Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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1/11/21

Todos los santos de Dios (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 44)



No estaba previsto en el guion de la peli, pero justamente coincide el tema de este capítulo con la festividad católica de “todos los santos”.

Es un buen momento para meditar de modo “no doctrinal” sobre la santidad.

Para la Iglesia católica, se considera santo a aquel que por sus virtudes y hechos en vida, merece superar todo el largo y costoso proceso que requiere el expediente de beatificación y posteriormente canonización. Según las influencias que el “canonizando” tenga y de los recursos que los que le proponen dispongan, porque todo tiene un coste, el proceso puede llevar desde un año a varios siglos.

En grandes números, con sólo revisar el santoral, te das cuenta de que (aproximadamente) del 100% de santos oficiales, el 80% son hombres y el 20% mujeres y en ese mismo 100%, el 98% son pertenecientes al clero y un exiguo 2% seglares.

Así que si sólo fuesen santos los declarados oficialmente, los criterios de igualdad de género distan mucho de ser cumplidos y, mucho menos, los de igualdad de estado (laico/religioso).

Y, por supuesto, nadie (que yo sepa) es santo oficial que no sea católico.

Por tanto, el término “todos los santos de Dios” no se refiere al conjunto de santos canonizados. No obstante, la Iglesia se cura en salud y reconoce la santidad anónima de mucha gente, católica por supuesto, que, habiendo vivido una figura ejemplar, no ha tenido los avales suficientes para que su causa haya sido considerada, pero ahí están, formando la inmensidad de almas que gozan finalmente de la presencia de Dios en el Cielo. Y es esta la fiesta que el calendario católico celebra hoy.

El bien siempre sobreabunda sobre el mal

Mahatma Gandhi, en su libro “Amor incondicional”, hace una reflexión muy sabia al reconocer que el bien siempre sobreabunda sobre el mal, es decir, que por mucho ruido y daño que el mal haga y provoque a los seres humanos y a la Naturaleza; por muy aparente y espectacular sean los efectos de las malas acciones, digamos que los actos malos no dejan de ser hechos puntuales en una inmensidad de actos buenos, una marejada dentro de un inmenso mar en calma.

Todos sabemos que una casa se tarda semanas o meses en construirse, pero un incendio la puede consumir en poco menos que una hora o un seísmo tirarla abajo en cuestión de segundos. Mientras el proceso constructivo es callado y constante, el destructivo es escandaloso y extremadamente rápido.

Es por eso por lo que Gandhi explica esta afirmación diciendo que el bien siempre sobreabunda y es muy superior al mal porque, de no ser así, el mundo haría mucho tiempo que habría desaparecido.

El bien es una tarea callada y constante, el mal es una tarea puntual y extremadamente atronadora.

Las tradiciones religiosas imaginan un paraíso celestial donde todo sea perfecto, donde la relación entre el bien y el mal sea de cien a cero. No pongo en duda esa perfecta beatitud o santidad de sus moradores en presencia de la Divinidad, pero en la Tierra y, ya lo vimos en la entrega 39.- El descenso a los infiernos y la 42.- Teoría del error humano, de la mano del concepto del Yin y el Yang, la luz y la oscuridad, lo masculino y lo femenino, lo simple y lo complejo, lo bueno y lo malo, son atributos complementarios, el uno existe porque existe el otro. Es la denominada “Ley de las fuerzas antagónicas”, principio básico de la Teoría de Sistemas que obliga a que la estabilidad, el estado estable, se base en el equilibrio de fuerzas que apuntan en sentido contrario. No es el predominio absoluto de una sobre la otra la que engendra la estabilidad, sino su equilibrio de fuerzas.

Observemos a la Naturaleza. El orden y estabilidad de los ecosistemas no se consigue con el predominio de unas especies sobre otras, el bien no consiste en que no haya zorros que se coman a los conejos, porque si esto fuera así, la tasa de natalidad de los conejos y la densidad de su población sería tal que agotaría las reservas de alimento vegetal y afectaría a otras especies. No, la estabilidad se alcanza cuando la población de zorros respecto de la de conejos fluctúa de modo tal que cuando los primeros crecen demasiado, la de los segundos baja tanto que provoca la hambruna de los primeros y al revés, el exceso de conejos hace que los zorros se multipliquen tanto que al final volvemos a la situación anterior. Así que el “clímax” se alcanza dentro de una fluctuación de ambas especies dentro de una oscilación de las poblaciones de ambos razonablemente limitada.

Es decir, en la Naturaleza, todo funciona dentro de la oscilación suave de los extremos, de modo que las fuerzas antagónicas predominan alternativamente unas sobre otras y, no se puede considerar una fuerza la buena y otra la mala, porque ambas son necesarias para el equilibrio, la estabilidad y la paz.

Hasta una tragedia como es un incendio forestal, tan espectacular y dramático, es necesario que se produzca periódicamente, porque es la forma que tiene la Naturaleza de renovar el “edafoV”, el suelo de detritus y del exceso de materia orgánica.

Y siempre, las funciones evolutivas y de crecimiento son lentas y calladas y las involutivas y de destrucción son súbitas y dramáticas.

Volviendo a la frase de Gandhi, efectivamente, el bien, al ser lento y callado, prevalece sobre el mal, que es súbito y ruidoso, porque efectivamente, si el mal fuera también lento y callado, terminaría agotando al propio sistema. Y algo muy importante, a nivel individual, la muerte vence a la vida, pero a nivel colectivo, la vida vence a la muerte, porque se perpetúa a través de su capacidad de reproducirse en nuevos seres que nacen a la vida para repetir el ciclo de la vida.

Es decir, que cuando juzgamos la vida en términos de “el bien y el mal”, lo hacemos según nos va en la feria a nosotros, a cada uno de nosotros como individuos. Consideramos malo todo aquello que nos causa dolor, pero si no lo sintiéramos, si viviéramos en una “analgesia congénita”, rara enfermedad que se manifiesta porque el paciente no siente dolor alguno ante cualesquiera golpes, traumas o enfermedades que pueda sufrir, moriríamos al no poder defendernos de las amenazas.

No juzguéis

Con toda esta explicación, a donde quiero llegar es a que la calificación de bueno o malo en esta vida no puede ser absoluta.

“No juzguéis y no seréis juzgados”

¿Por qué Jesús no se cansa de recomendarnos que no juzguemos? Porque no somos capaces de comprender ni de ver el conjunto de circunstancias que envuelven los actos de los seres humanos. La práctica del derecho se basa en la presunción de inocencia, en el hecho de que sólo se puede condenar al acusado como culpable se existen pruebas suficientes y necesarias para confirmar su culpabilidad. Pero habitualmente, los juicios de valor que todos nosotros hacemos suelen ir hacia la presunción de culpabilidad. Y lo hacemos sin estar nosotros libres de pecado y, aún así, tiramos la primera piedra.

El hecho más dramático es el homicidio. ¿Por qué alguien mata a otra persona? ¿por qué es intrínsecamente malo y tiene voluntad explícita de hacer daño? ¿O porque se han rodeado una serie de circunstancias que le han hecho perder el juicio y en un repente de obcecación ha arremetido contra la víctima? En la violencia de género, las corrientes feministas nos han obligado a ver en todo homicidio de género un asesinato con culpa y dolo exclusiva del hombre frente a la mujer, como víctima inocente. Y así se califica el acto de violencia machista. Pero no sé si en el proceso judicial, alguien se para a investigar qué razones llevó al hombre a cometer tan execrable acto y, sin que hubiera una causa justificable como eximente de culpa, sí al menos atenuante en el sentido de reconocer que no fue un acto de un absoluto malvado contra una absoluta inocente, sino que el homicidio fue el acto final de una tragedia que se fue gestando tras acaso, muchos años de difícil convivencia (excluidos los casos de maltratadores psiquiátricos).

Refiero esto, porque probablemente, son los juicios de valor, los que realmente aportan moralidad a los actos humanos y clasifican a los seres humanos en buenos y malos.

Si a esto añadimos la manía religiosa de que los humanos nos consideremos intrínsecamente malos y pecadores; eso de “en la culpa nací, pecador me concibió mi madre”, que reza el Salmo 50, al “no juzguéis” de Jesús se contrapone el “por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Es decir, si yo me juzgo a mi mismo, si se me obliga a mirarme al espejo y acusarme de los mayores delitos “por mi grandísima culpa”, acto seguido, al darme la vuelta y ver al otro, ¿cuál será mi tendencia natural sino a juzgarle con, al menos la misma severidad con la que se me obliga a juzgarme yo a mí mismo?

Dicen que una persona es y trata a los demás, de la misma forma como ha sido visto y tratado por sus padres. Si de niño te han estado acusando de cualquier cosa que hayas hecho mal, lo más probable es que de mayor tú hagas lo mismo con los demás, “la santa intransigencia” que diría monseñor Escribá de Balaguer. Pero si de pequeño tus padres han tratado de ver y enaltecer tus cualidades, lo más probable es que tu trates de hacer lo mismo de adulto con los demás. Es decir, si de pequeño se nos educa en la culpa, de mayores educaremos a nuestros hijos en la culpa y veremos a los demás bajo es prisma de la culpa, con lo cual, echamos por tierra una de las mayores máximas de Jesús, “no juzguéis”

Y no seréis juzgados

A la segunda parte de la máxima de Jesús no le solemos hacer demasiado caso, porque como incumplimos sistemáticamente la primera, es evidente que también nosotros seremos juzgados, tanto por los demás como por Dios en su momento.

Es decir, una cosa lleva a la otra, juzgar lleva inexorablemente a ser juzgados, con lo cual, caemos todos en la arbitrariedad sobre lo que es bueno y malo y, es en esta cuestión donde rompemos la baraja de la convivencia humana.

Cuando Jesús, en el pasaje de la mujer que iba a ser lapidada (¡ojo! Tal y como mandaba la ley de Moisés) por la gente al haber sido juzgada como adúltera, se muestra comprensivo con ella y durísimo con los acusadores al desafiarles con su “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, lo que está poniendo en evidencia es que antes de juzgar al otro, hemos de juzgarnos a nosotros mismos, ese ver la viga en nuestro ojo antes que la brizna en el ojo ajeno. Y el final de todo este enojoso proceso es el perdón, esa decisión unilateral de esperanza… “nadie te ha condenado, yo tampoco; anda y no peques más”.

La cuestión radica, por tanto, en no juzgar y, en su caso, perdonar, hasta setenta veces siete.

Con sólo saber vivir bajo estos principios fundamentales del Amor, veríamos como los Santos de Dios saldrían de debajo de las piedras.

Por eso Gandhi dice lo que dice, que el bien sobreabunda sobre el mal, porque el mal es tan sólo una apariencia de maldad que nos creamos los seres humanos al dejarnos arrastrar por la puta manía de juzgarnos a nosotros mismos y a los demás como pecadores irredentos, irremediables.

Los juicios de valor nos hacen entrar en un círculo vicioso de violencia moral que hace profundizar cada vez más nuestra visión negativa del mundo. Por eso, cuando el alma le hace comprender a la mente que “en todo lo que ven está Dios”, las tinieblas del mal poco a poco van desapareciendo y se hace la luz.

Pero somos tan tercos que Dios, para hacernos comprender este hecho, no tuvo más remedio que encarnarse, enseñarnos a amar y mostrarnos, con su muerte en la cruz que, un castigo sólo aplicable a malhechores le crucificó nada menos que a Él, a Dios.

Es decir, cuando vemos las cárceles, ¿a quién vemos? A reclusos que están ahí por haber cometido delitos merecedores de tal castigo. Y cuando vemos a un ahorcado ¿a quién vemos? A un malhechor que ha merecido la muerte por sus inimaginables delitos.

En la época de Jesús, cuando los habitantes de Jerusalén pasaban por el Gólgota, ¿a quién veían colgado de los maderos? A malhechores cuyas culpas y fechorías, sus maldades merecían morir de esa forma tan terrible.

Cuando Jesús fue crucificado, ¿a quién vieron? A un santo de Dios muerto por la maldad de los que le juzgaron. Por eso la cruz, a partir de Jesús es el símbolo del perdón porque juzgando, “no sabemos lo que estamos haciendo”.

¡¡¡Son los juicios, estúpido!!!

Son los juicios los que convierten este mundo en un infierno, los que enaltecen a los malos y sepultan a la inmensa humanidad de santos de Dios bajo la losa de la culpa.

Son los juicios los que nos hacen ver el mal y no nos dejan ver a Dios, que como diría Jesús en el evangelio de Tomás, está hasta debajo de las piedras.

Todos los santos de Dios

Cuando dejamos de juzgar a los demás, cuando nos quitamos esas espantosas gafas que sólo nos dejan ver lo malo que hay en el mundo, comenzamos a ver a las mismas personas que antes eran el foco de nuestras críticas, como santos, como personas de buena voluntad y sincero corazón que, si se equivocan, porque todos nos equivocamos, si sabemos perdonar y se sienten perdonados, esas equivocaciones no dejan de ser algo tan sin importancia como un “peccato” una brizna sobre un cristal que le hace no estar totalmente limpio, pero que se resuelve pasando un paño.

Al no juzgar y saber personar, resulta que los seres humanos no somos buenos ni malos, sino simplemente seres humanos, con un natural bueno que fallamos, porque no somos perfectos. Sólo cuando incidimos en las virtudes de los demás, sólo cuando reconocemos que “Dios no hace basura”, que somos criaturas de Dios y Él nos ha hecho bien, muy bien, somos capaces de reconocer esa misma perfección del Creador en los demás.

Y “voila”…

Señoras y señores, con ustedes, todos los santos de Dios, la Humanidad en su conjunto.

Sólo se autoexcluyen de esa inmensa comunidad de santos, aquellos que se empecinan obstinadamente en ver los errores que todos cometemos, pero que no por ello, nos hacen malos.

Para aquellos que rechazan el amor de los demás, para aquellos a los que no es posible siquiera acceder por el perdón, Jesús nos dice que “si llegáis a una ciudad y no os reciben, saliendo fuera de ella, sacudiros el polvo de las sandalias, de cierto que el día del juicio será más tolerable para Sodoma y Gomorra que para ellos”.

El gesto de sacudirse el polvo de los pies, era en aquel tiempo, una señal de exención de responsabilidad por el polvo levantado, dejando esa zona para el juicio de Dios.

Cierto es que a veces, parece como si en su mayoría, el mundo estuviera formado por gente así, que rechaza la generosidad y se obstina en hacer daño. No obstante, sacudirnos el polvo de nuestros pies es lo único que nos queda por hacer y rezar a Dios para que se apiade de ellos.

Pero insisto, el bien sobreabunda sobre el mal, y la gente es realmente buena por naturaleza y, si se ha desviado, a falta de suponer a saber qué circunstancias le habrán apartado del camino recto, lo único que podemos hacer es amarla e intentar descubrir a Jesús crucificado en sus corazones, hasta encontrar el alma dormida y prisionera de los bajos instintos que dominan la mente de esas personas.

Y así, si vemos a las gentes de esa forma, los Santos de Dios saldrán de debajo de las piedras, porque…

“Encontrarás tantos santos como tú te propongas encontrar”

Y…

“Nacerán tantos santos de Dios como tú quieras que nazcan”

Los santos están ahí, sólo hemos de buscarlos, porque acaso ni siquiera ellos saben que lo son.

Esta es la belleza sublime de no hacer juicios y de perdonar setenta veces siete, que ser así, crea santos, tantos santos como las multitudes que abarrotan las ciudades.

Hemos de ver buena y sincera a la gente, para que ella consiga ser buena y sincera y, al final Gandhi tenga razón.

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Autor: José Alfonso Delgado

Nota: La publicación de las diferentes entregas de La Física de la Espiritualidad

se realiza en este blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021.

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