5/11/10

Contra soledad, Amor

En nuestro hablar cotidiano, muchas veces, simplificamos en exceso. Así, resulta habitual hablar de soledad y referirnos con ello a cualquiera de las tres acepciones del diccionario de la RAE: “Carencia voluntaria o involuntaria de compañía” o “lugar desierto o tierra no habitada” o “pesar o melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo”.

Sin embargo, deberíamos matizar muchísimo más. Deberíamos hablar de tres tipos distintos de soledad: la soledad deseada, la soledad devenida y la soledad inmanente.

SOLEDAD DESEADA

El hesicasta, con su antecedente en los primeros eremitas de los desiertos del Medio Oriente, busca, desea, la soledad física como medio propiciatorio del silencio, de la tranquilidad, de la hesiquia. Pero dicha soledad no es estrictamente necesaria. El silencio que busca el hesicasta es el de su mente, no el de su entorno. Los antiguos eremitas de los desiertos o de los montes han dado paso a los eremitas urbanos. Caminar por las concurridas calles de cualquiera de nuestras ciudades se puede hacer tan en silencio de mente como si permaneciéramos en la cumbre nevada de cualquier montaña o en la más profunda de las cavernas. El silencio de mente no depende de la vaciedad del entorno, aunque, en ciertos niveles de meditación sea conveniente y hasta necesario.

En última instancia, la soledad es un recurso sencillo y natural del hombre para encontrarse consigo mismo, paso fundamental en la toma de consciencia y, en definitiva, en la evolución personal y espiritual.

Esta soledad deseada siempre es posible: permanecer encerrado en casa, deambular por la selva virgen, hundirse en las arenas de un desierto, perderse en el horizonte infinito del océano o pasear por las estrellas, aislarnos de nuestros semejantes siempre es posible.

SOLEDAD DEVENIDA

Pero el hombre ordinario, el actual hombre separado de la Naturaleza y de sus orígenes divinos, no busca la soledad, sino que huye de ella. La teme. Miles, tal vez millones, de personas se sienten solas, incluso en las grandes ciudades y, si me apuráis un poco, en ellas con mayor motivo, se sienten solas. ¿Os habéis preguntado por qué?

Esta soledad, tan temida y, sin embargo, tan frecuente es un engaño del mundo en que vivimos. Este mundo nuestro está sometido a las leyes del ego. Bajo ellas el hombre aspira a perdurar, tanto él como su entorno, ese entorno que ha creado con su esfuerzo, ese entorno que es objeto de sus desvelos y que, equivocadamente, considera la razón de su existencia. Asentado en ese su pequeño mundo, levanta un muro para “defenderse” de posibles atacantes. Ha sido así desde tiempos inmemoriales. El hombre más primitivo no tenía más que su instinto y su cohesión de grupo para evitar los ataques de otras especies animales que no hicieron sino activar el mecanismo de egocentrismo en que ahora nos encontramos e intentamos deshacer. Posteriormente fue construyendo empalizadas, luego muros de piedra, luego les adosó fosos llenos de agua y ahora pone sistemas electrónicos de vigilancia y alarma. Todo para sentirse seguro. Pero estos dispositivos físicos tan aparentes tienen un paralelismo tremendo en el ámbito individual. Las bestias salvajes de antaño han dado paso a situaciones, hechos, más sutiles y eficaces para generar el deseo inconsciente de aislamiento y de defensa. Las crisis económicas, las guerras, el acoso fiscal, el fraude, el robo o el simple hurto, la traición interesada incluso en ámbitos muy próximos, hasta familiares, y un largo etcétera son presiones que agobian al ser humano y lo empujan al aislamiento, a la soledad devenida.

Podría argumentar, y no queda más remedio que hacerlo, que LA SOLEDAD ES IMPOSIBLE. En efecto, sentirse solo es negar la existencia de Dios, olvidar la Causa de los efectos, olvidar que la Causa es inmanente a los efectos en tanto es en ellos, olvidar que detrás de las nubes está el sol, olvidar que el Amor todo lo inunda, hasta el odio más intenso que no sería sin Aquél, y olvidar que la Verdad todo lo alumbra, hasta la más negra oscuridad. Sí, en efecto: sentirse solo es olvidar. No podemos olvidar que Dios es ubicuo, todo lo inunda con su Presencia, es el alma de toda existencia ¿cómo podríamos ocultarnos, aislarnos, de Él? Y, en consecuencia, ¿cómo vamos a estar solos si tenemos a Dios y en Él a todos nuestros hermanos?

Bien, lo hemos dicho más o menos bonito, pero y ¿qué hace aquél que se sienta solo? ¿Cómo lucha contra esa soledad que muerde el corazón y aviva el rencor contra lo que nos rodea? ¿Cómo?

Repasemos: la soledad es una trampa más de tantas que nos tiende el ego. El ego quiere prevalecer, sobrevivir, y para ello se presenta a sí mismo el entorno como algo enemigo, de lo cual ha de preservarse. Todo aquello que propicie esa supuesta enemistad favorece la sensación de soledad. La vida del hombre no es precisamente una balsa de aceite. Hay sobrados motivos para pensar que lo que nos rodea no es amistoso. Además la sociedad, o mejor la conciencia egocéntrica de la sociedad, también propicia la enemistad y con ella la soledad: esas noticias negativas a las que antes aludíamos sobre crímenes, guerras, conflictos laborales y sociales, conflictos de género y demás lindezas, siembran la desconfianza y nos hunden en el fango del miedo y con ello en la soledad. Es la misma mecánica que la de cualquier fobia. En este caso llegamos a tener fobia hacia nuestros semejantes.

Sin embargo, nada hay en esta vida que sea malo.

SOLEDAD INMANENTE

Pues sí, esa misma soledad devenida nos puede ayudar. Es nuestra última prueba. Luchar contra esa soledad devenida, hacerle frente con la convicción de que es un engaño, es superar la última prueba. Debemos aprovecharla para conocer nuestra esencia; para conocernos a nosotros mismos y, con ello, a los demás; para conocer nuestras debilidades y miserias, pero también nuestra grandeza; para descubrir que detrás de una fachada más o menos desagradable, detrás de un muro más o menos impenetrable hay una imagen de Dios, está la mano de Dios y, en definitiva, otro ser tan similar a nosotros mismos que es nosotros mismos. Soy consciente de que la frase anterior es difícil de entender; solo podemos intuirla y sentirla. Y, cuando la percibimos como una realidad, será muy difícil asumirla como algo natural y vivirla cotidianamente. Pero tenemos que agarrarnos a ella como a una tabla de salvación. Porque, cuando hayamos superado esta prueba final, descubriremos la última de las soledades, la SOLEDAD INMANENTE, LA SOLEDAD DE DIOS. Descubriremos entonces que Dios, nosotros mismos con Él en la Unidad, está solo. Habremos descubierto la soledad de la Unidad y, sentados en la poltrona de este mundo, tendremos aún más miedo que antes ante lo que nos parecerá la soledad irremediable.

EL AMOR, ANTIDOTO DE LA SOLEDAD

Pero ¿acaso alguna de las definiciones de soledad puede afectar a Dios? ¿Puede tener Dios carencia de algo? ¿Puede permitir Dios que haya soledad, o sea algún sitio donde no esté Él? ¿Cómo luchar entonces contra la soledad que parece asociada indisolublemente al Ser Uno, que Le afecta y nos afecta? Empleando el Amor. Y no podía ser de otra forma ya que la soledad es egoísta y contra el egoísmo solo cabe el Amor. El Amor es la herramienta, el salto en el vacío, que permite a Dios Ser Uno y no consumirse en el amor a sí mismo. Por ello nos creo como destinatarios de su Amor. Por ello somos eternos, porque somos con Él desde el principio. Y por ello nos veremos consustanciales con el Amor, nos disolveremos en Él y nos derramaremos sobre el Mundo.
¡Recordad: contra soledad, AMOR!

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Autor: Fr+ Fernando

3 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho; creo que has dado en el clavo.Muchas gracias.

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  2. Gracias, Peregrina y c.r.
    Efectivamente, Fernando ha dado en la diana y nos ha acercado a lo que en el brota de manera espontánea y limpia: Amor.
    Un abrazo

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