24/4/10

Taller de Espiritualidad para Buscadores: Módulo 7 (continuación)

PARA TODOS LOS QUE DESEEN SEGUIR POR ESTE BLOG EL

TALLER DE ESPIRITUALIDAD PARA BUSCADORES

(Se publican en el Blog las entradas correspondientes a los distintos Módulos que configuran el Taller conforme éste se va desarrollando para l@s que lo siguen de manera presencial, comenzando el sábado 6 febrero y concluyendo el domingo 16 de mayo de 2010)

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Taller de Espiritualidad para Buscadores:

+ Módulo 1: Ver entradas del sábado 6 y domingo 7 de febrero.

+ Módulo 2: Ver entradas del sábado 13 y domingo 14 de febrero.

+ Módulo 3: Ver entradas del sábado 20 y domingo 21 de febrero.

+ Módulo 4: Ver entradas del sábado 6 y domingo 7 de marzo.

+ Módulo 5: Ver entradas de los sábados 13 y 20 y domingos 14 y 21 de marzo.

+ Módulo 6: Ver entradas de los sábados 27 de marzo y 10 de abril y domingos 28 de marzo y 11 de abril.

+ Módulo 7: Ver entradas del sábado 17 y domingo 18 de abril.

+ Módulo 7: Convivencia vibracional y Espíritu encarnado (continuación):

Sábado de abril 24:

61. ¡Toma el mando y Ama!

62. La encarnación en una “cadena de vidas” (“reencarnaciones”)

63. La elección de cada nuevo eslabón en la cadena de vidas

Domingo de abril 25:

64. Final del “gran olvido”: la Iluminación

65. Hablamos de ti y de mí: estamos en acto de servicio por Amor

66. Hijos de Dios, no porque nos haya creado Él, sino porque somos Él

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61. ¡Toma el mando y Ama!

En términos no del Espíritu, que es eterno y se despliega en un momento presente continuo, sino del espacio/tiempo finito que enmarca el plano del mundo material que nos rodea y en el que físicamente vivimos, ¿cuánto tiempo dura el pleno desarrollo de la reiterada dinámica vibratoria interactiva o, lo que es lo mismo, la elevación del grado de consciencia hasta el mayor nivel que sea posible en nuestra condición de seres humanos?.

Tal elevación puede producirse en cualquier momento, de manera instantánea, si la persona adquiere consciencia de lo que es y con legitimidad afirma “soy el que soy”. En esta toma de consciencia radica la plenitud de nuestra experiencia de individualidad en libre albedrío. Y está a nuestro alcance de modo permanente. No es preciso vivir muchas vidas físicas; ni, en cada una, leer muchos libros o atesorar conocimientos múltiples. El Espíritu que somos es el Conocimiento mismo. Sus dones y frutos están descritos en los libros sagrados -San Pablo los resume en su Epístola a los Gálatas (5, 22-23): amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza-. Ya tenemos en nosotros la totalidad de la sabiduría porque somos la Sabiduría.

A menudo, los buscadores se embarcan en una ansiosa y laboriosa captación de conocimientos que termina por perderlos en un laberinto de teorías, conceptos y prácticas: que si una escuela dice no sé qué, que si otra explica no sé cuánto, qué idea tan interesante ésta, qué forma tan original e intensa de meditar, que si con ese maestro aprendo tal cosa, que si ese otro me enseña tal otra, que si este libro es magnífico, pues anda que esa página web,… ¡cuánto mal trato y atosigamiento para nuestra mente!. Pero todo es bastante más sencillo y directo; es cuestión de consciencia: ¡soy el que soy!, una plasmación de Dios y Dios mismo; no la hoja, sino el Árbol; no la ola, sino el mar.

¡Entérate de una vez y no sigas dando vueltas a la noria!. El conocimiento es vacuo; la Consciencia es la expresión absoluta de Ser. Las vías y prácticas, da igual que se basen en la mente o en la no-mente, son un embrollo para la toma de consciencia; las técnicas, sean las que sean, un enredo; las experiencias, una maraña. El momento presente, el aquí y ahora, no ha de ocuparse con conocimientos, vías, prácticas, técnicas o experiencias. Sólo llenarse con Ser. O, lo que es lo mismo, con Amor. Cuando ocupas el ahora en algo que no sea Amor Incondicional a todo y a todos, estás enclaustrando tu Esencia -tu Verdadero Ser- entre las rejas de la vanidad. Como se pregunta y responde Salomón en el Eclesiastés (1,2-3), “¿qué saca el ser humano de todo el trabajo con que se afana sobre la tierra o debajo de la capa del sol?”: “vanidad de vanidades y todo vanidad”. Si hay Consciencia, Ser es Amor. Si Ser no es sólo y exclusivamente Amor Incondicional, no hay Consciencia. Todo lo demás, no Es. Sólo vanidad.

Eres (somos, soy) la Creación, el Creador y el Milagro: desde la individualidad en libre albedrío y en la tridimensionalidad, tomo consciencia de lo que soy y de lo que es; y conmigo se expande la Consciencia de la suma de la que formo parte y, con ello, la Unidad Divina y Multidimensional (es como un pequeño big-bang, que contribuye a que se expandan más los impactos del gran big-bang ya examinado). Ya no hay dualidades y triunfa la Unidad. Reconozco completamente, acepto plenamente y me integro con todas sus consecuencias en la Unidad Divina a la que siempre he pertenecido y sobre la que ya soy absolutamente consciente. La Unidad que me hace uno con el Ser Uno aquí y ahora, que pone de manifiesto mi divinidad recién reconocida, aunque siempre estuviera ahí, y que modifica las condiciones, circunstancias y características del mundo exterior en consonancia y coherencia con mi linaje divinal. Y en consciencia, me ocupo en el ahora de Amar y sólo de Amar, mi única y portentosa acción, mi Esencia; y, al Amar, todos los poderes divinos son mis poderes puestos al servicio de llenar de Amor un mundo que tanto lo necesita.

Comprendo entonces que ya no es tiempo de orar. Cuando se ora –lo explica, muy bien Domingo Díaz desde su iniciativa de Amor y Consciencia (AMYCS)- se pide algo o se alaba a alguna deidad de cualquier credo religioso o espiritual. Esto implica que internamente consideramos que nosotros estamos a un lado y Dios a otro, lo que es un reconocimiento patente de que la dualidad está aún anclada en nuestras mentes y sistemas de creencias. Pero ya no es momento de eso, sino de apagar el piloto automático y permitir que fluya libremente nuestro Yo profundo y divino; dejar que coja las riendas y asuma el mando. Y el mando debe ser puesto en práctica mediante órdenes directas que, emitidas interna o externamente, sean un acto claro, firme y rotundo de creación; un ejercicio consciente de nuestra divinidad. Es el acto de un Dios con forma humana mediante el cual define con Amor las condiciones en las que desea que se desarrolle su vida física y la de su entorno, desde lo más próximo hasta la globalidad planetaria.

Desde mi divinidad, defino y establezco mis condiciones de vida al completo y re-ordeno el mundo para que sea el que quiero que sea. Mis deseos ya no son anhelos humanos, sino la emanación del Amor y la sabiduría que están en mí como consecuencia de esa recién recuperada consciencia de divinidad. Es el momento de decretar como un Dios humano y de re-ordenar la vida y sus circunstancias; de ejercer el poder de nuestra divinidad con responsabilidad, consciencia y Amor y con la convicción de que todos los decretos serán cumplidos a la mayor brevedad posible.

La fuerza y el poder de la orden tienen su origen en la fuerza y el poder de nuestra propia convicción en lo decretado. Y esta convicción se ejecuta tanto al emitir la orden como a partir de ese momento, pues se debe vivir como si el decreto ya se hubiera cumplido, con todas sus consecuencias. Si uno decreta, pero no vive de acuerdo con la orden, es porque en el fondo no cree en el ejercicio de mando que acaba de realizar. Hay que insistir otra vez: al creer, estoy creando; ¡cuando creo, creo!. Y el creer consciente en la divinidad que soy es el crear divino, el verdadero origen del poder creador del Dios que todos somos.

62. La encarnación en una “cadena de vidas” (“reencarnaciones”)

Sin embargo, al ser humano le apasionan los laberintos. Hasta la felicidad la ha convertido en el laberinto con el que comenzaron estas páginas. Aturdido por los engatusamientos de la materialidad, no logra fijar la atención en lo único que la merece: su propio Ser; Amor. Y anda distraído cual mariposa de flor en flor, de día en día, de año en año, de vida en vida. Por ello, la dinámica vibratoria interactiva precisa comúnmente para su desarrollo de una “cadena de vidas” físicas.

No es que el Espíritu salga y entre del plano humano de manera intermitente, pues el Espíritu está inmanente en él (“desciende” a él una vez: encarnación). Sucede, simplemente, que el desarrollo de la dinámica vibratoria interactiva por la que se eleva la gradación consciencial suele requerir de un tiempo –vivencias, experiencias- que va más allá de lo que nuestros sentidos perciben como una vida, es decir los años que van del nacimiento a la muerte física. De ahí que la encarnación del Espíritu en el plano material humano y la dinámica vibratoria interactiva se plasman y se desenvuelven en lo que desde nuestra perspectiva es una cadena de vidas físicas. Algunas religiones llaman “reencarnaciones” a la presencia del Espíritu Santo en cada una de estas vidas, pero hay que insistir en que la encarnación es una y sólo una, por más que la dinámica vibratoria discurra por una cadena de vidas.

En este discurrir, el Espíritu es siempre Él, sin cambios. Tiene como fiel compañera al alma -bisagra y batería energética de acoplamiento del Espíritu en el cuerpo-, que también es siempre la misma (un tercer campo vibratorio generado por la convivencia vibracional entre Espíritu y cuerpo), si bien su potencia vibracional tiende a ir “in crescendo” en la medida en la que recibe y acumula los impulsos vibratorios de los aumentos del grado de consciencia (frecuencia de corte) –sin descartar, por supuesto, decrementos conscienciales- por los estadios de conciencia y experiencias disfrutados en cada vida y en la cadena de vidas físicas. Lo que sí cambian son el cuerpo y las vidas físicas, eslabones en la cadena de vidas en la que el Espíritu despliega su encarnación y el alma su evolución (o involución) vibratoria.

En cada uno de estos eslabones, aunque el Espíritu y el alma son los mismos y el cuerpo es lo único que cambia, se impone lo que algunas tradiciones espirituales llaman “Ley del Ínferos” o “Encadenamiento a los ciclos de la materia”: la carencia de memoria de lo vivido y avanzado vibracionalmente -en consciencia, conciencia y experiencias- en las vidas físicas precedentes. Se trata de una ley cosmogónica cargada de sentido común. El recuerdo de todas nuestras vidas y experiencias anteriores atoraría nuestra posibilidad de elevación consciencial; nos bloquearía por la dimensión y enorme intensidad de lo vivido. De ahí que las personas –Espíritu, cuerpo y alma- no nos acordemos de las vidas anteriores o reencarnaciones por las que Espíritu y alma han transitado en el desarrollo de la encarnación inmanente del primero en el plano humano.

El cuerpo, en el que radica la mente y la memoria, no las vivió. El Espíritu, por su parte, Esencia y vibración pura, está más allá del tiempo y la remembranza. Y el alma, que sí acumula energética y vibracionalmente la cadena de vidas recorrida (por esto algunas escuelas iniciáticas la llaman “alma-personalidad”), lleva a cabo una especie de rememoración selectiva, pues en la nueva vida física activa exclusivamente aquellos componentes y recuerdos precisos para las experiencias conscienciales y concienciales que, en libre albedrío, tocan vivir (en el próximo epígrafe se señalará cómo el alma implementa tal activación en nuestro ADN). Es como si guardásemos todas las experiencias acumuladas a lo largo de la cadena de vidas en una especie de disco duro, pero mientras unos archivos están “activos” (consultables, utilizables), otros permanecen “ocultos” (no son accesibles). Incluso cuando una persona acomete prácticas de regresiones o progresiones a otras vidas –son muchos los textos que se ocupan de ello, por ejemplo, Todos somos inmortales, de Patrick Drouot (EDAF; Madrid, 1989)-, accederá únicamente a aquellas vidas y recuerdos que le sean consciencialmente útiles para las experiencias que en la nueva vida corresponden.

No obstante, aún sin memoria estricta de otras vidas, cada nueva vida física es un reflejo exacto de lo acontecido en aquéllas. Valga el símil de un día cualquiera de nuestra vida actual. Obviamente, al levantarnos por la mañana nos disponemos a vivir una serie de experiencias y acciones que están en función de lo vivido los días anteriores y las semanas, meses y años previos: gran parte de lo que viviremos a lo largo de las siguientes horas tiene su causa (relación causa-efecto) en lo ya vivido en el pasado. Pues bien, lo mismo ocurre en cada nueva reencarnación o vida física (como si fuera un nuevo día), con la importante diferencia de que no recordamos las otras vidas (en el ejemplo, los días, semanas, meses y años precedentes).

Todo lo cual ocurre, además, con un telón de fondo que es un exponente más de la íntima unión de cuanto existe y, en este caso, de la que hay entre cada uno de nosotros y el planeta del que formamos parte y en el que vivimos. Se trata de algo francamente maravilloso y que se relaciona con el hecho, bien conocido por la geología, de que la mayor parte de la formación rocosa de la Tierra, especialmente en la corteza, es roca cristalina. Y estos cristales tienen una funcionalidad no sólo física o material, sino también sutil y trascendente que enlaza con una serie de características y capacidades de cristales y biominerales que se abordarán en la Parte IV de este texto: conservan la energía, tienen memoria, son un banco de recuerdos.

¿Recuerdos?, ¿de qué?. De cada uno de nosotros, de nuestro Yo verdadero y de sus experiencias a lo largo*de la cadena de vidas físicas. La totalidad de lo que hacemos se registra en este planeta como energía y permanece en el entramado cristalino. La globalidad de lo que hemos hecho colectivamente durante todas las vidas permanece en el planeta como una vibración superior. Esta energía es extraordinaria. Y es la fuerza por la que la elevación del grado de consciencia de cada ser humano contribuye a aumentar la consciencia de la suma a la que pertenecemos y, a través de ello, expande la consciencia de la Unidad.

En tal estructura cristalina se conserva, en términos energéticos, todo lo que cada uno espiritualmente ha hecho y aprendido durante sus vidas físicas en este planeta. Como si fueran los anillos de un árbol, cada vida está representada ahí; es la esencia de todas las vidas experimentadas por cada uno esperando la siguiente. Y es que -como enseñan distintas tradiciones y han subrayado contemporáneamente canalizaciones como las de Kryon (www.kryon.es)- en el instante en que nace un bebé, se activa una estructura cristalina en la “Cueva de la Creación”: la Tierra sabe que el alma, si es “vieja”, retorna otra vez para seguir su encarnación en la cadena de vidas; o que, si es “nueva”, inicia este peregrinaje. Y en el caso de las almas viejas, en la estructura cristalina está toda la información de las vidas anteriores esperando la nueva reencarnación.

No debe olvidarse que el Ser profundo o Yo verdadero siempre es el mismo, por lo que todas las vidas pasadas no son extrañas a tu Mí Mismo. Y en cada nueva vida, esa estructura cristalina se activa y está a nuestra disposición para ver, para recordar, incluso para recuperar algunos de los talentos con los que ya contábamos antes (se denomina “excavar en el registro afásico”, lo que enlaza con lo que se examinará sobre el “Akasha” en el Módulo 9). Si un ser humano empieza a plantear preguntas espirituales, todo lo que aprendió a través de las edades regresa a él; nada se perdió y, si no quiere, no tiene que volver a aprender ni pasar por nada otra vez. Aún con la Ley de Ínferos en juego, cuando se comienza a abrir esa puerta, la intuición muestra lo que ya se ha aprendido.

Todo ello se produce en estricto cumplimiento de la Ley de la Creación. Así es tanto en lo grande como en lo pequeño, en lo que no se ve como en lo conocido, pues una es la Ley e infinitas sus manifestaciones. No hay que sorprenderse de nada. Forma parte de las leyes por las que discurre la Creación, incluida la Ley de Ínferos que rige la inmanencia del Espíritu en las gradaciones vibracionales de la materia y el aumento de la frecuencia vibratoria del alma.

63. La elección de cada nuevo eslabón en la cadena de vidas

Por lo expuesto, en el tránsito entre vidas que erróneamente llamamos muerte, nuestro Yo profundo y el alma eligen el nuevo eslabón –el cuerpo y la vida, el yo y mis circunstancias- en el que tendrá continuidad la cadena de vidas que constituye la encarnación. La elección se hará en función de los requerimientos de la dinámica vibratoria interactiva y dependiendo, por tanto, del grado de consciencia alcanzado; y de los estados de conciencia y experiencias que correspondan ser vividos para aumentar el nivel consciencial.

Para el Espíritu y el alma, cada nacimiento físico es meramente la idea de que “tengo este cuerpo”; y la muerte no es más que la de que “ya no tengo este cuerpo”, pasando a estar en otro. Cuando un cuerpo fallece, Espíritu y alma pasan a uno “nuevo” y a otra vida física, esto es, a otro eslabón de la cadena de vidas en las que se plasma su presencia subyacente en el plano humano (encarnación). Y en el tránsito en sí, cuya duración en términos de nuestra temporalidad tarda años, se afloja el encadenamiento a los ciclos de la materia. Esto permite a nuestro Yo profundo (Espíritu) y al alma ponderar con exactitud, por decirlo de algún modo, el nivel logrado en la elevación del grado de consciencia, de lo que es un fiel indicador la gradación vibracional alcanzada por la segunda. Con esta base, se selecciona el siguiente cuerpo, vida y estadio de conciencia (hay que volver a subrayar que, para facilitar el entendimiento del proceso, puede hablarse de reencarnación, aunque en el conocimiento de que encarnación sólo hay una).

El alma es el resultado de la convivencia vibracional y el efecto de heterodinaje entre la vibración pura del Espíritu y la densa del cuerpo. Su rango vibratorio,"acumulado(a lo largo de las experiencias previas, indica como si de una especie de termómetro se tratara el grado de consciencia alcanzado. Y la nueva reencarnación deberá ser en un cuerpo y una vida que posean las características energéticas ajustadas al nivel vibratorio ya logrado. Verbigracia, sí el alma ha conseguido una mayor cota vibracional porque en vidas precedentes se ejercitaron conductas (estadio de conciencia y experiencias) cercanas a la naturaleza divina (Amor), el nuevo cuerpo y vida contarán con un perfil apto (nuevo estadio de conciencia y novedosas experiencias) para lograr otra vez el aumento del grado de consciensia0a través de la continuidad y fomento de esas cualidades y comportamientos (expresado, obviamente, en cuanto a potencial e inclinaciones, pues en cada vida rige el libre albedrío y nada está determinado).

La elección de la siguiente reencarnación (estadio de conciencia y sus consiguientes experiencias esenciales) tiene lugar antes de que la misma se concrete en un nuevo cuerpo, previamente a que el embrión de éste se halle en el vientre de su madre. Los que serán los rasgos esenciales de su vida y los valores a desarrollar quedan configurados en ese estado de la existencia previo a la maternidad en el que el alma y el Espíritu preparan su nuevo escenario experiencial. Se entiende así mejor el auténtico significado de la respuesta “soy lo que decido ser”, que se recoge en el Módulo 1 a propósito de la primera pregunta –“¿quién eres?”- formulada en el libro El laberinto de la felicidad. Nos encarnamos en cada vida física con una especie de “plan de vida” ajustado al grado consciencial de partida, aunque después las experiencias en los correspondientes estadios de conciencia puedan llevarnos por otros derroteros.

Y también este es el instante inefable en el que, como síntesis de una perfecta sincronización, se produce el encuentro entre el alma y las otras almas (el Espíritu es uno, el mismo) que en otros cuerpos físicos serán sus acompañantes y colaboradoras en la vida material que se va a iniciar. Tal confluencia entre almas es mucho más que una experiencia gozosa. Es la aceptación mutua de las respectivas funciones y relaciones en el nuevo eslabón de la cadena de vidas para que cada cual cumpla con lo que constituye el propósito de su reencarnación. De hecho, es común que a lo largo de distintas vidas físicas las almas se reencarnen en grupos, es decir, manteniendo y extendiendo sus relaciones e interacciones de apoyo consciencial, aunque asumiendo papeles y roles distintos (tu madre en una vida puede ser, por ejemplo, tu hijo en otra; tu actual pareja, tu futuro hermano; o tu amigo de hoy, tu abuela en el mañana).

En definitiva, como también ha resumido Kryon, antes de nacer sabemos las potencialidades y los atributos kármicos que vamos a disfrutar y las experiencias energéticas y vibracionales que viviremos en primera persona: ya estaban aquí como potencial y entramos de nuevo en el plano humano para vivirlas. E, igualmente, antes de venir conocemos los potenciales de las personas con las que nos vamos a encontrar: las sincronicidades con aquéllos con los que tendremos encuentros y, dentro de esto, escogemos a nuestros padres y ellos a nosotros. Cuando estamos al otro lado del velo, en la dimensión de la inmortalidad, que es la del Espíritu que somos, se eligen desafíos para poder enfrentarlos y resolverlos. Nadie vino aquí a sufrir, sino a desentrañar el rompecabezas de la vida. Y los buscadores están interesados en desentrañar la vida, en abrir la caja de la verdad. Aquí está: cada uno de nosotros es un pedazo del Creador y, por tanto, Dios mismo. No procedemos de ningún lugar. El Espíritu, no está en un lugar. Dios “es”. Y siempre fuimos; ya “éramos” antes de que se creara el Universo. Elegimos venir a la Tierra por una razón que, en realidad, no tiene tanto que ver con este planeta como con el Omniverso: desplegar nuestras energías en la Tierra para elevar nuestro grado de consciencia, logrando así la expansión de la suma a la que pertenecemos y, por medio de ello, la expansión de la consciencia de la Unidad.

El momento preciso en el que el alma conforma su unión con el nuevo cuerpo físico, haciendo de bisagra con el Espíritu, va ligado a la fecundación del nuevo ser humano. Como es sabido, la fecundación es la unión de dos células sexuales o gametos (el espermatozoide masculino y el óvulo femenino) en el curso de la reproducción sexual, dando lugar a la célula cigoto donde se encuentran reunidos los cromosomas de los dos gametos. Y de la multiplicación celular del cigoto (2, 4, 8, 16, 32,… células) parte la formación del embrión. En este orden, la ciencia actual comienza a hablar de unas células madres o base celular del nuevo ser, que son exactamente las 8 primeras. De hecho, el avance celular de 2 a 4 y de 4 a 8 es muy rápido, mientras que al llegar a 8 se produce una especie de parada en el camino antes de pasar a 16 y continuar la multiplicación.

Pues bien, es en ese estadio -cuando el embrión está configurado por las 8 células madre- en el que el alma se asocia al cuerpo y, además, inyecta divinidad en el ADN y, como se apuntó en el epígrafe precedente, implementa en él -en dos capas interdimensionales llamadas “Registro akásico del ADN”- los componentes y recuerdos de otras vidas precisos para las experiencias conscienciales y concienciales que, en libre albedrío, corresponden ahora vivir. Por esto, algunas tradiciones espirituales denominan a esas 8 células las “Células del alma”, lo que explica, a su vez, la importancia que al 8 y al octógono le han otorgado históricamente distintas escuelas iniciáticas.

Es así como alma y cuerpo quedan asociados en el estadio celular citado, que algunas corrientes iniciáticas llaman “Viento del nacimiento”. No es un sitio, sino una energía divina; y en el que también el Espíritu, eterno e inmutable, desempeña su papel, pues, siendo multidimensional, mantiene su presencia tanto inmanente en la tridimensión de nuestra corporeidad –Espíritu Santo- como en la interdimensionalidad. Algunas tradiciones indican al respecto que el Espíritu se escinde, pero tal cosa no es posible, dada su inalterabilidad. Lo que sí acontece es que su presencia subyacente en la materialidad no impide su realidad multidimensional.

Se podría expresar coloquialmente que no todo el Espíritu se transfiere al ser humano y que una parte se queda residiendo al otro lado del velo. La creencia en los guías espirituales responde precisamente a este hecho: la naturaleza multidimensional del Espíritu hace que, estando en la tridimensionalidad -plano humano- y en cada persona (Espíritu Santo), también permanezca en la interdimensionalidad, actuando como guía espiritual (incluyen, verbigracia, los “Ángeles de la Guarda” de la religión católica). Tus guías son Tú Mismo, tu Mí Mismo. La multidimensionalidad del Espíritu y, por ende, de nuestro Ser interior hace que nunca estemos solos. Y cuando nos sentimos en soledad o abandonados, podemos estar seguros de que la hermosa energía de los guías está a nuestro alrededor esperando que le demos permiso para actuar.

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Continúa mañana domingo:

64. Final del “gran olvido”: la Iluminación

65. Hablamos de ti y de mí: estamos en acto de servicio por Amor

66. Hijos de Dios, no porque nos haya creado Él, sino porque somos Él

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