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24/11/10

Comparte con nosotr@s: “Molakay y su pequeña isla”, de Encarnación Castro

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MOLAKAY Y SU PEQUEÑA ISLA

Érase una vez, una pequeña isla, que flotaba en el mar, allí donde las estrellas, se ven más relucientes que en ningún lugar de la tierra, vivía Molakai, y su hermana kanaloa, con sus padres una joven pareja, del color de la papaya, bronceada por el sol.

La isla rodeada de gran vegetación, de robustos árboles,

Altas palmeras, de playas de arenas blancas y cremosas, como los polvos de talco, verdes y escarpados acantilados, un mar de un azul cristalino, de aguas serenas, sembradas de arrecifes de coral, y una gran cascada que caía de la cima de la montaña, donde tienen su morada los dioses que gobiernan el mundo, un paraíso perdido de volcanes humeantes.

Molokai y la pequeña Kanaloa, iban todas las mañanas a recoger el ámbar de los árboles, con el que hacían collares, pulseras y adornos para los hombres y mujeres de su aldea, que lucirían en las fiestas del hula hula.

De pronto un estruendo horrible, pareció partir la tierra en dos, el cielo se oscureció y del volcán salían gigantescas llamaradas de fuego, las piedras al rojo vivo eran arrojadas al mar formando grades nubes de vapor que se podían ver desde el otro extremo de la isla.

Los niños corrieron aterrorizados para alcanzar su poblado, y atónitos pudieron comprobar, que efectivamente la isla se había partido en dos, y ellos habían quedado en una porción de tierra separada por un mar, que hervía a borbotones.

Molokai abrazó a su hermana, de momento sería imposible nadar hacia la otra orilla, la distancia era grande y él muy pequeño, ya pensaría en cómo salir de allí cuando las aguas se enfriaran,

Con la ayuda de kanaloa construyó una cabaña de hojas de palmeras, que ató con lianas de los árboles, encendieron un fuego, como tantas veces habían visto hacer a sus padres, después de comer los frutos, que tan sabiamente les proporcionara la maravillosa naturaleza, dulces mangos, verdes aguacates, ricas bananas, y agua de coco, todo ello les serviría para no morir de hambre ni de sed, mientras tanto fuesen a rescatarlos.

Molokai no tenía miedo, estaba familiarizado con todos los ruidos de la isla, pero Kanaloa extrañaba mucho a su mamá y a su papá y cayó en una profunda tristeza que hasta le quitaba las ganas de comer, se aferró a la idea de que nunca más los vería y se quedarían allí solos para siempre.

Molokai pensaba en cómo ayudar a su hermana, y la solución le vino del cielo, nunca mejor dicho, le cayó encima una enorme hoja verde y lisa del árbol en donde estaba apoyado, ¡Mana ¡ el espíritu que vive dentro de todas las cosas que transforma en sagradas la tierra, el mar, las plantas, y cada criatura, venía en su ayuda, y lo vio claro.

Miró la hoja y después al fuego y al instante lo supo, cogió una pequeña ramita del suelo, la calentó hasta ponerla al rojo y fue quemando poco a poco la superficie de la hoja hasta hacer un dibujo, luego la echaría al mar, la corriente la llevaría hacia la otra mitad de la isla.

A poca distancia de allí, su madre esperaba alguna señal, y le regalaba flores al mar, pidiendo que les devolviera con vida a sus pequeños.

Se levantaba con el sol y caminaba hacia la playa, sin perder la esperanza de encontrarlos, así dia tras día, su tesón y perseverancia se vio premiada. Vio acercarse una gran hoja verde, el viento y las olas, la arrastraba a la orilla hasta depositarla en las blancas arenas.

La cogió para verla de cerca, un extraño dibujo le llenó el corazón, dos niños cogidos de la mano, sobre una pequeña porción de tierra, que estaba justo enfrente de la montaña sagrada.

¡Su isla, era su isla! sus hijos estaban vivos, cuando la tierra se partió en dos quedaron separados por el mar, y su pequeño Molokai se las había ingeniado una vez más, los dioses y su poderosa imaginación habían venido en su ayuda.

Y de esta manera tan creativa y singular, logró comunicar en qué lugar se encontraban.

Cuando el mar se enfrió, su padre cogió una canoa y remando llegó, donde estaba su querido Molokai, Y su adorada Kanaloa, llevándolos sanos y salvos, de nuevo a casa, donde les dieron la bienvenida colocándoles los leis, ese era nombre que le daban a los collares de lindas flores, y se los colgaron al cuello, como habían hecho desde siempre sus antepasados.

Molokai les obsequió con las pulseras y adornos que había confeccionado con el ámbar que habían ido a buscar.

Así fue, como ayudó a salir de su letargo a la pequeña Kanaloa, que contenta se puso crear hermosos collares para su mamá, segura de que algún día irían a buscarlos, y todo sería como antes de que la montaña escupiera fuego, con una diferencia ahora había dos maravillosas islas y la mas pequeña desde entonces le llaman Molokai, si quieres puedes buscarla en un mapa.

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