20/2/10

Taller de Espiritualidad para Buscadores: Módulo 3

PARA TODOS LOS QUE DESEEN SEGUIR POR ESTE BLOG EL

TALLER DE ESPIRITUALIDAD PARA BUSCADORES

(Se publican en el Blog las entradas correspondientes a los distintos Módulos que configuran el Taller conforme éste se va desarrollando para l@s que lo siguen de manera presencial, comenzando el sábado 6 febrero y concluyendo el domingo 16 de mayo de 2010)

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Taller de Espiritualidad para Buscadores:

+ Módulo 1: Ver entradas del sábado 6 y domingo 7 de febrero.

+ Módulo 2: Ver entradas del sábado 13 y domingo 14 de febrero.

+ Módulo 3: Búsqueda individual individual, encuentro en la Unidad

Sábado 20 de febrero:

16. Experimentar la realidad

17. Pérdida de la inocencia: el ego

18. El triunfador

19. El dador

Domingo 21 de febrero:

20. El buscador

21. El vidente

22. El espíritu

23. Alquimia y ascensión

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Experimentar la individualidad

En los dos capítulos precedentes se ha insistido, tanto desde la perspectiva espiritual como científica, en la Unidad de cuanto existe. Y en la integración en ella de todos y cada uno de los seres humanos, que somos y existimos en la medida en que a la Unidad pertenecemos. ¿Por qué, entonces, nos contemplamos a nosotros mismos como un yo separado, un individuo con personalidad singular?. A contestar este interrogante se dirigen las páginas que siguen.

Como aperitivo, tomando como base el título de la obra de Willigis Jäger mencionada en el Módulo 2, podemos imaginar un inmenso mar. En su superficie, debido al efecto del viento, se forman olas de distintos tamaños. Obviamente, tales olas nunca serán otra cosa que el propio mar: de él surgen, con él comparten su naturaleza acuosa y marina y en él, finalmente, se esparcen y disuelven. Aún así, las olas, cada una de ellas durante el tiempo que lo son, pueden teóricamente experimentar la ficción de una existencia individual y separada del mar, olvidando, incluso la existencia de éste y su pertenencia a él.

Pues bien, algo semejante le ocurre al ser humano. El mar es la Unidad en la que somos y existimos. Y nuestra experiencia en la tridimensionalidad, en el mundo de tiempo y espacio que nos rodea y del que nuestros sentidos físicos se percatan, es similar a la de las olas del ejemplo: vivimos, como ellas, una ilusión de separación e individualidad. Eso sí, lo hacemos en libre albedrío, lo que posibilita un hecho maravilloso: cuando retornamos a la Unidad, es decir, cuando adquirimos consciencia de pertenecer y ser en ella, pues de la Unidad nunca salimos, lo hacemos no mecánicamente, ni por inercia, sino tras vivir una serie de experiencias que hacen posible tal toma de consciencia. En palabras usadas en éntradas anteriores, la llave que abre la puerta del regreso a la Unidad es la expansión de nuestra consciencia. Y cuando esto acontece se expande la consciencia de toda la Unidad. Una expansión que trasciende el espacio-tiempo, pues la Unidad ya es Todo, y ostenta carácter vibracional y energético.

Sin entrar en detalles acerca de consideraciones que inmediatamente se expondrán, puede adelantarse que la experiencia de individualidad que cada uno vive en calidad de ser humano conlleva primeramente, tras la inicial inocencia que el recién nacido pronto pierde, comportamientos egóicos: el “ego” quiere lo que le produce felicidad y, de manera radical, se identifica con el mundo exterior que se la proporciona. Nos inundan los apegos y anhelos materiales (dinero, riqueza, poder, éxito, fama, reconocimiento social, emociones placenteras,…). Y bajo el acicate de sus influjos, la persona no tarda en convertirse en “triunfador” y pugna por alcanzar la totalidad de sus deseos y aspiraciones materiales. Si no lo consigue, surge la frustración y se repiten los intentos. Pero si lo logra, curiosamente, también aparece una insatisfacción ligada al sentimiento de carencia o falta de plenitud. Íntimamente se intuye que tiene que haber algo más, aparte de lo material, capaz de proporcionarnos una vida más llena, abundante y auténtica.

En este marco, la suma de experiencias pondrá de manifiesto que hacer cosas por los otros reporta, igualmente, felicidad: además de la vía del servicio a mí mismo, empezamos a divisar la vía del servicio a los otros como fuente de alegría y bienestar interior. Es más, notamos que las satisfacciones generadas por el altruismo son más intensas y permanentes que las del egoísmo. Este hecho trascendental nos introduce en la hermosa aventura del “dador”. Y el concepto del otro, al que queremos servir, se va ampliando. El sistema o esfera hacia el que dirigimos nuestra acción de dar es cada vez más grande y generoso: familia, amigos, comunidad, sociedad, humanidad, planeta,… . Hasta que llega un momento en el que el ímpetu de darnos a los demás coloca a nuestra individualidad -al ego- en un punto límite y la lanza a dimensiones antes impensables. Queremos dar sin recibir nada a cambio y nos parecen insulsos muchos de los objetos y emociones que antes nos provocaban placer. Se comienza a sentir la necesidad de ver más allá de lo material, de contemplar otra realidad que aún no vemos, pero que intuimos que esta ahí, esperándonos al otro lado del espejo. El ser humano empieza a verse a sí mismo como “buscador”.

La búsqueda nos conducirá a nuevas experiencias que irán quebrando nuestra identificación con el yo, que hasta ahora había sido absoluta. El ego, sus afanes y proyectos, nos va dejando de interesar. Y cuando cesa toda identificación externa y el ego llega a su final, el buscador se convierte en “vidente”. Como tal, recuperamos la inocencia pérdida, que ya no será mero sentimiento, como le ocurre al recién nacido, sino consciencia, conocimiento profundo de lo que soy y de lo que es. Se diluyen los conceptos de nacimiento y muerte y desaparece cualquier identificación con el cuerpo y la mente, apareciendo, en su lugar la expectativa de una Vida Impersonal. Con lo que el vidente se transfigura en “espíritu”.

Tomamos consciencia de que lo Real es la Unidad (el mar, volviendo al libro de Jäger), siendo el Amor Incondicional la fuerza que fragua la unión. Y de que no somos un trozo o fragmento de la Unidad (una ola cualquiera del inmenso mar), sino la Unidad en su integridad (la ola es el mar, como afirma el título de la obra), por lo que existir en Unidad, lejos de empequeñecernos, nos eleva espectacularmente. En definitiva, bella paradoja, encontramos en la Unidad la felicidad perfecta que ansiamos desde la individualidad. El libre albedrío es lo que nos hacer perder el camino; pero también lo que nos permite reencontrarlo.

Transformados en espíritu, tal como se analizará en profundidad más adelante, se descorre el velo y vemos que no somos parte de la Creación, sino la Creación misma. Y que no sólo somos Creación, sino Creador, ya que Creador y Creación son Uno: el Creador crea desde su Consciencia completa de Ser y con la única referencia de su Ser; y la Creación está íntima e inseparablemente unida a Él y actúa de Creador por medio de la expansión de la Consciencia. Por esto, los seres humanos creamos lo que creemos; y si pasamos de vidente a espíritu es por una toma de consciencia sobre nuestro verdadero ser que expande, a su vez, la consciencia de la Unidad. Contemplamos entonces nuestra esencia divina y percibimos a Dios, a nosotros mismos, como Ser infinito que se mueve a velocidad infinita a través de dimensiones infinitas con Consciencia Perfecta y Amor Incondicional.

Antes de llegar a esta experiencia sublime, habremos comprendido que todos somos un único Ser viviendo la experiencia de individualidad en distintas circunstancias: la compasión y el amor al prójimo, sin distingos ni predilecciones, serán las consecuencias de tal descubrimiento. Y que el egoísmo o el altruismo son iguales desde su dimensión de experiencias que tenemos que vivir, conocer y acumular en libertad a lo largo de la senda por la que incrementamos nuestro grado consciencial. Por ello, el mal no es sino la ausencia de bien (de idéntico modo que no existe la oscuridad, sino carencia de luz; ni el frío, que es falta de calor). Y nadie es superior o más privilegiado que otro. Nos obsesiona dividir la realidad en yo y otro, lo tuyo y lo mío, bien y mal, santo y pecador, pío e impío, mejor y peor, superior e inferior, alto y bajo; pero la realidad es que la vida, toda y sin excepciones, constituye un colosal flujo divino de Amor y elevación de la consciencia.

El impulso de poseer conocimiento y realización -consciencia- es lo que empuja la vida hacia delante y expande el Universo. La Creación es consciencia y se expande por la consciencia: ser Creador significa adquirir consciencia de ser. Cada ser humano es el Ser Uno experimentando una ilusión de individualidad con la que el Ser Uno se expande energéticamente como algo innato a su naturaleza creadora. Nuestras experiencias abren y amplían los horizontes de la individualidad hasta llevarla a un límite donde el ego es sustituido por el espíritu y brilla el Amor. La expansión de la consciencia que ello depara expande la Creación. Cuando un ser humano aumenta su grado de consciencia, ejerce de Creador (en otros capítulos se ahondará sobre cómo Creador y Creación se fusionan y unifican siendo, de hecho, una misma cosa, sin división ni fragmentación).

¿Increíble?. Así parece desde la visión preponderante y por la falta de conocimiento de uno mismo. No lo es, sin embargo, desde la nueva visión en la que se insistió en páginas anteriores y cuando nos conocemos a nosotros mismos. A esto nos ayudará un repaso pormenorizado de lo que se acaba de resumir en los párrafos precedentes. Lo haremos siguiendo el texto El camino de la sabiduría, de Deepak Chopra.

Pérdida de la inocencia: el ego

Al nacer -en los primeros días, semanas o, incluso, meses de vida- nuestro estado es de inocencia y brilla la consciencia. No cuestionamos la existencia, ni nos preguntamos quiénes somos. Vivimos en la aceptación de nosotros mismos; en la confianza y el amor. Y estamos inmersos en lo intemporal, sin noción de pasado ni de futuro, sólo de un presente que se va desdoblando (la eternidad es un presente continuo que se que renueva de manera constante). Nos sentimos omnipotentes en nuestro mundo y todo lo que vemos y percibimos lo contemplamos cual reflejo de nosotros mismos, en Unidad.

Pero esta pureza es fugaz. Muy pocas personas recuerdan su pérdida, pues ocurre en los primeros tiempos de la infancia. Equivale, de hecho, a nacer de nuevo. Comenzamos a considerar nuestro respectivo “yo”; y a los “otros”, personas u objetos, como creaciones aparte. Mostramos una tendencia innata a pasar del mundo intemporal al de las horas, días y años; del silencio del mundo interior a la actividad del exterior; y de la absorción en uno mismo –consciencia de ser- a la identificación con todas las cosas fascinantes que nos rodean. Surgen deseos que no podemos satisfacer de manera inmediata y se experimenta el dolor.

Lo cierto es que los seres humanos no perdemos la inocencia al crecer, ya que ésta se mantiene intacta, como esencia, en su integridad. Lo que sucede es, sencillamente, que la vamos olvidando. Nos habituamos a vivir en fragmentos, de espaldas a la Unidad; y da la impresión de que desaparece lo que realmente somos. Pero es sólo una ilusión: la esencia permanece y la pérdida de la inocencia es un acontecimiento real que, a la par, no tiene ninguna realidad. En cualquier momento podemos recuperar la inocencia que existe en nuestro interior y tomar consciencia de nuestro verdadero ser (al menos, como se verá, el grado de consciencia alcanzable en el plano humano).

Por tanto, al principio no había separación (aunque como se examinará en su momento, sí traemos con nosotros la separación vivida como experiencia en vidas físicas anteriores). Sin embargo, transcurrido un corto tiempo de vida, todo bebé comienza a percibir el mundo exterior como algo diferente de él mismo. Poco a poco, ciertas cosas pasan a identificarse como “yo” y el resto como “no yo”, pues para tener “yo” también debe existir el “tú” o el “otro”. En el plan de la naturaleza, un bebé responderá automáticamente a su madre como fuente de amor y nutrición. Pero es una fuente situada fuera del bebé mismo. Ahí está la trampa. Y durante años añoraremos nuestro propio ser antes de que alguien más apareciese en escena.

En la separación empieza la búsqueda de uno mismo en los objetos y acontecimientos. Se pierde la capacidad de verse a sí mismo como fuente y espacio de todo lo que es. El mundo exterior y sus objetos se vuelven fascinantes; la felicidad se liga a ellos. La referencia al objeto sustituye la referencia del bebé a sí mismo. El ego se dice “esto es yo, eso no es yo”. Así, el nacimiento del ego supone el de la dualidad: el principio de los antónimos y el comienzo de la oposición. Además, da origen a sentimientos y sensaciones que en la edad madura todavía se pueden percibir: el miedo al abandono, la necesidad de aprobación, el espíritu posesivo, la angustia de la separación, la preocupación e, incluso, la lástima por uno mismo.

Nos convertimos en adictos al mundo y configuramos un sentido del yo atado a las experiencias y recuerdos individuales que vamos acumulando: nuestra pequeña historia personal de apegos y anhelos materiales que proyectamos hacia el futuro, confiando en encontrar en él la felicidad y la vida llena y auténtica que no hallamos en el pasado. Olvidamos que el presente es lo único real y nos introducimos en una vida de ficción que, cual pelota de tenis, va del pasado al futuro y viceversa.

Mas la pérdida de la inocencia y el nacimiento del yo son pasos absolutamente necesarios en nuestro proceso de aprendizaje en torno a la individualidad. Y debajo de estos cambios actúa una fuerza profunda ligada en su raíz con el por qué de nuestra propia existencia como humanos.

El triunfador

Una vez que el ego ha aparecido en escena, emerge también el impulso del triunfador, un poderoso ímpetu que nos empuja a salir al mundo y vencer. Las señales de ello son primarias: el bebé pronto quiere andar y empieza a protestar si su madre no se lo permite. Este deseo de escapar y deambular fuera del anillo de protección materno es tímido al principio, pero con el tiempo, el mismo bebé que anhelaba que lo abrazaran, llora para que lo suelten. Se trata de un instinto beneficioso, porque lo desconocido es fuente de miedos y si el bebé no saliese a conquistar el mundo crecería temiéndolo cada vez más.

El impulso del triunfador es la señal del ego en acción, probándose a sí mismo que la separación es soportable. Y su surgimiento es imprescindible para que los seres humanos adquiramos confianza desde la perspectiva de singularidad. Hay que insistir en que la existencia que hemos elegido como mortales en este mundo de objetos y acontecimientos trata de una cosa: experimentar la individualidad y, en libre albedrío y vía aumento de la consciencia, trascender de tal estado. Y para ser individuo es necesario el ego; y para ello es preciso el nacimiento del triunfador, que hace que éste sea un mundo lleno de cosas que hacer y aprender.

La sed de triunfo aplastará al auténtico propósito de la búsqueda. Nuestra consciencia queda ignorada, adormecida, bajo una amplia batería de inclinaciones que nos conducen a lograr el reconocimiento social, a ponderar el éxito por encima de cualquier otra cosa, a sacralizar la propiedad y el dinero, a idolatrar la propia imagen y el poder. Dejamos de vivir en el presente, lo único que en verdad existe, y deambulamos entre el recuerdo subjetivo de un pasado lleno de tareas pendientes e insatisfacciones y un futuro al que confiamos nuestra realización personal. Las pre-ocupaciones (futuro) se anteponen a las ocupaciones (presente); y hasta el dolor lo sublimamos a través del ego como sufrimiento, otro apego más. En libre albedrío, las personas decidimos que el mundo exterior es más importante que nosotros mismos y arrinconamos la consciencia sobre nuestro verdadero ser.

Es así como el ego asume el mando de nuestra vida, sin ofrecer realmente ninguna posibilidad de realización. Controla y carece de amor; ansía tomar todo lo que pueda para sí mismo en el convencimiento de que la vía del servicio a mí mismo y sólo a mí es la apta e idónea para alcanzar la felicidad. Todas las personas, a lo largo de la cadena de vidas que conforma nuestra encarnación en el plano humano, marchamos un tiempo más o menos prolongado por esta vía. Nada malo hay en ello desde la perspectiva divina, pues el libre albedrío marca el rumbo más acertado.

No obstante, un buen día, fruto de la acumulación de experiencias, el ego encuentra que la felicidad no reside sólo en tomar, sino, igualmente, en dar. Y la acción de dar no se limita a ofrecer dinero o cosas a otra persona; existe también el servicio al otro, el darse uno mismo; y la devoción, la acción de dar amor bajo su forma pura. Eso sí, no se experimenta el placer de dar mientras se haga porque alguien lo ordena o porque se piense que es lo correcto: la acción de dar tiene que ser espontánea y desinteresada.

El dador

El dar libera al ego de muchas clases de miedo: del temor al aislamiento, al que forzosamente conduce el egoísmo total; del pánico a la pérdida, que nace porque no podemos tenerlo todo para siempre; del espanto ante los enemigos, los que pretenden quitarle cosas. Pero hay aún algo más hondo, pues la acción de dar relaciona a dos personas, una que da y otra que recibe. Esta relación hace que surja un nuevo sentido de pertenencia: la pertenencia activa de alguien que ha aprendido a crear felicidad. Y es que el dar es creativo. La persona se desprende libremente de algo, pero no tiene sensación de pérdida. En vez de ello, el ego siente placer; un placer distinto, más agudo y cálido, que el placer de tomar derivado del impulso del triunfador. Se trata, sin duda, de un descubrimiento trascendental.

El nacimiento del dador indica que el ego, aunque siga dominando al ser interior, ha empezado a mirar fuera de sí. No es que el ego esté comenzando a morir, sino que amplía su campo de visión. La muerte no existe y nada tiene que perecer con el fin de alcanzar la meta de nuestra búsqueda. En el manido y erróneo concepto de la muerte del ego subyace la idea de que hay cosas en nosotros que Dios condena. Pero esto de ningún modo es así: el plan divino consiste en que nos busquemos a nosotros mismos en completo libre albedrío; y posibilita y permite todas las experiencias, incluso que deseemos explorar como ser egoístas, ignorantes, groseros, ladrones, asesinos o carecer totalmente de fe. Y no somos juzgados, pues ninguna de nuestras acciones es buena o mala a los ojos divinos: el pecador y el santo son sólo máscaras que nos ponemos; y el pecador de hoy puede que esté aprendiendo a ser santo en la próxima vida física. Como se desarrollará en el Módulo 8, dedicado al Bien y al Mal, todos estos papeles son ilusiones en la óptica divinal.

Ahora bien, la aparición del dador no significa que el ego sienta amor, ya que esto es un imposible. El ego puede sentir intensamente placer, satisfacción propia o apego y, a veces, a estos sentimientos les llamamos amor. Pero éste es de naturaleza abnegada y se requiere un acto de abnegación para que surja el auténtico amor, el amor al prójimo. Como se expondrá en la parte final del Taller, el amor es universal y no toma partido. Al ego no le gusta en absoluto este hecho y piensa que él sí es merecedor del amor de Dios, pero no el otro o los otros. Obviamente, ésta no es la perspectiva divina. Desde ella el pecado se contempla como ilusión; nada de lo que equivocadamente consideremos pecado puede causar la más mínima mancha en el amor de Dios.

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Continúa mañana domingo:

20. El buscador

21. El vidente

22. El espíritu

23. Alquimia y ascensión

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