7/9/10

Comparte con nostr@s: “Trabajos en el convento”, de José Manuel Piñero

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TRABAJOS EN EL CONVENTO

El hálito de la mañana era húmedo, cuando, Neptalí Solomon, de ascendencia judía, llegó al convento; seguía la tradición de su padre y de su abuelo, de quienes había heredado su nombre; desde que se recuerda, en este convento, recibíamos sus visitas periódicas, para suministrar viejos libros, recogidos por todo el imperio, para que fuesen manuscritos, copiándose, y adornándose con bellos y minuciosos dibujos, que salían de las virtuosas plumas de los hermanos copistas, añadiéndoles gotas de arte, que aumentaba grandemente su valor; con posterioridad, se encuadernaban con piel de ternero, secada y curtida, dándole una prestancia, que era considerablemente apreciada en todos los lugares cultos del imperio, pagándose por ellos, grandes sumas, y siendo muy fuertemente demandados; del resultado de esta labor, nacía una de las variadas maneras, de las que se financiaba el convento.

Su abuelo era un judío de pura cepa, si hubiese que hacer un retrato, que definiesen las características de esta raza, su abuelo, encajaba perfectamente como modelo, su larga y lacia barba, su nariz aguileña, su enjuto cuerpo, sus delgadas y nervudas manos, sus finos dedos, y todas estas cualidades, eran rematada con unos ojos negros hundidos, hacia la nuca, y brillantes como carbones, que te clavaban la mirada, a la que acompañaba, tratándola de suavizar, con una sonrisa amplia, que te hacia dudar de su sinceridad, aunque nunca de su inteligencia; pero siempre fue afable hasta la molestia, y siempre fiel a sus orígenes y creencias; su padre, ante la sospecha cierta, de ser expulsado, él y su familia, y la presión amenazante de la inquisición, hubo de convertirse al cristianismo de Roma, y Neptalí nació judío cristiano, y bautizado; pero los rumores que circulaban sobre ellos: eran, que en la intimidad seguían practicando su religión. Neptalí hubo de casarse con la viuda de su hermano, que según sospechaban los inquisidores, esta boda, tenia todas las características, de un matrimonio levítico; según la costumbre hebrea, si la muerte visitaba, a algún miembro de la familia, sus hermanos, si estuviese, alguno de ellos soltero, deberá casarse con su viuda; parece que este suceso, sucedió; pero ha quedado difuminado, y las opiniones, algunas imposibles de creer, y las habladurías de sus enemigos, cayeron en el olvido.

Neptalí era un hombre práctico, y hábil negociador, que aportaba beneficios a la orden franciscana, razón por la cual, los comentarios y rumores, no encontraron oídos que les escuchasen, se fueron diluyendo como las nubes del verano, pausadamente, sin que nadie pudiese percibirlo, sin que nadie pudiese hacer nada, a nadie dañaba, y nadie deseaba impedirlo dentro del estamento religioso. Siempre dejaba un regalo al abad, en forma de algún manuscrito, con noticias recientes del imperio, para que fuese entregado al Arzobispo, en él, se explicaba con muchos detalles, aquellas noticias recogidas en su periplo por Europa, y que estimaba necesario, hacérsela llegar al Vicario, quien la acogía, con expresivas muestras de agrado, reclamando muchas veces su presencia, también donaba, alguna apreciada y valiosa reliquia para el ajuar del convento. Como siempre, pues era la política eclesiástica de la Iglesia, desde tiempo inmemorial, se procuró dar cauce a la práctica ética de las consecuencias, más que a la de los principios.

La sección de copistas, ubicada en la biblioteca, estaba dirigida por el hermano Andrew, de origen irlandés, cuya concentración y meticulosidad rayaba en el misticismo, era la admiración de todos los hermanos del convento; y persona muy considerada por el abad, el hermano Tomas; su paciente trabajo como instructor de los legos copistas, y los beneficios que reportaba a la comunidad, hicieron que fuese alzado, y tomase una posición de privilegio en la orden. Creo que hombres de su clase, brillantes sin esfuerzos añadidos, aunque poco profundo en sus pensamientos, hacen todo inconscientemente, como por reflejo; se sienten colocados ante una tarea, se sienten llamados por una necesidad y se entregan a la llamada sin más ni más. Consideraba su trabajo arte, y con su delicado espíritu de selección, lo purificaba para todos los que leyesen, las copias de sus manuscritos, de sus libros; amaba las letras en si, sus dibujos, sus formas, su estilo, mas que el mismo contenido de los libros, de sus ideas o sus enseñazas. ¿Qué le importa a un religioso franciscano, o a un sacerdote la ciencia? Estamos harto por encima de ella, pensaba, nosotros fijamos las nociones de lo verdadero y lo falso, nadie puede osar contradecirnos… sin que por ello puedan ignorar, que un severo castigo les pudiesen llegar, por sus ideas heréticas; que en realidad son todas las que no estuviesen trazadas, por nuestra Santa Madre Iglesia. Todos los métodos, todas las premisas, de una moderna mentalidad científica, tuvieron en contra, durante miles de años, el más profundo de nuestro desprecio; este era el convencimiento profundo, de este nervioso y delgado fraile, de aspecto huesudo y amable, que tras muchos años de lecturas, y copias de libros, combinado con su ortodoxia, los habían convertido en un brillante orador, y que a semejanza de sus libros, sus discursos, eran muy amenos y bellos en la formas, pero de mensaje único e implacablemente ortodoxo.

Diariamente, celebraba una misa, a las ocho de la tarde en la Iglesia Catedral, a la que afluían, lo mas granado de la jerarquía secular, y la nobleza completa de la ciudad, sus palabras, aplacaban sus conciencias y despertaba nuevos estados de ánimos; modulaba su voz de tal manera que la hacia melodiosa, musical, empleando tonos bajos, según quería endulzar una idea, o bien altos y sus contundentes gritos, expresaba, que lo que decía era indiscutible; con lo que, de este modo, trataba de ahondar en sus corazones, consiguiendo un afianzamiento de la fe de sus numerosos feligreses, de los creyentes, que escuchaban diariamente el sermón de su misa, en la capilla de la Virgen de la Antigua, impregnando a todos, a diario, con su prédica, y con su homilía. La forma en que envolvía sus ideas, eran cegadoramente lúcidas, hacía que hasta el sufrimiento se volviese contagioso por la compasión; todos los reunidos, veían sus oídos obligados, debido a su brillante exposición, a escucharlo y sus labios a no desplegarse. Aunque, según mi humilde criterio, cualidad, que pienso de la que el hermano Andrew carece, con gran frecuencia, confundía, la buena conciencia con la falsa visión, las enseñanzas, de nuestro abad, ha hollado hasta las profundidades de su alma, y lo ha envuelto, con tanta hondura, que no se exige, así mismo, que ninguna otra cualidad óptica tuviese valor; puesto que, en nuestra orden, hemos impregnado nuestros corazones, y hasta nuestros hábitos, de nuestras reglas; y las hemos hechos Sacrosantas, y nos hemos adueñados, de los conceptos de Dios, de la redención y de la eternidad. Nada quedaba para la improvisación, todo lo demás era herejía; fuerte y cruelmente castigada por nuestros hermanos inquisidores. Pero los hombres, jamás nos hartaremos, de perseguir la luz de esos espíritus, la mayoría de la veces perturbados, que inconscientemente nos conducen a las tinieblas. Habíamos destilado para nuestro uso, una historia especial, una manera de vivir, ajena al mundo que nos rodea, y que consta solamente de la historia de la religiosidad y del arte; ella no tiene ni sangre ni realidad. Ignoramos, lo que dicen los científicos, sobre que nuestro pequeño y convulso planeta, en el que habitamos, al que pertenecemos, y del que nos sentimos orgullosos y sus dueños, lleva, como todo producto creado, fecha de caducidad. Esta fecha figura escrita en todos los seres vivientes que nos rodean, pero el paso del tiempo y la costumbre la borraron de nuestras cabezas, y apagó ante nuestros ojos, su visión.

Nunca pensé que alguna vez pudiera tocarme la dicha de ser escritor, tal como la imagino vagamente, buscando una concepción fácil y esmerada de los acontecimientos de mi orden, de mi convento. Pero esa tarea, me resultará imposible, pues tendría que detallar hechos, contra los que mi íntimo sentir se revela, contra, los que no puedo, y no quiero, verme identificados con ellos; mis hermanos inquisidores, con los que hablo, con los que como, con los que convivo, seres influyentes y temibles, no venían del mundo exterior, sino de las entrañas misma de los miembros de nuestra orden, el problema me resultaba complejo y difícil de reconciliar; ante mis ojos se habían transformado, desde el mismo momento, que se le otorgaba, el inmenso poder que les daba sus nombramientos, como miembros del Santo Oficio, se convertían en seres astutos, enfermizos, y peligrosamente desviados de los principios de Francisco de Asís, nuestro fundador. Estos pensamientos, no me encuentran ciego esta vez, sino más despierto que entonces, cuando deseé, por ostentar su poder, ser inquisidor, nunca me fue propuesto, a pesar de mis pasados anhelos, quizás no lo merecía, quizás juzgaron, acertadamente, que no disponía de las cualidades necesarias, y no me sorprende en realidad, porque estas ideas, no me parecen algo extrañas que vienen de fuera, que se puede rechazar o aceptar, sino que sale de dentro de mí corazón.

Aún recuerdo, cuando en mi primera época en el convento, me destinaron a la biblioteca, en la sección de los virtuosos copistas, me produjo una gran alegría, que al poco tiempo se vio frustrada, pues me mostraba tan inhábil como aplicado. Acepté de buen grado, las tareas siguientes, que me encomendaron, hasta llegar a ser un aceptable, instructor de lego. Aunque dicha derrota, que como todas las derrotas aceptadas, son mas elegantes y estéticas, y menos ruidosas que las victorias, la asumí muy convencido, pero no me salía del corazón; pueden sonar estas palabras a pedantería escolástica, pero los religiosos, somos sin más gente de escuela.

Caminaba lentamente atravesando el patio, en dirección a mi celda, mientras caía la noche, bajo un cielo nublado con dos o tres estrellas apenas; estaba satisfecho y agradablemente excitado. Como era mi deber, mi obligación, y también podría decir, mis sentimientos, había subordinado todas mis ideas, todo mi sentir, todo lo que soy, a la tradición y la moral de nuestra religiosidad, y a los intereses del día; al final somos como Neptalí, ponemos toda nuestra gloria en las viejas piezas, que aún quedan en nuestros almacenes. Mañana amanecerá de nuevo, y el sol disipará cualquier tiniebla, cualquier oscuridad.

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