7/4/10

Arpas Eternas: El prendimiento de Jesús (1/2)

Arpas Eternas se encuentra entre los llamados “Libros Revelados”. Y es uno de los más importantes de los últimos tiempos. Fue editado 20 años antes de lo publicado sobre los Manuscritos de Qumram y el contenido de ambos es, en lo esencial, coincidente, aunque Arpas Eternas es más rico en detalles y datos. De su amplio contenido, Pepe Navajas, editor de Ituci Siglo XXI y amigo del Blog, ha seleccionado una serie de pasajes que todos los miércoles pone a nuestra disposición.

1. Profecía del Maestro Jesús referida a estos tiempos (ver entrada publicada el pasado 19 de febrero)

2. Encuentro entre Jesús y Juan el Bautista siendo niños (24 de febrero)

3. Jesús y Juan el Bautista, siendo niños, oran en un templo esenio (3 de marzo)

4. Profecía de Jesús a Vercia, la druidesa gala (10 de marzo)

5. La inquietud compartida entre Vercia, Nebai y Mágdalo (24 de marzo)

6. Muerte de Juan el Bautista y lectura de su testamento (31 de marzo)

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7. El prendimiento de Jesús (1/2)

¡Noche terrible de confusión fue aquella, para los amigos del Pro feta Nazareno!

En el palacio de Ithamar todo era silencio y sombras. Sólo en dos sitios había luz: en la alcoba de Nebai en el piso principal, y en la planta baja, en el último patio que era el de mayores dimensiones, pues daban a él las caballerizas, los establos y las cocheras.

En el centro estaba el estanque y en los ángulos, grupos de sicómoros y terebintos.

En el más apartado de estos ángulos sombreados de árboles, Vercia la Druidesa gala, encendía el fuego de "media noche según el rito de su culto. Estaba completamente sola, como sola velaba Nebai en su perfumada alcoba tapizada de azul celeste. Esperaba a Judá que terminada la cena del anochecer, había salido en busca de las noticias que debían haber traído de Joppe, si como creían estaba ya en aquel puerto desde el día antes el barco correo de Roma.

Vercia lanzó un débil gemido y extendió sus manos con ansia suprema hacia la pequeña hoguera. En la penumbra amarillenta que irradiaba el fuego, acababa de ver rompiendo la negrura de las sombras, la blanca imagen del Profeta Nazareno frente a un pelotón de hombres armados de picas. —El fuego sagrado no miente nunca —murmuró con sollozante voz la Druidesa. El Profeta de Dios ha sido prendido.

Se dobló a la tierra como un lirio tronchado, y tocó el polvo con su frente adorando la voluntad invencible del gran Hessus.

Cuando el fuego se extinguió se cubrió con su manto, y muy silenciosamente comenzó a subir las escaleras en completa oscuridad para volver a su alcoba en el segundo piso. Vio a lo lejos la alcoba de Nebai, de la cual salía un débil rayo de luz y se acercó andando de puntillas. Llamó suavemente.

Nebai se estremeció y en dos pasos ligeros llegó a la puerta y abrió:

— ¡Vercia!... ¿qué hay?

—El Profeta de Dios ha sido prendido —le contestó con una fría serenidad que espantaba.

— ¡No puede ser!, ¿Cómo lo sabes?

— ¡Le vi en el fuego sagrado y él no miente nunca!...

Nebai cayó de rodillas sobre el pavimento, porque sus pies pare cían negarse a sostenerla.

Vercia la levantó en sus brazos y la llevó al diván. Nebai se abrazó de ella llorando desconsoladamente.

— ¡No llores Nebai, amiga mía! —le decía como arrullándola—. El es grande, fuerte... es el hijo de Dios y los tiranos temblarán ante él.

La pobre Nebai asociaba este hecho a la prolongada ausencia de Ju dá, y toda esperanzada en él se consolaba y decía con gran firmeza:

— ¡Judá le pondrá en libertad... estoy segura de ello!

Pero Judá ignoraba la prisión del Maestro que sólo era conocida por aquellos que le acompañaron al huerto de Gethseman, que pasado el primer estupor, reaccionaron con la fuer za que da la desesperación y comenzaron a correr hacia la ciudad por distintos caminos del que la escolta seguía. Querían llegar antes para (1) dar aviso al príncipe Judá, al Hach-ben Faqui, al Scheiff Ilderin que te nían fuerzas armadas en previsión sin duda de este caso inesperado. Aunque su Maestro les había tenido apartados de todos aquellos preparativos bélicos, ellos sabían que se venían haciendo desde tiempo atrás.

Las mujeres galileas en la alcoba de Myriam, la rodeaban con indecible amor, y la dulce madre, cuyas lágrimas se habían agotado, sentada en su diván, miraba con tenacidad el cirio encendido que se iba consumiendo lentamente. La llegada de Juan y el tío Jaime les sobresaltó enormemente. El tío Jaime se acercó a Myriam que estaba entre María y Ana y sólo dijo estas palabras: Jhasua fue prendido y le llevan al palacio del pontífice Caifás. No sabemos nada más. —Yo sé lo demás —dijo Myriam. Ana y María se abrazaron a ella llorando desconsoladamente.

Y la heroica madre, que una fuerza sobrehumana parecía sostener, tuvo el valor de decirles:

— ¡Haced conmigo al Señor la ofrenda de su vida amada sobre todas las cosas de la tierra, y el Señor secará vuestro llanto y ya no lloraremos más, nunca más!...

Ana, la menor de las hijas de Joseph, casada como se sabe con Mar cos, se recostó en el mismo diván en que reposaba Myriam y dijo que la velaría durante toda la noche.

María de Mágdalo se fue a su alcoba, después de averiguar que el tío Jaime y Juan se habían lanzado a la calle para dar aviso al Príncipe Judá de lo que ocurría. El tío Jaime decía tristemente a Juan mientras andaban en la oscuridad de las tortuosas calles:

—Más que al Sanhedrín, temo a la propia voluntad de Jhasua que no quiere ser salvado. ¿Porque se ha despedido de todos nosotros? Porque está decidido a morir.

—Es verdad — Le contestaba Juan. Lo ha dicho claramente esta noche. "Donde yo voy, vosotros no podéis venir. Me voy al Padre"... "Ya es la hora".

— ¡Sí, sí... así ha dicho!... no obstante algo deberemos hacer para evitar que se cometan atropellos con él.

Y se dirigieron al palacio de Ithamar en busca de Judá, del Hach-ben Faqui y el Scheiff Ilderin, los tres jefes de las fuerzas armadas que se habían organizado (Las fuerzas militares que sumaban entre los tres superaban los 40.000 hombres. En una historia irreal, el príncipe Judá fue llevado al cine en la película Ben Hur).

Mientras tanto, María de Mágdalo esperó que todas sus compañeras se hubiesen retirado a sus alcobas ya que era pasada la media noche.

Llamó con sigilo a Boanerges, el pastorcillo músico y le mandó prepararse para acompañarle en una excursión por la dormida ciudad.

—Espérame en el pórtico —le dijo— que en seguida voy. Ya sola en su alcoba, se engalanó esmeradamente como si fuera a con­currir a un suntuoso festín. Se vistió al uso de las cortesanas egipcias para encubrir un tanto su personalidad. Convertida toda ella en una nube de gasas, su cabeza, cuello y brazos resplandecían de diademas, collares y brazaletes. La agitación febril que la dominaba, prestaba colorido y animación a su rostro que parecía un bouquet de rosas encarnadas de abril. —Vamos —dijo secamente a Boanerges que la esperaba. Nuestros dos personajes se encaminaban al palacio de Caifás, donde sabían que fue llevado el Maestro. Aquella joven mujer con sólo un cuarto de siglo de vida, conocía a través de sus estudios, la historia de todos los desatinos y las claudicaciones de los hombres por los encantos de una mujer.

Cuando estaban a cien pasos del palacio, vieron abrirse la poterna del patio de la servidumbre, y que salían cautelosamente hombres cubiertos de mantos, varios esclavos y dos parejas de guardias del palacio. Y en medio de ellos, el Hombre de Dios con sus manos atadas a la espalda y juntamente con él llevaban otro prisionero, de siniestro aspecto y cuyas obscuras ropas se confundían con las sombras de la calle. Astutos y recelosos hasta lo sumo, los enemigos del Profeta, temieron que sus discípulos levantaran al pueblo en masa para defenderle, y el palacio de Caifás, aunque grande y suntuoso, no era una fortaleza como para contener una multitud enfurecida. Dos jueces del Sanhedrín: Rabí Chanania y Samuel Apkatón iban al frente de aquel heterogéneo grupo de hombres que conducía los dos presos. Al llegar al portalón de la Torre Antonia les recibió el Centurión que estaba de guardia. (…)

(…) — ¡Señora!... ¿qué vas a hacer? —dijo Boanerges a María cuando la vio avanzar hacia la portada.

—Pediré que me dejen hablar al Profeta. ¿Tienes miedo acaso?

"Quédate detrás de una columna del pórtico, que yo entraré sola.

—No temo por mí, sino... Y el pastorcillo no se atrevió a terminar la frase.

— ¡Ya te comprendo! —contestó María. Temes para mí algún ultraje de los soldados. No temas. El Dios del Profeta Nazareno está con migo.

"Espérame aquí. Y sin vacilar subió ligera las pocas gradas del pórtico. Se detuvo al centro de la gran puerta, y toda la luz dio de lleno sobre aquel bulto azul que inesperadamente surgía de las tinieblas. El guardián que estaba allí como una estatua de bronce y hierro, atravesó la lanza ante ella cerrándole la entrada.

— ¿Qué buscas aquí? —le preguntó en lengua latina. —Quiero hablar al prisionero —contestó secamente María. —Los presos no reciben visitas a esta hora. Vete.

El Centurión de la guarnición era un noble soldado que había servido a las órdenes del Duunviro Quintus Arrius, padre adoptivo del príncipe Judá, a cuya generosidad estaba agradecido.

—Descúbrete noble dama —le dijo con acento afable— y dime lo que buscas a estas horas. María dejó caer sobre los hombros el manto que cubría su cabeza, la que apareció como una flor de oro ante los asombrados ojos del Centurión. — ¡Por los dioses!... exclamó que eres una musa escapada del Olimpo. ¿Qué quieres? —Centurión —le dijo, —mi madre era romana y tenía orgullo de la nobleza de los romanos. Te ruego que me dejes hablar con el prisionero que acaban de traer. —Es que son dos; pero ya me figuro cuál es el que tú buscas: el Apolo rubio y hermoso como un sol. ¿Eres su mujer? — ¡No, no! —Contestó nerviosa...— ¡yo no soy su mujer pero soy íntima amiga de su madre, que perderá la vida con la prisión de su hijo! ¡Déjame hablarle por piedad, y los dioses en quienes crees compensa rán tu noble acción.

—Bien, bien, no creo que suceda ningún mal porque le hables; pe ro si eres tan noble como hermosa, me dirás lealmente si traes armas al prisionero.

— ¿Armas?. . . ¿para qué? El no. es hombre de armas, sino de paz y de amor. ¿No le has visto acaso el día que entró triunfante en la ciudad aclamado por el pueblo?

El Centurión se dio una palmada en la frente.

— ¡Por los mil rayos de Júpiter!... Este es entonces el Profeta Nazareno protegido de Quintus Arrius (hijo).

— ¡Justamente! —contestó María que empezaba a tener nuevas esperanzas.

"¿Me lo dejarás ver? —preguntó. Y extendió sus manos para que viera el Centurión que no tenía arma ninguna.

— ¡Sí, sí, mujer! Sígueme y luego dirás al príncipe Arrius lo que he hecho al escuchar su nombre.

María siguió al Centurión por una ancha galería que una lámpara colgada del techo iluminaba débilmente.

Al final se veía una verja detrás de la cual había también luz.

—Ahí le tienes —dijo el Centurión indicando la reja—. Le háblale cuanto quieras.

— ¡Maestro!... clamó María cuando le vio sentado en el estrado, y que la miraba con sus dulces ojos llenos de paz y de serenidad.

¡María!...

— ¡Maestro!. . . ¡Maestro! Si vieras la desolación de tu madre y de todos cuantos te aman no te empeñarías en abandonarnos dejándonos solos en este mundo —le dijo entre sollozos y con sus manos unidas en actitud de desesperada súplica.

Ten paz y sosiego en tu corazón María, y piensa que !a Voluntad Soberana del Padre es quien me llevará a su Reino y no la voluntad de mis enemigos.

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