5/5/10

Arpas Eternas: Gólgota (1/2)

Arpas Eternas se encuentra entre los llamados “Libros Revelados”. Y es uno de los más importantes de los últimos tiempos. Fue editado 20 años antes de lo publicado sobre los Manuscritos de Qumram y el contenido de ambos es, en lo esencial, coincidente, aunque Arpas Eternas es más rico en detalles y datos. De su amplio contenido, Pepe Navajas, editor de Ituci Siglo XXI y amigo del Blog, ha seleccionado una serie de pasajes que todos los miércoles pone a nuestra disposición.

1. Profecía del Maestro Jesús referida a estos tiempos (ver entrada publicada el pasado 19 de febrero)

2. Encuentro entre Jesús y Juan el Bautista siendo niños (24 de febrero)

3. Jesús y Juan el Bautista, siendo niños, oran en un templo esenio (3 de marzo)

4. Profecía de Jesús a Vercia, la druidesa gala (10 de marzo)

5. La inquietud compartida entre Vercia, Nebai y Mágdalo (24 de marzo)

6. Muerte de Juan el Bautista y lectura de su testamento (31 de marzo)

7. El prendimiento de Jesús (1/2) (7 de abril)

8. El prendimiento de Jesús (2/2) (14 de abril)

9. Jhasua ante sus jueces (1/2) (21 de abril)

10. Jhasua ante sus jueces (2/2) (28 de abril)

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11. Gólgota (1/2)

Los cuatro doctores amigos de Jhasua habían dado aviso de lo ocurrido: al palacio de Ithamar; a la austera casona de Henadad, hospedaje de todos los discípulos galileos; a la casa de Lía, donde se hospedaban los amigos de Betlehem; al local de la Santa Alianza; a la granja de Bethania; a los príncipes Jesuá y Sallum de Lohes, que con Judá y Simónides habían trabajado tanto por la gloria de Israel con un Rey de la raza de David. Faqui entró como un huracán en busca de Judá.

-¿Pero tú has permitido esto?-, le dijo sacudiéndole fuertemente de los brazos. Judá pálido, pero sereno, le señaló al Maestro sentado sobre el estrado que le había servido de lecho. Faqui se precipitó hacia él y cayó de rodillas a sus pies llorando como un niño.

-¡Jhasua!... ¡Tú eres el Hijo de Dios y has consentido esto!... ¡Cielos!... ¿No ves que la tierra va a hundirse con este espantoso crimen? Tú, que has salvado a tantos de la muerte, ¿no quieres salvarte a ti mismo?

El Maestro le puso una mano sobre la cabeza que se agitaba en su regazo como un pájaro herido, mientras le decía:

-¡Faqui!... porque me has amado mucho, mi Padre te deja compartir conmigo la inmensa dicha de mi entrada en su Reino. ¡Morir para conquistar por siempre la corona de Hijo de Dios, no es morir amigo mío, sino empezar a vivir la gloriosa vida del vencedor después de la victoria!

Faqui levantó su cabeza para mirar a Jhasua, cuya forma de expresión le resonaba de un modo extraño. Debido a su facultad clarividente, le vio entre un dorado resplandor donde se agitaban cien manos con palmas, coronas y laúdes, de los cuales parecía salir como el eco de una canción lejana, estas sublimes palabras: "¡Morir por un ideal de liberación humana es la suprema consa gración del amor!"

Judá se acercó a Faqui para decirle:

-Como yo soy un Centurión romano, tú dejas de ser un príncipe tuareghs. Corre y vístete como labriego o leñador, y espera en la fuente de la calle de Joppe, que por allí pasaremos.

-¿Qué piensas hacer?-, preguntó Faqui.

-Yo, nada, pero debemos estar alerta hasta el último momento. ¡Mi esperanza vive, Faqui, y siento que es inmortal como Dios!

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Los tres patíbulos no eran iguales. Dos de ellos eran de madera verde recientemente cortada, y el otro de madera seca que acaso desde tiempo atrás esperaba el reo que había de morir en él. No sé si por una piedad pobre y tardía, pero sobre éste aparecía una pequeña tabla con esta inscripción: “Rey de los judíos”, lo que indicaba estar destinado al Profeta. Era el menos pesado de los tres, pero así y todo, Judá no le dejó poner sobre los hombros de Jhasua, hasta que hubieron bajado el graderío del pretorio y estuvieron en la calle. Hubiera mandado llevarlo por los sayones, pero el Maestro adivinó su pensamiento y levantó sus brazos para colocarla él mismo sobre su espalda. Apenas habían andado unos doscientos pasos, cuando comenzó de verdad para el augusto Mártir la calle de la amargura.

Fue Verónica, esposa de Rubén de Engedí, la primera en llegar, seguida de sus hijos e hijas que trataban en vano de contenerla. Aquella mujer exhalando al viento su llorar que rompía el alma, se abrió paso entre la turba maldiciente que rodeaba al Justo como una manada de lobos.

Judá, desde lo alto de su caballo la vio y dio orden de abrirle paso. Llegó hasta el Mártir que comenzaba a doblarse bajo el peso del madero y, arrancándose el blanco velo de lino que cubría su cabeza, secó el abundante sudor que el calor del sol y la fatiga hacía brotar en aquella pálida faz, donde brillaban con extraño fulgor los ojos divinos del Cristo como estrellas lejanas al anochecer. ¡Aquella faz de nácar quedó grabada en el velo!.

Judá lo vio y su corazón se estremeció de fervoroso entusiasmo, pues pensó para sí mismo: "Ahora comienzan las maravillas de la hora final".

En ese preciso momento llegaban también Susana y Ana, esposas de José de Arimathea y Nicodemus. Noemí, Thirza, Nebai, Helena de Adiabenes, la anciana Lía, llevada en silla de manos por los amigos de Betlehem; al igual que Bethsabé conducida por sus hijos Jacobo y Bartolomé, que creían estar viviendo una horrible pesadilla.

-¿Por qué habéis venido, para agotar mis fuerzas antes de la hora?-, les dijo con su voz más tierna. -No lloréis por mí, sino por vosotras, por vuestros hijos y por el pueblo fiel que recibió la palabra divina y que sufriréis los horrores que vendrán por causa de este día. ¡No lloréis!... Que antes de que el Sol traspase las colinas, yo es taré en mi Reino, para repetiros una y mil veces:El Hijo de Dios os bendice".

Nebai se perdía en suposiciones y conjeturas. ¿Cómo y por qué mandaba Judá la guardia ese día? ¿Sería para salvar a Jhasua a última hora?... ¡Oh sí!, ¡no había duda!... ¡Judá no le dejaría morir! ¡Y con la más viva ansiedad pintada en el rostro, continuaba andando!... A la vuelta de un recodo de la calle y cuando ya estaban cercada la puerta de Joppe, apareció frente a la comitiva, un fornido labriego, alto, esbelto, casi como un gigante. Traía el azadón al hombro y se apoyaba en un bastón de encina. Era Faqui, disfrazado, tal como indicara Judá (Hach ben Faqui, amigo y discípulo del Maestro, dispuesto el día anterior a entrar en Jerusalen con 10.000 soldados y proclamar Rey de Israel a Jesús, siguió participando ese día con otro nombre, Simón de Cirene). Thirza que le vio, iba a llamarlo por su nombre para cerciorarse de que era él, pues su extraña indumentaria hacía dudar a cualquiera. Judá se apresuró a decirle:

-Buen hombre, si quieres ganarte unos sextercios, deja el azadón y ven a cargar el madero de este penado, que no puede andar con su peso.

-Simón de Cirene, para servirte Centurión-, le contestó el labriego.

Algunos de los jueces levantaron su voz de protesta.

-¡He dicho que aquí mando yo!-, volvió a gritar con voz de trueno el hijo de Quintus Arrius ¿Qué pasaría por el alma nobilísima y tierna del Ungido cuando el Hach-ben Faqui, su amigo, le tomó la cruz y la cargó sobre su espalda?

Los ojos del Mártir se llenaron de lágrimas y de su corazón de Hijo de Dios, subió a los cielos este divino pensamiento: "Te adoro y te bendigo Padre mío, porque han florecido mis rosas de amor sembradas en la tierra". (…)

Los últimos en conocer la triste noticia fueron los discípulos venidos de la lejana Galilea. (…) Allí estaba Felipe el griego, como le llamaban debido a su temperamento vivo y ardiente, que fue uno de los primeros en reaccionar y dijo resueltamente:

-En vez de estar aquí discutiendo lo que será o no será, corramos todos al pretorio de la Torre y veremos por nuestros ojos lo que ocurre.

Más tardaron en oír estas palabras que en salir corriendo en revuelto montón, hombres, mujeres y niños... A los pocos pasos andados en la calle, se encontraron con Boanerges que venía sin aliento corriendo a todo lo que daban sus pies:

-¡Le llevan ya por la calle de Joppe al Monte de las Calaveras!...

-¡Dios bendito!... ¡Allí mueren los criminales ajusticiados!-, gritó la anciana Salomé, que apoyada en su marido andaba lentamente.

A Myriam, que se empeñó en acudir cerca de su hijo aunque fuera para verlo morir, la conducían el tío Jaime y Pedro que iban detrás de todos. Juan, Boanerges, María de Mágdalo y sus compañeras, Felipe con el huérfano Policarpo, los hijos de Ana y Gabes, Marcos y Ana de Nazareth, todos jóvenes, tomaron la delantera y corrían agrupados como bandadas de pájaros asustados por la proximidad de la tormenta. Los más ancianos, atrás, esquivando los tropiezos para no caer... lamentando sin duda la pesadez de sus miembros que les impedía la ca rrera, seguían a los otros con la agitación y la ansiedad pintada en el rostro.

Viendo estos cuadros vivos, el Divino Maestro hubiera repetido su genial pensamiento: "¡Padre mío!... te adoro y te bendigo porque han florecido mis rosas de amor sembradas en la tierra".

Juan, María y Boanerges adelantaron por fin al grupo, y pasaron como una exhalación por la puerta de Joppe entre una nube de polvo que levantaban sus pies.

Una atmósfera asfixiante y pesada caía como plomo sobre su fatiga, y densos nubarrones negros iban cubriendo la opalina claridad de los cielos. Multitudes de gentes, a las que llegaba tardía la noticia de quién era uno de los ajusticiados aquella tarde, asomaba de todas las encrucijadas de las callos y llegaba por todos los caminos.

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