23/6/10

Arpas Eternas: Jhasua aclamado en el Templo de Jerusalén (1/2)

Arpas Eternas se encuentra entre los llamados “Libros Revelados”. Y es uno de los más importantes de los últimos tiempos. Fue editado 20 años antes de lo publicado sobre los Manuscritos de Qumram y el contenido de ambos es, en lo esencial, coincidente, aunque Arpas Eternas es más rico en detalles y datos. De su amplio contenido, Pepe Navajas, editor de Ituci Siglo XXI y amigo del Blog, ha seleccionado una serie de pasajes que todos los miércoles pone a nuestra disposición.

1. Profecía del Maestro Jesús referida a estos tiempos (ver entrada publicada el pasado 19 de febrero)

2. Encuentro entre Jesús y Juan el Bautista siendo niños (24 de febrero)

3. Jesús y Juan el Bautista, siendo niños, oran en un templo esenio (3 de marzo)

4. Profecía de Jesús a Vercia, la druidesa gala (10 de marzo)

5. La inquietud compartida entre Vercia, Nebai y Mágdalo (24 de marzo)

6. Muerte de Juan el Bautista y lectura de su testamento (31 de marzo)

7. El prendimiento de Jesús (1/2) (7 de abril)

8. El prendimiento de Jesús (2/2) (14 de abril)

9. Jhasua ante sus jueces (1/2) (21 de abril)

10. Jhasua ante sus jueces (2/2) (28 de abril)

11. Gólgota (1/2) (5 de mayo)

12. Gólgota (2/2) (12 de mayo)

13. Debate en el Gran Colegio (19 de mayo)

14. Esperando al Amor (26 de mayo)

15. Jhasua a los 15 años (2 de junio)

16. Jhasua, a los 12 años, en el Templo de Jerusalén (9 de junio)

17. Lo que escribió Jhasua, a los 19 años, sobre el Templo de Jerusalén (16 de junio)

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18. Jhasua aclamado en el Templo de Jerusalén (1/2)

… (…) … la llevó en pos de todos al gran salón, donde Jhasua y Marcos hablaban con Aholibama que había venido con sus dos hijos y una doncella.

Su gran carroza estaba a la puerta, con una pequeña escolta de cuatro esclavos montados en mulos negros, según era la antigua costumbre de la casa.

La pobre madre con grande sobresalto y temor había venido bus­cando a Marcos, para que de nuevo la pusiera en contacto con el Poderoso Profeta que hacía tan estupendos prodigios. Esperaba de él otro más: que la librase de las garras de Hanán, el cual le había anunciado esa misma tarde su resolución de encargarse del niño Josué, pues el Sanhedrin estaba convencido de que él era el Mesías que Israel esperaba. Ella buscó el amparo de su padre el viejo príncipe de Rechab, pero él opinó que no se resistiera al Sanhedrin, que acaso estaría en lo cierto.

— ¡Señor!... —le dijo arrojándose a sus pies—. Hoy mismo diste a mi hijo el uso de la palabra, hazme ahora el prodigio de que el Sanhe­drin no lo arranque de mi lado. Dios que hizo de piedad y ternura el co­razón de las madres, no puede mandar que a mí, me sea arrancado el primogénito, ahora que estoy sola sin el amparo de su padre.

— ¡Cálmate, mujer! —le dijo el Maestro ayudándola a levantarse.

"Bien has hecho en venir, y acaso te ha guiado un ángel del Señor que quiso consolar tu pena.

En este momento entraron al salón todos los concurrentes al festín. Gamaliel se acercó a la familia Rechab.

— ¡Cuan ajeno estaba de verte en Jerusalén, Aholibama —le dijo.

—Marcos me impulsó a venir en busca de la curación de mi hijo.

— ¡Y estoy curado! —Dijo el niño en alta voz—. Y ahora hablo todo el día sin parar, para que mi lengua aprenda a moverse ya que tanto tiempo estuvo parada. ¡Este Profeta me ha curado! —... El, él... nadie más que él.

Y Josué, lleno de tierna gratitud, se abrazó de Jhasua mientras le­vantaba a él sus ojos húmedos de emoción.

El Maestro le estrechó sobre su corazón, diciéndole:

—Que Dios te bendiga, hijo mío; tienes el corazón y el mimbre de un fiel discípulo de Moisés. ¡Ojalá sean tus obras un claro exponente de abo­lengo espiritual! …(…) …

Al siguiente día comenzaron las grandes solemnidades en el Templo de Jerusalén.

El Maestro y los suyos, concurrieron a la segunda hora de la maña­na; hora en que ya habían pasado las degollaciones de animales y la cremación de las grasas y vísceras ordenadas por el ritual. Los nume­rosos criados al servicio del templo, habían lavado la sangre que caía del altar de los holocaustos, y el gran recipiente de mármol y bronce es­taba cerrado.

En la segunda hora se ofrecían perfumes, frutos, flores y cereales, se cantaban salmos, y los oradores sagrados ocupaban por turno la cá­tedra para dirigir la palabra al pueblo, que aparecía silencioso y reve­rente llenando las naves, atrios y pórticos del Templo de Salomón.

Debemos hacer notar que la guardia de la Torre Antonia se tripli­caba en estos días de grandes tumultos, a fin de guardar el orden sin inmiscuirse en las ceremonias religiosas de los judíos. Dicha guardia estaba bajo el mando inmediato de aquel militar romano que sufrió un ac­cidente mortal en el circo de Jericó, y entre sus numerosos subalternos había una buena porción de prosélitos como llamaban los israelitas a los simpatizantes de su doctrina del Dios Único, Señor del Universo. Pe­ro lo eran secretamente, por veneración al joven profeta que salvó la vida a su jefe.

El Procurador Poncio Pilatos, hombre de paz y de letras, no gusta­ba ni poco ni mucho de las discordias entre las distintas sectas en que estaba dividido el pueblo de Israel, y así les dejaba que se entendieran ellos entre sí, en lo referente a su teología dogmática. Los Rabinos ju­díos consideraban herejes a los samaritanos, y nulos en asuntos religio­sos y legales, a los galileos.

Y aún los nativos de la misma Judea estaban también divididos en Fariseos y Sadúceos. Los primeros eran puritanos y rígidos al extremo, en el cumplimiento de las mil ordenanzas del ritual.

Eran justamente de aquellos de quienes el Divino Maestro decía que "veían la paja en el ojo ajeno y no veían la viga en el suyo" que "cola­ban un mosquito y se tragaban un cangrejo".

Los Saduceos, entre los cuales estaba la mayor parte de las familias judías de antigua nobleza, daban más importancia a los principios de piedad y de misericordia con los desvalidos, menesterosos y desampara­dos, basándose para ello en el gran principio de la Ley Mosaica: "Amo, a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo". Estos vi­vían la vida humana con holgura, con comodidades v sin hacer osten­tación de austeridad religiosa ninguna. Los Saduceos estaban más incli­nados a la filosofía Platónica en cuanto al espíritu humano, y no acep­taban la resurrección de los muertos en la forma que los Fariseos lo sos­tenían.

De allí la gran aversión que ambas tendencias se prodigaban mu­tuamente.

El pueblo en general simpatizaba con los Saduceos, que eran gene­rosos en sus donativos y ejercitaban la misericordia y piedad con los pobres, como la obra principal de su fe.

Teniendo en cuenta que la enseñanza del Cristo se basaba toda ella en el amor al prójimo, el pueblo lo tomó como un Profeta salido de en­tre la secta de los nobles Saduceos. Y los Fariseos y sus adeptos, vie­ron en él un enemigo en materia dogmática y religiosa. Hecha esta ex­plicación, el lector está en condiciones de interpretar y comprender per­fectamente los acontecimientos que después se desarrollaron.

La secta de los Fariseos era aborrecida en general por el pueblo, pero era la que estaba en el poder desde hacía años, pues el Rabí Hanán, era el alma del fariseísmo israelita de aquella época.

Por fin apareció en la sagrada cátedra un doctor joven, hijo de Ha­nán, cuyo nombre era Teófilo.

Abrió el libro llamado Deuteronomio atribuido a Moisés, que en capítulo 32 v. 17 comienza así: "No ofrecisteis sacrificios a Dios, sino a los dia­blos; a dioses ajenos, que no conocieron ni temieron vuestros padres. Y violo Jehová y se encendió en ira por el menosprecio de sus hijos e hijas. Y dijo: esconderé de ellos mi rostro y veré entonces cuál será su postri­mería; Porque fuego se encenderá en mi furor y arderá hasta lo profun­do, y devorará la tierra y sus frutos, y abrasará los fundamentos de los montes. Yo allegaré males sobre ellos. Consumidos serán de hambre, y co­midos de fiebre ardiente y de amarga pestilencia. Dientes de bestias en­viaré sobre ellos y veneno de serpientes".

Un discurso desarrollado sobre tan terribles y maldicientes palabras como tema, fue en verdad un aluvión de veneno de serpientes que aterra­ban al pueblo ignorante en su mayor parte.

Los oyentes del grupo de los Saduceos pensaban y murmuraban en­tre sí:

—Haría falta que se levantara de su tumba Jeremías Profeta, Esdras, Hillel o Simeón, para tapar la boca a ese energúmeno que vomita tanta ponzoña.

Los amigos de Jhasua tendían de tanto en tanto hacia él sus mira­das, pensando el sufrimiento que debía tener ante tan terrible vocabula­rio. Pero no supusieron que quisiera tomar la palabra por no enfrentarse con el predominio sacerdotal.

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