29/9/10

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ÚLTIMA REFLEXIÓN EN EL CONVENTO

El árbol de higos que había en la pequeña huerta del convento, rozaba sus ásperas hojas emitiendo sonidos secos, y por momentos llegaba un gran soplo de viento que inclinaba las flores sembradas en las macetas de cerámicas, ahuyentando a las abejas que zumbaban a su alrededor y estremecía los pequeños perales. Lo mismo que mis añoranzas me trajeron recuerdos felices, el espíritu aventurero que impregnaba toda la ciudad, con la partida de barcos hacia las Indias Occidentales, me traían ensoñaciones de proyectos misioneros difundiendo la fe entre los indígenas, que por noticias de la Casa de la Navegación, sabíamos que existían y que presentaban feroz resistencia a los descubridores; alguien debería velar por sus almas condenadas, y darles las enseñanzas de Cristo; trazándoles y enseñándoles, el camino correcto hacia la salvación. Mi cabeza vagaba, con locos sueños de aventuras, construidos con retazos de conversaciones oídas a los marineros, a las autoridades seculares y eclesiástica, a los cónsules, y a los miembros de la Casa de la Contratación, qué importa si no zarpaba jamás, sé que existen esos nuevos horizontes, y poseo una razón más, pese a mi edad, para proyectar mi porvenir con mayores ansias de libertad; estas ideas se deslizaban en mi cabeza, creando nuevos sueños de imposible realización, pero las dejaba fluir, aún a sabiendas que nunca se materializarían, y me reconocí a mi mismo, resucitando al joven que fui y que se daba por entero a las empresas que perseguía. Miraba desde el campanario, a esa distancia a la que no llegan los ojos, y adivinaba a marineros y pasajeros, estrechándose las manos y abrazándose con sus familiares, luchando todos con los sentimientos dolorosos de la despedida.

La alegría de navegar, de navegar lejos entre las olas, las tormentas y tempestades, sintiendo bambolearse el barco, vencer la zozobra y saber que llegaré al lugar deseado donde me espera una nueva tierra y un nuevo futuro, ensanchaba mi alma. Sentir las bocanadas de aire puro, fresco y salobre golpeando mi rostro, y ese indefinido olor a mar, a sal y algas marinas, que no son iguales a los olores fragante de las flores de la tierra, menos delicados, pero mucho mas libres, mas envolventes, mas intensos. Un portazo fuerte, que levantó el polvo del dintel de la ventana cayendo sobre las jambas, hizo que me despertara de aquella loca meditación, que me causaba alegría, y avivaba mi espíritu. Pero la terca realidad transformaba inmediatamente, la impresión de los sueños en hechos reales; y debo encaminarme al aula, donde me esperan los hermanos legos. Me quedé con la idea, de que hay muchas más vidas, que nunca podría vivir; por desgracia, no le ha sido concedido a los hombres conocer todas las alegrías, ni vivir mas vida que la suya propia, y eso daba más valor a la que actualmente tengo en el monasterio, y me admiré de la capacidad que tenemos los hombres, para crear firmes propósitos, sueños y proyectos, fraguados sobre ninguna base firme, con el sólo basamento de nuestra voluntad, grabándolos a fuego en nuestras cabezas, y edificándolos sobre aguas en movimiento; recordé de nuevo a Benjamín, y quise lucubrar, cómo le iría en aquellas tierras protagonista de mi último sueño, donde la única ley imperante era: bellum omnium contra omnes.

Dogmatizar, y enseñar a los hermanos legos, también era una tarea muy selectiva e importante, pero no, yo no podía verlo, pero es así, cuanto más nos exigimos, tanto más debemos contar con la conciliación de nuestras creencias y nuestro espíritu, pues nuestra labor dogmática, nos enriquece y eleva pero también nos cansa y oprime, evadiendo nuestra cabeza, en la creación involuntaria, diría mas, desconociéndolo nosotros mismo en la proyección de sueños irrealizables, que nos relajan, y ocupan una parte vacía de nuestro corazón.

Recapitulé sobre todo con sorprendente exactitud, remontándome hasta el primer signo de cansancio, de contrariedad y de saturación espiritual. Pensé en el hermano Tomás, y él tenía toda la razón. Había que estar constantemente rezando y meditando sobre las obras y acciones de Dios, para poder con posterioridad, transmitirles nuestros dogmas a los hermanos novicios, y yo estaba de un tiempo acá, siempre demasiado desganado y distraído, pues si al menos tuviese miedo también tendría esperanza, pero no lo tenía.

En verdad, dediqué luego el mayor cuidado para volver a dominar poco a poco la capacidad del recogimiento; quería darles el alimento espiritual que a mí me había nutrido, y estaba obligado a trasmitirlo y que nutriera a otros, pues si la semilla que tengo que plantar en las cabezas de estos jóvenes no está bien sembrada, y difícilmente podía hacerlo si la desgana se apoderaba de mí, caería en tierra poco regada y moriría; pero si retomaba mis dormidas ilusiones por las enseñanzas, daría esa humedad necesaria para hacerla renacer y crecer, necesitaba contagiarlos del fervor entusiasta, del que yo dispuse en los comienzos de mi andadura en el monasterio y era capaz de reconocer.

Me molestaba pensar, que hubiesen siempre algún descontento que expresaba despectivamente que aquí lavábamos el cerebro de los jóvenes novicios; pero debo razonadle, contraponerle, y enfrentarle, que lo mismo que a los guerreros se les enseñan a luchar, y para conseguir ese fin, se les ejercitan con pruebas preparatorias de agresividad, duelos y espíritu militar.

De igual manera se instruían a todos aquellos que deseaban dedicarse a cualquier otra actividad noble e importante, ya fuese la equitación, los deportes, la ingeniería, y muchas otras profesiones de las mas distintas y variadas naturaleza; era obligado y claramente entendible, que se les instruyeran y mentalizaran dándoles a conocer los recursos necesarios, para que con esta preparación, pudieran con posterioridad alcanzar mas fácilmente sus anhelados objetivos y sus metas. Pero estos mismos, que consideran como normal la preparación y adiestramiento de todos los que aspiran a practicar un empleo honesto y noble. ¿Por qué no consideran necesario preparar el espíritu y la mente, mediante ejercicios y prácticas mentales y espirituales? y le aplican ese descalificativo de lavado de cerebro, salpicado de maldad, honda aversión, y hasta fanática inquina.

Sin dudarlo, están muy impregnados por la realidad y por lo material, y no valoran ni consiguen, que el pensamiento y el espíritu adquieran valor alguno ante sus ideas. Estas personas pragmáticas pierden vivir una parte muy importante de sus vidas, pero no lo sabrán nunca, y diría más, no la echarán de menos.

Comprendí entonces, y sólo entonces, que las ansiedades, tienen también sus propias calmas, y debo confesar, que tengo por nuestra jerarquía y nuestra Orden, que no es otra cosa que nuestra única misión de vida, un apego irracional; la jerarquía en nuestro convento es muy ecuánime, se funda y se gradúa exclusivamente en las disposiciones y valores intelectuales de los hermanos, prescindiendo de cualquier otra condición de descendencia, nobleza o riquezas, aquí dentro todos somos iguales; lo que no imposibilita la aparición de celos y luchas por determinados cargos; debo de reseñar, que muchos de los novicios, han sido designados por sus familias; ya fuesen nobles ricos, funcionarios, o simplemente labriegos, con legítimas ambiciones de un puesto preferente para sus hijos. Por ello, algunos de los novicios de nuestro convento, se han vistos acorralados, empujados, y obligados a iniciar esta educación exclusivamente religiosa, conflicto, que en muchos casos convierten a jóvenes altamente dotados intelectualmente, en caracteres muy difíciles y problemáticos, transformando sus sentimientos en enojo hacia quienes les hemos ilustrado y educado.

Creo que nunca podré ser abad, hay demasiadas fisuras en mis pensamientos, y demasiada permeabilidad en mi cabeza ante las nuevas ideas; pero debo confesar también, que siempre hay algo perversamente maravilloso, algo hondamente hermoso en el deseo inconfesado de descubrir, que pese a mi asimilación al monasterio, tenía capacidad de ilusionarme mentalmente con aventuras y proyectos terrenales, y pensar en la posibilidad de cambiarlo aunque fuese fugazmente por el infinito horizonte de lo espiritual. Pero de nuevo, la testaruda realidad se adueñaba de todo, y estas experiencias y pensamientos adquiridos a lo largo de tantos años, que habían logrado modelar mi alma, construir mi espíritu, y edificar lo que soy, también habían restado mucha fuerza y energía a mi cuerpo: deteriorándolo.

En el convento, no existen la mayoría de las libertades, ni las tentaciones y peligros de que son víctimas las personas que viven extramuro, no puede suceder que nos abandonemos a la bebida, ni a todas las violencias de emoción extravagante, ni que el tiempo que estén aquí los hermanos, sean legos o consagrados, lo pierdan no aprovechándolo completamente para el estudio de nuestra religión, el conocimiento profundo de nuestra orden, y la cultura y la ciencia en todas sus ramas. Dentro de sus muros, todos nos encontramos custodiados contra cualquier desvarío y ruina, y los libros, hijos de la soledad y el silencio, son nuestros mejores compañeros y nuestros mas inalterables y firmes guías. Pero cada vez me convenzo más: que para mí actualmente la permanencia aquí, es un cobijo seguro contra el derrumbe y la decrepitud de la vejez, un refugio tal vez decente, pero refugio al fin...

La noche había caído y la luna bruñía la fuente del claustro, que atravesaba arrastrando sus pasos camino de su celda el hermano Tomas apoyado en un nudoso bastón.

La quietud y el silencio se adueñó nuevamente del monasterio, y aparecieron los sonidos de la noche, los ruidos de la noche siempre son distintos, mas inquietantes, mas fantasmagóricos. Miré las vigas negras, que cruzaban el techo de mi celda, estaba solo… solo viviendo la noche. Hoy el día ha transcurrido sin alteraciones, menos feliz, mas tranquilo, mas vacío; pero todos los días son necesarios para escribir fragmentos, de la pequeña historia de una vida selecta y claramente trazada desde sus mas tiernos comienzos. Reflexioné sobre las observaciones y pensamientos íntimos que me orientaron y encauzaron, para escribir estos apuntes en forma de parcial y pequeño diario, no me gustaría que se convirtiesen en papel de desecho, quizás algún día estas reflexiones puedan serviles a alguien; me produciría gran alegría y gozo.

Y antes de poner el punto y final en estos escritos, quiero hacerles llegar mis agradecidos recuerdos a aquellos, que llevados por la curiosidad o simplemente por la ocupación de un tiempo disponible, lo hayan leído, y que el Altísimo los bendiga y les acoja en el paraíso.

Fdo. Fray Saturnino de Sevilla. En el año del Señor de 1576.

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