20/11/10

Taller de Espiritualidad para Buscadores: Módulo 8

PARA TODOS LOS QUE DESEEN SEGUIR POR ESTE BLOG EL

TALLER DE ESPIRITUALIDAD PARA BUSCADORES

(Se publican en el Blog las entradas correspondientes a los distintos Módulos que configuran el Taller conforme éste se va desarrollando para l@s que lo siguen de manera presencial, comenzando el sábado 11 de septiembre y concluyendo el domingo 19 de diciembre de 2010)

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Taller de Espiritualidad para Buscadores:

+Módulo 1: Ver entradas del sábado 11 y domingo 12 de septiembre

+Módulo 2: Ver entradas del sábado 18 y domingo 19 de septiembre

+Módulo 3: Ver entradas del sábado 25 y domingo 26 de septiembre

+Módulo 4: Ver entradas del sábado 2 y domingo 3 de octubre

+ Módulo 5: Ver entradas de los sábados 16 y 23 y domingos 17 y 24 de octubre

+ Módulo 6: Ver entradas de los sábados 30 y 6 y domingos 31 y 7 de octubre y noviembre, respectivamente

+ Módulo 7: Ver entradas del sábado 13 y domingo 14 de noviembre

+Módulo 8: Cristo y Plan Crístico

Sábado 20 de noviembre:

62. Cristo: Hijo de Dios

63. Cristo-Jesús

64. El Plan Crístico

Domingo 21 de noviembre:

65. Dimensiones

66. Almas y Dimensiones

Sábado 27 de noviembre:

67. La oposición al Plan Crístico: Satanás

Domingo 28 de noviembre:

68. Bien y Mal: acercamiento desde la objetividad

69. Ahora sí, el Bien y el Mal

70. El pecado no existe

71. Hipótesis e imposibilidad del Mal Absoluto

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62. Cristo: Hijo de Dios

Retomando parte de los contenidos formulados en los Apuntes sobre Física de la Deidad, el Ser Uno, en su estado natural de Consciencia Perfecta, Concentración Completa y Experiencia Integral de Ser y No-Ser, actúa cual Padre o Principio Único (“big”) de la Creación a través de la Emanación y Expansión (“bang”) de su Esencia o Espíritu. Y éste, a su vez, genera el Verbo, que le acompaña en su expansión.

Sobre esta base, el Espíritu puede ser metafóricamente considerado como el “Hijo”, que al ser Esencia del Ser Uno comparte todas sus cualidades, salvo la de Increado. En cuanto al Verbo, por supuesto que es igualmente creación del Ser Uno, pero, expuesto coloquialmente, una creación “indirecta”, pues se genera a través del Hijo, que actúa como su creador “directo”.

Con este telón de fondo, se puede entender la figura de Cristo, que distintas tradiciones espirituales, utilizando nombres muy distintos, identifican como el Hijo de Dios y que en el ámbito del cristianismo está indisolublemente asociado a Jesús de Nazaret. A él se refieren los textos evangélicos, tanto canónicos como apócrifos, con los apelativos de “Mesías” y “Cristo”. ¿Qué se quiere expresar exactamente con ellos?. Para entenderlo en toda su envergadura hay que examinar separadamente, aunque estén estrechamente ligadas, la figura de Cristo y la de Cristo-Jesús. Y como se verá de inmediato, mientras la primera está referida y es homologable al Espíritu del Ser Uno emanado y expandido, la segunda es la encarnación de Cristo en una persona que gozó por ello de la excepcional cualidad de una dimensión espiritual (Espíritu y alma) puramente crística, a diferencia de lo común y normal entre los seres humanos, en lo que el Espíritu sí tienen cualidad crística, pero el alma no.

Para empezar, hay que tener en cuenta que en los idiomas hebreo y griego, los términos “Mesías” y “Cristo” pueden ser traducidos como “Ungido”. Un convencimiento que ha estado presente entre los cristianos de todas las épocas: Jesús era el Ungido, el Escogido de Dios, el Caudillo prometido que Isaías contempló en su visión (Isaías, 55:4), sobre el que las Escrituras vierten profecías y a quien los judíos de la época esperaban con gran expectación (Lucas 3:15). Y su condición de Ungido se escenifica muy particularmente en su Bautismo por Juan y en la escena de la Transfiguración.

Con relación a lo primero, Mateo (3:16-17) relata como inmediatamente después de que Jesús saliera de las aguas del río Jordán, los cielos se abrieron y descendió sobre él como paloma el Espíritu de Dios, oyéndose una voz que decía “este es mi Hijo, el amado, a quien he aprobado”. Así fue ungido Jesús, a quien el pasaje -y en expresión de Dios mismo- identifica como Hijo de Dios.

En cuanto a la Transfiguración, en este caso son Mateo (17:1-6), Marcos (9:1-8) y Lucas (9:28-36) los que citan en sus Evangelios como Jesús tomó a sus discípulos Pedro, Jacobo (Santiago, hijo de Zebedeo) y su hermano Juan y los llevó al Monte Tabor, un gran montículo de forma redondeada que emerge en el valle de Esdrelón o Jezrael, no lejos de Nazaret. Allí, mientras oraba, se transfiguró delante de ellos: la apariencia de su rostro cambió y resplandeció; y sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos, como la nieve o la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías rodeados de gloria; y hablaron con Jesús de su partida y de lo que iba a cumplir en Jerusalén. Y en este escenario, cuando Moisés y Elías se alejaban y junto a Jesús quedaban sólo sus tres discípulos, una nube de luz los cubrió y desde ella se oyó una voz que decía: “Este es mi Hijo amado; a él oíd”.

Para su mejor comprensión, tanto el Bautismo como la Transfiguración han de ser puestos en correlación con otras descripciones bíblicas. Por ejemplo, con la visión de Miqueas, quien dejó escrito que de Belén saldrá aquel “cuyo origen es de tiempos tempranos, desde los días de tiempo indefinido” (Miqueas, 5:2); o con el Libro de la Revelación o Apocalipsis, cuando indica que Cristo fue “el principio de la Creación por Dios” (3.14), es decir, formó parte su primera obra creadora. Aunque quizá sea en la Carta dirigida a los cristianos de la ciudad de Colosas (en la Turquía actual) o Epístola a los Colosenses donde se enuncia con mayor rotundidad: Cristo “es la imagen del Dios invisible, primogénito de toda la Creación” (1:15); “él es anterior a todas las cosas” (1:17). “él es el principio (…) el primero en todo” (1:18). Y en el Libro de Proverbios (8:22), es Cristo, bajo la forma de la Sabiduría, quien habla en primera persona: “Jehova mismo me produjo como el principio de su camino, el más temprano de sus logros” (8:22); “desde tiempo indefinido fui instalado, desde el comienzo, desde tiempos anteriores a la tierra” (8:23).

Todo lo cual permite constatar que con la expresión “Cristo” (calificado también en la tradición cristiana como el “Señor”) se está haciendo realmente mención al Espíritu emanado y expandido del Ser Uno, su Esencia (“imagen de Dios invisible”) y su primera creación (“primogénito de toda criatura”, “el más temprano de sus logros”). El Verbo, en cambio, se genera por medio del Espíritu y carece de tal primogenitura. Y las almas surgen de la convivencia vibracional entre el Espíritu y el Verbo.

El Antiguo y el Nuevo Testamento contienen igualmente citas que indican como el Espíritu (Cristo) genera el Verbo, la vibración finita de cuya condensación provienen los mundos, todas las cosas materiales, en sus muy distintos grados de densidad, y la globalidad de las modalidades de vida que habitan el Omniverso y el Cosmos. Verbigracia, la mencionada Epístola a los Colosenses declara con relación a Cristo que “por medio de él todas las otras cosas fueron creadas en los Cielos y sobre la Tierra, las cosas visibles y las cosas invisibles (…) todas las otras cosas han sido creadas mediante él” (1:16); “por medio de él se hizo que todas las otras cosas existieran” (1:17). Y en el Génesis, es a Cristo a quien Dios se dirige al expresar “hagamos al hombre a nuestra imagen” (1:26). Allí estaba el Hijo primogénito, al lado de su Padre y colaborando activamente con él en la obra creadora. Y volviendo al Libro de los Proverbios, dice Cristo: “llegué a estar a su lado (de Dios) como un obrero maestro (…) y estuve alegre delante de Él todo el tiempo” (8:30).

Conjunto de consideraciones y afirmaciones que conducen a la reseñada conclusión de que, en la Creación, el Verbo no es “creación directa” del Ser Uno, sino que surge asociado al Espíritu emanado y expandido. Lo que conlleva intrínsecamente una distinción entre aquello que el Ser Uno creó directamente –su Espíritu, su Hijo, Cristo mismo, Energía Crística o Amor- y lo que creo no de manera directa, sino por medio de Cristo -la vibración finita (Verbo) que acompaña a la emanación y expansión del Espíritu-. Este es el origen de todo lo visible (Verbo condensado en modalidades vibratorias densas que entran en la franja frecuencial que los sentidos físicos humanos perciben) e invisible (Verbo condensado en modalidades vibratorias más sutiles de las que los sentidos humanos no se percatan) tanto en la Tierra como en el Cielo.

Y como se abordó en el epígrafe dedicado a la convivencia vibracional entre la frecuencia infinita del Espíritu y la finita del Verbo, el Espíritu, Cristo, creación directa del Ser Uno, llena absolutamente la Creación y es Uno, mientras que el Verbo, creación indirecta y generado por el Espíritu, ocupa una “parte” de la misma y, siendo uno, se condensa en multitud de modalidades vibracionales (cuerpos, formas de vida, mundos, Universos,…) que admiten ser diferenciados por su gradación frecuencial. Y en cada una de estas modalidades se encuentra inmanente y subyacente el Espíritu, Cristo mismo, llenando cuanto existe y Es.

Por tanto, Cristo habita como Espíritu Santo, el Espíritu de Dios inmanente, en toda la Creación y modalidades vibracionales y, por tanto, también en cada ser humano. Y la presencia interior de Cristo que tantos místicos y tantos cristianos anónimos han sentido a lo largo de la historia y sienten ahora no es una locura ni una fantasía de la imaginación: en el “interior” de cada persona fluye la vida divina de Cristo de forma íntima y eminente. Y esta presencia configura la puerta de entrada de Cristo hacia los hombres y mujeres, su morada esencial dentro de cada persona. Tomar consciencia de este portentoso hecho está al alcance de todos los seres humanos y los diferencia de otras formas de vida existentes tanto en la Tierra (animales, plantas,…) como fuera de ella. Y gracias a la presencia de Cristo en cada persona, ésta puede ser elevada por el Señor hacia él y hasta en los niveles más profundos de la mente y el carácter. Por eso la Humanidad puede creer en él, amarle y, por consiguiente, percibirle, por mas que esta percepción supere el pensamiento, trascienda el intelecto y desborde la racionalidad.

63. Cristo-Jesús

Como se viene insistiendo, el Padre es Increado, mientras que el Hijo fue creado por Él. Por lo demás Cristo, Hijo amado y fiel, comparte todos los atributos del Padre. Por esto, adquirir conocimiento acerca de Cristo equivale a satisfacer la necesidad espiritual y el deseo natural de conocer a Dios. Y como su obediencia al Padre no minoró un ápice cuando encarnó como Jesús de Nazaret, pues todo lo que hizo en la Tierra fue exactamente lo que el Padre esperaba que hiciera, puede aseverarse igualmente que al conocer mejor a Cristo-Jesús aumenta nuestro conocimiento acerca de Dios Padre.

Emblemática al respecto resulta la narración del Evangelio de Juan a propósito de la petición que el apóstol Felipe efectúa a Jesús y que continúa latiendo hoy en el corazón de tantos seres humanos: “¡Señor, muéstranos al Padre!” (14:8). Ante lo que Cristo-Jesús responde con una conmovedora lección de Física de la Deidad: “¿He estado con vosotros tanto tiempo y aún así, Felipe, no has llegado a conocerme?. El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo es que dices “muéstranos al Padre”?. ¿No crees que yo estoy en unión con el Padre y el Padre está en Unión conmigo?. Las cosas que os digo no las hablo por mí mismo, sino que el Padre que está en unión conmigo está haciendo sus obras. Créanme que yo estoy en unión con el Padre y el Padre está en unión conmigo” (14:9-11), “yo estoy en unión con mi Padre y ustedes están en unión conmigo y yo estoy en unión con ustedes” (14:20); “el que me ama será amado por mi Padre y yo lo amaré y me mostraré a él claramente” (14:21).

No obstante, a lo largo de lo expuesto en los últimos epígrafes ha quedado abierta una pregunta sumamente trascendente: ¿cómo es factible que Cristo, Espíritu divino emanado y expandido y vibración pura, encarne en una forma de vida física, en un ser humano, como ocurrió en el caso de Jesús?. Hasta ahora se ha explicado que el Espíritu se halla inmanente en toda persona (Espíritu Santo) y que en cada una, a su vez, está encarnada un alma, conformado ambos, Espíritu y alma, la dimensión espiritual del ser humano. ¿Qué significa entonces que sea Cristo, el Espíritu, el que encarna en una persona, concretamente en Jesús de Nazaret?.

Para dar respuesta a este interrogante conviene rememorar ese estado superior de la evolución vibracional de las almas denominado páginas atrás almas pluriconscienciales (simples y complejas). Como allí se subrayó, éstas se configuran por la fusión voluntaria de almas que han crecido consciencialmente y tienen entre sí coherencia vibracional, dando lugar a un nuevo campo energético de tipo pluriconsciencial que puede manifestarse consciencialmente (encarnarse) al unísono en distintas modalidades de vida pertenecientes a diferentes Dimensiones, teniendo, por tanto, capacidad para vivenciar a la vez diferentes experiencias conscienciales, todas las cuales son absorbidas por el mismo campo energético o alma pluriconsciencial.

Pues bien, aunque en un nivel incomparablemente mayor, Cristo, el Espíritu, tiene idéntica capacidad para manifestarse consciencialmente al unísono en distintas modalidades de vida pertenecientes a distintas Dimensiones. No en balde, recuérdese que, en su proceso de crecimiento, las almas pluriconscienciales estás llamadas a alcanzar el estadio de almas-Espíritu para volcarse energéticamente y vibracionalmente en Cristo, dejando de existir como tal. Y siendo cierto que en la unidad del Espíritu se produce la unificación absoluta de las almas que en él se integran, no lo es menos que el Espíritu absorbe y hace suyas la totalidad de las experiencias que las almas pluriconscienciales traen consigo como bagaje. Y es desde esta plurilaridad experiencial y consciencial en él unificada desde la que Cristo puede manifestarse consciencialmente al unísono en múltiples modalidades de vida pertenecientes a las diferentes Dimensiones.

Y esto fue lo que aconteció con Jesús de Nazaret. En él, como en cualquier ser humano, estuvo inmanente el Espíritu. Pero, además, el alma en él encarnada no fue un alma-personalidad uniconsciencial, ni la manifestación de una alma pluriconsciencial por compleja que fuera, sino directamente Cristo mismo, el Hijo de Dios. De este modo y como ya se adelantó, la dimensión espiritual de Jesús fue puramente crística: como toda persona, crístico fue su Espíritu; y a diferencia de los demás seres humanos, crística fue su alma. De ahí lo correcto y necesario de llamarlo Cristo-Jesús: Cristo en la persona de Jesús tanto en Espíritu como en alma.

Por supuesto, Jesús conoció los anhelos e inclinaciones derivados de su vertiente física (“las tentaciones de la carne”), pero los superó, consiguiendo que su dimensión espiritual puramente crística transformara o “glorificara” su naturaleza humana. De este modo, como expresa muy bien el pasaje evangélico de la “transfiguración”, su dimensión íntima de Hijo de Dios y Ser de Luz emergió por encima de su realidad material, hasta posibilitar, finalmente, su resurrección no sólo espiritual, sino también física.

Y todo esto… ¿para qué?, ¿por qué el Espíritu emanado y expandido del Ser Uno, el Hijo de Dios, Cristo mismo, se manifiesta consciencialmente en la Tercera Dimensión encarnándose a modo de alma en un ser humano?. Ha llegado el de abordar el llamado Plan Crístico.

64. El Plan Crístico

El Plan Crístico existe. Ha sido intuido por diversas escuelas espirituales e inspirativamente plasmado por diferentes seres humanos a lo largo de la historia. Y tiene su fundamento en lo expuesto páginas atrás cuando se señaló que, en la Creación, el Verbo no es emanación del Ser Uno, sino que surge asociado al Espíritu emanado y expandido. Como allí se reseño, esto conlleva una distinción entre aquello que el Ser Uno creó directamente –su Espíritu emanado, Cristo mismo- y lo que fue creado no de manera directa, sino por medio precisamente de Cristo.

Por tanto, a través de Cristo se genera la vibración finita (Verbo) asociada a la emanación y expansión del Espíritu. Y también las modalidades vibratorias a las que se han dado el apelativo de almas, pues éstas surgen de la convivencia vibracional entre el Espíritu y el Verbo que aquel ha generado.

Pero mientras el Verbo, por su naturaleza intrínseca, es vibración finita (sea cual sea su mayor o menor frecuencia, según el nivel de condensación que hayan alcanzado las innumerables modalidades en las que se plasma), las almas cuentan con una gradación vibracional que, oscilando entre la finita del Verbo y la infinita del Espíritu, tiene la “vocación” (potencial) de crecer consciencial y energéticamente (parábola del sembrador) para irse acercando a la vibración del Espíritu (almas uniconscienciales y pluriconscienciales) hasta, finalmente, alcanzar un nivel vibracional semejante al del Espíritu (alma-Espíritu), volcando en éste su energía vibracional y expandiendo la Creación.

Enunciado sin matizaciones, el Plan Crístico consiste en que lo anterior efectivamente acontezca. Es decir, que las almas gocen del referido proceso de evolución consciencial, propiciando que éste no sea alterado por cualquiera de las circunstancias que metafóricamente se exponen en la parábola del sembrador que Cristo-Jesús formula a sus discípulos: “Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; y como la tierra no era profunda, brotó enseguida, pero en cuanto salió el Sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que escuche” (Mateos, 13:1-9) (también Marcos, 4:1-9; Lucas, 8; 4-8; y en el apócrifo Evangelio de Tomás, 9).

Ante lo aparentemente críptico de estas palabras, los propios discípulos le piden a Cristo Jesús que las interprete. Y él lo hace (Mateo 13:18-23, Marcos, 4:14-20 y Lucas, 8:11-15), siendo su mensaje latente la necesidad de ser consciente del tipo de alma (tierra) con el que se está trabajando, pues mientras la uniconsciencial simple es tierra pedregosa o inconsistente, siendo el crecimiento lento y difícil, en la uniconsciencial compleja la semilla ha caído en tierra buena y dará grano, siendo ya la cantidad (treinta, sesenta, ciento) el camino de evolución vibracional que se abre a partir de este hecho: treinta, almas pluriconscienciales simples; sesenta, almas pluriconscienciales complejas; ciento, almas-Espíritu.

Cristo, ante todas y caca una de las almas, sin excepción, como creación suya que son, experimenta y asume consciencialmente un compromiso en el seno de la Unidad de la Creación debida al Padre. Y así se lo expone: “Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén comigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo” (Juan, 17.24). Cristo establece así el destino querido y planificado para todas las almas: crecer hasta que, como almas-Espíritu, estén con él alcanzando su nivel consciencial y vibracional.

Este es el Plan Crístico: el destino para las almas deseado por Cristo (por ende, por el Padre, pues Cristo no hace sino su Voluntad) por el que la Creación es Creadora y Creador y Creación y se Unifican. La tradición cristiana lo sintetiza figuradamente: el Espíritu (Hijo), por su presencia inmanente (Espíritu Santo) en la materialidad, habrá desarrollado el pacto de amor (sacrificio) que hace posible la resurrección de la materia (carne) mediante la elevación de la gradación energética del alma (surgida precisamente de la convivencia Espíritu/materia) hacia otros planos vibracionales (Cielo) cada vez más próximos a la calidad vibracional propia del Espíritu, que es también la pura e infinita de la Esencia divina (Padre).

En cualquier caso, Cristo y el Padre aguardan a todas las almas con los brazos abiertos, sin que haya prioridad alguna por una u otras en función de su recorrido consciencial más o menos prolongado o ajetreado y sin establecer diferenciación o preferencia dentro de la Energía Crística entre la emanada directamente del Padre y la conformada por el vuelco de en ella de la energía lograda en su evolución por las almas que adquiere la condición del almas-Espíritu. Otra parábola, la conocida como del hijo pródigo o del padre misericordioso (Lucas, 15:11-32) lo simboliza de forma bella y contundente.

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Continúa mañana domingo:

65. Dimensiones

66. Almas y Dimensiones

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