9/1/10

¿Multiplicar o compartir?


Ayer se volvió a leer en los templos católicos un pasaje evangélico dedicado al “milagro de los panes y los peces”. En esta ocasión, se trató del Evangelio de Marcos (6,34-44). Y de nuevo, en los púlpitos y en Internet, volvió a prevalecer la referencia al citado hecho como “milagro de la multiplicación”.

Ante lo cual, una vez más (ya se hizo en el Blog el pasado 26 de julio) hay que insistir que ni en el citado texto de Marcos, ni en el relato del mismo hecho que efectúan Lucas (9,10-17), Mateo (15,32-39) y Juan (6, 1-15), se hace mención a multiplicación alguna.

Lo que sí afirman unánimemente los cuatro evangelistas es que el Maestro Jesús puso en común aquello de lo que se disponía: cinco panes de cebada (siete, según Mateo) y un par de peces. Y al repartir lo que se tiene, se produce el maravilloso acontecimiento: hay de sobra para alimentar a una muchedumbre –cinco mil hombres, más mujeres y niños-. Es obvio que milagro no consiste en “multiplicar”, sino en algo bastante más hermoso y espectacular: “compartir”. El fundamento del milagro no es multiplicar, sino una acción infinitamente más cristiana, humana y ejemplar: ¡compartir!.

¿Por qué, entonces, el empeño en la multiplicación?. Pues responde a la visión -cultural, social y, especialmente, económica- en la que estamos inmersos; una apreciación de la vida y de las cosas, tan asumida como para que ni seamos conscientes, radicalmente productivista y consumista.

Tal visión remonta su origen a los albores del capitalismo. Se hizo hegemónica en el siglo XIX, con la célebre Revolución Industrial, y aún hoy es claramente dominante. Se basa en algo muy sencillo: la supremacía de la economía. Se trata de la Economía-Mundo que ya hemos comentado en este blog. Todo gira en torno a ella, desde las artes a las letras, desde la religión a la política. E impregna todo lo que toca con su particular perfume: la mercantilización.

Por esta visión hemos hecho nuestro como lo más natural el “tanto tienes tanto vales”; y fusionado el valor de uso –real- con el valor de cambio –especulativo-, por más que gente como Antonio Machado nos alertara que no hay que confundir valor y precio. La economía, su crecimiento y desarrollo (sostenibilidad económica) es el fin; y también el medio, se nos reitera, para disponer de recursos con los que erradicar desigualdades (sostenibilidad social) o preservar el entorno ecológico (sostenibilidad medioambiental). Y es verdad que bajo su influjo se ha conseguido multiplicar la producción mundial hasta el punto de que haya alimentos y bienes suficientes para la totalidad de los habitantes del planeta. Eso sí, tal suficiencia es exclusivamente en volumen, pero descarrila estrepitosamente en cuanto a su reparto: la pobreza extrema que afecta a cientos de millones de seres humanos es buena prueba al respecto, por no hablar de la miseria que se disfraza cotidianamente en las ciudades más desarrolladas del orbe occidental.

La actual crisis económica hunde sus raíces en esta visión. Sin embargo, el siglo XXI presenta importantes novedades: cambio climático, globalización, sociedad de la información, recursos naturales y energéticos escasos, flujos migratorios masivos o incorporación creciente al consumo de países, como China, de alta demografía. En este nuevo escenario, la sostenibilidad social y medioambiental no son ya consecuencias de que la economía marche bien, sino condición imprescindible para ello. Imaginemos un río cuyo cauce se quiere modificar. No se logrará clavando estacas en su fondo, ya que las aguas se limitarán a bordearlas y continuarán su normal fluir. Las estacas son los programas y no sirven. Se exige mucho más para cambiar el discurrir de la corriente; se requiere una nueva visión.

La mentalidad todavía vigente se evidencia en la errónea interpretación del milagro de los panes y los peces. Y la nueva visión y la nueva consciencia que urge implantar se refleja en la verdadera enseñanza evangélica: hay para todos si se pone en común lo que se tiene. Esta es la realidad actual:

1. Tenemos bienes suficientes para todos.

2. No podemos seguir multiplicando la producción sin destruir nuestro hábitat de supervivencia.

3. La solución es COMPARTIR.

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