30/6/10

Arpas Eternas: Jhasua aclamado en el Templo de Jerusalén (2/2)

Arpas Eternas se encuentra entre los llamados “Libros Revelados”. Y es uno de los más importantes de los últimos tiempos. Fue editado 20 años antes de lo publicado sobre los Manuscritos de Qumram y el contenido de ambos es, en lo esencial, coincidente, aunque Arpas Eternas es más rico en detalles y datos. De su amplio contenido, Pepe Navajas, editor de Ituci Siglo XXI y amigo del Blog, ha seleccionado una serie de pasajes que todos los miércoles pone a nuestra disposición.

1. Profecía del Maestro Jesús referida a estos tiempos (ver entrada publicada el pasado 19 de febrero)

2. Encuentro entre Jesús y Juan el Bautista siendo niños (24 de febrero)

3. Jesús y Juan el Bautista, siendo niños, oran en un templo esenio (3 de marzo)

4. Profecía de Jesús a Vercia, la druidesa gala (10 de marzo)

5. La inquietud compartida entre Vercia, Nebai y Mágdalo (24 de marzo)

6. Muerte de Juan el Bautista y lectura de su testamento (31 de marzo)

7. El prendimiento de Jesús (1/2) (7 de abril)

8. El prendimiento de Jesús (2/2) (14 de abril)

9. Jhasua ante sus jueces (1/2) (21 de abril)

10. Jhasua ante sus jueces (2/2) (28 de abril)

11. Gólgota (1/2) (5 de mayo)

12. Gólgota (2/2) (12 de mayo)

13. Debate en el Gran Colegio (19 de mayo)

14. Esperando al Amor (26 de mayo)

15. Jhasua a los 15 años (2 de junio)

16. Jhasua, a los 12 años, en el Templo de Jerusalén (9 de junio)

17. Lo que escribió Jhasua, a los 19 años, sobre el Templo de Jerusalén (16 de junio)

18. Jhasua aclamado en el Templo de Jerusalén (1/2) (23 de junio)

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19. Jhasua aclamado en el Templo de Jerusalén (2/2)

Grande fue el asombro de todos cuando el flamante doctor Teófilo, hijo de Hanán bajó de la cátedra, y vieron a Jhasua pedir permiso al sacerdote de guardia, para ocupar la cátedra sagrada, en la cual apare­ció con esa admirable serenidad suya que parecía coronarle con una au­reola de paz y de amor.

Un clamor unánime resonó bajo las naves del Templo: — ¡Dios te salve Profeta Nazareno!.. . Remedio de nuestros males!... alivio de nuestros dolores!. . .

Una legión de Levitas se precipitó entre el tumulto para hacer guardar el silencio.

Los viejos doctores y sacerdotes se levantaron de sus sitiales para imponer silencio con su adusta presencia.

Pero como el Rabí Hanán cuchicheó al oído de su yerno Caifás y de otros, que el orador era el Profeta que había curado al proyectado Mesías sordomudo, lo miraron con cierta benevolencia, pensando en que continuarían obteniendo provechos de los poderes superiores del joven taumaturgo.

El Maestro abrió el mismo libro que Teófilo acababa de utilizar, y lo abrió en el mismo capítulo 32 y comenzó así:

—El capítulo 32 del Deuteronomio versículos 1, 2, 3, y 4, servirán de tema a las palabras que os dirijo amado pueblo de Israel, congregado en el Templo de Salomón para oír la palabra de Dios.

"Escuchad cielos y hablaré, y oiga la tierra las palabras de mi boca —dice Jehová".

"Goteará como la lluvia mi doctrina; destilará como el rocío mi ra­zonamiento; como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba".

"Así es Jehová al cual invocáis. Así es nuestro Dios al cual, adoráis".

"El es la roca inconmovible cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud: porque es Dios de Verdad, y ninguna injusticia hay en El; es justo y santo, y la corrupción no debe manchar a sus hi­jos".

"Pueblo de Israel, y adoradores del Dios Único, Padre Universal de todo cuanto existe:

"Con espantados ojos contempláis los caminos de la vida donde arde en llamaradas el egoísmo, el odio, la ambición, agostando vuestras pra­deras en flor, destruyendo los dones más hermosos de Dios nuestro Pa­dre, que os colmó de ellos para que llevéis vuestra vida en paz y alegría, bendiciéndole en todos los momentos de vuestra existencia. Abrid de nue­vo vuestro corazón a la esperanza ante las palabras de la Escritura Sa­grada que he tomado como tema de mi discurso. "Goteará como la lluvia mi doctrina, destilará como el rocío mi razonamiento".

"Todos cuantos sentís la Divina Presencia en vuestro corazón, sois los labradores del Padre Celestial, que esperáis ansiosamente la lluvia dulce y suave de sus leyes de amor y de paz que os dijo por boca de Moi­sés: "Hijos míos, amadme sobre todas las cosas y al prójimo como a vosotros mismos. No toméis nunca en vano mi Nombre para un juramento falso. Santificad en unión espiritual Conmigo, el día de vuestro descanso. Honrad con amor reverente al padre que os trajo a la vida y a la tierna madre que llenó de cantos y flores de ternura vuestra cuna. No dañéis a vuestros semejantes ni aún con el pensamiento, ni atentéis jamás con­tra su vida, porque sólo Yo, que la he dado, soy Señor y Dueño de las vi­das de los hombres. No manchéis vuestro ropaje de hijos de Dios, en las charcas inmundas de lascivia, porque os quiero puros y perfectos como Yo lo soy desde la eternidad.

"No pongáis vuestros ojos en los bienes de vuestro hermano, porque Yo vuestro Padre os he dado a todos el poder y las fuerzas necesarias para sacar de los frutos de la tierra el necesario sustento. No manchen vuestros labios la falsedad y la mentira, el engaño y el fraude, porque Yo vuestro Padre, soy Dios de Verdad y de Justicia, y no acepto ofrenda de corazones engañosos y torcidos.

"No manche vuestro pensamiento ni vuestro deseo, el tálamo nup­cial de vuestro hermano porque si arrastráis a otros a pecado, también se mancha vuestro corazón, que es tabernáculo santo en que quiero te­ner mi morada.

"Amadme pues más que a todas las cosas, porque sois míos desde toda la eternidad, y amad a vuestros hermanos porque todos sois hijos de mis entrañas de Padre, Autor de toda vida, y mi Amor Eterno se de­rrama por igual, como la lluvia sobre los campos sobre todo ser que alienta con vida sobre la tierra.

"Como la llovizna sobre la grama, y como gotas de rocío sobre la hierba, así es Jehová al cual invocáis; así es nuestro Dios al cual adoráis —nos dice la Escritura Sagrada.

"¿Cómo no esperaréis con ilimitada confianza en El, cuyo infinito Amor se desborda sobre toda criatura que llega a El y le dice: Padre mío!... Soy tu hijo débil y pequeño que necesito de Ti en todos los mo­mentos de la vida! ¡Tengo frío Señor porque mi hogar no tiene lumbre!

"¡Tengo hambre Señor porque en mi mesa falta el pan!

"No puedo ganarme el sustento porque los años me abruman, por­que la enfermedad me aflige!... porque las guerras fratricidas me qui­taron los hijos que me diste!... porque la ambición y el egoísmo de los poderosos consumieron el fruto de mi trabajo! Los surcos de mi rastrojo quedaron vacíos, porque yo sembré y otros cosecharon!... Padre mío, ten piedad de mí, que como tu siervo Job, estoy entre los escombros de lo que fue un día mi dicha; mi horizonte está en tinieblas y no acierto hacia dónde llevar mis pasos".

"¡Adoradores de Dios, Padre Universal de toda vida!... hablad así con El, desde el fondo de vuestro corazón, dejando correr las lágri­mas de vuestros ojos, y en nombre de Dios os digo, que si así es vuestra oración, no habréis salido de vuestra alcoba, cuando El os habrá hecho sentir que oyó vuestra súplica y que acudirá a vuestro remedio.

"Me habéis llamado Profeta Nazareno cuando he aparecido en esta cátedra, honrada por la palabra de tantos sabios doctores como tuvo y tiene Israel, y yo, siervo del Altísimo, aceptando el nombre que me ha­béis dado, os digo solemnemente en nombre suyo:

"Quiero que cuantos estáis bajo estas bóvedas que escucharon las plegarias de tantas generaciones, salgáis de aquí curados de vuestras en­fermedades físicas y consolados de vuestros dolores del alma.

"Quiero que salgáis de aquí llenos de fe y esperanza, en que Dios vuestro Padre no reclama de vosotros sino la ofrenda pura de vuestro amor sobre todas las cosas, y para vuestro prójimo como para vosotros mismos.

"¡Que la paz, la esperanza y el amor alumbren vuestros caminos!

— ¡Profeta de Dios!... Profeta de Dios!... ¡Bendita sea tu boca que vierte miel y ambrosía!...

— ¡Bendita sea la madre que te dio a luz!...

— ¡Bendito el seno que te alimentó!

Y el formidable clamoreo de bendiciones siguió al Maestro que bajaba de la cátedra sagrada.

El alto clero y dignatarios del Sanhedrin y del Templo, sufrieron con disgusto la ovación popular ofrecida a un humilde hijo de Galilea, pero la mirada de águila de Hanán les había hecho comprender la con­veniencia de tolerar aquella inconciencia del pueblo ignorante, porque podían necesitar más adelante de los poderes internos del joven tauma­turgo. .

Además, la satisfacción de tener a un Mesías, Rey de Israel a su conveniencia, calmó el despecho que produjo en muchos de ellos, el en­tusiasmo del pueblo por el Profeta Nazareno.

No bien el joven Maestro estuvo en los pórticos del templo, la ar­dorosa juventud galilea se precipitó sobre él y levantándolo en alto lo sacaron a las escalinatas exteriores entre hosannas y aleluyas al Pro­feta de Dios, al Ungido de Jehová para salvar a su pueblo. Las pala­bras de Mesías y de Rey de Israel comenzaron a sonar tan altas, que los ecos volvían al templo, causando alarma en los altos dignatarios allí congregados.

Entre aquella fervorosa multitud de jóvenes galileos, estaban los amigos de la montaña que el Príncipe Judá y el Scheiff Ilderin hablan preparado para un momento dado.

La efervescencia popular amenazaba tornarse en tumulto, y los zelotes del Templo corrieron por la galería que la unía con la Torre An­tonia, para pedir que la guardia dispersara aquel escandaloso motín, prendiera a los alborotadores y sacara fuera de los muros de la ciudad al Profeta, que así había enloquecido al populacho.

Pero la guardia contestó que no tenían órdenes de intervenir en una manifestación de entusiasmo popular hacia un genio benéfico que curaba todas las enfermedades.

Entonces salió el Sanhedrin en pleno con toda su corte de Docto­res, Sacerdotes y Levitas, para amedrentar al pueblo y al Profeta con terribles anatemas.

Y aquí fue el mayor estupor y anonadamiento, en que el Sanhedrin, clero y pueblo se encontraron. La litera descubierta que la multitud había levantado en alto, con el Profeta de pie sobre ella, se encontró de pronto vacía; y sobre ella, una resplandeciente nube dorada y púrpura, como si los celajes de un sol poniente se hubieran detenido sobre el pueblo delirante que ovacionaba al Maestro.

Y las mismas voces que escuchó Betlehem dormida entre la nieve treinta y dos años atrás, resonaron entre un concierto de melodías sua­vísimas:

"Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz a los hombres de buena voluntad".

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