis condenarme por encima de todo razonamiento y de toda justicia. ¿Por qué perdéis el tiempo ahora en buscar apariencias de legalidad a un juicio contra toda justicia? ¿Acaso me oculté para decir todo cuanto he dicho hasta ahora? ¿Acaso me aparté de la Ley del Sinaí grabada por Moisés en dos tablas de piedra? ¿Enseñé acaso en desacuerdo con nuestros más grandes Profetas? ¿En nombre de quién hicieron Moisés y los Profetas las obras de bien que realizaron en beneficio de sus semejantes, sino en nombre de Dios Todopoderoso, que lleno de amor y de piedad para sus criaturas, lo hace desbordar de Sí Mismo cuando hay entre ellas un ser de buena voluntad que le sirva de intermediario?

—Bien —dijo el pontífice—. Tus contestaciones son agudas y no eres pesado de lengua para darlas. Pero esto se hace demasiado largo y no llevamos camino de terminar. Dinos de una vez por todas, ¿eres tú el Hijo de Dios, el Mesías prometido a Israel por nuestros Profeta?. En nombre de Dios te conjuro a que nos digas la verdad.

El Maestro comprendió que la acusación llegaba al punto final buscado para condenarle, y con una dulce tranquilidad que sólo él podía sentir ante el cinismo de sus jueces contestó:

¡Tu lo has dicho! ¡Yo soy!

A estas solas palabras, expresión de la más pura verdad, aquellos viejos rabiosos, como energúmenos, enfurecidos, comenzaron a mesarse los cabellos, a gritar, a rasgarse las vestiduras y tirar los turbantes y las mitras, según era costumbre cuando alguien se permitía una horrible blasfemia en su presencia.

—¡Ha blasfemado!... ha blasfemarlo contra Dios y mentido como un vil impostor, erigiéndose en Mesías Ungido del Altísimo, cuando no es más que un amigo de Satanás, que hace por su intermedio obras de mejoría para embaucar a las multitudes.

— ¡Reo es de muerte según nuestra ley! —gritaban varios a la vez.

—No podemos matarle sin el consentimiento del Procurador —dijo uno de los jueces—. Hasta ese derecho nos ha sido usurpado por el invasor.

—Según la costumbre establecida desde la invasión romana, el Sanhedrin puede someter sus reos a la pena de la flagelación.

—Que se cumpla en este audaz blasfemo, Jhasua de Nazaret —rugió el pontífice.

Y dos hercúleos sayones entraron en el recinto y tomando al Maestro por los brazos lo sacaron a una galería interior, donde había una docena de postes de piedra con gruesas argollas de hierro, a uno de los cuales le ataron fuertemente.

Y uno de aquellos verdugos comenzó a asestar golpes sobre aquella blanca espalda, que apareció listada de cárdeno.

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