9/6/10

Arpas Eternas: Jhasua, a los 12 años, en el Templo de Jerusalén

Arpas Eternas se encuentra entre los llamados “Libros Revelados”. Y es uno de los más importantes de los últimos tiempos. Fue editado 20 años antes de lo publicado sobre los Manuscritos de Qumram y el contenido de ambos es, en lo esencial, coincidente, aunque Arpas Eternas es más rico en detalles y datos. De su amplio contenido, Pepe Navajas, editor de Ituci Siglo XXI y amigo del Blog, ha seleccionado una serie de pasajes que todos los miércoles pone a nuestra disposición.

1. Profecía del Maestro Jesús referida a estos tiempos (ver entrada publicada el pasado 19 de febrero)

2. Encuentro entre Jesús y Juan el Bautista siendo niños (24 de febrero)

3. Jesús y Juan el Bautista, siendo niños, oran en un templo esenio (3 de marzo)

4. Profecía de Jesús a Vercia, la druidesa gala (10 de marzo)

5. La inquietud compartida entre Vercia, Nebai y Mágdalo (24 de marzo)

6. Muerte de Juan el Bautista y lectura de su testamento (31 de marzo)

7. El prendimiento de Jesús (1/2) (7 de abril)

8. El prendimiento de Jesús (2/2) (14 de abril)

9. Jhasua ante sus jueces (1/2) (21 de abril)

10. Jhasua ante sus jueces (2/2) (28 de abril)

11. Gólgota (1/2) (5 de mayo)

12. Gólgota (2/2) (12 de mayo)

13. Debate en el Gran Colegio (19 de mayo)

14. Esperando al Amor (26 de mayo)

15. Jhasua a los 15 años (2 de junio)

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16. Jhasua, a los 12 años, en el Templo de Jerusalén

...Pocos momentos después entraban el Templo, que brillando todo como una llama viva, y con sus atrios y pórticos atestados de gentes que lucían sus mejores túnicas y ricos mantos y turbantes, presentaba un aspecto fantástico y solemne.

La exaltación religiosa de Jhasua continuaba subiendo de intensidad. Estaba seguro de ver allí entre aquella radiante luminaria, la faz divina de Jehová. Y el niño se estremecía de entusiasmo.

Pero grande fue su espanto cuando en vez de la visión de Dios que esperaba, se encontró con una horrible carnicería, un feroz degüello de toros, terneros, carneros indefensos, corderillos y blancas palomas que aleteaban espantadas, mientras se les llevaba en montones a los altares de los sacrificios.

Y los Sacerdotes armados de grades cuchillas, aparecían con sus ropas y sandalias mojadas de la sangre que corría desde los altares por tubos de bronce incrustados en el muro, y que iban a vaciarse a una piscina de mármol construida en un patio interior rodeado de galpones o estancias, donde sobre grandes mesas de piedra se iban depositando las reses ya descuartizadas y listas, para el reparto a la numerosa familia sacerdotal, que era quien podía, según la ley, aprovecharse de aquellas carnes aún humeantes.

Joseph y Myriam, en su calidad de Esenios, no podían ofrecer holocaustos de animales sino de frutos de la tierra, y ellos entregaron su ofrenda de harina, aceite, vino y miel, según acostumbraban.

-¡Madre! – murmuró Jhasua al oído de Myriam, cuando pudo dominar el espanto y horror que le causó la degollación de los animales y los altares por donde corría la sangre. – Madre...yo te digo que aquí no está el Padre Celestial.

-¿Por qué hijo mío?...

-Porque El no gusta de ofrendas de sangre y de muerte, sino de amor y de vida.

-¡Calla...tú no sabes lo que dices!

-Salgamos de aquí que me ahogo!...Y soltándose de las manos de su madre echó a correr rápido como un cervatillo asustado, hacia donde resonaban los laúdes y las voces de las doncellas que cantaban salmos, en una de las naves del Templo y en dirección opuesta a la del altar de los sacrificios. Para ello, debió atravesar el Templo y como estaba lleno de gentes, Myriam le perdió de vista por más esfuerzos que hizo para seguirle.

Tropezó con un joven Levita que iba al atrio de los incensarios para reavivar el fuego del suyo que se apagaba por falta de aire. Era de los Levitas Esenios y conocía de vista a Jhasua.

-¿A dónde vas tan de prisa que pareces un fugitivo? – le preguntó.

-Ese vaho de sangre y de carnes quemadas, me ahogan y voy a morirme aquí sofocado. Sácame por favor de este infierno, donde esos hombre con cuchillos y vestidos manchados de sangre, me parecen demonios escapados de un antro.

-¡Niño...calla por favor, que pueden oírte! Ven conmigo a la sala de los incensarios, donde te haré ver muchas cosas hermosas que habrán de gustarte.

Y el Levita se llevó al niño al sitio indicado.

Jhasua estaba pálido y un ligero temblor estremecía su cuerpo. Le recostó en un estrado y le dio de beber vino con miel, lo cual le reanimó pronto.

Dos sacerdotes Esenios estaban ocultos y creyeron que la sala de los incensarios estaba sola y salieron. Se encontraron con Jhasua que esperaba quietecito el regreso del Levita que le había conducido allí. Únicamente les dijo que había huido de sus padres para no ver la degollación de animales, espectáculo que le causaba espanto y horror.

Los dos sacerdotes se le dieron a conocer, le hablaron de los Ancianos del tabor y del Carmelo y por último le propusieron conducirle a buscar a sus padres.

Myriam le buscaba con gran ansiedad, hasta que llegando al atrio de los extranjeros, le vieron pasar entre los dos Esenios que no les eran desconocidos.

-¿Madre!...yo me quedo aquí con estos hermanos de los Ancianos – fue la primera palabra de Jhasua al encontrarse con Myriam.

-Pero hijo mío ¿qué has hecho? ¿Es esto lo que merezco de ti?

-No madre mía – murmuró abrazándola – Tú mereces todo mi amor, pero el Padre Celestial me llama a su servicio y yo quiero obedecer su voz como obedeció Samuel.

-Hijito- le dijo el sacerdote Eleazar -. Por ahora el Padre Celestial quiere que vayas con tu madre, que también en el hogar está el Dios de los Profetas.

-¿Entonces me rechazáis? Preguntó Jhasua con voz temblorosa y próximo al llanto.

-No hijo mío, pero eres aún demasiado niño. Así te lo han dicho los Ancianos del Tabor.

-¿Por qué te empeñas en quedarte? – le interrogó el otro sacerdote.

-El templo es la casa de la oración a Jehová, y yo la veo como un degolladero de animales. El Padre Celestial es piedad y amor, y repudia el horror de esas matanzas. El quiere más la pureza del corazón y el cumplimiento de su Ley, y no la abundancia de ofrendas vivas con derramamiento de sangre.

-¿Qué pasa aquí? – dijo Joseph llegando al lado de Myriam.

-Que nuestro niño quiere quedarse en el Templo como el Profeta Samuel.

-¿Y tu madre Jhasua?...¿ella no es nadie para ti? – interrogó con severidad el padre.

-La ley dice – amarás al Señor Dios tuyo, sobre todas las cosas – dijo dulcemente el niño acercándose a su padre.

-También dice la Ley: “Honrarás a tus padres todos los días de tu vida” – contestó Joseph. ¡Vamos!.

Y tomando la mano de Jhasua comenzó a andar.

El niño siguió en silencio a sus padres, dando vuelta varias veces su cabeza y agitando las manos que decían adioses tiernísimos a los dos ancianos Sacerdotes, que desde el atrio del Templo le miraban alejarse.

A medida que se alejaban el niño parecía recobrar su alegría y serenidad.

Joseph, que aunque de un exterior severo, amaba entrañablemente a aquel niño en quien reconocía un ser superior, quiso suavizar la aspereza de aquellos momentos.

-Hijo mío – le dijo – todos los años podemos traerte, si tanto te place visitar el Templo. Con tu poca edad ¿qué harías tú allí?

-Les diría la palabra de Jehová que no quiere más la matanza de animales – contestó el niño – sino la adoración del corazón puro y limpio, como los ancianos de los Santuarios Esenios.

-¿Y quien eres tú pobre niño mío, para venir a poner leyes en el Templo de Jerusalén? ¿No ves que serías tomado por un niño loco o poseído de los demonios? ¿No ves cómo los Ancianos con toda su sabiduría y altos poderes espirituales, se ocultan en el fondo de las rocas para no exponer inútilmente sus vidas?

-Tenéis razón padre, tenéis razón. Había dentro de mí como una ola potente de horror y de enojo, con todo lo poco que he visto allí abajo en las bóvedas de la casa de oración a Jehová, que quería gritar a voces las infamias que allí se hacen. Corren a látigo a los mendigos, ciegos y ancianos que vienen a pedir los sobrantes de las ofrendas que luego venden a los mercaderes por detrás del Templo y creyendo que nadie les ve.

-¡Niño!...-dijo Myriam espantada.

-Es cierto madre -afirmó Jhosuelin -. También yo he visto a un mercader entregar un bolsillo repleto de monedas a uno de los que hacían matanza y después de haberse ya quitado las ropas manchadas de sangre.

Es necesario no tocar más este asunto – dijo Joseph.

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