5/6/10

Los diez cuadros del bollero: La experiencia de lo bello en el Zen (1/2)

Los diez cuadros del boyero, obra de Kakuan Zenji, maestro chino del siglo XII, simbolizan y sintetizan el camino del Zen. Con ella como telón de fondo, Ana María Schlüter ha publicado en el número 2 de la Revista Sufí

(http://www.nematollahi.org/revistasufi)

un espléndido trabajo titulado La experiencia de lo bello en el Zen.

A lo largo de doce entradas (primero, diez para cada uno de los cuadros y, finalmente, dos dedicadas a tal experiencia de lo bello en el Zen), vamos a insertar en el Blog sus contenidos íntegros, lo que nos permitirá pasear por todos ellos y deleitarnos con sus profundos significados.

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1. Buscar al buey (26 de mayo)

2. Ver las pisadas (27 de mayo)

3. Ver al buey (28 de mayo)

4. Atar al buey (29 de mayo)

5. Domar al buey (30 de mayo)

6. Cabalgando sobre el buey volver a casa (31 de mayo)

7. El buey olvidado, el hombre mismo solo (1 de junio)

8. Hombre y buey olvidados (2 de junio)

9. Volver al origen (3 de junio)

10. Entrar en el mercado con las manos dispuestas a ayudar (4 de junio)

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11. La experiencia de lo bello en el Zen (1/2)

Es en la etapa representada por el noveno cuadro del boyero donde aparece la experiencia de lo bello en el Zen. Es la experiencia de "los ríos fluyen como fluyen, las flores echan de modo natural flores rojas" o "las flores florecen como florecen".

Ueda Shizuteru compara esta expresión con unos versos de Angelus Silesius: "La rosa es sin por qué, florece porque florece" (Die Ros` ist ohn` Warum, /sie blühet, wil sie blühet.) y también con lo que dice el Maestro Eckhart en su sermón Beati, qui esuriunt et sitiunt justitiam "[el justo] no conoce ningún porqué, por el que hace las cosas. De la misma manera que Dios obra sin porqué y no conoce ningún porqué, de la misma manera como obra Dios, así también el justo obra sin porqué; y así como la vida vive por ella misma y no busca ningún porqué por el que vivir, así tampoco el justo conoce ningún porqué, por el cual hacer alguna cosa". Ueda Shizuteru descubre en estos autores una cierta aproximación a lo expresado en el noveno cuadro del boyero.

También alude en parecido sentido a Heidegger [2] y su Satz vom Grund, obra en la que aprecia un gran acercamiento al Zen, especialmente cuando dice: "El gran niño del juego del mundo, que Heráclito entrevé en aion ¿por qué juega? Juega porque juega. Este `porque` (weil) está inmerso en el juego. Juego es sin `porqué`. Mientras (dieweilen) juega, juega. Sólo queda juego: el más ligero y el más profundo. Pero esto `sólo` es todo, es lo uno, es lo único". Shizuteru aprecia aquí un paso del porque (weil) al mientras (dieweilen), que podría abocar en un salto del "porque" al "tal cual", pero, en su opinión, queda la duda de si Heidegger estaría dispuesto a darlo.

La rosa florece sin porqué, el justo obra sin porqué, el niño juega sin porqué, pero quien lo está diciendo no es alguien sin porqué. Aun descubriendo en estas expresiones una afinidad, la experiencia y expresión zen se distingue por su extrema simplicidad: "las flores florecen como florecen". Aquí aparece la simplicidad más simple, no basada sino abismada en nada, en su infinita apertura, en que lo que es simple se articula antes de que sea tomado en cuenta por el pensamiento. "¿Dónde está el ser humano en este acontecimiento?" se pregunta Shizuteru. "Se ha convertido en nada, y eso es crucial. Pero no hay que tomarlo en el sentido de que ya no está. Sino justamente lo contrario: ¡está verdaderamente presente!… Es la apertura infinitamente abierta por la nada, en que se articula "las flores florecen como florecen", pero sin añadir nada por parte de uno mismo.

Es importante en este contexto ver lo que el ideograma sino-japonés que se traduce por naturaleza realmente expresa. Yamada Kôun Roshi, mi difunto maestro zen, una vez me dijo que mucho más importante que aprender a hablar japonés era conocer los ideogramas pues expresan todo un mundo. Shizuteru transcribe el ideograma correspondiente en la redacción de su conferencia (que se pronuncia shizen o jinen) y dice que "solo parcialmente corresponde al concepto de naturaleza. El concepto budista significa algo así como `ser así`, justo como es por sí mismo`. No se refiere a un mundo objetivo de cosas naturales, un ámbito determinado de ser, sino a la verdad del Ser de todos los seres justamente como son… `Ser justamente como se es` se refiere a lo mismo que el concepto de verdad del Budismo Mahayana, es decir, la palabra sánscrita tathata, la cual, traducida literalmente, significa `ser justo como es` o `tal cual es` o simplemente `talidad`."

La madurez en el camino del Zen es volver a la gran simplicidad, a la gran naturalidad, en este sentido. La belleza de la que se trata es la talidad manifestándose. "Es una dimensión religiosa", dice Shizuteru, "que no está tanto en el qué se expresa sino en el cómo se expresa". El arte más auténticamente budista no son estatuas budistas, sino una flor, un paisaje, un gesto, un trazo, un preparar el té, un tirar con el arco, etc., etc., manifestando eso.

"Verdaderamente algo es bello, cuando es más que bello." (Shizuteru)

El siguiente testimonio de una persona que practica Zen en Zendo Betania nos puede acercar a la misma experiencia de algo "no bello, sino mucho más", que "simplemente es".

Uno de los dos hechos que más me han marcado desde que, hace unos cinco años, comencé a practicar el Zen ocurrió en una playa muy grande por la cual suelo caminar después de cenar. Las luces del paseo marítimo iluminan suficientemente la arena. A veces, en bajamar, quedan grandes trozos de playa planísimos y totalmente virginales. Ni una huella humana o animal la mancillan. Me gusta contemplar la tersura de aquella arena finísima. Así, pensaba, quisiera ser… sin arrugas, como un espejo totalmente limpio donde se reflejara la Divinidad. Pero casi siempre ocurría que alguna persona o algún animal (perros especialmente) habían pasado antes y habían dejado sus huellas. Todo estaba para mí estropeado. La arena lisa había perdido todo su encanto. ¡Qué fastidio! Y me malhumoraba mucho.

"Todas las noches al entrar en la playa me decía: `A ver si hoy la encuentro totalmente lisa y sin huellas.` Raramente se cumplía esa ilusión.

"Pero aquella noche, de repente –había muchas huellas– miré sin miedo las pisadas y dije para mí: `Si son maravillosas. No estropean nada. Son más maravillosas que la arena tersa.` Miraba cada huella y saltaba de gozo. No eran bellas, eran mucho más. Simplemente eran. No cabía de gozo. Daba patadas y patadas a la arena. Y me quedaba extasiado contemplando aquellas alteraciones de la arena. Corría, saltaba, hacía piruetas, fuera de mí, por la ancha playa. Y no sólo las huellas, sino también los objetos y montones de basura me parecían igualmente maravillosos.

"Entonces me dije: `¡Qué tonto eras! Querías una playa totalmente lisa y que tu vida fuera también así.` Caí en cuenta cuán idealistas somos y cómo esto nos impide ver la realidad tal cual es, que es precisamente lo que nos hará únicamente libres y felices.

Buscando una belleza perfecta la descubre justamente donde ante la vista no aparece. "Tiene el gusto tan trocado", se podría decir como San Juan de la Cruz en su Glosa a lo divino, "que a los gustos desfallece, /como el que con calentura /fastidia el manjar que ve /y apetece un no sé qué /que se halla por ventura". Se dice que no hay manjar más sabroso que el arroz líquido, pasado e insípido que se sirve en los desayunos japoneses durante los retiros intensivos de Zen, después de un momento de despertar o ken-sho (= ver la realidad).

San Juan de la Cruz prosigue: "No os maravilléis de aquesto, /que el gusto se queda tal, /porque es la causa del mal /ajena de todo el resto". La causa no está en ninguna cosa, en nada de lo que pudiera aprehender alguno de los sentidos o el entendimiento, es ajena de todo el resto, es decir, de todo lo que es el mundo fenoménico. Es "tal su hermosura /que sólo se ve por fe, /gústala en un no sé qué /que se halla por ventura." Fe para San Juan de la Cruz significa experiencia oscura, una experiencia real, pero no comprensible, de ahí oscura. Esta hermosura de un no sé qué sólo se puede conocer por experiencia; es una experiencia viva, transformante, pero no se la puede explicar.

Surge de la experiencia del vacío. Una vez alguien durante un período de zazen tuvo la experiencia de haber desaparecido. Cuando a continuación salió del zendo (sala de zen) y se sentó en el banco frente a las estanterías de zapatos para ponerse sus alpargatas, éstas le parecieron bellísimas, a pesar de que estaban bastantes gastadas y polvorientas.

En los cuadros del boyero los ríos fluyen como fluyen, las flores florecen como florecen aparecen después del octavo cuadro, el olvido total de sí, la desaparición de todo. San Juan de la Cruz habla en la siguiente estrofa de "solo, sin forma y figura /sin hallar arrimo y pie". Es necesario esta desaparición o muerte, precedida muchas veces de momentos de miedo, para conocer "tal hermosura".

Lo bello, esta hermosura no va unida a lo que desde el punto de vista estético se considera perfecto. Brota de una pobreza. El testimonio lo refleja claramente en la segunda parte:

Bajé a la huerta. Estaban en obras. A lo largo de una pared habían amontonado escombros. Entre ellos había, a trozos, desechos de una colada lechosa de un color pobrísimo. Y precisamente de aquel desecho, del más pobre color brotó algo asombroso, distinto. Sentí una sensación parecida a la de las huellas de la playa.

"Un pinar subía por la ladera frente a un cielo azulísimo. El sol se ponía en un atardecer espléndido. Entonces me dije: `Voy a mirar esos pinos, ese cielo, ese atardecer. Porque si en el desecho más deleznable he visto maravillas ¿qué no veré en esos pinos, en ese cielo, ese sol?` Pero al levantar la mirada no vi nada extraordinario. Volví a mirar el desecho y de él sí volvía a brotar lo extraordinario, lo inaudito, lo invisible a través de lo visible.

"Acostumbrado a razonar me pregunté: `¿Por qué no me dicen nada esas cosas tan espléndidas? Sin duda es porque quería utilizarlas, manipularlas, provocar con ellas lo imposible. Pues sólo cuando desaparece el deseo, vemos realmente la verdadera realidad, tal y como son las cosas. El pensamiento y el deseo lo distorsionan todo.

"A veces se dice que lo bello, lo ético, pueden ser un camino de realización. Tal vez. Pero también pueden ser una coartada y terminar todo en puro esteticismo y moralismo estéril, que imposibilita la experiencia de la verdadera trascendencia.

Existe todo un arte en Japón que nace de la experiencia de pobreza, indigencia y en cuyo centro está lo bello más que bello. Es el arte wabi, el arte zen por excelencia. Algo muy difícil de describir, en realidad tan imposible como la misma experiencia de lo bello, del "gusto trocado", de la que es manifestación a través de arreglos florales, pintura suiboku (= agua y tinta), caligrafía de ideogramas, tiro al arco, ceremonia del té, teatro No, poesía haiku, etc., etc.

Hay que experimentar, vivirlo, ante todo. Por otra parte, es importante intentar articular esta experiencia. Es como colocar letreros orientativos en las carreteras o hacer buenos mapas, aunque naturalmente el tener un mapa o un letrero a la vista, por correcto que sea, no hace que estemos pisando de hecho el paisaje o la ciudad a que se refiere. Un dibujo de un pastel no quita el hambre, pero puede orientar, hacer caer en la cuenta de una posibilidad, abrir un horizonte.

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[2] M. Heidegger, Der Satz vom Grund, Günther Neske, Pfullingen 1975, p 188; citado por Ueda Shizuteru en la conferencia indicada más arriba.


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