13/9/10

¿Obediencia al sistema o conciencia?

Las bombas caen del cielo, pero alguien las lanza. La bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima, del 6 de agosto de 1945, tuvo unos padres ideólogos, unos constructores, otros que daban las órdenes y otros que las acataban y apretaban el botón. Al final de una larga cadena de poder y muerte estaba un joven comandante de 26 años, Claude R. Eatherly, quien eligió el blanco y comunicó el “go ahead” al bombardero Enola Gay para que lanzara la primera bomba atómica.

Podía haber sido un héroe de guerra pero ni siquiera recogió los premios. Podía haber muerto con honores asumiendo con frialdad y utilitarismo sus acciones (cumplía órdenes, era lo mejor para su país, el enemigo siempre es peor, etc.) pero se sentía un miserable. Podía haber sido un esclavo ciego y feliz, pero acabó sus días en un manicomio con la conciencia bien despierta, arrepentido y con un compromiso de PACIFISMO y oposición a las armas nucleares tan profundo y molesto para el Sistema que le encerraron por una falsa locura.

La paz no es rentable, y el arrepentimiento y la deserción son sumamente contagiosos y peligrosos para el statu quo.

“He hecho todo lo posible para convencer a los médicos y a la gente de que solo me anima un deseo: ver triunfar la paz y la igualdad entre los hombres y trabajar en favor de nuestra causa. Puede que sepas que en este país no está demasiado bien visto decir o escribir este tipo de cosas, por lo que me consideran un obstáculo”

Con motivo del 65 aniversario de la primera bomba atómica, la editorial Paidós ha reeditado el libro El piloto de Hiroshima: más allá de los limites de la conciencia, compuesto por las 71 cartas que Eatherly intercambió con el filósofo austriaco Günther Anders, quien impresionado por el drama de un hombre atormentado y cuerdo y por la capacidad del Sistema para dirigir y deshumanizar a las personas, mantuvo una correspondencia con él durante varios años:

“Que usted no haya podido superar lo sucedido es consolador. Y lo es porque demuestra que sigue intentando hacer frente al efecto de su acción; porque este intento, aunque fracase, indica que ha logrado mantener viva su conciencia, a pesar de haber sido una simple pieza del aparato técnico y de haber cumplido su función. Debo decirle que su intento de superar la tragedia fracasará. ¿Por qué? Porque hacer daño a un hombre, pese a ser algo concebible, no es fácil de superar. Usted tiene la desgracia de haber dejado detrás de sí 200.000 víctimas. ¿Cómo iba a ser posible sentir dolor por 200.000 personas? Por más que lo intentemos, el dolor y el arrepentimiento son impotentes”.

Pero ¿no debería ser lo normal arrepentirse y elegir el sendero de la no violencia después de haber sido testigo y co-responsable del infierno que se detalla aquí:

“Ni Eatherly ni sus compañeros de misión son plenamente conscientes de su obra. Se han limitado a cumplir órdenes. Pero nadie los había preparado para asumir las consecuencias: 70.000 muertos y 130.000 heridos de una tacada. Los testigos dicen que toda la ciudad hiede a fritura de calamar, pero no es un banquete, sino una inmensa barbacoa humana. Las mujeres que llevaban vestidos estampados tienen ahora un arabesco tatuado en la piel. Los hombres que llevaban reloj lo tienen soldado al hueso de la muñeca. Miles de supervivientes deambulan por las calles en estado de choque. Los llaman los “caimanes”. Tienen quemaduras en el 95% del cuerpo. Algunos se arrastran sobre muñones. Muchos no tienen ojos. Y el hueco donde estaban sus bocas es incapaz de articular sonidos. No gritan. Emiten un murmullo como de cigarras. La septicemia acabará con ellos en cuestión de días. La radiactividad, de la que todavía se sabe poco, lo hará en cuestión de semanas, meses, años”.

Lamentablemente, el dolor, la culpa y luchar por un mundo mejor no fueron lo sentimientos de sus compañeros, quienes no pidieron nunca perdón y se justificaban con cinismo: “duermo muy tranquilo todas las noches” (Paul Tibbets, comandante del Enola Gay); “sólo era una bomba, aunque un poco más grande” (Joe Siborik, responsable del radar). Y el presidente de EEUU en esas fechas, Harry Truman, quien ordenó el bombardeo, confesó sin pudor que en su vida sólo se arrepentía de haberse casado a los 30 años y se enorgullecía de sus decisiones: “hemos gastado más de 2.000 millones de dólares en la
mayor apuesta científica de la historia y hemos ganado”.

La tragedia de Hiroshima y Nagasaki pudo haberse evitado porque, como demostraron investigaciones posteriores, los japoneses se iban a rendir. Pero el engranaje oscuro del Poder siguió su curso.

Después de su papel en la guerra, Claude R. Eatherly podía haber llevado una vida discreta y anestesiada, pero eligió EL CAMINO DE LA CONCIENCIA e implicación personal.

Consciente de las consecuencias de sus actos, se intentó suicidar sin éxito, cometió pequeños delitos con pistolas de juguete para purgar su culpa en la cárcel y se propuso pregonar su postura antibélica a la sociedad. Por ello los medios de comunicación le calificaron como “el piloto loco” y le internaron en un manicomio donde murió a los 70 años.

En 1959 recibió una carta firmada por 30 jóvenes japonesas que alivió su carga y que demuestra el inmenso poder del perdón:

“Estimado señor: Todas nosotras somos chicas que, aunque tuvimos la suerte de escapar a la muerte, fuimos heridas en nuestros rostros y en nuestro cuerpo por las bombas atómicas. Nuestros rostros muestran cicatrices y heridas, y es nuestro deseo que esa cosa horrible a la que se llama “guerra” no se repita jamás. Hemos sabido que los sentimientos de culpabilidad lo atormentan y que ha sido internado en un psiquiátrico. Le escribimos para expresarle nuestra más profunda conmiseración y asegurarle que no sentimos odio hacia usted [...]. Lo consideramos una víctima más”.

El libro El piloto de Hiroshima: más allá de los limites de la conciencia, además de la historia de Eatherly, declaraciones de diferentes personas y la correspondencia con víctimas, incluye un escrito de Anders, Mandamientos de la era atómica, en el que analiza a dónde nos lleva un modo de gobernar y ejercer el poder desde la pura violencia y expone la necesidad del individuo de enfrentarse al Sistema y no dejar en manos de éste la hegemonía de sus vidas y de su entorno. Günther Anders explica cómo controlan nuestras vidas y nos alienan hasta el punto que acciones salvajes como esta se consideren necesarias y patrióticas.

El caso del piloto de Hiroshima puede parecernos lejano en el tiempo y en una dimensión extrema, pero podemos muy bien aplicarlo a nuestra vida diaria:

+¿Nos traicionamos a nosotros mismos con una vida marcada más por la sociedad que nuestro corazón?.

+¿Traicionamos a otros cuando acatamos órdenes de superiores con las que no estamos de acuerdo?.

+¿Tenemos a veces comportamientos poco éticos pero socialmente aceptados?.

+¿OBEDECEMOS AL SISTEMA O A NUESTRA CONCIENCIA EN EL DÍA A DÍA?.

Según Anders, el piloto Eatherly es el “predecesor” de todos nosotros y personifica la conciencia en un mundo que prefiere que ni pensemos ni sintamos, pero hay mil y una formas de desertar.

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Fuente: El Blog Alternativo (http://www.elblogalternativo.com/)

Consultar también: XL Semanal

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