Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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27/12/20

La simbología profunda de la "Diosa Iustitia" y la "Estatua de la Libertad" (Enseñanzas Teosóficas: 202)


La tradicional figura femenina de la Justicia

         La Justicia suele ser dibujada como una mujer que presenta tres signos distintivos principales; sus ojos están vendados; el brazo izquierdo lo tiene extendido ligeramente hacia arriba y con la mano sostiene una balanza; y el brazo derecho se encuentra caído y mantiene una espada que apunta hacia el suelo.

         Esta estampa metafórica se retrotrae a la diosa latina Iustitia, aunque las primeras monedas romanas la ilustraron con los ojos descubiertos. Sus raíces mitológicas se remontan a Maat en el antiguo Egipto. Y en la Grecia clásica fue la diosa Dice (Dicea o Dike), hija de Zeus y Temis y madre de Hesiquia, que personaliza la quietud y la tranquilidad de espíritu.

    

La diosa romana “Iustitia”, “Dice” en la mitología griega y “Maat” en la egipcia


Su profundo significado alegórico

         Sin embargo, esta figura es una alegoría; y representa algo muy diferente tanto de lo que a simple vista parece como del significado que comúnmente se le asigna. Su interpretación profunda está repleta de connotaciones trascendentes y se hunde en las raíces de la historia de la humanidad.

         Lo primero que llama la atención es la balanza, a la que se acostumbra otorgar un protagonismo central en la reproducción artística de la Justicia. Pero con ella y con los dos platillos que la conforman se simboliza realmente la denominada “experiencia dual” -la visión y la práctica de vida basadas en el dualidad que hacen suyas hoy la mayoría de las personas- y la llamada “polarización de las dicotomías” -que lleva a quedar abducidos por la dinámica de los pares opuestos-.

         La experiencia dual se debe a que el ego –nuestro pequeño yo físico, emocional y mental y la personalidad a él asociada- clasifica todas y cada una de las experiencias de la vida cotidiana en una de estas dos grandes categorías: las que le gustan, satisfacen y atraen; y las que le desagradan, contrarían y rechaza. Acudiendo a la imagen de la Iustitia, el ego coloca automáticamente cada experiencia vivida bien en un platillo (bienestar) o en el otro (malestar) de la balanza.

         A partir de ahí, el objetivo del pequeño yo –recuérdese que su existencia tiene fecha de caducidad, es perecedera y efímera- puede resumirse así: experimentar la mayor cantidad posible de vivencias que puedan ser puestas en el platillo del bienestar; y el menor número de las que han de ser situadas en el platillo del malestar. Así de elemental es la comprensión de la vida para el ego. Y así de falso, pues lo cierto es que las experiencias que se colocan mentalmente en un platillo u otro tienen el mismo origen e idéntico destino. Veámoslo.

         En lo relativo al origen, no es otro que la búsqueda exterior del bienestar desde el aferramiento egoico y egocéntrico a la apariencia pasajera de lo que somos y el olvido de nuestra Esencia, nuestro ser imperecedero, que luce en su seno la Felicidad como Estado Natural. De este modo, cuando se logran vivir experiencias que la mente concreta califica de “positivas”, se aprecia bienestar; y cuando son del tipo que esa misma mente concreta tilda de “negativas”, se percibe malestar. Pero, ¡ojo!, el punto de arranque de ambas sensaciones, pareciendo tan distintas, es idéntico: la ignorancia de nuestro verdadero ser.

            Como también lo es el destino final de las dos, que es sufrimiento, tal como se puede deducir de nuestra propia auto-observación y han reflejado en sus obras grandes pensadores, como Arthur Schopenhauer. Y si ahondamos al respecto con rigor y transcendencia, constataremos que es precisamente la separación de nuestra auténtica naturaleza esencial y divinal la causa genuina la fuente fidedigna de toda de aflicción y pena.

En un momento concreto, podemos pensar que no es así, pues lo que estamos experimentando es una vivencia que aporta bienestar. Pero al basarse este en una búsqueda externa derivada del olvido de lo que realmente somos, tal vivencia de bienestar contribuye a fomentar y consolidar nuestra identificación con el pequeño yo, con nuestra apariencia fugaz, con las ineludibles consecuencias ya apuntadas de sufrimiento al alejarnos de nuestra auténtica naturaleza y de la Felicidad como Estado Natural que le es propia.

Además, aunque el pequeño yo no se percate de ello y por efecto de la polarización de las dicotomías, lo cierto es que cuando una vivencia, la que sea, se interpreta en clave dual –poniéndola en un platillo u otro- provoca impactos en los dos bandos dicotómicos en los dos platillos a la vez y con idéntica intensidad, como si se tratara del sistema de “partida doble” que se usa en contabilidad y donde cualquier operación mercantil se anota, a la   par y por la misma cuantía, en el “debe” y el “haber”. Por ejemplo, cuando se consigue tener algo deseado (bienestar), desde cosas materiales hasta asuntos más sutiles como el amor de una persona, inmediatamente surge el temor a perderlo (malestar).

         De esta forma, la balanza, con sus dos platillos, plasma la experiencia dual que preside y rige la vida humana cuando ésta, en lugar de ser tal, es sólo un sueño que se vive “dormido”, en estado de ensoñación por la identificación con la apariencia.

         Corolario de todo lo cual, es que el sufrimiento no está representado por el platillo del malestar, como inicialmente se podía equivocadamente pensar, sino por la balanza en su conjunto, pues vivir la vida con ella en la mano es garantía de aflicción.

Una manera de vivir que conlleva, igualmente, que no percibamos la vida tal cual es: de ahí la venda en los ojos.

Y al  no ver la vida como es, se desconfía de ella. Si la viéramos en su plena realidad, lo que emanaría de nosotros sería Confianza y una colosal Reverencia por la Vida, en todas sus dimensiones, reinos y modalidades. Pero al ir por la vida con la balanza en la mano –juzgándola, reprochándole las situaciones de malestar…- nos enfrentamos a ella, lo que se simboliza con la espada que la diosa Iustitia sostiene con su mano derecha. Eso sí, la espada se muestra caída, hacia abajo, como fiel expresión de lo tremendamente agotador que resulta –esfuerzo, fatiga, cansancio, vacío existencial…- vivir la vida en conflicto con ella.

Finalmente, hay que subrayar que la alegoría de la Iustitia interacciona igualmente con la noción de libertad y su fundamento, que es la carencia de miedos.

No en balde, en la dinámica de los pares de opuestos, lo contrario a la libertad es el miedo; y con relación al miedo, lo que se halla en el otro extremo es la libertad. Así, la libertad completa es la total ausencia de miedos.

Lo refleja muy bien el idioma inglés, donde el término “libertad”, “freedom”, proviene de una antiquísima raíz indoeuropea relativa al Amor, con mayúscula, y a la Libertad que permite la expansión y el desenvolvimiento de aquel desde nuestra Esencia. Y las palabras que la misma lengua anglosajona utiliza para expresar que se tienen miedo a algo es “afraid”, que procede de la misma raíz y se construye como contraposición anteponiendo el prefijo “a”. Por tanto, “afraid” es lo contrario de “freedom”: el miedo quita la libertad y tapona el fluir del Amor que Somos; y la libertad es la ausencia de miedo y permite la expansión de ese Amor.

 

La transformación de la Iustitia

¿Qué sucede cuando un ser humano, en su evolución espiritual, sale de la prisión del aferramiento a la apariencia, al pequeño yo, y vive con consciencia de su Esencia y en coherencia y consistencia con esta?

Lo primero es que deja atrás la experiencia dual y la balanza que la representa. Se acabó; le dice adiós. A este respecto, diversos pensadores y filósofos han considerado que a lo máximo que el ser humano puede llegar es a minimizar el sufrimiento, nunca a superarlo por completo: es el caso del aludido Schopenhauer, que para esa minimización hace suyos los ideales budistas de la serenidad absoluta y la liberación de los deseos asociados al nirvana. Otros, como Nietzsche, planearon la posibilidad y la necesidad de transfigurar el sufrimiento propio a través de una acción colectiva extática, lo que guarda relación con el papel que el consciente colectivo puede jugar en la transformación individual. Sin embargo, la superación del sufrimiento sí es factible; y la manera más directa y eficaz de hacerlo es cuando la persona, en su evolución consciencial, decide vivir sin balanza y cesar de juzgar a la vida.

Lo hace con agradecimiento, ya que le ha aportado mucho para poder avanzar en el Sendero de la Consciencia. Y lo hace para siempre, pues le inunda el hondo discernimiento de que la vida es un milagro continuo en la que todo tiene su sentido profundo, su porqué y para qué en clave de nuestra expansión consciencial. De esta forma, la balanza de la diosa Iustitia se transforma en Sabiduría, lo que se simboliza con un libro que la figura lleva en su mano izquierda muy pegado al corazón, para significar que se trata de mucho más que mero conocimiento intelectual: es la genuina Sabiduría que emana de nuestro interior, de nuestra Esencia más íntima y sagrada.

Siendo así, la imagen representada deja de estar ciega y logra ver: desaparece la venda que cubría sus ojos y ve lo Real. Siendo así, no solo ve a Dios en todas las cosas, sino que ve todas las cosas con los ojos de Dios.

Un marco en el que, obviamente, ya no hay ningún tipo de lucha. Va brotando en toda su plenitud la Triada Perfecta (Confianza en la Vida, Aceptación –que no es impotencia o resignación, sino fruto natural de esa Confianza- y No-juicio) y, con ella, una Acción Consciente llena de Sabiduría-Compasión. Por todo lo cual, la espada carece de sentido y se transforma en una gran y radiante antorcha para iluminar la vida desde nuestra propia Luz: parafraseando lo que indica el Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz. “Mil gracias derramando, paseo por estos sotos con soltura; y yéndolos mirando con sola mi figura, vestidos los dejo de hermosura”.

Por tanto, sobre la estatua primigenia de la diosa Iustitia:

1º. La balanza de la experiencia dual se ha transformado en libro de Sabiduría al lado del corazón.

2º. la venda se ha caído y los ojos están bien abiertos y ven lo Real.

3º. La espada hacia abajo es sustituida por una radiante antorcha de Luz que se alza bien alta, iluminando la vida (la nuestra la de los demás, la del mundo…).

 

La Estatua de la Libertad

¿Qué nombre dar a esta figura transfigurada? Ninguno más adecuado que “Estatura de la Libertad”, pues plasma certeramente una forma de vida sin miedos y en libertad: nuestro corazón (Esencia) es libre; y ya, por fin, tenemos el valor de hacerle caso (vivir en coherencia lo que genuinamente Somos y es). Una Libertad que se simboliza cual corona de fulgurantes rayos sobre la cabeza de la mujer.  

Y es fácil percatarse que la nueva imagen coincide exactamente con “La Libertad iluminando el mundo” o “Estatua de la Libertad”, situada en el islote de igual nombre al sur de la isla de Manhattan, junto a la desembocadura del río Hudson, el icono más representativo de la ciudad de Nueva York. 


La Estatua de la Libertad en la isla neoyorkina del mismo nombre


Tiene como base y sostén la imagen de la diosa Iustitia. Y es el resultado de la transformación descrita. Una transformación que abre las puertas a un estado de consciencia en el que el ser humano, emancipado del ego, se desvincula completamente del sufrimiento, comprobando que este era sólo fruto de la imaginación de aquél.

Y ya no busca el “bien-estar” fuera de sí mismo, sino que disfruta de la Felicidad y el “Bien-Ser” que constituye el Estado Natural de nuestro “verdadero ser”. Recordando a Agustín de Hipona: “Tarde os ame, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde os ame. Y he aquí que Vos estabais dentro de mí y yo de mí mismo estaba fuera; y por defuera, yo os buscaba (…) Estabais conmigo y yo no estaba con Vos. Manteníanme alejado de Vos aquellas cosas que, si en Vos no fuesen, no serían…” (Confesiones. Libro X, XXVII).

Fueron “iluminados” del siglo XIX, que, por cierto, no guardan conexión con los que hoy se autodenominan “Illuminatis”. Su visión del ser humano y del mundo entroncaba con antiguas corrientes espirituales de corte iniciático y hermético; las mismas fuentes de las que bebieron, varias centurias antes, los constructores de las catedrales.

         Estos “iluminados” diseñaron la “Estatua de la Libertad” y supervisaron su instalación en la actual ubicación, que eligieron, como así ha sido, cual futura “puerta del nuevo mundo”.

         El encargo recayó en tres personas ligadas a la francmasonería y el movimiento “librepensador”: el escultor Frédéric Auguste Bartholdi, que dio forma a la talla; el ingeniero Alexandre Gustave Eiffel, quien da nombre a la archiconocida torre de París, que se responsabilizó de la estructura interna de la estatua; y el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, que seleccionó los cobres utilizados para su construcción. Particularmente evidente es el caso del primero, Bartholdi, al que se le encomendó la escultura de la estatua en 1875, inmediatamente después de haber formalizado su adhesión a la logia Alsacia-Lorena del Gran Oriente de Francia.

 

Practica de vida

Ante todo lo que acontece en tu vida, en la de los demás y en el mundo, ¿vives sumido en la dinámica de la conformidad / disconformidad?; ¿reaccionas automáticamente, sin darte ni siquiera cuenta, con el acuerdo o el desacuerdo, mental y emocional?; ¿caminas por la vida con la balanza en la mano, poniendo en un platillo aquello con lo que estás conforme y te produce bien-estar y en el otro aquello con lo que estás disconforme y te genera mal-estar? La Consciencia despeja tu visión para que te percates de que actuar así representa una grave anormalidad. Es una división falaz, porque la vida es una; y en su seno y fluir, todo, sin excepción, tiene su sentido profundo. Estás abducido por esa dinámica por tu identificación con el pequeño yo, que tiene una muy limitada capacidad para entender y comprender la vida. Y el aferramiento a él es lo que ha instaurado en ti el hábito de dirigir tus pensamientos, emociones, palabras y acciones a favor de aquello con lo que el pequeño yo está de acuerdo; y en contra de aquello con lo que está en desacuerdo. Pero tú eres mucho más que el pequeño yo. Y, desde ahí, la Vida es una y no puede ser dividida. ¡Tira la balanza! Y saca de tu vida el enorme trabajo y esfuerzo que has asumido inconscientemente de ser magistrado-juez de la vida. El cultivo de la Presencia en cada instante del día de lo que realmente eres en es lo que diluirá de manera natural la idea de estar conforme o disconforme con la vida –personal y social- y sus avatares y circunstancias. Esto precisa mucha atención y mantenernos en el aquí-ahora. Y que la llama de la Compasión vibre con fuerza, para que la observación objetiva, sin dualismos, no te convierta en u ser frío e indolente, absorto en ti mismo e indiferentes al sufrimiento que afecta a los que están a tu alrededor.

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Autor: Emilio Carrillo

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Las Enseñanzas Teosóficas se publican en este blog cada domingo, desde el

19 de febrero de 2017

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