Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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13/4/20

La lucha contra el caso: 2 (Visión sistémica del mundo: 13)


Retomamos la sentencia con la que concluimos la entrega anterior:

“El bien y el mal no existen en la Naturaleza”


Cuando “yo soy” frente a otros yoes, la posibilidad de la eliminación de mi yo y todo lo que lo pueda amenazar o provocar, “para mí”, para mi “yo” es malo; y lo que permita “mi” supervivencia y “mi” crecimiento es bueno. En un partido de futbol, para el equipo que gana, el partido ha sido bueno, pero para el que ha perdido, el partido ha sido malo. Pero para el espectador indiferente, el partido ha sido lo bueno, pero el resultado…, “le trae al pairo”

Es el predominio alternativo de una de las dos fuerzas, la que hace que la dinámica de los sistemas oscile entre lo positivo y lo negativo, pero ambos, el positivo y el negativo, el Yin y el Yang, son imprescindibles para que el sistema vivo (o inanimado) pueda existir, luego ni el positivo (crecimiento) es bueno (ni malo), ni el negativo (decrecimiento), es malo (ni bueno), simplemente son los elementos que hacen que el sistema simplemente “exista”, lo que es bueno…, supongo. Porque lo que es bueno (para la vida) es la lucha contra el caos, que para la vida es lo malo.

De alguna forma, el salto de lo inanimado a lo animado por la Vida, ha traído consigo el establecimiento de dos fuerzas primordiales, la positiva que actúa a favor de la Vida, de la complejidad, de la Evolución hacia estructuras cada vez más perfectas y con un incremento cada vez mayor de la consciencia individual y, la fuerza negativa que actúa como freno a la Vida, o a favor del mantenimiento del caos primordial, contra la que la Vida lucha denodadamente, pero justamente es en esa lucha, donde la propia Vida se manifiesta con todo su poder creativo. La Teología y la Teosofía abordan este apasionante tema de un modo sorprendente, aunque no es objeto de esta línea de pensamiento.
Existen, en esa lucha entrambas fuerzas, dos situaciones claramente diferenciadas, el predominio alternativo de una de las dos fuerzas o la situación de estabilidad e igualdad entre ambas, que en Física se denomina inercia.

Principio del predominio alternativo

En esencia, las fuerzas antagónicas no están casi nunca en perfecto equilibrio o estabilidad, sino que en cualquier momento prevalece una sobre otra, aunque de modo efímero. Esta es la cuestión, que no se da un equilibrio perfecto o una estabilidad perfecta. Afortunadamente, siempre hay una fuerza que prevalece sobre la otra, lo suficiente para que las funciones se puedan llevar a cabo, pero sin que esa prevalencia distorsione de tal modo el conjunto del sistema, que se produzcan desequilibrios tales o inestabilidades tales, que al final, el sistema sea inviable.

El binomio acción - reacción tal cual haría imposible el movimiento, si partiendo de cero, la fuerza propulsora no predominase sobra la frenadora; sería imposible cambiar de estado. De igual forma, si estando en movimiento, creciendo, se llegase a un punto de peligro y fuera necesario frenar o retardar el sistema, si la fuerza de deceleración no prevaleciera, el sistema seguiría acelerándose hasta límites incompatibles con el propio sistema.

Cuando un automóvil logra vencer la inercia que le mantiene en reposo se mueve, siempre que la fuerza motora prevalezca sobre la fuerza de gravedad que tiende a mantenerle pegado al suelo y sin moverse, en la medida que tenga bajo él una plataforma que evite se hunda en los abismos en dirección al centro del planeta. Un avión se mantiene en vuelo recto y nivelado, en tanto que la fuerza impulsora de sus reactores o hélices permita que sus planos mantengan igualadas las presiones de sustentación y de gravedad gracias al desplazamiento. Es decir, gracias a la prevalencia de una fuerza respecto de su complementaria, el desplazamiento es posible, hasta alcanzar un régimen de “navegación” uniforme, momento en el que ambas se igualan.

Cuando un avión ha alcanzado una altura y velocidad de crucero, es en el momento en que los dos pares de fuerzas, se igualan (peso-sustentación) y (propulsión-reacción). Durante el tiempo en el que estén igualadas, el avión entre en un régimen “inercial”.

Siempre que tanto la velocidad como la altura del avión varíen, una de las dos fuerzas prevalecerá sobre su opuesta.  

Lo que vemos en el día a día de nuestra vida, objetos que arrancan, se mueven y frenan, niños que nacen, crecen, llegan a adultos, envejecen y mueren; empresas que se crean, crecen, se mantienen estables y entran en recesión y, así todo, en el Universo aparentemente inmutable ante nuestros ojos, esto no se ve en el horizonte temporal de nuestra vida. El Sistema Solar es así, con nueve planetas orbitando alrededor del Sol, hace cuatro mil millones de años. Siempre es así, parece inmutable, las distancias son las mismas si excluimos las variaciones inducidas por las diferentes excentricidades, cuyo comportamiento descubrió Johannes Kepler en el siglo XVII. La regla de las áreas da fe de que en la órbita de un planeta que no sea perfectamente circular, cuando el planeta se acerca al Sol, hace falta que la fuerza centrífuga se incremente para compensar el incremento de la fuerza centrípeta, y cuando el planeta se aleja, es necesario disminuir la velocidad, para conservar estable la órbita. Luego en según qué momento prevalece una fuerza sobre la otra, originando el inmediato incremento o disminución de la otra para mantener el sistema estable.

En el ámbito de los seres vivos esto, la par inercia/inestabilidad es así de modo evidente. Por ejemplo, cuando se produce un incremento de actividad parasimpática; esto permite por ejemplo la vasodilatación de los capilares superficiales de la piel para disminuir la temperatura interna y liberar así el exceso de calor para, una vez liberado dicho exceso, el sistema simpático se encarga de inducir la correspondiente vasoconstricción para que no se pierda excesivo calor, poniendo en peligro la homeostasis del organismo.

La vida es posible porque los sistemas ejecutan funciones gracias a que en determinados momentos se producen inestabilidades que permiten que unas fuerzas prevalezcan sobre sus complementarias. Pero estas inestabilidades son tanto más contrarrestadas por las fuerzas antagónicas complementarias cuanto más intensas son. Y esto es así porque si los desequilibrios o inestabilidades superan un determinado umbral, el sistema se hace inviable y termina destruyéndose. Si a un satélite artificial se le imprime una fuerza centrífuga que descompense suficientemente el equilibrio con la fuerza centrípeta, el ingenio terminará por alcanzar la velocidad de escape y se perderá en el espacio. Esto ocurre cuando la NASA da por finalizada la vida útil de un satélite artificial, finalmente enciende sus motores para que el satélite se pierda en el espacio y sea capturado por el Sol. Por contra, si una vez puesto en órbita se le deja libre sin acciones correctoras de la órbita de aparcamiento, paulatinamente irá perdiendo altura, puesto que la Tierra tenderá a atraerle lenta pero inexorablemente, hasta que termine siendo atraído a la superficie. Esto ocurrió cuando el Sky Lab y la MIR se precipitaron a la Tierra tras terminar su vida útil.

Pero, aunque los pares de fuerzas estén estabilizados, siempre hay una diferencia sustancial entre ambas, que una requiere “energía” para actuar y otra simplemente “es”, sin consumo de energía. Es decir, una, la que tiende hacia la complejidad, requiere energía, pero la otra, la que tiende al reposo y a la simplicidad, no requiere energía.

Volviendo al ejemplo del satélite artificial, una vez colocado en órbita estacionaria, no hace falta mantener los motores encendidos. Y se mantendrá en órbita gracias a la dinámica inercial que hace, se igualen la fuerza centrífuga y centrípeta, pero, abandonado a su suerte, más tarde o más temprano, la gravedad vence y atrapará al satélite.

En conclusión, la prevalencia efímera de las fuerzas respecto de sus antagónicas es lo que hace posible el mundo material que ven nuestros ojos, y del que nosotros formamos parte. Pero, con tiempo suficiente, las fuerzas del caos, siempre prevalecen frente a las de la Vida. Por eso, la Vida se ve forzada a evolucionar permanentemente hacia formas y sistemas cada vez más complejas.

Pero todo tiene un límite…

Esta ley de la prevalencia efímera es la que habitualmente se conoce como ley del péndulo. Esto lo entiende la gente fácilmente. Un péndulo se balancea de un extremo al otro gracias a que el movimiento continuo permite sortear alternativamente la fuerza de la gravedad. Pero la gravedad siempre vence. No existe el movimiento contínuo.

En el contexto socio económico, las fuerzas antagónicas que prevalecen efímeramente unas sobre otras dan lugar a los ciclos, que es uno de los principios fundamentales del pensamiento sistémico, de la misma forma que las fuerzas de gravitación dan lugar a los ciclos orbitales y estacionales en la Tierra, o las fuerzas que gobiernan nuestro organismo vivo dan lugar a los ciclos hormonales, circadianos y en general a los ciclos biológicos. Y en las sociedades humanas, los ciclos económicos que todos conocemos y sufrimos, no son una maldición, sino la expresión clara y evidente de que nuestro sistema humano vive y se renueva con cada fin de ciclo y comienzo del siguiente.

Es decir, la prevalencia alternativa de fuerzas, la Ley del péndulo da lugar a los ciclos. Y estos ciclos permiten la existencia en todos los sentidos.

Esta es la base del desarrollo evolutivo.

La conjunción de ambas fuerzas establece en prácticamente todos los escenarios reales una situación que “tiende a la estabilidad”, pero que casi nunca la alcanza. De hecho, la estabilidad perfecta nunca se logra. Los ciclos son la expresión final de esa prevalencia alternativa de fuerzas, donde la estabilidad es un límite asintótico, o se alcanza en un instante como el momento del equinoccio, para luego volver a desestabilizarse en un sentido o en otro.

La prevalencia alternativa de las fuerzas tiene su fundamento sistémico en los denominados bucles de realimentación, que pueden ser positivos o negativos. Los bucles de realimentación positivos son aquellos donde las variables que los componen se refuerzan entre sí, de modo que cuando una aumenta, provoca el aumento de la siguiente, esta de la siguiente y así hasta que la ultima refuerza a la primera. Este tipo de bucle también se denomina bucle reforzador, y la consecuencia matemática de este comportamiento es el denominado “crecimiento exponencial”, basado en la ecuación y = a*ebx  ó y = a*e-bx

Este comportamiento es el responsable del crecimiento y decrecimiento de los sistemas, tanto físicos, como biológicos, sociales, demográficos y económicos.

En el otro extremo están los bucles de realimentación negativos; aquellos donde el crecimiento de una variable implica el descenso de otra, de forma que se produce una tendencia a alcanzar un estado estable, tras sucesivos ciclos amortiguadores.

En realidad, los bucles reforzadores aislados no existen, porque son física y biológicamente imposibles. No existe ninguna posibilidad de crecimiento ilimitado. Tampoco existen de modo aislado los bucles compensadores, porque ello desembocaría en un estado estable, que pareciendo deseable, sin embargo, bloquearía cualquier tipo de proceso adaptativo. Ambos bucles, compensadores y reforzadores se presentan en la naturaleza asociados y relacionados de modo tal que siempre hay uno que prevalece sobre el otro, pero ambos se controlan y se vigilan. Cuando uno de ellos prevalece de modo irreversible, el sistema o bien estalla en mil pedazos por prevalencia del bucle reforzador, o entra en una vía muerta que le incapacita para cualquier proceso adaptativo. En cualesquiera de los casos el sistema muere, bien por crisis o bien por lisis.

En realidad, la ley de la prevalencia efímera, la ley del péndulo es la expresión simple de una afirmación más profunda, la prevalencia alternativa de ciclos de crecimiento y ciclos de recesión.

En el mundo físico esto tiene como expresión la fuerza expansiva del crecimiento vegetativo y la fuerza compensadora de los recursos limitados.

El ejemplo más claro lo tenemos en el crecimiento demográfico, donde a más nacimientos, más incremento de la población, pero a la vez, a más población, mayor consumo de recursos que, siendo limitados y también limitada la capacidad de regeneración agrícola, ello hace que más tarde o más temprano la población se estabilice, o incluso disminuya por las hambrunas, hasta que comience un nuevo ciclo expansivo.

Un ejemplo especialmente demostrativo de lo dicho, es la competencia entre especies.

Hay un modelo, desarrollado por Volterra y Lotska en 1931, que describe como las poblaciones de zorros y conejos dependen entre sí para mantener un crecimiento estable, porque cuando una de ellas prevalece la otra responde. Si aumenta la población de zorros, disminuye la de conejos hasta un límite en el que los zorros comienzan a morir de hambre por escasez de conejos. La disminución de zorros permite a los conejos reproducirse con más intensidad al disminuir la presión de los predadores, hasta comenzar un nuevo ciclo.

Estas son las bases sistémicas del desarrollo. Se cumplen siempre, aunque las diferentes circunstancias hacen que el comportamiento difiera y parezca que nos encontramos ante fenómenos diferentes. Pero no es así.

De hecho, lamentablemente, las leyes sistémicas son, diríamos, que contrarias aparentemente a la utópica igualdad entre los seres humanos. El noble deseo de que los seres humanos sean todos iguales, y que nadie fuera más poderoso o rico que otros, que no hubiera pobres, es materialmente imposible, y no es esta una afirmación basada en la maldad de los hombres, en el pecado (aunque también), sino en el comportamiento cíclico de las fuerzas antagónicas que rigen nuestro destino.

En Economía existe una Ley que es la que proclama el crecimiento económico de escala (hacer economías de escala, se dice), que no es sino la afirmación de que cuanto más dinero se tiene, más se gana. Cuanto mayor es la capacidad de producción, más económica sale cada unidad, y mayor cuota de mercado se adquiere en detrimento de aquellos que tienen menos capacidad económica y de recursos tecnológicos o de know how. Este comportamiento justifica la tendencia a la concentración de poder en manos de los que más capacidad tienen para dominar el mercado. Es decir, el libre mercado tiende por sí mismo a la heterogeneidad, al incremento diferencial de la riqueza entre pocos ricos que acaparan de forma paretiana cada vez mayor proporción del producto interior de un país o de cualquier comunidad humana, frente a un cada vez más amplio segmento de la sociedad con menos recursos e incapaz de competir con los poderosos.

La vida en realidad es así. El Universo es así. Aunque también es verdad que la Creación no admite campeones vitalicios. Más tarde o más temprano, la vida pasa factura, a veces de forma catastrófica.
Pueden parecer ejemplos que no tienen nada que ver, pero en el fondo presentan similitudes, isomorfismos en terminología sistémica. Se trata de ver cómo la Naturaleza aparentemente favorece la Ley del más fuerte en contra de los débiles, aunque de cómo eso es sólo aparente, el único problema es el horizonte temporal en el que se miden los acontecimientos.

Un primer ejemplo de lo que estoy diciendo lo ofrece la formación de las estrellas y de sistemas planetarios. Las estrellas surgen de la progresiva acumulación de gas interestelar, en un 99,9% Hidrógeno, que tienden por la fuerza de gravedad, a concentrarse progresivamente en torno a una gran esfera primigenia de gas cada vez más denso y concentrado. A lo largo de millones de años – ¡millones de años! – el gas se va concentrando, tanto más rápida y masivamente cuanta mayor cantidad de gas exista. Llega un momento en que la concentración de gas es tan grande y la densidad tan descomunal, que la temperatura, que aumenta con la presión interna del gas, supera el umbral de las reacciones termonucleares (millones de grados centígrados) y, comienza la ignición de la recién nacida estrella. A partir de ese momento, durante miles de millones años, la estrella arrojará millones de toneladas por segundo de gas incandescente, alimentando de luz y calor el espacio cercano. Después ese descomunal tiempo transcurrido (miles de millones de años), la estrella termina muriendo de diversas formas; si es poco masiva simplemente se enfría, convirtiéndose en una enana blanca o amarilla, o una gigante roja. Si es extremadamente masiva, la fase final puede ser explosiva, estallando en una descomunal explosión denominada “Supernova” que, tras cientos de millones de años, podrá dar lugar a un sistema planetario. La conclusión en este caso es que inicialmente el predominio de la fuerza centrípeta genera un bucle reforzador, a más masa, más masa es atraída. Pero esta tendencia no es eterna. Llega un momento en que bien por agotamiento del gas interestelar disponible, bien por la presión interna de la propia masa protoestelar, el ciclo se invierte y, encendiéndose la estrella, comienza a arrojar el excedente de masa mediante la combustión del Hidrógeno por reacciones de fusión.

En el caso de los sistemas planetarios el gas interestelar se reparte entre varios cuerpos celestes, gas hidrógeno en el centro, que formará la nueva estrella de segunda generación, y pequeños cuerpos más o menos sólidos, que formarán los planetas. El resto del disco de gas, se queda a penas sin materia, que se concentra en manos de unos pocos que acaparan el 90% o más de la nube. Pero al final, con la muerte de la estrella, reventada, el imperio del Sol se extingue, quedando sólo los restos del antiguo imperio. Por ello, el segundo principio de la Termodinámica (la entropía del Universo siempre tiende aumentar) es una Ley que por mucho que lo intente la Vida, es inviolable. Es una buena forma de, al final, sustanciar la eterna lucha del bien contra el mal.

Y terminamos como al principio, afirmando que en la Naturaleza el bien y el mal no existen, tal y como lo entendemos desde una perspectiva moral, porque no aplicando moralidad al orden, al caos o a la complejidad, simplemente “todo está bien”, sucede todo como ha de ser. Sólo desde una perspectiva consciencial individual o colectiva, el caos se ve como negativo, el orden y la complejidad como positiva. Porque es la consciencia la que emerge gracias al incremento de la complejidad de los sistemas vivos.

Y al surgir la consciencia, surge una nueva variable que puede alterarlo todo en el buen y en el mal sentido.

Esta nueva variable se denomina “INTENCIONALIDAD”.

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Autor: José Alfonso Delgado (Doctor en Medicina especializado en Gestión Sanitaria y
en Teoría de Sistemas) (joseadelgado54@gmail.com)
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La publicación de las diferentes entregas de Visión sistémica del mundo se realiza en
este blog, en el contexto del Proyecto Consciencia y Sociedad Distópica, todos los lunes
desde el 20 de enero de 2020.
Se puede tener información detallada sobre los objetivos y contenidos de tal Proyecto
por medio de su web: http://sociedaddistopica.com/
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