Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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8/3/21

Camino de Santiago (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 10)

Como decíamos en la entrega anterior, Aristóteles, en su tratado sobre la comedia, refiere que la trama de una obra de teatro tiene tres fases, presentación de personajes y situación, desarrollo y desenlace. En el desenlace, en un momento determinado se tiene que producir “el salto de fe”, que es una decisión que al protagonista le supone un dilema entre lo que los demás esperan de él y lo que realmente desea él, a riesgo de no ser aceptado por los demás.

Un buen amigo mío me comentaba que él no le encontraba sentido a mezclar ciencia y espiritualidad, que eran cosas diferentes y que tratar de explicar la religión desde la ciencia, que acaso es lo que había pretendido Pierre Teilhard de Chardin, hacer comprender que No somos seres humanos con una experiencia espiritual; somos seres espirituales con una experiencia humana”.

Sea como sea, posiblemente, la misión más trascendental en nuestra vida es tomar consciencia de que no somos un cuerpo con un alma, sino un alma que temporalmente está instalada en un cuerpo físico. Y la cuestión es descubrir qué es lo trascendente, lo esencial y qué lo temporal y aparente. Por eso es tan importante saber armonizar lo físico y lo espiritual, la Ciencia y la Espiritualidad.

Como quería explicar en anteriores entregas, no sé a quién se le ocurrió la idea de hacer a la carne, enemiga del alma y así, mantenernos en lucha interna toda nuestra vida. Acaso sea un intento inútil tratar de desmontar esas creencias que aprisionan al común de las gentes, pero el hecho esencial de que hasta que no nos dejamos en paz (“hasta que no nos dejamos en paz a nosotros mismos”), no podemos iniciar la senda de nuestro desarrollo como seres humanos. Porque una cosa es comprender que “algo” es inmaduro o primitivo en la vida humana, que por razones genéticas, epigenéticas o culturales o del tipo que sea, nuestra realidad aspira a ser otra realidad mucho más pura y evolucionada, dejando atrás todo lo que de ponzoñosa es nuestra vida, todo lo que ha convertido nuestra vida y nuestra sociedad en “algo distópico”, y otra cosa muy distinta es la condena en vida a tener que ser enemigos de nosotros mismos.

Es cierto que Jesús apunta a que “los enemigos son los de la propia casa”, pero hay que saber encontrar en sentido de la frase, que estamos llenos de fantasmas en nuestro cerebro, que nuestra mente ha sacado los pies del plato y pretende ser lo que no es y que, realmente, estamos destinados no a vencer a nuestro cuerpo, a derrotarlo, sino a tomar consciencia de nuestra auténtica realidad. No se trata de vencer y derrotar, sino de abrazar y saber convivir con nosotros mismos; a que cesen las hostilidades en nuestro interior.

Ese proceso que consiste en reconciliarnos con nosotros mismos, en reconciliar a nuestra mente, a Marta con nosotros Yo Real, el alma que somos, María, es una experiencia vital absoluta y abarca toda nuestra vida. Es el Camino de la vida, un camino físico, largo y agotador, porque nada hay más agotador que perdonarnos a nosotros mismos, sobre todo cuando se nos enseña desde niños a vernos a nosotros como enemigos de nosotros mismos, a vivir en la culpa permanente y constante; a tener los chacras cerrados a cal y canto.

Camino de Santiago

Alan Watts, conocido autor británico sobre taoísmo y zen, refiere algo curioso; que salvo en el idioma Chino, que sí dispone de expresiones directamente espirituales, el resto de idiomas y, en especial, los occidentales, no tenemos forma de expresar con términos propios, las experiencias espirituales, sino sólo utilizando expresiones de la vida física. Camino, cansancio, oscuridad, luz, miedo, alegría, subida, descanso, resplandor, comenzar a, llegar a, lanzarse a, atreverse a, etc. Son descripciones de experiencias físicas de la vida diaria (por eso Jesús hablaba en parábolas de la vida diaria). Y por eso los místicos refieren las experiencias espirituales como una noche oscura, una subida a un monte, un meterse en un castillo, un caminar por cañadas oscuras, el encuentro de la amada con el Amado, de la doncella con el Rey, etc.

Es decir, estamos tan anclados en lo físico, en lo material, que las experiencias del alma, para la mente son inefables, así que estamos forzados a construirnos “modelos espirituales” basados en lo único que conoce la mente, la vida física. Lo sobrenatural para nosotros es inimaginable, por eso tenemos que imaginarnos imágenes físicas; por eso nuestra vida consiste en ese tránsito desde la orilla izquierda del río de aguas turbulentas, que es lo que conocemos, hacia la orilla derecha, oculta en la niebla de la ignorancia, envuelta en el misterio de la divinidad.

Por eso, os propongo recorrer mentalmente ese proceso como si fuera algo tan físico como el físico Camino de Santiago y como es el también físico y carnal amor entre un chico y una chica, que viven su amor en bata y zapatillas.

Cada cual puede imaginarse su vida y sus luchas internas como quiera. No hay dos vidas iguales. El pensamiento único codificado con un “derecho perfecto” es (perdón por la expresión) “una puta cárcel”, que nos obliga a vivir encorsetados por el miedo a errar, de modo que a duras penas si podemos ser perdonados por Yahvé en el último momento de nuestra vida.

Romper las cadenas de la cárcel perfecta (pero segura) y lanzarnos a la aventura de vivir, es un salto de fe que requiere un coraje casi inimaginable. Y cada cual lo va a vivir de un modo muy personal. Pero por muy personal que sea, las imágenes y los símiles que utilizamos tienen el factor común de las vivencias que todos experimentamos en la vida diaria y son para el caso, el recorrido de un largo sendero y la experiencia amorosa del amor humano de “chico conoce a chica y se enamoran”.

De la experiencia de vivir el Camino

Recorrer el Camino de Santiago es una experiencia que para cada cual, supone algo muy personal. Tras más de sesenta años de vida, no precisamente aburrida, si me preguntaran cómo describiría yo la vida, no tendría mejor ejemplo que la experiencia de haber caminado como peregrino a Santiago, porque decidir hacer el Camino es simplemente dar el gran salto de fe. Cuando uno está acostumbrado a ir en coche hasta para comprar el pan, salvo los aficionados al footing, decidir recorrer nada menos que 740 Km del tirón en un mes, o poco más, es una idea de locos y, hay que estarlo para hacerlo.

Habitualmente la vida se compara con un largo camino. Y nos imaginamos, la mayoría de los humanos lo que se debe experimentar al caminar por un sendero. Nos imaginamos el cansancio, nos imaginamos la sed por el calor, el frío, la lluvia, el sueño, el merecido descanso tras una larga jornada. Pero sólo nos lo imaginamos.

Gracias, o a consecuencia de los medios de transporte actuales, prácticamente nadie se imagina, ni de lejos, qué significa, qué se siente al recorrer un largo camino.

Todos caminamos por esta vida, todos experimentamos el cansancio de las duras jornadas de trabajo, el hambre y la sed, algunas veces, el relax del merecido descanso, las inclemencias de las circunstancias en las que vivimos.

Pero casi nadie puede realmente comparar las vivencias del día a día, con el día a día del físico peregrinar.

Peregrinar a Santiago está siendo para Paloma, mi esposa y para mí una experiencia jamás imaginada. Digo está siendo, aunque hace ya quince años que terminamos lo que FUE “oficialmente” nuestra primera peregrinación, desde Roncesvalles hasta Compostela, con certificado compostelano incluido, porque cuando uno termina, cuando nosotros dos terminamos, yo comprendí que los 736 kilómetros recorridos no suponen el final, sino casi se podría decir, el principio de un nuevo paradigma para nuestra vida, tanto personal, como de pareja. Ser peregrino a Santiago se convierte, cuando llevas a cabo la peregrinación y la concluyes, en un estilo de vida, en un carácter especial, en un sello muy personal que ves se imprime en tu espíritu que hace que, cuando te ves con la compostela en la mano, te des cuenta de que tu vida ya no volverá a ser la misma a partir de entonces.

Cuando, con permiso de la bruma, pude divisar desde el Monte del Gozo las agujas de la catedral, me vinieron a la mente un sin fin de evocaciones de cuál era el significado de ese momento. El más claro y evidente fue el de mi propia muerte.

Cuando, con permiso de la bruma, eres capaz de ver las múltiples bifurcaciones del camino, la incertidumbre te inunda al no saber qué dirección tomar, hasta tanto no ves la socorrida flecha amarilla, o hito, que te garantice que vas por la senda correcta, una marca, una indicación, o un buen mapa donde puedas tomar el camino correcto; todo ello son experiencias vividas físicamente que poco a poco van calando en la imagen que tienes de tu propia vida. Y te vas dando cuenta de hasta qué punto cada instante vivido en ese largo caminar que es el Camino, se constituye en un símbolo de tu propia vida, en un “es como si…”.

Cuando en las largas etapas de Castilla, donde el horizonte se torna en una perfecta línea recta horizontal trazada a tiralíneas desde cualquiera de los cuatro puntos cardinales al otro, con el Sol implacable marcando las horas, tu caminar se transforma en un sacramento de tu propia vida que simboliza las largas épocas en las que parece que nada cambia, en las que el paso del tiempo se ralentiza, y no evidencias que estás avanzando, porque el paisaje por el que caminas es todo igual, kilómetros y kilómetros de lo mismo.

Cuando durante un instante te das cuenta de que estás solo, con sólo la compañía de un solitario cuervo y el ulular del viento, sin nadie a tu alrededor, emergen en ti los miedos de la soledad, o la paz del silencio total y absoluto.

Cuando un peregrino de algún lugar lejano te alcanza y durante unos kilómetros te hace compañía y se entabla una animada conversación sobre lo que sea, te inunda la alegría de compartir con alguien que no conoces las mismas sensaciones y experiencias, e incluso las mismas preocupaciones por un problema común, tal como las ampollas o las rozaduras, o las dudas sobre qué ruta seguir.

Cuando tras coronar una elevada colina, no sin esfuerzo, eres capaz de admirar el grandioso horizonte, con las nubes a tus pies, sientes como te inunda la alegría del desafío personal superado y la recompensa que supone contemplar la obra de Dios en todo su esplendor.

Cuando llegas al albergue tras una larga etapa y en hacinadas salas consigues una humilde litera donde desplomar tus doloridos restos mortales, experimentas la paz del merecido descanso, como cuando tras una dura jornada de trabajo, con la conciencia tranquila de tu sincero buen hacer, te rindes al cansancio y abandonas tu cuerpo y tu espíritu al relax del sillón o de la cama, y ruegas a Dios te proporcione una noche tranquila y una muerte santa.

Cuando renunciando al remilgado pudor, eres capaz de ponerte en calzoncillos ante una desconocida que por un instante te muestra su lencería íntima antes de calzarse su pijama, o sales de la comunitaria ducha sin más armadura que una toalla, igual que otros y otras camino a la literas contiguas a la tuya, te das cuenta de cuánta tontería nos han inculcado durante tantos años, y de cómo la convivencia en un hospital, rayando en un inevitable hacinamiento a veces, a pesar de vernos en paños menores está tan lejos de la lascivia y de la impudicia, que casi parece ridículo siquiera pensar que ver a una mujer en bragas a tu lado sea constitutivo de malos pensamientos.

Cuando en un alto del camino, te sientas junto a otros peregrinos, a los que a caso no volverás a ver nunca más, y compartes agua, alimento, tiritas y pomadas anti inflamatorias, tímidamente te imaginas qué podría ser eso de compartir y de, en el extremo, obrar el milagro de los panes y los peces.

Cuando experimentas el peso del macuto, y reconoces el exceso de carga que llevas encima, pudiendo ir, como se puede realmente, ligero de equipaje, te das cuenta de hasta qué punto, nos cargamos en la vida de verdaderos fardos absurdos, que no tienen sentido, que suponen un lastre para nuestro caminar y nuestro crecimiento. Reconoces que para vivir no es necesario ni el diez por ciento de los bienes con los que nos atamos de por vida, y que con los años se tornan en pesadas cargas, no sólo económicas, que también, sino sobre todo afectivas; eso de “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”, que nos desvían y entorpecen en nuestro crecimiento y aprendizaje personal.

Cuando Dios te regala un compañero/a de viaje, y puedes recorrer el Camino al lado de la persona que más amas, y aunque por causa de la diferente velocidad de paso, uno se adelante en ocasiones respecto del otro, te das cuenta de la inmensa felicidad que supone saberte acompañado, compartiendo en todo momento las mismas sensaciones, las mismas experiencias, las mismas alegrías y penas, la misma salud y enfermedad, contemplando los mismos paisajes, las mismas noches estrelladas, el mismo Sol abrasador, el mismo viento refrescante, las mismas duras literas, el mismo peso en el macuto, el mismo camino, la misma vida.

Y finalmente, cuando alcanzas el objetivo, y entras por la puerta del peregrino a la catedral, y te arrodillas ante el Apóstol, cogido de la mano de tu pareja, te das cuenta de que aquello no ha hecho más que comenzar. Que aunque físicamente hayas concluido la peregrinación, y te den un certificado que dé fe de tu hazaña, realmente sabes que lo que has conseguido ha sido levantar un auténtico Sacramento de tu propia vida, donde tu condición de peregrino hacia Dios se ha materializado en una imagen sagrada que en tu memoria quedará para siempre reflejada en cada instante de esos cientos y cientos de kilómetros recorridos día a día, con tu macuto de diez kilos a la espalda y tus sandalias o zapatillas de caminante empedernido, ya desgastadas las pobres. Y comprendes por qué lo has hecho.

Un sacerdote en Nájera nos decía que la pregunta importante no es ¿por qué voy a hacer el Camino?, sino cuando terminas, preguntarte ¿por qué lo he terminado? Al empezar se puede ir por razones muy diversas, motivos religiosos, devoción al Apóstol, desafío personal, interés cultural, deportivo, de ocio, de diversión. Sin embargo, tras cientos de kilómetros a la espalda, al concluir las razones son bien distintas. ¿Qué te ha mantenido firme en la voluntad de seguir y terminar? Sin minorar los motivos originales, salvo que se sea un necio o alguien sin principios humanos, todos, al entrar en la catedral, de algún modo experimentamos la sensación de que algo ha cambiado en nuestra vida interior; que acaso no seamos capaces de expresarlos, pero somos otros.

Y no es cuestión de experimentar la alegría de venerar al apóstol. Probablemente en la tumba de Santiago ni siquiera estén los restos reales de Santiago el mayor, o sí, vaya usted a saber. Eso no es lo importante. Lo importante es la transformación del Camino físico de Santiago en el Sacramento de tu propia vida.

Esa es la auténtica dimensión cristiana y diría que humana, del Camino de Santiago, transformar las piedras del camino, los innumerables albergues, la lluvia, el viento, el calor, el frío, las ampollas, el sudor, la relación con otros peregrinos, y todo el sinfín de detalles en el Sacramento de tu propia vida.

Y a partir de ahí, saber, que cada instante de tu propia vida se te representará como un instante vivido en el Camino.

La Física de la Espiritualidad

Recorrer el Camino es, según mi particular forma de verlo, la mejor expresión de lo que trato de explicar como la Física de la Espiritualidad, porque todas las fases por las que el alma y la mente pasan en ese largo caminar, tienen su expresión física en lo que el cuerpo, el corazón, la mente y el alma experimentan, como un todo, a lo largo de semejante aventura. Es ese sentir lo físico y ver y descubrir cómo realmente supone un perfecto Sacramento de la Vida. Y cómo acaso, ese salto de fe, ese optar por lo que tú necesitas y no por lo que los demás esperan de ti, cobra vida física y espiritual tras haber recorrido el Camino.

Es decir, acaso, cuando uno está en Roncesvalles, listo para iniciar la ruta jacobea, ni siquiera sabe que está dando el salto de fe, pues, como diría el cura de Nájera, el Camino se comienza por las razones más peregrinas (valga la redundancia), como hacer deporte, pasar unos días agradables con los amigos, ver paisajes o iglesias románicas… a saber.

Pero al comenzar, ya has dado el salto de fe, que lo harás consciente cuando al llegar a Santiago te preguntes, por qué lo has hecho. Ahora, en el momento de comenzar, lo importante es averiguar qué te ha hecho saltar de tu vida normal, controlada por Marta, por la mente y lanzarte a la aventura que tu loca hermana María te anima a vivir.

El relato de la Física de la Espiritualidad estará marcado por el Camino de Santiago, por donde alma y mente, María y Marta, vivirán el proceso del Amor en carne viva, paso a paso, siguiendo los pasos del Amado, ese peregrino que “casualmente” comienza el Camino contigo en Roncesvalles el mismo día que tú también lo comienzas y que como chorlitos, caeréis locamente enamorados, porque hace falta toda una vida de físico y espiritual caminar, para que mente y alma sean una, siguiendo los pasos del Amado.

Pero Compostela sólo es el final de los estudios, con certificado en mano.

A partir de Compostela es cuando comienza realmente el Camino a Finisterre y más allá, el verdadero camino espiritual, donde ni Marta ni María pueden dar un paso más y, sin embargo, queda por delante “toda la eternidad”.

Fin de la Primera Parte

Con este capítulo, con esta entrega, podríamos concluir la Primera Parte de la Física de la espiritualidad, donde, en estos diez capítulos, he tratado de dibujar el escenario de lo que os propongo como ese proceso vital de transformación, de cruzar ese río de aguas turbulentas que es la vida. Sé que es una propuesta heterodoxa, extraña y que rompe con los moldes más conservadores que conocemos por las doctrinas religiosas y sistemas de pensamiento filosóficos.

Es una propuesta que rompe con el modelo de pensamiento único; una propuesta que no se ajusta casi a nada de lo establecido por el Sueño del Planeta, porque es la propuesta que sólo adquiere entidad si se vive, no si se estudia o se conoce. Es decir, de nada sirve leerse estas entregas, si cada cual no toma consciencia de lo que está viviendo en su vida interior. No sé si me explico. Esto no es la exposición de un conocimiento sobre filosofía de la vida, sino simplemente el compartir de una experiencia personal que pudiera servir para que cada cual se mire a sí mismo y vea si le encaja…, o no.

Y todo está bien, tanto si la experiencia del Camino te vale o no. Porque cada cual vive su vida “como Dios le da a entender”. Y ese “como Dios te dé a entender a ti” es importantísimo descubrirlo, porque ese “entender” sólo te sirve a ti, lector que lees este texto.

Así que a partir de la próxima semana, viviremos la aventura de dos hermanas, Marta y María que emprenden el Camino de Santiago y donde, “mira tú por donde”, también comienza el Camino un “joven peregrino” que también comienza ese mismo día el Camino.

Veremos a ver en qué queda el más que probable idilio entre María y el joven peregrino.

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Autor: José Alfonso Delgado

Nota: La publicación de las diferentes entregas de La Física de la Espiritualidad

se realiza en este blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021.

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