Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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1/6/20

El ser humano (1/2) (Visión sistémica del mundo: 20)


¿El rey de la Creación?

En la gran pirámide de la vida, tras haber reflexionado sobre las capas inferiores del mundo vegetal y animal y contemplando cómo se desarrolla el comportamiento de los diferentes sistemas y subsistemas que hacen de la vida un milagro posible, llegamos al ser humano como gran rey de la Creación. O eso nos hemos creído o, eso nos han dicho desde las antiguas religiones y filosofías. Porque no parece existir otra especie que nos haga sombra ni nos pise los talones.
Un título como este, “El ser humano”, impresiona de un gran tratado de psicología, sociología o filosofía profunda. Pero tranquilos que no voy a hacerle la competencia ni a Aristóteles, ni a Kant, ni a cualesquiera de los grandes maestros del pensamiento humano.
Abordamos aquí el ser humano desde una reflexión sistémica, es decir, integral. Y no pretendo extenderme demasiado.
En la entrega sobre los subsistemas encargados de las funciones de producción de energía y síntesis de materia, es decir, sobre los subsistemas que pueblan la anatomía humana y funcionan según describe la Fisiología, creo que no es necesario entrar ni ir más allá de lo en esa entrada está descrito, porque el ser humano es un mamífero, exactamente igual, a nivel sistémico, que cualquier otro ser vivo del reino animal, sobre todo del philo de los cordados (los que tienen columna vertebral, los vertebrados).
Sin embargo, donde sí me voy a detener es en el sistema de información que rige su vida. El sistema nervioso, central y periférico, sí que muestra importantes diferencias respectos de nuestros ancestros. Sin meterme en una exposición sistemática, como lo hice cuando expliqué el sistema de información en la anterior entrega, y a riesgo de ser algo caótico, os propongo una serie de reflexiones.
Los transductores de señal interna, que reciben las señales de nuestro interior, en el plano más somático, funcionan igual que en el resto de animales. Los de señal externa, que nos permiten recibir información del exterior también, pero, hemos de ser conscientes de que nuestra capacidad sensorial no es, precisamente, la más desarrollada dentro del reino animal. Ya vimos cómo tanto el sentido de la vista, como del olfato, como del oído, principalmente, los animales nos suelen ganar por auténtica goleada, es decir, captan un espectro de señales muy superior al hombre. Aunque estudios recientes empiezan a considerar estos déficits sensoriales de los humanos más como una leyenda urbana que no es cierta.
Especialmente el olfato nos sorprende, al haber creído que el perro, por ejemplo, nos supera con creces. Y en la vida cotidiana, así es, pero estudios recientes, de hace unos pocos años han demostrado que, por diferenciar, sabemos diferenciar un billón de matices de olores, cuando creíamos que sólo discriminábamos en torno a 10.000.
La visión del hombre sí que parece ser superior a la de los animales. La capacidad discriminadora de colores el ostensiblemente superior. El hombre discrimina alrededor de un millón de colores. No es así en los animales. Cada especie tiene su visión adaptada a su capacidad de supervivencia. Y es lógico, la selección natural ha permitido sobrevivir a aquellas especies que en su hábitat han sabido defenderse mejor de sus enemigos y acceder mejor al alimento. La simple posición de los ojos, frontal o lateral, permite en el primer caso la visión estereoscópica en profundidad y paralaje, pero de 180 grados, mientras la visión lateral impide el paralaje, pero tiene un ángulo cercano a los 360 grados.
Los reptiles, tienen muy desarrollada la visión infrarroja, para poder identificar en luz y oscuridad sus presas por la emisión de calor de sus cuerpos. Las vacas sólo ven matices anaranjados, con lo que pueden identificar mejor qué es pasto y qué no lo es, lo que les basta y sobra para su plácida vida. Los peces tienen desarrollada una visión que de alguna forma elimina la borrosidad de la refracción del agua y, sobre todo, pueden ver en la oscuridad de las profundidades. Los pájaros tienen una increíble capacidad para ver a larga distancia, para identificar, por ejemplo, pequeños roedores o alimentos de pequeño tamaño a gran distancia.
Es decir, todo está adaptado a las necesidades de supervivencia. En el ser humano, esos refinamientos sensoriales a tal efecto, no son necesarios, porque tiene una capacidad muy superior para evaluar la situación, por medios que van mucho más allá de lo que captan los sentidos, y se llama inteligencia, o la capacidad de captar, retener y asociar multitud de elementos de información para transformarlos en conocimiento.
En resumen, los sentidos del ser humano no son ni más ni menos desarrollados que el de los animales, sino que su desarrollo es el necesario y suficiente como para, con el uso de la inteligencia, poder sobrevivir, estableciendo procedimientos de ataque y defensa, capaces de garantizarle la vida.

Manas

En este punto, hemos de dar un salto cuantitativo y cualitativo que hace que el hombre, el ser humano se diferencie significativamente del resto de los animales. Me refiero al “manas”, término en sanscrito referido a la mente, de donde parece proceder el término “humanidad”. Así que, si aceptamos este origen de la palabra, un ser humano es el que tiene manas, mente, pero una mente que va más allá de lo concreto, porque los mamíferos superiores tienen una alta capacidad de pensar para resolver problemas propios de la supervivencia. Nos referimos aquí a la composición septenaria del ser humano, con su cuaternario inferior (cuerpo físico, energético, astral y mente concreta y, la tríada superior, (mente abstracta, buddhi o sabiduría y Atma o divinidad).
De “manas”, viene humano y humanidad y, en varios idiomas, supone la etimología de hombre “man” en Inglés, “mann” en Alemán.
En cualquier caso, y sin entrar en este tema más propio de la Teosofía que de la Ciencia, lo que sí es cierto es que en el ser humano se incorpora el pensamiento concreto y abstracto (con mayor o menos grado de evolución), que es lo que nos ha convertido desde la aparición del hombre sobre la Tierra, en los reyes de la Creación, o eso nos hemos creído.
Y esto, dentro del estudio de la visión sistémica del mundo, incorpora un factor determinante para comprender lo que explicaremos al tratar los arquetipos de comportamiento en el ser humano y un concepto fundamental para entender nuestro particular universo, la “complejidad dinámica”.

Intencionalidad

El sistema de información del ser humano, tiene los subsistemas asociador, la memoria y el subsistema decisor, que veíamos en la entrega sobre las Funciones de información, completamente condicionados con algo que denominaremos “intencionalidad”, que es la capacidad que tenemos de manejar la información de entrada, en base a objetivos que “no van orientados” exclusivamente al mantenimiento de la vida, a la supervivencia, sino a satisfacer nuestro particular interés, a costa de un posible e innecesario daño a terceros. Es decir, tenemos una programación mental orientada a “objetivo final”, pudiendo ser este, favorecedor del “estado estable” del grupo con el que nos relacionamos o no, dañino hacia los demás, con tal de obtener un particular beneficio, superior al que nos correspondería.
Esta “intencionalidad” ha condicionado la vida del ser humano sobre la Tierra, para bien y para mal.
En general, todo bucle compensador, que tiende a alcanzar la estabilidad, se basa en unos objetivos finales en lo que cuenta, en el ámbito de la Naturaleza, es lo que sistema biológico necesita, de modo que una vez alcanzado ese objetivo, las variables que intervienen en el bucle, se estabilizan en un comportamiento razonablemente oscilante, como los modelos de Lotska y Volterra que vimos en entregas anteriores. El objetivo del ciclo vital entre zorros y conejos es que ambas especies puedan vivir y sobrevivir, así que la población de zorros y conejos oscila entre máximos y mínimos que garantizan la supervivencia de ambas. En este caso el objetivo natural es “cubrir lo necesario y suficiente” para que todos los elementos que integran el sistema ecológico puedan mantenerse en un estado estable.
Con la introducción de la inteligencia humana, se introduce en los mismos ciclos naturales, componentes que transforman los bucles compensadores (feedback negativos) en reforzadores (feedback positivos), porque el objetivo final, para el hombre, NO ES conseguir lo que necesita, sino lo que quiere o desea, lo necesite o no, le sea necesario y suficiente o no; de modo que con independencia de que en ese objetivo, extralimite el consumo de recursos, no importa, con tal de satisfacer un deseo, apetencia o embalamiento emocional. Y si algo en la Naturaleza es matemáticamente cierto es que los bucles reforzadores se pueden mantener durante un cierto tiempo, pero a la larga son imposibles de mantener.
Toda la historia del ser humano sobre la Tierra está plagada de millones de ejemplos en los que los bucles compensadores, transformados por “intencionalidad” humana en bucles reforzadores, han llevado inexorablemente al fracaso y en muchas ocasiones a la extinción de culturas, reinos y civilizaciones.

El cerebro triuno

En 1990, Paul MacLean conocido médico y neurocientífico estadounidense, planteó una estructura cerebral humana, en la que se diferenciaba perfectamente como tres capas o sistemas cerebrales, fruto de la evolución desde los reptiles, los mamíferos y la aparición del Homo sapiens; el cerebro reptiliano o zona reticular o protoencéfalo, el cerebro límbico o mesencéfalo, propio de los mamíferos y el cerebro racional o telencéfalo, específico de los humanos.
El cerebro reticular o reptiliano tiene funciones primarias propias del instinto de supervivencia, activador de los mecanismos de ataque y defensa física, la pelea, la búsqueda de alimento, el impulso sexual, la regulación de la temperatura corporal.
El cerebro límbico de los mamíferos, aparece con la sangre caliente y la necesidad de protección de las crías, que en el hombre se manifiesta en los sentimientos y emociones, el dolor, el gozo, la tristeza, la ternura, el odio, la alegría.
El cerebro cortical o telencéfalo hace posible el pensamiento concreto y abstracto, el análisis, la creatividad, la toma de consciencia, la lógica, el razonamiento matemático, la planificación.
Visto desde otra perspectiva, estos temas se estudian también haciendo referencia a la amígdala cerebral, estructura relacionada con el cerebro reptiliano, el hipocampo, estructura en forma de caballito de mar, donde se ha descubierto una especial actividad neurosintética, que crece al desarrollarse acrtitudes de neutralización de la amígdala y decrece cuando se pierde esa capacidad. Y la corteza, especialmente prefrontral, zona fundamental del pensamiento abstracto y concreto.
Pues en el hombre conviven los tres cerebros, con las tres estructuras. Es como si en una ciudad conviviesen y la gente utilizara los tranvías tirados por caballos, los eléctricos y los monorraíles con levitación magnética.
Sin entrar en mayores disquisiciones, podemos intuir que el comportamiento humano, desde los peores y mejores instintos hasta las más altas cumbres de la creatividad y de la villanía, están de alguna forma relacionadas con la interacción entre estas tres estructuras cerebrales que condicionan nuestro comportamiento.
Dicho esto, podemos decir que, mientras el sistema reticular y límbico se comportan perfectamente bien en sus cometidos, pues su programación de objetivo final está orientada a garantizar la supervivencia individual y del grupo, el telencéfalo, tiene una capacidad de decisión que va más allá de la simple garantía de la supervivencia, hacia funciones y habilidades que caracterizan al hombre como ser inteligente. Pero el córtex tiene por debajo esas estructuras instintivas, que debe aprender a regular y neutralizar y, si no lo hace, va a entrar en el peligroso bucle “tanto más, cuanto más”, es decir, se va a ver inclinado al diabólico par “tolerancia – dependencia”, que transforma los bucles compensadores de la naturaleza, en bucles reforzadores de un comportamiento que tiende siempre al suicidio individual y colectivo. En la medida en que es tremendamente fácil para el Homo sapiens pensar que tanto más tengo, cuanto más quiero y, que el estado de “supuesta” felicidad se asocia a la satisfacción de los deseos y consiste en satisfacer esos deseos que dependen de tener y de cada vez tolerar más, es en la medida en que hace su aparición lo que podríamos denominar “sufrimiento humano”, que ya Gaitama Sidharta Buda y Lao Tse, identificaron como el eje central de la miseria del hombre, reconociendo que “algo no funciona bien en el cerebro humano. Y es esa incapacidad cortical de regular los instintos primarios que general las capas inferiores del cerebro.
Y dejémoslo aquí, que el discurso no va de filosofía ética sino de la visión holística del mundo. Sólo quedémonos con la idea de que la aparición del “manas”, la inteligencia humana, ha generado una tremenda perturbación en el comportamiento de la Naturaleza, con efectos positivos o muy positivos, por una parte, pero deletéreos por otra.

Las dos inteligencias

Existe un extendido error general, cuando hablamos de la inteligencia humana. Es el que surge cuando por “inteligencia”, nos referimos sólo a la “inteligencia concreta”, la que mide con una elaborada metodología, el “coeficiente intelectual”, el IQ. Es la que rige el cerebro izquierdo, el pensamiento concreto, el que muestra las capacidades de cálculo, de gestión de la incertidumbre, de planificación a corto, medio y largo plazo, en suma, la que nos permite superar las asignaturas escolares de matemáticas, física, química y biología; es, en suma, la inteligencia científica y tecnológica. Gracias a ella, el ser humano ha inventado los ordenadores y ha llegado a la Luna, pero también ha provocado las guerras y los conflictos, las desigualdades y el mercado bursátil. Y se mide por el IQ.
Pero existe otra, que no mide el IQ, que se denomina “inteligencia emocional”. Es la que rige las emociones, los sentimientos, de la que brota la capacidad de amar o de odiar. Es la inteligencia abstracta, que rige el cerebro derecho. Fue puesta en valor por el psicólogo estadounidense Daniel Goleman, en su libro del mismo título, “Inteligencia emocional”, publicado en 1995, que resultó ser un best seller de ventas, y donde los que lo leímos, pudimos darnos cuenta de cómo habíamos metido la pata hasta el fondo, al considerar inteligente sólo aquel que superaba los 110 de IQ, cuando el verdaderamente inteligente es el que sobresale, no por su IQ, sino por su capacidad de empatía, que en esto se reduce, básicamente la capacidad emocional del ser humano, en la empatía para con los demás, reconociendo que el interés de la mayoría puede precisar el sacrificio de la minoría y hasta de uno mismo, como le dijo el Sr. Spock al Cte. Kirk en la nave Enterprise, en aquella memorable película de Star Trek. Si uno no es capaz de comprender, de ser consciente de los límites de su libertad, frente a la de los demás, puede que su IQ se convierta en una devastadora arma letal, como la Historia ha demostrado a lo largo de los siglos.

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Autor: José Alfonso Delgado (Doctor en Medicina especializado en Gestión Sanitaria y
en Teoría de Sistemas) (joseadelgado54@gmail.com)
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La publicación de las diferentes entregas de Visión sistémica del mundo se realiza en
este blog, en el contexto del Proyecto Consciencia y Sociedad Distópica, todos los lunes
desde el 20 de enero de 2020.
Se puede tener información detallada sobre los objetivos y contenidos de tal Proyecto
por medio de su web: http://sociedaddistopica.com/
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