5/11/10

Amin Maalouf: luz de Oriente

"¿A quién pertenece el mundo? A ninguna raza en particular, a ninguna nación en particular. Pertenece, más que en otros momentos de la Historia, a todos los que quieren hacerse un sitio en él".

Incómodo siempre, escéptico respecto al futuro y lúcido como sólo puede serlo quien ha sentido el desarraigo de pertenecer a dos culturas enfrentadas, Amin Maalouf lleva dentro de sí a un ciudadano del nuevo mundo, ese que habrá de forjarse en el respeto a cualquier raza, la tolerancia ante las diferencias y el amor hacia todo ser humano.

Cualidades como éstas son, precisamente, las que le han valido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010, que viene a reconocer su inagotable defensa de "la reconciliación" frente a "la desesperanza, la resignación o el victimismo", y que ensalza el valor de una obra, tanto por su importancia como por su coraje, que tiende un "puente que ahonda en las raíces comunes de los pueblos y las culturas".

Con su certero análisis de la sociedad actual, más interesada en equilibrar balances financieros que injusticias sociales, Maalouf le saca los colores a Oriente y a Occidente, a los que conoce muy bien. Con el corazón a caballo de las dos orillas de un Mediterráneo que ha sido demasiadas veces campo de batalla, Maalouf es la voz que clama en el desierto por la coexistencia religiosa y cultural de todos quienes viven en torno a ese mismo mar.

Nacido en Beirut (Líbano) en 1949, Amin Maalouf parece condenado a vivir en una dualidad constante. La familia de su madre era de tradición francesa y católica, mientras que la ascendencia paterna era inglesa y protestante. Creció como católico en un país mayoritariamente musulmán, y en su propio hogar se reproducía la dualidad entre el mundo rural y urbano que existe de un modo muy marcado en el Líbano.

Como él mismo ha explicado alguna vez, a lo largo de su infancia y juventud pasaba los nueve meses de invierno en la costa de Beirut, y sólo dos o tres, en verano, en Machrah, el pueblo en las montañas donde aún vivían sus familiares paternos. "Sin embargo, siempre sentí un profundo sentido de pertenencia y un fuerte apego hacia aquel pueblo, mientras que nunca experimenté nada parecido hacia Beirut. Cuando estaba en la ciudad, siempre me sentía como quien ha dejado su corazón en otra parte".

Su abuela paterna, por la que sintió devoción hasta su muerte, a los 91 años, era hija de un predicador presbiteriano, hijo, a su vez, de un sacerdote católico. "La primera condición que mi madre puso para casarse con mi padre fue que sus hijos fueran educados en la escuela católica, y mi padre lo aceptó porque en aquella época no se sentía ni católico ni protestante, sino sólo enamorado".

No sólo lo han perseguido las dualidades, también las luchas fratricidas. Siendo un bebé, sus padres se trasladaron a vivir a El Cairo. La familia de su madre, originaria de Turquía, había escapado ya de las masacres que sufrió ese país en 1915, pero la calma duró poco. En 1952 triunfó la revolución de Nasser en Egipto y las propiedades de la familia fueron nacionalizadas. "No recuerdo más que frustración –ha relatado—, los disturbios, mortales y destructivos, de inspiración nacionalista y xenófoba, que hicieron comprender a mi familia materna, que, aunque hasta entonces se había sentido egipcia, sería extranjera para siempre". Pero tras el obligado regreso al Líbano, volverá a ser testigo, en 1976, de una nueva guerra civil que lo arrastrará otra vez al exilio, esta vez, a París. Y, "aunque el dolor se olvide, la herida siempre está ahí", una herida que determinó su transición a la escritura, porque "la tinta, como la sangre, mana forzosamente de una herida".

De este exilio constante, de un desarraigo que no le da tregua ha obtenido lo mejor de su escritura. Su obra bebe de ese sentimiento adquirido desde la infancia de ser "irremediablemente, un extranjero donde quiera que esté". Y de su lucha porque nadie tenga que sentirse como él han nacido sus libros, un canto a la convivencia entre culturas y a un futuro conciliador que no sólo es posible, sino que debe ser irrenunciable.

De su padre, fundador de dos diarios en el floreciente Líbano previo a la contienda civil, heredó su pasión por el periodismo, aunque en la Universidad francesa de Beirut estudiara Economía y Sociología. Sus primeros pasos profesionales fueron en el diario libanés An-Nahar, para el que viajó como corresponsal a diversos países en conflicto como Etiopía y Vietnam. Tras instalarse en París comenzó a trabajar como redactor jefe en Jeune Afrique y en poco tiempo salió a la calle su primer libro, Las cruzadas vistas por los árabes, que ya reunía las principales características que serán una constante en su obra: la indagación y el análisis de la historia, las religiones, las culturas y las identidades de esos dos mundos a los que pertenece, sin pertenecer del todo a ninguno de ellos.

Sus personajes, troquelados siempre sobre ese fresco histórico que enmarca la mayoría de sus obras, refrendan su creencia de que las relaciones humanas son más importantes que los vínculos históricos. "Los seres humanos no son propiedad de sus comunidades, sus naciones, sus clanes, ni siquiera sus familias –ha dicho--. Todo ser humano, mujer u hombre, debe ser capaz de disponer libremente de su vida. Un principio ético que trasciende todas las leyes religiosas o estatales".

Y emboscada tras esta hermosa utopía en la que cree Amin Maalouf surge, de pronto, la herida de un autor que se ha pasado la mitad de su vida en un exilio permanente: "Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía".

Maalouf y España

En su ensayo 'Las identidades asesinas', Amin Maalouf carga contra la locura que incita a los hombres a matarse entre sí en el nombre de una etnia, lengua o religión, en lugar de apostar por la integración y el mestizaje, elementos que considera fundamentales para lograr un futuro diferente y tolerante.

Su propia vida ha sido la prueba de que esa mezcla es posible, ya que nunca ha renunciado a ninguna de las partes que forman ese gran crisol cultural en el que ha crecido, a caballo entre dos países, entre dos o tres lenguas y entre varias tradiciones culturales. Y como paradigma de esa bella utopía, Maalouf recuerda aquella España en la que convivieron cristianos, musulmanes y judíos. "La civilización construida en la 'España de las tres religiones' siempre tendrá un lugar especial en la historia del mundo", ha dicho.

Precisamente esa España de la tolerancia es el trasfondo de su primera novela y la que le dio a conocer internacionalmente, 'León el Africano', donde un árabe-español nacido en Granada en el siglo XV vive una aventura extraordinaria, uniendo en su experiencia Oriente y Occidente, el mundo cristiano y el islam.

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Fuente: La Voz de Asturias (http://www.lavozdeasturias.es)

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También sobre Amin Maalouf, ver la entrada del Blog publicada con fecha 2 de octubre de 2009, titulada El desajuste del mundo, un ensayo de Amin Maalouf:

http://emiliocarrillobenito.blogspot.com/2009/10/el-desajuste-del-mundo-un-ensayo-de.html

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