Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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4/10/21

Tiempo y eternidad (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 40)


 El espacio-tiempo es el modelo matemático que combina el espacio y el tiempo en un único continuo como dos conceptos inseparablemente relacionados. En este continuo espacio-temporal se representan todos los sucesos físicos del Universo, de acuerdo con la teoría de la relatividad y demás teorías físicas. El Espacio-tiempo es la manifestación de la Física. La Eternidad es la manifestación de la Espiritualidad.

Esto es muy importante entenderlo, o al menos admitirlo, para no caer en ingenuas literalidades por las que la vida eterna se nos antoja aburridísima, aunque estemos en el cielo tocando cánticos inspirados en presencia de Dios por los siglos de los siglos amén; o en el infierno, tratando de quitarnos las ascuas del fuego de nuestros harapos, también por los siglos de los siglos, amén. Igual que ahora cometemos el error de juzgar los hechos pasados con los criterios de moralidad y ética actuales, el perverso “presentismo histórico”, es también un error de primero de EGB juzgar la eternidad desde el corsé espacio-temporal actual, el llamémosle, “presentismo eterno”, juzgar la eternidad como una sucesión infinita de horas, días y años sin límite.

Pro-videncia

El Universo es una perpetua sucesión de acontecimientos, pero su base, según la Filosofía Perenne, es el ahora sin tiempo del Espíritu divino. Puede hallarse una exposición clásica de la relación entre tiempo y eternidad en los últimos capítulos de la "Consolación de la Filosofía", donde Boecio resume los conceptos de sus predecesores, especialmente de Plotino. Recordemos la alegoría que los griegos tenían del Tiempo, como el dios Κρόνος, (Saturno para los romanos), devorador de la realidad, magistralmente plasmado por Goya en el cuadro “Saturno devora a su hijo”.

Dios comprende en su simplicidad lo infinito del pasado y lo infinito de lo por venir en un solo instante, el momento presente. De modo que la precognición de Dios no se basa en que sepa adivinar o conozca el futuro, sino que toda la vida, toda la existencia en Dios “es” en un instante, el presente.

El mundo manifestado es origen en la estabilidad de la mente de Dios. Y al ser para Dios toda la vida en un instante, el devenir que sentimos y experimentamos, se llama Providencia, de los términos latinos pro videntia que literalmente se traduce como "mirar por". La Providencia es la misma razón divina, es la lógica de Dios, pero referida a las cosas que suceden se llama “Hado”, esa fuerza desconocida que, según algunos, obra irresistiblemente sobre los dioses, los hombres y los sucesos. El Hado es una disposición inherente a las cosas variables, por la cual la Providencia conecta todas las cosas en su debido orden.

En la filosofía no ha sido unánime la idea de un eterno presente. Según sus detractores, el tiempo y el cambio son fundamentales. Así, el principio de indeterminación de Heisenberg está servido. Ni siquiera Dios puede conocer el futuro.

Sin embargo, mediante experimentación física y psíquica, se ha demostrado que determinadas personas tienen el don de la precognición. Si una conciencia finita puede ver el devenir, véase Nostradamus, no hay duda de que nada es imposible en la conciencia infinita.

Los seres humanos vivimos en el “presente”, algo más que una sección de transición del conocido pasado al desconocido futuro en el instante que llamamos “ahora”.

Existe otra objeción que es la de que supuestamente es imposible que coexistan dos órdenes, el temporal y el intemporal y que una substancia cambiante se una a otra no cambiante. Esto tendría sentido si se trataran ambas de sustancias materiales y espaciales. Pero para la Filosofía perenne, el eterno es una consciencia, la base Divina es espíritu, Brahm es conocimiento. El mundo temporal es conocido por la Consciencia, y con ello constituyen una misma esencia.

Por último están los que niegan que seres finitos puedan conocer la eterna Base. Esto es cierto si se admitiera que el hombre es sólo mente. La mente sólo puede imaginar fantasías, pero no realidades; ni siquiera las materiales, de las que sólo podemos elaborar modelos limitados de la “realidad física”. Pero aceptando la doble naturaleza del ser humano, cuerpo-mente y espíritu, entonces, sí es posible vivir la divina unión, y por tanto la afirmación de nuestra capacidad de conocer la divina Base es totalmente sensata. El cuerpo-mente (Marta) es siempre temporal. El espíritu (María) es siempre eterno. El problema es que la mente del ser humano no está siempre identificada con su espíritu.

La transitoria temporalidad

Ora soy eterno, ora soy en el tiempo”. Este es un aserto que refleja nuestra transitoria temporalidad. Es la psique la que siente este vaivén, desde la temporalidad de su estar aquí en el mundo físico de la vida cotidiana y la trascendencia que experimenta cuando pasa del tiempo a la eternidad al identificarse con su espíritu.

Es lo que intenta explicar Eckhart Tole en su libro “El poder del ahora”. Vivimos un eterno presente en cualquier caso, la diferencia está en vivirlo consciente o inconscientemente. Se vive conscientemente cuando conscientemente nos identificamos con nuestro espíritu, que vive en el plano espiritual, en íntimo contacto y fusión con la Divina Base. Cuando perdemos esa consciencia, volvemos al incierto devenir de nuestra “realidad física”; perdemos el contacto con nuestra divina realidad.

Jalal-uddin Rumi, máxima expresión del sufismo islámico, afirma que "El sufí es hijo del presente." El progreso espiritual es un avance en espiral. Partimos como niños, en la eternidad animal de la vida en el momento, sin ansiedad por el futuro ni pesar por el pasado; crecemos hasta la condición específicamente humana de los que miran adelante y atrás, de los que viven en gran parte, no en el presente, sino en recuerdo y espera, no espontáneamente, sino con norma y prudencia, con arrepentimiento, temor y esperanza; y podemos continuar, si lo deseamos, subiendo y avanzando, en magnífica vuelta, hasta un punto correspondiente a nuestro punto de partida en la animalidad, pero inconmensurablemente más alto.

El budismo mahayánico percibe que la existencia del hombre es debida a la memoria que ha sido acumulada desde el pasado sin comienzo, pero interpretada erróneamente. Esta memoria genera malos hábitos, orientados fundamentalmente a la creencia de la multiplicidad, y que ella es la única realidad, y que la idea de “yo”, “mí” y “mío” es la verdad auténtica. El Nirvana consiste en descubrir el error de esta memoria y ver la morada de la realidad tal y como es, y no una realidad “quoad nos”, como nos parece.

Quitarnos la venda de los ojos es imposible mientras exista un “nos” para el que la realidad es relativa. De ahí la necesidad absoluta de la mortificación, reclamada por cualquier expositor de la Filosofía perenne. Pero la mortificación no consiste en el ayuno y la abstinencia o en fustigarse con el látigo la espalda o herirse en las piernas con silicios. La auténtica mortificación es lo que hace de nuestra conciencia nuestra memoria personal y nuestras hábito-energías heredadas.

Morir antes de morir, para comprobar que la muerte no existe” (Eckhart Tole).

Se trata de una severa reacción en las honduras mismas de la conciencia. Con ello se destruyen las hábito-energías de la memoria, y con ello la creencia de tener un ser separado de la Divina Base. La realidad ya no es percibida “quoad nos”, simplemente porque no hay un “nos” que la perciba. Esto es, como dice el místico inglés William Blake,

Si las puertas de la percepción fuesen limpiadas, todo se vería como es, infinito.”

Por aquellos que son puros de corazón y pobres de espíritu, Samsara y Nirvana, apariencia y esencia, tiempo y eternidad, son experimentados como uno y lo mismo. El tiempo es lo que impide que la luz nos alcance.

Para Meister Eckhart, no hay mayor obstáculo para llegar a Dios que el tiempo. Y no sólo el tiempo, sino las temporalidades; no sólo los afectos temporales, sino la mácula y el olor mismos del tiempo: Tres cosas privan al hombre de conocer a Dios. La primera es el tiempo, la segunda es la corporalidad, la tercera es la multiplicidad. Para que Dios pueda entrar, estas cosas deben salir.

Dios en el Tiempo

Las religiones, queriendo o sin querer, han dado siempre una imagen de Dios como un potentado que hay que aplacar con sacrificios, no el Espíritu que hay que adorar en espíritu. Esto es lógico, si lo que tenemos de Dios es una imagen concebida desde nuestra temporalidad, un Dios que destruye tan rápidamente como crea. Así que desde la temporalidad no hay nada que hacer para que el hombre comprenda la conducta de Dios. Así, Dios se manifiesta a Job como el irresistible ser con los emblemas de Behemont y Leviatán. También así lo describe el Bhagavad Gita.

Así, tanto en Oriente como en Occidente el hombre tiende a acercarse temblorosamente a Dios con la expresión llena de temor “ten misericordia de nosotros”.

Para el Antiguo Testamento, Dios vive en el tiempo y reacciona humanamente a los acontecimientos temporales. Pero el Dios que viene tan terriblemente como Tiempo también existe sin tiempo como la Divinidad, beatitud, dentro y más allá de la psique del hombre, torturada por el tiempo, por Kronos.

Según Huxley, la Filosofía Perenne, justifica la conducta de Dios hacia el hombre afirmando —y la afirmación se basa en la observación y la experiencia inmediata— que el hombre puede, si lo desea, morir para su separado yo personal y así llegar a la unión con el eterno Espíritu. Afirma, asimismo, que el Avatar, el Cristo,  viene a encarnarse para ayudar a los seres humanos a lograr esta unión. Lo hace de tres modos: enseñando la verdadera doctrina en un mundo cegado por la ignorancia voluntaria; invitando a las almas a un "amor carnal" de su humanidad, no como un fin en sí mismo, sino como medio para un espiritual amor-conocimiento del Espíritu; y finalmente, sirviendo como cauce de gracia. Es por eso que los místicos, en especial Teresa de Jesús, se aferran a la humanidad de Jesús, porque es esa humanidad la que ellos pueden imitar, es aquello de amar en bata y zapatillas, que decíamos al comenzar la historia de Marta y María.

Un Dios en el tiempo exige sacrificios brutales y solemnidades llenas de ceremoniosos ritos, no sea que se enfade, el “tanto destructor como creador”. Así se comprende los sacrificios de sangre, incluidos los humanos, que han elaborado todas las culturas, al sólo creer que el Gran Espíritu se manifestaba mediante los signos externos de la temporalidad. En todas estas manifestaciones, la divinidad a la que se le ofrecían los sacrificios era una divinidad en el tiempo, una “personificación de la Naturaleza”, es decir, el tiempo mismo, el Kronos de los griegos, devorador de sus hijos. Y el beneficio, intentar evitar males futuros (en el tiempo), que es donde cree que vive el ser humano no regenerado. La importancia del fin temporal (del beneficio) justificaba lo terrible de la ofrenda. En el subconsciente colectivo de las religiones, aún hoy sigue persistiendo esta atávica tendencia, expresada en el oropel y “ceremoniosidad” de los actos de culto.

Esta mentalidad ritual de sacrificio ha llegado hasta nosotros con el sacrificio de la misa, donde se recuerda permanentemente el sacrificio del Cristo, del Dios hombre. Es la mentalidad de expiación que sigue en los corazones de los creyentes como rudimentos, restos evolutivos de una mentalidad de “tener-que-aplacar-a-un-Dios-en-el-tiempo”.

Los adoradores del Kronos

En la actualidad, los sacrificios humanos no se hacen a dioses ni personificaciones de la naturaleza, sino a ideales políticos de fábrica humana, con objetivos concretos de cambios de la Sociedad. Así, cuando la religión se ocupa de los problemas temporales, se la califica de “revolucionaria”, pero cuando se orienta hacia la mística y la eternidad, estos políticos la califican de estática y reaccionaria.

El filósofo temporal tiene su fin en lo temporal, en un mundo temporal donde todos seremos felices, bien en un escenario completamente nuevo (revolucionario) o recuperando el esplendor del pasado (conservadores). El bien está en el mundo, en este mundo. Esto justifica cualquier método temporal para lograrlo. Y ¿qué vemos y hemos visto? Veamos las acciones de los que han apostatado del Dios eternidad y se han pasado a adorar al dios griego Kronos:

1.- Que la Inquisición quema y tortura para perpetuar un credo, un rito y una organización eclesiástico-político-financiera considerada para la salvación eterna de los hombres. 2.- Que los protestantes adoradores de la Biblia luchan en guerras largas y salvajes para asegurar en el mundo lo que ellos apasionadamente imaginan que es el auténtico cristianismo antiguo de los tiempos apostólicos. 3.- Que los Jacobinos y bolcheviques están dispuestos a sacrificar millones de vidas humanas por la causa de un porvenir político-económico suntuosamente distinto del presente. 4.- Que toda Europa y la mayor parte del Asia han tenido que ser sacrificadas en la Segunda Guerra Mundial a la visión de la Coprosperidad y el Reich milenario que descubrió un vidente en su bola de cristal. Y 5.- Que la Humanidad de fin de siglo y comienzos del Siglo XXI se rinde totalmente al becerro de oro de la economía de mercado origen y consecuencia de todas las guerras imaginables y de la más inconcebible pobreza de las cuatro quintas partes de la Humanidad.

De los anales de la historia parece surgir con abundante claridad que la mayoría de religiones y filosofías que toman el tiempo demasiado en serio están relacionadas con teorías políticas que inculcan y justifican el uso de la violencia en gran escala. Las únicas excepciones son esas simples fes epicúreas en que la reacción ante un tiempo demasiado real es "Comed, bebed, divertíos y alegraos, porque mañana moriremos", ¡Carpe diem!.

Morir no es un pasaporte para la felicidad, ni la matanza al por mayor puede hacer nada en pro de la liberación, ni de los matadores ni de los matados. Es por eso por lo que las filosofías y religiones de eternidad son pacíficas, tolerantes y no violentas, pero las que atan a Dios al tiempo, suelen ser violentas y mutuamente excluyentes.

Si pasamos de la teoría a los hechos, observamos con pena y tristeza que tanto el judaísmo como el cristianismo y el islam, a lo largo de la Historia (y por sus obras les conoceréis), se han manifestado abiertamente obsesionados con el tiempo. Desde que el cristianismo se constituyó en religión oficial del Imperio de Occidente, no ha dejado de mantener sangrientas guerras contra el mundo no creyente, llámese islam (cruzadas y reconquista), llámese colonización de África y América (devastando las culturas nativas). Aunque de modo particular muchos cristianos han tratado de mitigar estas atrocidades (véase la película “La Misión”, véase la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “breve historia de la destrucción de las indias”), las iglesias oficiales mayores no han condenado estos hechos oficialmente. Del islam se puede decir lo mismo con sus guerras santas contra el infiel.

Los primeros que se levantaron contra la esclavitud introducida por ingleses y españoles en el nuevo Mundo fueron los Cuáqueros, secta por otra parte poco preocupada por lo temporal. Predicadora de la no violencia, su filosofía de eternidad les preservaba del culto ciego al progreso. Rechazaban todo signo de violencia.

No obstante, ha habido otros personajes que han luchado individualmente contra la esclavitud, pero como es el caso de San Pedro Claver, jesuita; éste no se levantó contra el comercio de esclavos de su época, porque para él era más importante la obediencia debida a sus jefes superiores de la orden, que no condenaron la esclavitud, que sus propias convicciones. ¿quién podría ser Pedro Claver para erigirse contra el magisterio de una iglesia que al menos no condenaba el tráfico de esclavos? Y como él otros muchos sumisos a la autoridad eclesiástica que enarbolaban con una mano la cruz y con la otra el látigo de los negreros.

En el otro extremo están las grandes filosofías de eternidad que tanto en teoría como en la práctica, han vivido esta visión de la existencia han sido el budismo y el hinduismo, que además de predicar la tolerancia, la convivencia y la no violencia, han sido respetuosos con los animales. Para la filosofía judeocristiana, los animales son “cosas” para uso y disfrute del hombre. Sólo hasta el Siglo XIX, en que el cristianismo perdió gran parte de su influencia en la sociedad europea, no fue cuando comenzó a reconsiderarse la conducta algo más humana con los animales, la Naturaleza y el medio ambiente.

Pero… por no estar fundado en una filosofía de eternidad, en una doctrina que considere a la divinidad morando en todos los seres vivientes, el movimiento de la primera mitad del Siglo XX en favor de la bondad hacia los animales era perfectamente compatible con la intolerancia, espíritu de persecución y crueldad sistemática hacia los seres humanos. A los jóvenes nazis se les enseña a ser dulces con los perros y gatos e implacables con los judíos.

La amenaza del imperialismo teológico

En boca de William Law, el egoísmo y la parcialidad son cualidades muy inhumanas y bajas aun en las cosas de este mundo, pero en las doctrinas de la religión son de naturaleza más baja. Éste es el mayor mal que ha producido la división de la Iglesia; hace surgir en cada comunión una ortodoxia egoísta, parcial, que consiste en defender valientemente todo lo que tiene y condenar todo lo que no tiene. Y la razón de que uno defienda lo propio contra lo ajeno es porque no ha nacido en terreno de lo ajeno, en cuyo caso lo ajeno sería lo propio para él, y lo que ahora es propio sería ajeno. Es decir. Somos cristianos porque hemos nacido en Europa, porque si hubiéramos nacido en la India, seríamos budistas o hindúes.

En otras palabras, las ortodoxias doctrinales de las sectas y comunidades cristianas se defienden a ultranza, no por amor estricto a la verdad, sino como forma de demostrar el error de las demás, porque si se aceptara algo que sin fuera verdad en la “competencia” y establece nuestras diferencias, entonces, nuestra ortodoxia se vería debilitada. De modo que al final lo que se defiende a ultranza no es la verdad, sino las “señas de identidad”, que no son necesariamente elementos de veracidad, sino de diferencias.

En conclusión, la verdad une, pero lo que separa no es la verdad, sino el egoísmo y la parcialidad. Si no es la verdad, estamos en terreno de la mentira y, la mentira es siempre apariencia de verdad, por eso los que basan su estrategia en la mentira (véase los políticos, civiles y religiosos) consiguen engañar a los incautos.

Aldous Huxley, en su Filosofía perenne, termina su exposición sobre el culto al tiempo de un modo magistral:

El reinado de la violencia no tendrá nunca fin hasta que, primero, la mayoría de los seres humanos acepten la misma verdadera filosofía de la vida; hasta que, segundo, esta Filosofía perenne sea reconocida como el máximo factor común de todas las religiones mundiales; hasta que, tercero, los fieles de cada religión renuncien a las idólatras filosofías temporales con que, en su fe particular, ha sido recubierta la Perenne Filosofía de eternidad; hasta que, cuarto, haya un repudio de alcance mundial de todas las pseudo-religiones políticas, que colocan el supremo bien del hombre en el futuro y, por tanto, justifican y recomiendan la comisión de toda suerte de iniquidad presente como medio para tal fin. Si no se cumplen estas condiciones, no hay planes políticos por numerosos que sean, no hay proyectos económicos por ingeniosamente trazados que estén, que puedan impedir la recrudescencia de las guerras y las revoluciones”.

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Autor: José Alfonso Delgado

Nota: La publicación de las diferentes entregas de La Física de la Espiritualidad

se realiza en este blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021.

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