Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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21/10/10

Compasión y capacidad de amar

La compasión constituye el “corazón” del mensaje de Jesús; la indiferencia, la actitud más denunciada en el evangelio. Jesús es presentado a lo largo del evangelio como “el que ve”. Incluso en el célebre pasaje de los de leprosos que le hablan, el narrador no dice que Jesús los “escucha”, sino que “los ve”. Ir por la vida con los “ojos abiertos” –ésa es la genuina espiritualidad cristiana-, para captar la necesidad de quien nos rodea –eso es lo que define a Jesús-, denota un corazón sensible y compasivo; es lo opuesto a la indiferencia –“ojos que no ven, corazón que no siente”- que nos encierra y aísla. Pero la compasión no la vive quien quiere, sino quien puede. Porque requiere dos condiciones: una sensibilidad limpia (vibrante, capaz de sentir) y un afecto liberado (o capacidad de amar en gratuidad). Me gustaría detenerme en esta segunda condición.

La capacidad de amar se libera en el niño en la medida en que recibe respuesta su necesidad de ser amado, porque el amor humano es reactivo. Esto significa que, para crecer en capacidad de amar, necesitamos aprender a sentir amor hacia nosotros mismos; y para poder vivir la compasión hacia los demás, necesitamos vivirla hacia nosotros, sobre todo en aquellos aspectos nuestros más frágiles, débiles, “negativos” o vulnerables (nuestra “lepra”, por recurrir al tema del relato).

Cualquier malestar emocional que pueda sorprendernos encierra, en sí mismo, de entrada, un doble mensaje: ámate a ti mismo tal como estás y ven al presente. Y, en efecto, si somos capaces de acogernos y amarnos humilde y bondadosamente y, al mismo tiempo, venimos al momento presente, el malestar desaparecerá, dando lugar a una actitud profundamente positiva hacia nosotros mismos y hacia todos los seres.

Sin ninguna duda –el que lo ha experimentado, lo sabe bien-, el Amor es siempre liberación de Vida. Es su efecto primero. Y esto vale también para el amor a uno mismo.

Se trata, por tanto, de cuidar un sentimiento de acogida hacia sí mismo. En la medida en que conectamos con él –en tanto en cuanto somos capaces de sentir amor hacia nosotros mismos-, notaremos que “empezamos a vivir”. Y, con la Vida, todo se va colocando en su lugar: vuelve la esperanza, la serenidad, la lucidez, la alegría, el gusto por vivir y compartir…

Este “ejercicio” de amor o compasión hacia uno mismo no sólo no tiene nada de narcisista, sino que, a la inversa, posee la virtualidad de liberarnos del narcisismo. En ausencia de amor limpio hacia uno mismo, lo que aparece es la egocentración: el ego, que no se siente amado, tiene necesidad de sentirse el centro del universo y magnifica sus problemas… Únicamente le interesa él mismo, por lo que busca “imponer” sus pretensiones.

El amor a sí mismo, por el contrario, nos desegocentra. Y, de ese modo, se produce el “milagro”: la confusión generalizada se empieza a ver iluminada; el victimismo y la queja se transforman en objetividad; el aferrarse a la “solución” pretendida por el ego se transmuta en libertad interior; la apatía se convierte en creatividad y el aislamiento en interés, comprensión y cercanía a los otros…

Cuando la persona hace la experiencia de “pasar” de una situación de hundimiento, confusión o apatía, a otra de aceptación, gratitud y vitalidad, descubre, sorprendida y maravillada, los efectos reales del Amor en la medida en que lo sentimos y nos dejamos estar en él. Descubre entonces que la “sanación” no viene de que la situación se modifique, sino de que la propia persona se sitúe de un modo distinto, en un “lugar” adecuado. Y ese situarse es posible gracias al amor y la acogida de sí mismo. Lo que la persona ha vivido, en ese proceso, es la compasión hacia sí misma. El resultado es el milagro del Amor.

Pues bien, ésa es la compasión en la que necesitamos ejercitarnos, si queremos que nuestros ojos estén abiertos para ver la necesidad de los otros, y nuestro corazón sea capaz de vibrar, ponerse en su lugar y conmoverse eficazmente por ellos.

Volviendo al pasaje de la curación de los leprosos, en el relato evangélico se dice que la misma se opera a partir de la compasión de Jesús, que había sido reclamada por los aquellos. Tal como ordenaba la ley (Libro del Levítico 13,1-3; 14,3-4), los envía a los sacerdotes para que, certificando su curación, se les permita integrarse en la sociedad con todos los derechos.

Pero, tras la curación, ocurre algo insólito: sólo uno vuelve a expresar la gratitud. Y el narrador tiene cuidado en señalar que era samaritano, es decir, un hereje renegado, a los ojos de la autoridad religiosa judía.

Gratitud y compasión corren paralelas. Quien ha hecho experiencia de la compasión, no podrá no ser agradecido, porque ha quedado admirado del cambio que se ha operado en él.

La gratitud, por otro lado, es, junto con el Amor, uno de los sentimientos más “terapéuticos” o sanadores. Recuerdo, a este propósito, un cuento antiguo.

En una ocasión, el demonio organizó una exposición con todas las herramientas que usaba para engañar y dañar a los humanos. Al enterarse, un ermitaño se acercó al lugar y, entrando en el recinto, observó que había una pared inmensa dedicada a un solo objeto. Al aproximarse, vio un cartel en el que podía leerse: “DESALIENTO”. Sorprendido, se dirigió al demonio para preguntarle si realmente esa herramienta era tan peligrosa. Este le contestó que era así: “Si consigues que una persona se desaliente o desanime, la llevarás donde tú quieras”. Intrigado y preocupado, cuando el ermitaño volvió a preguntar por el remedio que podía contrarrestarla, el demonio le respondió: “El único remedio es la gratitud. Una persona agradecida jamás se desalentará”.

El desaliento es característico del ego que ve frustrados sus proyectos. Totalmente egocentrado, el yo se rebelará contra todo aquello que él etiquete como “negativo” o “frustrante”.

La actitud sabia, sin embargo, empieza por la gratitud: de entrada, dar gracias por todo lo que es. Como dice Eckhart Tolle, “lo que es” no es sino la forma que, aquí y ahora, adopta el Presente. No sólo no tiene ningún sentido ir contra el presente, sino que una tal actitud termina encerrando en la prisión del ego y hundiendo en la impotencia más desesperante.

De lo que se trata es, justamente, de lo contrario. Una vez reconocido que no soy el ego que puede sentirse frustrado, sino el Espacio, la Presencia o la Conciencia ilimitada, la reconciliación con el presente se produce sola. Lo que es, es lo que ahora tiene que ser: no cabe sino la aceptación liberadora y la gratitud incondicional, la rendición agradecida al presente.

Lo cual no significa justificar la pasividad o la indiferencia. No; después de la aceptación, brotará de un modo sabio y ajustado lo que “tenga que hacerse” en una situación determinada. Pero lo que se haga no nacerá del yo, con todas sus secuelas egóticas, sino de la Presencia sabia y amorosa.

En síntesis, el reiterado relato parece que invita a identificarnos, tanto con Jesús compasivo como con los leprosos marginados. La parte de Jesús que hay en nosotros es la que tiene que “hacerse cargo” de nuestra propia “lepra”, para experimentar el milagro de la Vida, expresarlo en Gratitud por todo lo que es, y vivirlo como Bondad y Compasión hacia todos los seres.

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Autor: Enrique Martínez Lozano

Fuente: www.enriquemartinezlozano.com

Enviado por Concha Redondo

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