Te extraño. El dolor confunde, nubla,
distorsiona. Busco, escucho, siento el frío de las lágrimas. Recuerdos, solo
eso ahora. ¿Hasta cuándo será? ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué hacer? Preguntas. Respuestas. Señales.
El péndulo se agita, no puedo evitarlo, el equilibrio se rompe y el torbellino
se hace presente. Me sacude, el corazón se agita, el cuerpo responde y las
emociones toman el timón. Elijo no resistirme y siento. Río, lloro, tristeza,
rabia y frustración. Respiro, espero. Paciencia. Encuentro tus ojos cerrando
los míos, tu sonrisa brilla como siempre, tu pelo rizado, decorado con un halo
de luz. ¡Aquí estás, no te perdí! Puedo tocar tu rostro, oler tu perfume,
escuchar tu voz, saborear tus labios y caminar de tu mano. Pienso qué locura,
qué ilusión, ¡una fantasía!… y vuelvo… y te vas. Descubro el juego y sonrío.
Por un momento llega la claridad anhelada y la comprensión se manifiesta. La
ansiedad también crece y te quiero de vuelta conmigo, a mi manera, con mis
reglas, a mi tiempo. Me vuelvo a reír, esta vez observando a mi ego con sus tonterías.
Aprendizaje, para eso estamos. ¿Dónde estás compañera y maestra? Respiro,
cierro los ojos y te veo. Quiero que perdure para siempre, quedarme ahí, sin
dolor, sin vacío, sin tiempo… Te adelantaste. Los tiempos del Padre, los
motivos de tu alma. ¿Cuál es la lección? ¿Mi parte en todo esto? Quizás sin
mente, quizás sin razón, seguro sin explicación. Respiro, cierro los ojos y te
veo. Entonces la calma regresa, las formas no limitan, los mensajes son claros,
están en todas partes. Una canción, un colibrí, un aroma, una flor… La tormenta
amaina y vuelvo a la Paz, consciente de quién Soy, consciente de qué Soy, de
qué Somos. Gracias por reflejármelo una vez más. Allá voy, acá estoy y tú
conmigo… para siempre. Porque respiro, cierro los ojos y te veo.
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Autor: Diego Alcalde (alcalde.diego@hotmail.com)
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