6/6/10

Los diez cuadros del bollero: La experiencia de lo bello en el Zen (2/2)

Los diez cuadros del boyero, obra de Kakuan Zenji, maestro chino del siglo XII, simbolizan y sintetizan el camino del Zen. Con ella como telón de fondo, Ana María Schlüter ha publicado en el número 2 de la Revista Sufí

http://www.nematollahi.org/revistasufi

un espléndido trabajo titulado La experiencia de lo bello en el Zen.

A lo largo de doce entradas (primero, diez para cada uno de los cuadros y, finalmente, dos dedicadas a tal experiencia de lo bello en el Zen), que finalizan en el día de hoy, se han insertado en el Blog sus contenidos íntegros, lo que nos la permitido pasear por todos ellos y deleitarnos con sus profundos significados.

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1. Buscar al buey (26 de mayo)

2. Ver las pisadas (27 de mayo)

3. Ver al buey (28 de mayo)

4. Atar al buey (29 de mayo)

5. Domar al buey (30 de mayo)

6. Cabalgando sobre el buey volver a casa (31 de mayo)

7. El buey olvidado, el hombre mismo solo (1 de junio)

8. Hombre y buey olvidados (2 de junio)

9. Volver al origen (3 de junio)

10. Entrar en el mercado con las manos dispuestas a ayudar (4 de junio)

11. La experiencia de lo bello en el Zen (1) (5 de junio)

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12. La experiencia de lo bello en el Zen (2/2)

Pierre de Béthune, benedictino belga, encargado de la comisión pontificia para el diálogo interreligioso monástico, que practica Zen y también la ceremonia del té, escribió hace unos años un artículo sobre el wabi en la revista belga Voies de l`Orient [3]. Allí comenta que un precursor de este arte wabi japonés fue el creador del teatro No, Zeami Motokiyo (1363-1443) que habla de yugen, la belleza escondida, y de ka, la flor. "Ya viejo y achacoso había descubierto una flor más esencial" que aquellos momentos cumbre que había alcanzado como actor joven,"una flor más íntima y única. Ya no se regía por cánones de belleza exteriores y descubrió que, incluso cuando faltan, la belleza escondida se revela." Surge del vacío, del silencio.

Ikkyu Shojun (1394-1443) pocos decenios posterior, habla ya de wabi. El y otros maestros wabi insisten en que esta experiencia de lo bello se basa en una situación objetiva de indigencia, pero como exorcizada o vuelta del revés, realmente "trocada". Pierre de Béthune resume su enfoque de la siguiente manera:

En lugar de obstinarse en una tentativa apasionada y trágica por poseer la plenitud de la perfección, se embarcan en el camino de un abandono cada vez más total. "No se puede ver la belleza de las montañas, las cuevas, el viento y la luna… más que cuando no se posee ninguna otra cosa (Ikkyu).

En lugar de alimentar la nostalgia de lo infinito, se contentan con lo insuficiente y hasta con lo caduco. Un ejemplo los jardines zen, muy limitados en el espacio, pero rezumando una intensidad sin igual.

En lugar de usar preferentemente materiales nobles, bronce o marfil, eligen materiales corrientes como el barro cocido, el bambú, y prefieren la pintura monocolor.

En lugar de buscar el refinamiento en la elaboración confían en la espontaneidad que brota de un corazón unificado.

En lugar de complacerse en la tristeza por no poder alcanzar un ideal inaccesible, encuentran su gozo en la acogida del momento presente. De esta manera, cualquier realidad puede llegar a ser revelación de la belleza absoluta. Se dice en el Zen: "Toda voz es voz de buda [4], toda forma / color es forma / color de buda."

"La obra de arte wabi es ante todo un testimonio del despertar del corazón del artista" y a su vez puede convertirse en un detonador del despertar en quien la contempla.

Béthune pone como ejemplo un haiku [5] del más famoso poeta japonés, Matsuo Bashô (1644-1694)

Sobre la mar oscura,

el grito pálido

de un pato salvaje.

"La obra de arte ha de ser de una calidad, de una simplicidad extremas. No debe acaparar la atención del que la contempla: no es más que el humilde agente de un descubrimiento de la simplicidad inmensa de las cosas, un camino que se recorre y se olvida. Lo importante no es el grito pálido del pato, sino la inmensidad de la mar oscura que permite percibir… El wabi se caracteriza por su connaturalidad con el silencio, el vacío… es un sonido, un trazo, un gesto, lo contrario del silencio, pero por así decir un contrario cómplice, pues apela al silencio y provoca su aparición."

Tuve la oportunidad y suerte de practicar algún tiempo el suiboku o sumi-e con Nimura Sensei, maestra japonesa cristiana, que hablaba castellano. Son completamente inolvidables aquellas horas pasadas en su pequeña casa, sentadas en el suelo. Papel sobre una tela de fieltro, una barra de tinta hecha de hollín de madera de pino quemada y cola, un tintero plano de piedra, unos pinceles de pelos de animal de diferente suavidad y sobre todo alguna rama de flor. Lo primero es hacer la tinta. Su tío, que fue secretario en el palacio imperial, solía empezar a escribir, a pincel, cuando empezaba a percibir el aroma de la tinta, era señal de que estaba concentrado. Se trata en el sumi-e de pintar el alma de la flor, pero primero hay que llegar a dominar la técnica hasta el punto de que uno pueda olvidarse de cómo lo hace. Así que ensayar infinitas veces una hoja de bambú o pétalos de ciruelo o… y seguir ensayando todos los días en casa. Muchas veces me salían hojas paralelas y Nimura Sensei me decía que la naturaleza no era así, cada cosa es diferente y única.

Se pintan las flores marchitas lo mismo que los capullos o las que están abiertas, la realidad tal cual. Pero no se pinta el realismo objetivo sino el alma, lo que no se ve. Una flor u hoja mira la otra, hay un movimiento entre ellas. Casi nunca queda plasmado en el papel el arranque del tallo de la flor y tampoco necesariamente el final, por ejemplo, del bambú. Lo que se plasma es un momento de un movimiento que viene del infinito y va al infinito. El brazo está suelto, no se apoya, traza un gran movimiento y sólo toca un momento el papel. Además es imposible detenerse largo tiempo en un punto, porque se produce una mancha. Tampoco se puede repasar una línea. Se combina esta espontaneidad del movimiento del brazo con el movimiento del mismo papel, que al entrar en contacto con el pincel se levanta ligeramente. Sólo se le sujeta por un lado, pero nunca se le condena a la rigidez.

Las líneas son muy simples. Los tonos, siempre a base de la misma tinta negra, se consiguen usando más o menos agua, un pincel más o menos seco, rozando sólo con la punta o apoyando toda la anchura del pincel.

Se habla de "pintar sin pincel" o "pintar el blanco". La parte que no se ve es la más importante, y muchas veces el blanco ocupa la mayor parte del cuadro. Resalta su gran simplicidad y el particular sentido de belleza, que surge del uso de tonalidades negras y de los espacios vacíos. Es un antiquísimo arte zen, que ya se cultivaba en la época Tang de China, centrándose allí sobre todo en paisajes, pero que ha tenido un desarrollo muy sui géneris en Japón.

Toshihiko Izutsu en su libro Philosophie des Zen-Buddhismus dedica un capítulo al"arte de la pintura blanca y negra". Allí dice: "La observación de las cosas necesaria para la pintura oriental por parte del artista consiste en una penetración total de la realidad invisible de las cosas, hasta que el latido del alma se identifica con el latido de la vida cósmica que todo lo penetra, sea grande o pequeño, orgánico o inorgánico. Esto sólo se consigue por medio de una concentración intensa de todas las potencias del alma… es decir, que la observación del mundo exterior al mismo tiempo es penetración en la interioridad del espíritu" (p. 147-148).

En el arte wabi lo que aparece es la realidad, la talidad de las cosas, no propiamente el/la artista, éste ha desaparecido. Herrigel, un occidental, estando en Japón, quiso aprender el arte del tiro al arco. Durante mucho tiempo le pareció absurdo e imposible; tenía que soltarse sola la flecha sin que él disparara y además tenía que dar en la diana sin que él apuntara. Tardó cinco años hasta que esto un día ocurrió. Entonces el maestro de tiro al arco se inclinó. Herrigel le agradeció el gesto, pero el maestro se indignó: "¡Llevas cinco años conmigo y aún eres capaz de creer que me he inclinado ante ti! Me inclino ante Ello que ha tirado."

Las artes zen, los Do (chino: TAO), son como puentes hacia la vida cotidiana, porque de lo que en realidad se trata es de que la vida diaria se convierta en arte, es decir, que toda la vida surja no del ámbito del pequeño yo limitado, sino de Ello. ¡Tarea que no termina nunca!

"Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí", dijo San Pablo. Aquí merecen ser recordadas las palabras de Fernando Urbina con las que termina su libro Comentario a Noche oscura del espíritu y Subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz: "La contemplación nos ayuda a situar nuestro esfuerzo en la verdadera y real profundidad de la acción divina que impulsa silenciosamente la Historia". Esto hoy parece de trascendental importancia, quizás más que nunca, ante la enormidad de los problemas que tenemos planteados la humanidad.

El camino del Zen y el arte zen terminan con la "vuelta al mercado". Su finalidad en realidad no es la iluminación, el despertar (y mucho menos alguna experiencia emotiva por ella misma), sino a partir del despertar, la transformación de la persona, hasta llegar a la gran naturalidad, la cual consiste en "caminar manifestando lo Uno en las diez (todas) direcciones" (chino: TE; japonés toku).

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[3] Traducción en la revista "Pasos", Zendo Betania, Brihuega, nº 33 (1991)

[4] Buda es un sustantivo común y significa ‘ser despierto’; es lo contrario de shujo, ser ignorante (que al no haber caído en la cuenta de la realidad no es libre y sufre)

[5] Un haiku consta de tres versos, de 5-7-5 sílabas respectivamente.

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