Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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7/6/21

Guardias de mar (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 23)


1.- Guardias de Mar

En la maniobra de “salir a la mar”, durante la situación de “babor y estribor de guardia” y mientras el práctico está a bordo, es Él el que ha izado y maniobrado las velas para coger la brisa y sacar la nave de la ensenada, de modo que, a cierta distancia de la playa, puede entregar el mando a nuestros asustados pasajeros y, bajarse para que sigan su derrota.

Y el práctico se baja de la nave, se ordena retirada de babor y estribor de guardia y entran las sucesivas “guardias de Mar”.

Si bien, en la actividad habitual de los buques y en la Marina, esto es así, en nuestra aventura, el práctico no toma un bote de regreso, sino que “hace como que regresa” caminando sobre las aguas…

Sin embargo, lo que parece ser una actitud de Dios de, nuevamente, probar la paciencia del alma, en realidad no obedece a ese deseo de esconderse por gusto a hacérnoslas pasar mal, sino que es la naturaleza del ser humano, del hombre en su conjunto lo que realmente impide cruzar el umbral más allá.

Denominemos esta situación una natural resistencia del “yo” al avance espiritual.

Hay que ser conscientes de que cuanto mayor sea el avance del espíritu, tanto menor relevancia tiene en la vida mi propio yo o, dicho de otra manera, como refiere Meister Eckhart, “cuanto más lleno de Dios esté, más vacío de mí mismo también estaré” y con ello, menor será el predominio de mi mente. Parece resultar, por tanto, que la mente es, a partir de un momento determinado, realmente un impedimento para avanzar en la unión personal con Dios.

Es una tremenda paradoja incomprensible para mí mismo. Siendo conscientes de que hasta ahora de un modo u otro, la mente ha estado retrocediendo en la comprensión de los fenómenos espirituales, llega un momento en el que la capacidad mental del ser humano ya no es que no sea útil para ser consciente de lo que al alma le sucede, sino que es un lastre, un estorbo, forma parte del problema hasta convertirse su anulación, su negación, condición sinequanon para continuar.

Es el hecho de que si la salida de Egipto la protagonizó la mente y a ésta Dios le obligó a pasar cuarenta años de desierto, las pataletas, las dudas, las lágrimas y las protestas de Marta, de la mente, a lo largo del camino a causa de no comprender lo incomprensible hace que en determinados momentos se comporte, la mente, como el pueblo judío en Masá y Meribá y, Dios responda con la conocida exclamación:

“Durante cuarenta años, aquella generación me asqueó, y dije: Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino; por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso." (Sal, 94)

Y la mente humana “no entrará en el descanso del Señor”, no cruzará el Jordán ni conquistará las murallas de Jericó, se ponga la mente como se ponga. Simplemente porque no puede, “¡no puede!”, porque cruzar la mente este segundo umbral la expondría al rostro de Dios.

18 —Déjame verte en todo tu esplendor —insistió Moisés. 19 Y el Señor le respondió: —Voy a darte pruebas de mi bondad, y te daré a conocer mi nombre. Y verás que tengo clemencia de quien quiero tenerla, y soy compasivo con quien quiero serlo 20 . Pero debo aclararte que no podrás ver mi rostro, porque nadie puede verme y seguir con vida 21  .» Cerca de mí hay un lugar sobre una roca —añadió el Señor—. Puedes quedarte allí 22.  Cuando yo pase en todo mi esplendor, te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano, hasta que haya pasado. 23  Luego, retiraré la mano y podrás verme la espalda. Pero mi rostro no lo verás».

“Nadie puede ver a Dios y seguir con vida”. Ninguna mente, por inteligente que sea puede ver el rostro de Dios y seguir con vida. Así que el paso de la segunda puerta no es otra cosa que la muerte literal de la mente. Y Dios prefiere que eso suceda por las buenas, es decir, como se dirigió a los vendedores de palomas cuando entró en el templo y echó a los mercaderes. “Quitad eso de ahí”, es decir, dejar la mente para los asuntos de este mundo y dejar que el alma sea la que pueda volar sin ataduras ni cuestionamientos absurdos al encuentro de Dios, “sin ritos absurdos ni santos amanerados”, como Teresa de Jesús ruega a Dios, seamos librados.

Tras la muerte, la mente muere con el cuerpo, porque la mente reside en el cerebro. Es el alma la que trasciende. El encuentro con Dios en este mundo sólo es posible si el yo personificado en nuestra mente muere previamente y sin rastro de duda, es decir, se queda en el atrio de casa, como nuestro perro se queda fuera, para los asuntos del jardín.

Este hecho, cuando te das cuenta de él, te sitúa ante un descomunal abismo del que antes no te habrías percatado y, mira que Jesús lo indica en el Evangelio: “si no os hacéis como niños (Mt 18, 3)” o "El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará."(Lc 9, 24)

Negarme a mí mismo supone negar el valor que pueda tener mi mente en todo esto, lo que me deja en una desnudez tal que da escalofrío. Hasta el extremo de preguntarme seriamente “quién soy yo”; lo que he creído ser toda mi vida ¿es una ilusión?

Pues sí, de alguna forma ha sido una ilusión en la medida en que me he empeñado en ser lo que había creído que era. Por eso ante el abismo de morir en la cruz de mis defectos y miserias, es decir, de mis pecados, la mente se me rebela como el pueblo en Masá y Meribá. Y por eso mismo, no podrá cruzar el Jordán de la segunda puerta.

Y las dos condiciones para poder morir finalmente a los dictados de la mente, que se resistirá hasta el último momento, son eliminar los juicios de valor y discriminación ética, es decir, abandonar los criterios por los que hasta ahora y durante toda nuestra vida hemos considerado qué es bueno y qué es malo o bien, por qué razones hemos dirigido nuestros pasos en este mundo, fuente ambas, los juicios y discriminaciones, de todas nuestras torpezas, debilidades y lo que las religiones denominan pecados.

Hemos querido ser autosuficientes para juzgar a los demás según nuestro criterio y conducirnos por este mundo según nuestros propios intereses, es decir, comer la manzana del árbol de la vida, con el resultado ya conocido.

Los juicios son superados con la contemplación y la mental discriminación con el discernimiento espiritual. Pero ambos, contemplación y discernimiento, no son originarios del hombre sino de Dios. Y para acceder a este estado, la mente, como el perro, ha de quedar voluntariamente fuera de las moradas interiores, dedicada sólo para los asuntos del jardín.

2.- Por el Océano de la Sabiduría

Y así, comienzan las interminables singladuras de la navegación por el Océano de la Sabiduría. Lo que me sirvió para recorrer cada jornada del Camino, mis botas, mi macuto, mi ropa, mi bastón, mi sombrero para el sol, mi mapa de la ruta, mis alberges donde descansar tras cada dura jornada, mis tiritas y pomadas antinflamatorias para las ampollas, mi cantimplora con agua, mi bocadillo, mis enseres de aseo personal, mis ritos, mis liturgias, mis rezos, hasta mi cansancio y mi descanso; en una palabra, “todas las cosas de mi vida”, repito, “todas las cosas de mi vida”, ya no sirven, ya no me sirven; ni siquiera el Camino me sirve.

Porque ya no hay Camino, sólo hay agua, la inmensidad de la Mar océana, donde sólo existe el viento que sopla desde y hacia donde sólo él sabe y conoce. Y tan sólo existe y por un brevísimo instante de tiempo, la estela que mi barca va dejando tras sí.

Es por eso, que la mente sólo puede hacer una cosa, centrarse en el rutinario día a día de navegación y en las tareas de mantenimiento de la nave.

Pero más le vale “no mirar al horizonte”, porque podría entrar en pánico; porque sólo va a ver agua, la línea del horizonte y un cielo, a veces despejado, pero otras con negros nubarrones que no presagian nada bueno.

Y es que en la nave y en medio de la mar, la sensación más descriptiva que uno puede experimentar es la que todos los místicos describen como de vacío, silencio, soledad y oscuridad; que no sé cuál de las cuatro es más dramática. La que resume las cuatro sensaciones es “la noche”.

3.- Vivir en un oxímoron

Dicen los entendidos, que un oxímoron o “contradictio in terminis” es una figura retórica que consiste en usar dos conceptos contradictorios, opuestos entre sí, mutuamente excluyentes, pero que ambos generan una tercera entidad, un tercer concepto que deja de ser absurdo para obligar al lector a comprender su sentido metafórico que goza de ambas cualidades contrapuestas.

Es aquello de “instante eterno”, “luz oscura”, “fuego helado”. O aquello de que “no hay nada urgente que no pueda esperar eternamente”. Esta frase me la dijo un compañero una vez que me vio muy apurado porque tenía que terminar un trabajo y casi no me quedaba tiempo.

El oxímoron fuerza a la hermana mente, a Marta, a renunciar a su lógica, para comenzar a comprender que hay “más lógica” que la que puede desplegar un simple mortal. Porque evidentemente, si algo es urgente, no puede, bajo ningún concepto, esperar, no ya eternamente, sino que no puede esperar; hay que hacerlo ¡ya!

El Yin y el yang de los orientales, ya empieza a admitir el oxímoron de que no todo es negro o blanco absolutamente. Y a lo que conduce admitir los oxímoros en la vida es a admitir la teoría de la relatividad de la propia vida, de este mundo.


Me he referido en muchas ocasiones a lo largo de esta serie y en la anterior sobre la visión sistémica del mundo, que nosotros no podemos ver y entender la realidad tal cual es, sino a través de nuestros elaborados y complejos “modelos de realidad”, aquello de la construcción, a través de lo que del exterior nos llega por los sentidos, de un modelo mental que construimos nosotros (o nos construyen y nos inyectan nuestros mayores) para darle sentido a lo que percibimos. En ese sentido, no hay nada más sinsentido que la convivencia de los opuestos, hasta que al calor de la experiencia, la vida nos obliga a rendirnos, doblar la rodilla y reconocer que es cierto, que nada es químicamente puro, dicotómico, sí o no (o casi nada), sino que todo es una mezcla de aspectos positivos y negativos. Los orientales lo tienen tan claro que, además de idear el yin y el yang, para ellos, lo que para nosotros supone la palabra “crisis”, o sea, un desastre, ellos, en idioma chino, lo representan con dos idiogramas, uno que, ciertamente, significa peligro (danger) y otro que significa oportunidad (opportunity), es decir, un oxímoron tan real como real es el sentido de la crisis, la capacidad de superación del peligro.

Pues bien, la vida espiritual avanzada, una vez superada la Segunda Puerta, se convierte en un sinsentido para la mente, en un oxímoron que Teresa de Jesús lo expresa magistralmente, hablando de que las vivencias del alma son una “dulce pena y una triste alegría”. Esto es difícil de explicar, porque no se puede estructurar mentalmente como se estructura un silogismo o un algoritmo inductivo o deductivo. No sirven esas argucias mentales para comprender cómo un alma puede experimentar una dulce pena y una triste alegría. La mente se desespera porque sólo ve a dulzura o pena, o tristeza o alegría, pero ambas “no caben en cabeza humana”… Por eso Marta no entiende a María.

Porque ¡No cabe en cabeza humana!

Esa es la cuestión, que la espiritualidad “no-cabe-en-cabeza-humana”, porque nos han puesto desde que nacemos un muro aparentemente infranqueable, como explicábamos en el capítulo 3 “El Muro”, amenizado con el tema de Pink Floyd. Ese muro que nos rodea y nos oprime o, nos impide avanzar, que compartimenta nuestra realidad poniéndonos límites, rutas, caminos y situaciones todo o nada, corsés mentales, “derechos perfectos” que hay que cumplir, cumplir mientras mentimos “cumpli-miento”, porque no terminamos de creer semejantes imposiciones del tipo “pensamiento único”, doctrina única, religión verdadera vs las demás falsas.

El gris es el oxímoron del blanco y el negro. Si un pintor pintara un cuadro a base de colores absolutos, quedaría su aspecto bastante infantil, simple, irreal. La belleza del cuadro consiste en la infinidad de tonalidades, que le dan aspecto de realidad. Es como el cuadro que os presento en este capítulo, representa el mar en calma al atardecer. La idea la tuve al asistir a la galería de un famoso pintor cuando yo era estudiante y vi varios cuadros que eran básicamente así, un mar en calma al atardecer. Como eran carísimos y yo, con mi paga de estudiante no podía costearme ninguno, decidí pintarlo yo y me puse a ello. El resultado fue, más o menos, el mar que representa el cuadro, un mar en calma al atardecer. Una luz tenue, que expresa una sosegada dulce pena y una tranquila triste alegría.

En conclusión, cuando Marta y María inician la navegación por el Océano de la Sabiduría, lo hacen dirigiéndose hacia el Misterio, hacia lo desconocido, donde todo es para la mente, ambiguo, indefinido y, en el extremo, contrapuesto, antagónico, tan relativo como la Relatividad de Einstein que lógicamente no puede coexistir con la Mecánica Cuántica de Plank. Pero algo no hacemos bien, porque aunque mentalmente sean ambas incompatibles, en realidad no tiene más remedio que coexistir, lo que trae de cabeza a los físicos teóricos que buscan desesperadamente una teoría de campo unificado. Una teoría donde un instante sea eterno y la eternidad instantánea.

Donde Dios nos haga vivir una dulce pena y una triste alegría.

4.- Contemplación

Cuando el alma, María, está por fin despierta y embarcada en la oceánica travesía, su mayor alegría es ver como Marta, su mente se desespera al no poder entender lo que les está sucediendo. Y tanta más alegría espiritual cuanto mayor desespero mental.

Porque en el régimen de oceánica navegación, las razones de la mente han de ir dejando paso a la mística contemplación. No sé si he referido esto anteriormente, pero me viene al caso ahora, la expresión de Consuelo Martín al referir la actitud contemplativa como ese “ver cómo caen las hojas de los árboles”. Que no consiste en comprender por qué caen, qué fenómenos biológicos suceden para que las hojas se desprendan, cómo son las vasoconstricciones de los canales de savia para que ésta deje de fluir y estrangulen el tallo de las hojas, que es lo que trataría de comprender la mente.

No, no se trata de investigar la botánica de las hojas, sino simplemente verlas caer y experimentar interiormente lo que sucede en el exterior, sin enjuiciar un por qué o qué consecuencias tendrá para el árbol quedarse sin hijas.

Para el marinero que está a cargo del timón de la nave, durante su guardia de mar, tiene que estar atento al compás, al rumbo, la derrota, que la nave siga el rumbo de crujía, que no caiga a babor o estribor si con ello se sale de la ruta, etc. Pero el marinero que no está de guardia de mar puede mirar por la borda, mirar y contemplar la belleza de un mar en calma al atardecer y quedar maravillado, tanto como para llorar de felicidad ante tanta belleza…

En una noche oscura,
quedando ya tu alma sosegada,
sintiendo la hermosura,
con la mente callada,
de la infinita bóveda estrellada;

bañándote en la luz de las estrellas,
con todo tu ser abierto al infinito;
si percibes un estremecimiento...
ante la inmensidad total que te rodea,

al tomar conciencia
de lo poco que tu ser y tu esencia constituyen,
ante el gran Universo que te cubre y,
un escalofrío recorre tu piel y,
las lágrimas brotan de tus ojos extasiados
al contemplar tanta belleza,

lo creas o no, estás sintiendo en ese momento,
en ese instante eterno,
el abrazo de Dios.

Él es mucho más que todo.
Es tanto, que la mente resulta ser un estorbo
para poder experimentar su presencia.

Ante tanta inmensidad, el alma sólo puede decir “Amén” y,
callar, hacer silencio, y dejarse amar por la
“Clara Luz en el vacío de la noche”.

Es Todo y lo demás, todo lo que existe,
es nada.

Cuando esto sucede, cuando te sientes inundado de tanta belleza, abres los ojos y no ves nada, porque nada existe que no sea Él; porque no ves nada que no sea Él. Las criaturas agachan la cabeza, y dando un paso atrás, dejan que Su Presencia se haga evidente en ti y en todo lo que te rodea; y tus ojos sólo ven el esplendor de una Luz ante la que el Sol queda totalmente eclipsado. Si has experimentado “eso”, has experimentado a Dios dentro de ti.

Pero para experimentar “eso”, tienes que dejar que “Alguien” esté al mando de la nave, sea el marinero que esté a cargo de la “Guardia de Mar”.

En esta peculiar nave, sin remos y sin timón, pero con un mástil y velamen, es el Viento el que está a cargo de la “Guardia de mar”.

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Autor: José Alfonso Delgado

Nota: La publicación de las diferentes entregas de La Física de la Espiritualidad

se realiza en este blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021.

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