7/7/10

Arpas Eternas: Jhasua, Marcos y Jhosuelin

Arpas Eternas se encuentra entre los llamados “Libros Revelados”. Y es uno de los más importantes de los últimos tiempos. Fue editado 20 años antes de lo publicado sobre los Manuscritos de Qumram y el contenido de ambos es, en lo esencial, coincidente, aunque Arpas Eternas es más rico en detalles y datos. De su amplio contenido, Pepe Navajas, editor de Ituci Siglo XXI y amigo del Blog, ha seleccionado una serie de pasajes que todos los miércoles pone a nuestra disposición.

1. Profecía del Maestro Jesús referida a estos tiempos (ver entrada publicada el pasado 19 de febrero)

2. Encuentro entre Jesús y Juan el Bautista siendo niños (24 de febrero)

3. Jesús y Juan el Bautista, siendo niños, oran en un templo esenio (3 de marzo)

4. Profecía de Jesús a Vercia, la druidesa gala (10 de marzo)

5. La inquietud compartida entre Vercia, Nebai y Mágdalo (24 de marzo)

6. Muerte de Juan el Bautista y lectura de su testamento (31 de marzo)

7. El prendimiento de Jesús (1/2) (7 de abril)

8. El prendimiento de Jesús (2/2) (14 de abril)

9. Jhasua ante sus jueces (1/2) (21 de abril)

10. Jhasua ante sus jueces (2/2) (28 de abril)

11. Gólgota (1/2) (5 de mayo)

12. Gólgota (2/2) (12 de mayo)

13. Debate en el Gran Colegio (19 de mayo)

14. Esperando al Amor (26 de mayo)

15. Jhasua a los 15 años (2 de junio)

16. Jhasua, a los 12 años, en el Templo de Jerusalén (9 de junio)

17. Lo que escribió Jhasua, a los 19 años, sobre el Templo de Jerusalén (16 de junio)

18. Jhasua aclamado en el Templo de Jerusalén (1/2) (23 de junio)

19. Jhasua aclamado en el Templo de Jerusalén (2/2) (30 de junio)

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20. Jhasua, Marcos y Jhosuelin

Marcos, que estudiaba los filósofos griegos y estuvo luego tres años en Alejandría al lado de Filón, sería otro testigo ocular de gran importancia, que debía referir más tarde la verdadera vida del Cristo, si no hubieran desmembrado su obra, "El Profeta Nazareno" para de­jarla reducida a la breve cadena de versículos que el mundo conoce como "Evangelio de Marcos".

Y mientras esto ocurría en la gran cocina de Myriam, en un compartimento del taller, Jhasua y Jhosuelín (hermano de Padre de Jhasua) dialogaban íntimamente.

—Jhosuelin, ya sabes como te he querido siempre y te he obedecido como a hermano mayor, hasta el punto que bien puedo decir que fuiste quien más soportó el peso de mis impertinencias infantiles después de mi madre.

—Y yo estoy satisfecho de ello Jhasua. ¿A qué viene que me lo recuerdes?

—Es que tu enfermedad sigue su curso y tú no quieres que se te cure. Yo quiero llevarte conmigo al Tabor para que los Ancianos se en­carguen de curar tu mal.

—Si Dios quisiera prolongar mi vida, tu solo deseo de mi curación sería bastante. ¿No lo has comprendido hermano?

—He comprendido que hay una fuerza oculta que obstaculiza la acción magnética y espiritual sobre ti, y por eso he querido tener esta conversación contigo para tratar de apartar esos obstáculos —decía Jha­sua que al mismo tiempo ejercía presión mental sobre su hermano, del cual quería una confidencia íntima.

Por toda contestación Jhosuelin sacó de un bolsillo interior de su túnica un pequeño libreto manuscrito y hojeándolo dijo:

—Si quieres oír lo que aquí tengo escrito, quedarás enterado de lo que en este asunto te conviene saber.

—Lee, que escucho con gusto.

—Como buen esenio, práctico todos los ejercicios propios para mi cultivo espiritual —añadió Jhosuelin— y aquí está cuanta inspiración y manifestación interna he tenido. Oye pues:

"Apresúrate a llegar porque tus días son breves en esta tierra.

"Viniste sólo para servir de escudo al "Ungido durante los años que él no podía defenderse de las fuerzas exteriores adversas.

"El ha entrado en la gloriosa faz de su vida física en que no sólo es capaz de defensa propia, sino de defender y salvar a los demás.

"Pronto la voz divina te llamará a tu puesto en el plano espiritual.

"Los custodios del Libro Eterno de la Vida te esperamos".

Albazul.

— ¡Magnífico! —Exclamó Jhasua—. Ahora lo comprendo todo; Albazul es el jerarca de la legión de Arcángeles que custodian los Archivos de la Luz Eterna. Ignoraba que tú pertenecías a esa Legión. Nunca me lo dijiste.

—Soy un esenio y sin necesidad no debo hablar de mí mismo. ¿No manda así nuestra ley? Ahora te lo digo porque veo la necesidad de que no gastes fuerza espiritual en prolongar mi vida sobre la tierra.

— ¡Oh mi gran hermano!... —exclamó Jhasua enternecido hasta las lágrimas y abrazando tiernamente a Jhosuelin.

—Yo no quiero verte morir. Vive todavía por mí, por nuestro padre que irá detrás de ti si te vas. Jhosuelin, vive todavía un tiempo más y da a nuestros padres el consuelo de dejarte curar.

¿No ves que están desconsolados por tu resistencia a la vida? Pa­recería que estás cansado de ellos porque no les amas.

—También dice nuestra ley —añadió Jhosuelin— que en cuanto nos sea posible seamos complacientes con nuestros hermanos. Está bien Jhasua, accedo a ir contigo al Tabor.

Gracias Jhosuelin, por lo menos nuestro padre tendrá el consuelo, de que se hizo por tu salud, cuanto se pudo hacer.

Y dos semanas después llegaban de Jerusalén, los amigos que debían ir con el joven Maestro a estudiar el Archivo de Ribla. Llegaban los cuatro: Nicolás, Gamaliel, Nicodemus y José de Arimathea.

¿Cómo aquí José? —le decía Jhasua cuando entró el primero en la casa.

¿Qué quieres hijo mío? El corazón no pudo resignarse a no acompañarte, y cedí corazón. Y Gamaliel no quiso ser solo el perezoso, y aquí estamos los cuatro.

Mejor así, por aquello de que cuatro ojos ven más que dos —decía

Jhasua contento de ver que el entusiasmo de sus amigos no había dis­minuido en nada.

Y antes de partir, Jhasua en un aparte con sus padres les explicó referente a Jhosuelin, haciéndoles comprender que en la terminación de las vidas humanas por lo que llamamos muerte, no solamente hay que buscar la causa en una deficiencia física, sino en la voluntad Divina, que ha marcado a cada ser el tiempo de su vida en el plano terrestre. Y aunque hay casos en que por motivos poderosos, ciertas inteligencias guías de la evolución humana, pueden prolongar algo más una vida, como pueden abreviarla, en el caso de Jhosuelin nada podía afirmarse.

—Tu hijo, padre, es un gran espíritu y vino unos años antes que yo para protegerme y servirme de escudo en el plano terrestre, durante la época infantil que me incapacitaba para mi propia defensa. Esa épo­ca ha pasado, y él es tan consciente y tan señor de sí mismo, que esa es la causa porque no ama la vida.

"—No obstante se hará por su salud cuanto sea posible, y vos padre, tendrás la fuerza necesaria para aceptar la voluntad Divina tal como ella se manifieste.

—Bien hijo, bien. Que sea como el Señor lo mande. ¡Pero yo que­dare tan solo sin él! —y el anciano padre ahogó un sollozo sobre el pecho de Jhasua que le abrazó en ese instante.

—Si no podemos evitar la partida de Jhosuelin, yo vendré a que­darme contigo hasta que cierres tus ojos padre mío.

Y la pequeña caravana partió hacia el Monte Tabor, entre cuyos boscosos laberintos se ocultaba aquel Santuario de Sabiduría y de Santidad, que derramaba amor y luz.

La distancia era muy corta y andando a pie podía hacerse en dos horas si fuese el camino recto, pero como se hacía costeando serranías y colinas, llegaron pasado el mediodía.

Los Ancianos les esperaban, y como los siete viajeros eran Esenios de los grados tercero y cuarto, tenían libre entrada en todas las depen­dencias de aquel original Santuario labrado por la Naturaleza, y donde bien poco había hecho la mano del hombre.

Los siete viajeros fueron instalados en la alcoba de Jhasua que era, como se recordará, un compartimento del recinto de estudio, dividido por cortinas de junco que se trasladaban a voluntad, así para disminuir co­mo para agrandar un local.

El tío Jaime manifestó a su llegada, que él se encargaba de atender a que nada faltase a los huéspedes y a ser el mensajero para el mundo exterior. El viejo portero Simón padre de Pedro, estaba muy agotado por los años y pocos servicios podían prestar al Santuario.

Jhosuelin se sometió dócilmente al tratamiento curativo que los Ancianos le impusieron y que le fue tan eficaz, que veinte días después regresaba al hogar con nuevas energías y con nueva vida.

Era una concesión de la Ley Eterna al justo Joseph que pedía la prolongación de la vida de su hijo.

Viéndole tan lúcido y consciente, los Ancianos dijeron a Jhosuelín.

La Ley te concede un año más en el plano físico. Vívelo para tu padre, que por él se te da.

Veinte días permanecieron también los cuatro doctores de Israel estudiando el Archivo, del cual participará el lector si desea conocer la verdadera historia de nuestra civilización.

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