21/9/10

Comparte con nosotr@s: “Añoranzas y recuerdos de un día preceptivo”, de José Manuel Piñero

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AÑORANZAS Y RECUERDOS DE UN DÍA PRECEPTIVO

Era mañana de domingo claro, con un cielo azul perfecto, la misa, celebrada por el abad, había terminado; y, debía realizar la entrega de unos libros, al deán don Alonso de Rebenga, que estaba reunido en la Iglesia Catedral, con don Fernando Pérez de Salcedo, racionero entero, y asistente al pasado concilio sinodal, de cuyo acontecimiento, ya han transcurrido cuatro años. Una vez, realizada esta encomienda, visitaré el convento de las hermanas de San Juan de Acres, y oficiaré una misa en el pequeño y bello altar, que poseen en el baptisterio, para las postulantas; posteriormente almorzaré con las hermanas; y alertaré a las novicias, en mi sermón, según las instrucciones recibidas del abad y mi preceptor, el hermano Tomas, contra los principales pecados y vicios capitales, como son: la lujuria, la envidia, la vanidad, la codicia, y un largo etcétera, y advertirles que contra estos vicios, también existen, las virtudes, que practicándolas, evitan los castigos infernales, de los que nos hacemos merecedores, cuando caemos presa de nuestra debilidad, y cometemos alguno de estos pecados; pero ante los benevolentes ojos de Dios misericordioso, todo queda perdonado, si el propósito es de arrepentimiento y enmienda; sin embargo…, la experiencia de años, y las vivencias, de mi ya prolongada vida, me hace pensar, que aquellos enemigos, a los que denominamos pecados, tienen unos poderosos, fuertes y diría más aún, inevitables aliados naturales, en la sangre y en la carne, que son, los que conforman, la mas profunda esencia de nosotros mismos, y confrontándose a ellos, las benevolentes, y anheladas virtudes, por las que tan encarnizadamente luchamos para poderlas conseguir, se encuentran mas desvalidas, e indefensas, con sólo, la única y casi siempre inútil, alianza con nuestros vulnerables, cambiantes y adaptables principios, que nuestra mente y nuestra fortaleza de espíritu, tras muchos años de meditación y reflexión, han escogido como las armas mas eficaces de defensa, para poder enfrentarse a ellos, debido a lo cual, la batalla que se les presenta a las jóvenes novicias, es dura y muy desigual, y , entre las fuerzas en litigio, existe un gran desequilibrio, se requiere por tanto, que pongan en rebato para esta lucha, todas las energías positivas de que dispongan, y la mejor predisposición de ánimo y convencimiento. Pues aunque la fe, que es la que alimenta y sustenta estos principios, mueve montañas, nadie ha utilizado, hasta ahora, esta poderosísima y mitológica fuerza, ya sea por insuficiencia de creencia, o por terquedad de la montaña.

Me gustaría, aunque no lo haré, pues no me había sido ordenado; explicarle, algo sobre el amor, y como, cuando alguien se entrega, por voluntad propia, al servicio de Dios, se extienden ante nuestras mentes, grandes, amplios, e infinitos horizontes intelectuales, y aunque aparentemente, quede aprisionada nuestras vidas, en el interior de los muros del convento, para nada lo concebimos como una cárcel, sino como un lugar de libertad, donde nuestra cabeza, vuela a sitios insospechados. Para las personas que no han sentido estos anhelos, y que no han tenido esta ambición interior, jamás lo podrán entender; pero debemos de ser muy meticuloso y cuidadoso, y aún diría más, hasta sigiloso, puesto que el amor al que aspiramos y predicamos en nuestras homilías, si no estamos vigilantes, por natural inercia, se vuelve, pequeño y mezquino, reduciéndolo, en la mayor de las veces, a un simple amor a nuestra orden, a sus principios, y a nosotros mismos, sin apenas apercibirlo, dejamos lejos de nuestro campo de influencia y acción, al resto de los hombres, exiliándolos de nuestros corazones; nuestra exclusivista y aristocrática manera de vivir, es mas, mucho mas, muchísimo más, prestaciones de servicios a la Santa Madre Iglesia, que nos cobija, que nos protege, y que nos alimenta, que desinteresado amor a nuestros semejantes, a los que apenas vemos, de quienes nos consideramos sus superiores, en poder, saber y entender, y con quienes prácticamente nunca convivimos; voluntariamente nos hemos alejados de ellos, y hemos creado nuestro propio mundo, mas riguroso, mas selectivo y mas excluyente, que el mundo exterior; tenemos nuestras propias reglas, y nuestros propios objetivos, diferente al del resto de los villanos, trabajamos diariamente y sin descanso, ni desfallecimiento, en crear nuestra propia Utopía, pero siempre, pensamos más en la grandeza de nuestra causa, que en la salvación de las almas de nuestros semejantes. Somos los guardianes de la moral, quienes dictamos sus leyes, y a quienes les está concedido juzgar, lo que está bien y lo que no lo está, ante los ojos de Dios.

Después de la comida, el resto de la tarde la tendré libre; al anochecer; cuando crea oportuno, regresaré al convento, puesto que es día preceptivo y de descanso. Terminadas mis obligaciones, y apareciendo la tarde, apetecible para un paseo, resolví acercarme a la ribera; mientras andaba, sobre mi cabeza notaba caer franjas luminosas de sol, descendiendo desde las copas de los árboles; no alcanzaba a recordar desde cuando, pero había pasado mucho tiempo, desde que no disponía de un agradable paseo solitario, me embargaban sensaciones de libertad, y aunque nunca se me había, explícitamente, prohibido hacerlo sin la debida autorización, tenia una leve y molesta sensación de estar transgrediendo las reglas; aunque ciertamente, no, de estar realizando algo perjudicial, ni contra el convento, ni contra sus directrices, pero una comezón de culpabilidad, se había posado fugazmente en mi cabeza; pese a este relámpago de culpa, me dirigí paseando lentamente al río. Tan acostumbrado como estoy, asimilando las reglas y enseñándolas, que, cuando realizo, algo extraordinario, algo que no haya repetido, cien veces anteriormente, con la autorización y supervisión oportuna, me siento culpable, y diría aún más, desvalido, inseguro; me siento como un infractor, sin serlo, de las cotidianas y repetidas reglas de la orden, hasta este punto a calado la rutina, y la obediencia en mi corazón, sin duda estamos bien instruidos, pensé para mí, y que la iniciativa, no es una cualidad, suficientemente apreciada, ni practicada en el convento, la experiencia vivida por el hermano Benjamín, lo demostraba claramente.

Sin embargo fuertemente atraído por mis añoranzas, y buscando donde habían transcurridos, mis primeros años de vida en el mundo, me dirigí paseando en dirección al río, venían a mi mente, aquellos alejados y difuminados recuerdos de la niñez, cuando me reunía con mis amigos, que esperaban en el recodo; nuestras risas, nuestras travesuras, nuestros juegos, aparecían como una ensoñación en mi mente; que fácil es, pensaba, tener sueños, y proyectos, en esa edad tan temprana, pero… estos recuerdos, que mi mente lanzaba al espacio, adivinando que fueron alegres, y felices, me los devolvían a mi estado de ánimo, con un efecto contrario al deseado, cuando trataba inútilmente de rememorarlos, me inundaba la angustia; seguramente, pensé, que era por haber vuelto la espalda, desde mi entrada en el convento, cuando era muy joven aún, y para siempre, a un pasado, que nunca, nunca, nunca volvería a ver.

Recordé que gracias a la diligencia de mi madre, Catalina, este era su nombre, que se movió y humilló ante los poderosos de la ciudad, para que financiaran mi entrada en el monasterio, y mis estudios, conjuntamente con la aceptación benevolente de mi afable y delgado padre, cuyos rostros, me resultaba imposible encontrar definidos, y claros ante mis ensueños, no hubiese podido hacer realidad, lo que entonces, para mí era un anhelo, una ambición, una inclinación, y más una imitación, que lo que mis amables familiares, dieron por llamar vocación; ciertamente, después de que he pasado, tantos años aislado, y ajeno a aquel ambiente de donde procedo, y del lugar donde radican mis raíces, mi magnífica instrucción, los había relegado al olvido, y los ha borrado de mi cabeza, como si no hubiese existido jamás, vida anterior, a mi entrada en la orden; hasta había postergado, anulándolos por omisión, los recuerdos cariñosos de mis fallecidos padres, de mi mente, y a todos mis antepasados muertos, y cuando dirigía mi mirada, buscándolos de forma insistente en mi cabeza, al paso lento de las serenas aguas, parecían que me tendían sus brazos suplicantes, dirigiéndolos hacia mí, clamándome y reclamándome, gritando desde el río: resucítanos.

Pero las añoranzas de mi infancia, que conformaron estos recuerdos, que son, la más profunda esencia de mi mismo, se habían adormecido para siempre. Mi corazón, se había endurecido, también para siempre, ante cualquier otro sentimiento, que no tuviese que ver, con mi posición de religioso, con la orden, en la que llevo viviendo mas de cuarenta años, con mis obligaciones en el convento, y con la comunidad de quienes, desde hace ya mucho tiempo, considero, que son mis verdaderos hermanos, mi verdadera familia. Buscaba y rebuscaba, con insistencia, y con desespero, para que estos recuerdos olvidados de mi niñez volviesen, ya que es seguro, habitan en algún rincón de mi cabeza, pero no podía encontrarlos. Cuando desfallecen nuestras fuerzas, siempre dirigimos nuestra mirada, hacia atrás de nosotros mismos, y también hacia nuestro interior, buscando todo aquello, que pueda ayudarnos a proseguir nuestra vida; y llenar con ilusiones, los vacíos que han aparecido en nuestras almas, pues la vida, imperceptiblemente, y con gran ignoracia por nuestra parte, la ha engrandecido, y a la vez ha creado nuevos espacios, que son preciso ocuparlos, con energías nuevas, para que se materialicen, con recuerdos y alegrías pasadas, y se transformen en energías amigas, que resulten revitalizantes y positivas, pues sin dudarlo, serán las protagonistas de nuestro futuro ser, de nuestro futuro existir.

Pero entiendo, que es como perseguir el viento, lo que ya está pasado, pasado está, y el camino de la vida , solo tiene una dirección; hacia adelante, detrás solo queda el abismo, los acontecimientos se suceden uno detrás de otro, sin una premeditación conciente, sólo las circunstancias parecen dirigir las situaciones, nunca se puede revivir, lo ya vivido; y por lo tanto desaparecido y perdido; se podrá renovar proyectos, renovar ilusiones, pero pretender reencarnar lo sucedido en el pasado, es fatal y absolutamente, imposible e inútil. Si hay algo, que ni nuestro amado Dios todopoderoso, no puede cambiar, es el pasado; entonces, vislumbré que el olvido, es tan importante como la memoria, para poder vivir, y comprendí lo que me estaba concedido comprender; en este momento, estaba yo vencido ya, reconquistado, para los míos, pero lejos de los hombres y dirigido hacia la gran paz interior de mi espíritu, meta final de toda nuestra educación en el convento, que adivino inalcanzable.

Cada momento vivido, siempre es un paso hacia adelante, nuestro destino es andar siempre hacia el futuro, que como consecuencia, también es andar, hacia lo desconocido, hacia lo incierto, por eso nos equivocamos tan reiteradamente, tanto cuando empleamos nuestra mejor fe, como cuando proyectamos algo maligno, nunca hay suficientes garantías, de que podamos conseguir lo proyectado, sea de la naturaleza que fuere: benévola o perversa. Me volví, de nuevo, antes de emprender mi camino de regreso, aún un momento, para echar una nueva mirada, cada vez menos insistente, en dirección a la línea curva y huidiza de las aguas mansas y calladas del río, que todavía serpeaban ante mi mirada., quería, que me contaran los secretos, de mis recuerdos olvidados, que mi mente, mi cabeza, y hasta mi alma, habían enterrado y sustituidos por otros; pienso que han quedado cautivos, cautivos para siempre, en algún hueco escondido de mi cerebro, pero en la profundidad de mi alma, sentía estremecerse un pasado, que ya no reconocía, y la mente sufría, por no poder contarme los recuerdos que sabía, aunque yo, de manera consciente, no podía descubrirlos, ni desvelarlos.

Mientras andaba, con pasos cansinos, observé la sombra que dejaban caer unos pinos, aquel día sobre el río y su ribera, no sería distinta a la que proyectaban, en mi niñez, sin embargo, me resultaban nuevas y desconocidas, como si no las hubiese visto o vivido nunca, pero por azar, algo sucedió; parecía que Dios, había escuchado la súplica, silenciosa y desgarradora de mi alma, reclamando mis añoranzas, reclamando mis olvidados recuerdos; de repente, como he dicho, sucedió algo imprevisto, no esperado: un fuerte olor a resina y piña quemada, inundó todo el aire, espesando el ambiente, y al instante, súbitamente, sentí que una dicha me invadía, y que este olor me retornaba, a mi abuelo y a mi padre, pudiendo visualizar sus rostros en mi mente, y recordé entonces nítidamente, cómo siendo aún muy pequeño, me traían a esta ribera, a estos pinares, con mis hermanos, y como recogíamos las ramas secas caídas y algunas verde de los árboles, y tostábamos, las piñas, que habíamos agrupados, formando un pequeño montículo en el suelo, siento, como si se escuchasen, los sonidos del crepitar de las ramas, mientras las consumían el fuego; su penetrante olor, me causaba una agradable plenitud, que me envolvían y despertaban, felices sensaciones en mis cincos sentidos, y cómo, con sumo cuidado, ayudado por un palo, sacábamos del fuego, las piñas abiertas, le desgranábamos las semillas, que después, llevábamos con gran regocijo a casa. Estos pequeños fragmentos, de desvaídos recuerdos, hechos de sustancias de mi mismo, me llenaban de felicidad y magia, lo que no había logrado mi memoria, me lo había devuelto de manera inconsciente, un olor atrapado en algún lugar de mi cabeza, donde la inteligencia, se había prohibido así misma descubrir, pero, para mi regocijo, el instinto me lo devolvió. Durante un instante me sentí como un sonámbulo, que al ser despertado bruscamente, durante un paseo nocturno, no sabe dónde está, tratando de orientarse, mirando y girando con los ojos muy abiertos, hacia todas las direcciones, tratando de tomar conciencia del lugar en que se encuentra, y en qué momento de su vida está situado. Me rendía por aceptación, ante aquellos felices y espirituales momentos, aunque ya no puedo deshacer lo hecho, y además no tendría remedio posible; agradecía estos momentos, que quienes hayan tenido la dicha de vivirlos, saben y saborean su poesía, pues no son conscientes, pero sí mágicos. Sin entender nada, pero felizmente excitado, hice un encogimiento desdeñoso de hombros, no había necesidad de entender nada, ni de dudar, ni de comprender.

Antes de emprender, mi camino de regreso, pues ya estaba atardeciendo, contemplé atentamente, casi serio, el cuadro panorámico, cuya calma, belleza y gravedad ya no sentía como algo extraño, pues todos estos sentimientos y momentos vividos, fueron para mí oportunos y aleccionador. Y me pareció curioso y significativo, que mi único paso en algo parecido, a lo que algunos llaman libertad de la vida mundana, me hubiese llevado precisamente hasta allí, a esta grandeza calma, sombreada por árboles, y a estos sentimientos nuevos.

Un turbión, tan fuerte como breve, precipitó mi decisión de regresar al monasterio, me encaminaré por la vera de la Iglesia Catedral, por si vuelve a llover, pero el sol ya había retornado, y no presentía promesas de lluvias en el cielo, aún así, decidí dirigirme por el camino de la catedral, el sol se perdía por el horizonte como un ascua redonda encendida, que se iba apagando, poco a poco en el río.

Cuando llegué a la altura de la escalinata, y al cerco de cadenas, que rodea la iglesia, la caleza del Arzobispo salía en dirección a su palacio, y para demostrar que no era soberbio, regalaba sonrisas y pequeños saludos con la mano indistintamente, al panadero, a los tenderos de especias y flores, y a los comerciantes y villanos, que se paraban para contemplar su paso, dibujaba pequeñas cruces en el aire y santificaba las calles con un perfume aristocrático, rechazaba de forma tan adecuada como elegante, las flores y pequeños obsequio que le ofrecían, y una vez apagado el último rodar de su calesa, saltando sobre el suelo disparejo, me vino a la mente, que no deseaba, que nunca nos dominase, a nosotros, los hombres de Dios, la enfermedad mas característica de la nobleza, la presunción, la altivez clasista, la suficiencia y el ingrato parasitismo; sentiría muchos remordimientos, y no quería, después de tantos años, que mi vida, se hubiese convertido en un consumo de interesantes naderías, y mi corazón se hubiese transformado en egoísta y fingidor.

De nuevo me vino a la mente, la partida del antiguo hermano Benjamín, embarcado hacia el nuevo mundo, en busca de poder y fortuna, seguramente volverá, con su porte altivo, gallardo y aristocrático; dentro de algunos años; posiblemente con éxito; pero retumbaba en mis oídos, mas que nunca, las desinhibidas palabras que pronunciaba, casi sin pensarlo, pero sintiéndolas; y un día como el de hoy, me venían una y otra vez a la cabeza, lo que decía: lo último y más alto, que un hombre puede aspirar a conseguir es la alegría. No era ningún dogma de nuestra iglesia, pero hoy me lo parecía, después de vivir aquellos maravillosos momentos mágicos, recuperando el recuerdo de mis familiares, en el ribazo del río, y la gran felicidad que me procuraron, lamentaba que se nos fuesen de las manos, poco a poco, todos los recursos educativos eficaces, que hubiesen podido conseguir consagrarlo como hermano, en nuestro monasterio, su frescura hubiese revitalizado, el pensamiento, añadiéndole una perspectiva, diferente y nueva, a nuestro vivir diario en el convento.

Pero de esto escribiré en otra ocasión, es tarde, estoy llegando al portalón del convento, y necesitaba descansar; la noche ya había caído y me dirigí a mi celda; me vino un último pensamiento antes de dormir, y elucubré lo fácil que me resultaba, recordar todos mis conocimientos, y saberes ganados para la observación y utilización voluntaria, pero que a la vez, y tal vez por eso mismo, están perdido para la resurrección poética y mágica, como la que me trajeron mis recuerdos olvidados, de una infancia perdida en mi memoria, con seguridad cautivos, en una ánfora hechicera, profundamente escondida en el interior de mi mismo.

Se nos cuenta, en algunos libros, llegados de remotos y lejanos lugares, allende los mares, y es posible que así sea, que algún día, en un futuro próximo o lejano, no lo especifican, desarrollaremos, un “tercer ojo”, otros dicen que tal vez un sexto sentido; el juicioso saber popular, desde muy antiguo, adjudican como poseedores de estos poderes, a magos y alquimistas, e inclusive algunas religiones, lo aceptan como normal, entre algunos de sus elegidos, si esta evolución fuese confirmada, y no hay ningún dato objetivo, ni para convertirla en dogma, ni para negarla, nos permitiría vislumbrar, mas allá de lo que ahora percibimos, con los cincos sentidos que disponen nuestros instintos; nos encontraríamos ante un cambio total del ser humano, ante una revolución de impredecibles consecuencias, que cambiaría radicalmente el mundo tal como hoy lo percibimos, pues quedarían abiertas, nuevas puertas, nuevos horizontes, en resumen un nuevo futuro, que hasta ahora solo podemos adivinar, intuir, sospechar y barruntar, por aquellas inconscientes sensaciones que nos llegan livianamente, a través de nuestros sentidos, y de manera involuntaria, como las que yo he sentido, hoy en el río. No creo que el hombre pueda adivinar, jamás el futuro, pero sí ordenar y manejar, mucho mejor sus experiencias, para sacar sabias conclusiones que puedan modificar nuestro ser, y sólo de esta manera, influiremos en mudar el porvenir, proyectándolo y de alguna manera previniéndolo. Me acosté, y empecé a oír los crujidos de los muebles de mi celda, que solamente se perciben, cuando la habitación duerme, mañana sin duda será otro día, y yo , casi con toda seguridad, ya estoy dormido, y no soy capaz de apercibirlo, pero aunque mañana amanecerá como cada día, estoy convencido, que no será tan extraordinario, feliz y agotador, en experiencias espirituales nuevas, como lo ha sido, el día de hoy.

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