Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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3/5/21

Saber escuchar (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 18)

 

Saber escuchar

Nuestros diálogos con Jesús suelen ser monólogos suplicantes, aun dentro de una razonable confianza con Él, de modo que nos permitamos abandonar las solemnidades litúrgicas para, en bata y zapatillas, saber ponernos en su presencia en lo escondido de nuestro cuarto, orientados a que Él nos ayude a conseguir cumplir nuestros planes en la vida, a sanar de las enfermedades, a lograr el éxito profesional, el júbilo amoroso del cariño de nuestros seres queridos, es decir, nos ayude a conseguir la salud, el dinero y el amor, como reza la canción, y el que tenga esas tres cosas, que le dé gracias a Dios. De modo que los rezos consisten en pedirle (y cierto es que pedid y se os dará), a ver si nos escucha Él. Pero no está en nosotros, tener el oído atento para escucharle.

Cuando caemos en la cuenta de que también hemos de saber escucharle, qué nos tiene que decir, solemos hacernos un descomunal lío, porque para nosotros “escuchar” supone escuchar palabras y Dios, habitualmente no habla, es más, se dice que el que habla con Dios es un creyente, pero el que oye la voz de Dios es un psicópata, alguien lo suficientemente trastornado como para afirmar que oye la voz De Dios y le habla y le da órdenes, que va y las cumple, diciendo que tiene que cumplir la voluntad De Dios, porque le ha dicho esto y aquello.

Cuando Santa Teresa explica en el “Libro de la vida”, los grados y niveles de la Oración, describe cómo el alma va pasando de la Oración verbal, donde básicamente habla el alma expresando sus cuitas, sus anhelos y sus aspiraciones, a la Oración mental, más reflexiva y meditativa sobre aspectos de la vida de Jesús, o pasajes de la Biblia; es aquello de la lectio divina y demás métodos para la meditación. Continúa con la Oración de recogimiento, donde el objetivo es hacer silencio interior. Y el silencio interior es esencial para escuchar.

El alma, poco a poco ha de comprender que la Oración NO ES sólo hablar con Dios, sino fundamentalmente escucharle. Él sabe de qué tenemos necesidad, no es necesario relatarle nuestra lista de la compra de nuestras necesidades materiales y afectivas, Él ya lo sabe, aunque de vez en cuando, tampoco está de más expresarle nuestros anhelos. Es aquello de confiar a nuestro mejor amigo, a nuestro Amado, nuestros sentimientos, tanto positivos como negativos, porque esta es una necesidad vital en el ser humano. Luego está bien hablarle a Jesús de nosotros mismos; no le vamos a contar nada que no sepa, pero supone satisfacer una necesidad básica, compartir nuestra vida con nuestro Padre que está en los Cielos, con Jesús que, en casa de María, que es nuestro más íntimo interior, nos escucha y nos consuela, “venid a mi, los que estáis agobiados”.

Pero más allá de cubrir esta necesidad, el fin último de la Oración es aprender a escuchar a Jesús, qué nos tiene que decir, qué quiere de nosotros, porque la Oración NO ES sólo un momento o un rato de recogimiento en nuestra estancia o ante el sagrario. Es algo más, mucho más; la Oración es un “estado del alma” de permanente unión y presencia del alma ante Dios, ante Jesús, ante María. Y consiste en aprender a escuchar, a leer, a saber, qué quiere Jesús de mí en cada momento de mi vida. Y para lograr eso, el alma debe mantenerse y vivir en un estado constante de silencio interior, de oscuridad y de vacío.

Estos son los tres atributos del estado contemplativo, silencio para saber escuchar, oscuridad para arriesgarse a confiar y vacío para estar en total disponibilidad para obedecer la voluntad de nuestro Amado, es decir, disponibilidad total para amar, es decir, para seguir en cada momento de nuestra vida, los pasos de Jesús.

Tal y como hemos visto, al referirnos a las bifurcaciones de Dios, la vida está llena de momentos de decisión, en los que de un modo en principio voluntario optamos por una de dos o varias alternativas, como por ejemplo ponernos tal o cual vestido para salir, o coger el metro o el autobús para ir a trabajar, o salir a las once a tomar un café de media mañana con mis compañeros de trabajo o quedarme en mi puesto y coger uno de máquina. Es decir, decisiones rutinarias, intrascendentes. Pero también tenemos opciones de más enjundia, como dar una limosna a un pobre, pero no al otro, ayudar a una señora a cruzar la calle (derecho imperfecto), o hacerle un favor a un amigo, tal como explicarle el modo de resolver un trámite en el ayuntamiento, o advertirle sobre los riesgos de hacer tal o cual operación financiera. O simplemente tratar con amabilidad a tus clientes. O no guardar rencor por algo que alguien te haya podido hacer.

Es decir, en el estado de vigilia, nos tropezamos continuamente con situaciones en las que tenemos que decidir hacer esto o aquello. En la inmensa mayoría de las ocasiones son opciones rutinarias e intrascendentes, al menos para mí. Y esta es la cuestión, “al menos para mí”. Es decir, siempre optamos por esto o por aquello en función de nuestras apetencias o de nuestros intereses personales, pero no solemos reparar en las consecuencias de nuestras decisiones en los demás, sean amigos, conocidos o simples personas desconocidas con las que nos cruzamos por un instante en nuestra vida y nunca más volveremos a ver.

En cada decisión que tomamos en la vida, desde las más rutinarias como qué pongo hoy de comida hasta las más importantes, como si abro un negocio o no, siempre nos enfrentamos ante la “opción de compromiso”, el “dilema coste de oportunidad”, o a qué he de renunciar con tal de conseguir esto o aquello. Porque no se puede tener todo ni optar siempre por lo mejor. De igual forma, en nuestras decisiones, muchas veces intervienen y colisionan nuestros intereses con los de otras personas, de modo que optar por una de las opciones puede perjudicar o beneficiar a los otros o a nosotros. Y en esto es donde hemos de tener presente los cuatro principios de la ética, primero no hacer daño, después tratar de beneficiar al otro además de a mí mismo; tercero, caso de tener que repartir beneficios y consecuencias, ser ecuánime y cuarto, respetar la autonomía de los demás y no forzar nada, a ser posible.

Es decir, en la vida, se nos educa y enseña a vivir según un código de buenas prácticas y costumbres, que son todas las normas de ética y moralidad, para conseguir que nuestra relación con los demás sea fructífera y beneficiosa para todos. Al menos antes era así; ahora no lo sé, pero puede que se haya instaurado en la sociedad un falso progresismo que, imbuido de permisividad total, derive en un comportamiento salvaje, donde cada cual sólo vele por sus propios intereses.

Escuchar la voluntad de Dios, lo que nos quiere decir Jesús, es ese “cargo de conciencia”, que nos permite reconocer qué debemos hacer para no hacer daño, hacer el bien, ser ecuánimes y respetar la libertad del otro. En suma, qué debemos hacer para respetar la ética o los principios morales. Y no hay mucho más que hurgar para reconocer la voluntad de Dios en nuestra vida. Pero esa disposición es el reflejo de la presencia de Dios en nuestra vida, porque supone ir pasando de vivir con una actitud mayoritariamente egocéntrica y egoísta donde el otro se beneficia de los efectos colaterales de mis actos a una actitud mayoritariamente compartida, donde ambos, el otro y yo, nos beneficiemos de los efectos de la decisión y, en el extremo, a una actitud abnegada y altruista (alter: el otro e ismo: pensar en el otro). Es decir, pasar del ego-ismo al altru-ismo, o la vida centrada en los demás, en la philias, amistad, pero sobre todo en el agapé, o donación de uno mismo. Esto es a lo que Jesús se refería cuando hacía referencia al “amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Esta forma de vivir hace que las bifurcaciones de Dios, de las que está llena la vida y que configura el devenir de todos los seres humanos, se entrecrucen en una infinita tela de araña, que es la trama de la vida, de la que participamos todos de forma infinitesimal y extremadamente dispersa, de modo que no podemos ser capaces de comprender ni el por qué ni el para qué de cada una de sus pequeñas bifurcaciones.  Sólo Dios sabe y comprende por qué y para qué suceden las cosas, desde las más nimias, hasta las aparentemente más trascendentales; desde el movimiento de las hojas de los árboles hasta la devastación de un terremoto o de una guerra entre los hombres.

La Historia del Mundo, la Historia del hombre, es un misterio para el hombre, donde sólo desde la perspectiva histórica de los años o de los siglos, podemos comprender los acontecimientos históricos, pero somos incapaces de predecir el futuro. Por eso, sólo en la confianza en Dios, en Jesús, podemos vivir tranquilos de que Él se manifiesta en todo lo que sucede, o aquello de que, “si ponemos todo en manos de Dios, veremos la mano de Dios en todo.

La contemplación la define Consuelo Martín, como el simple “ver cómo caen las hojas de los árboles”. No se trata de interrogarnos sobre cómo se altera la fisiología vegetal como para que las hojas se desprendan, no. Es simplemente verlas caer, sin preguntarnos ni el cómo, ni el por qué, ni el para qué.  Es decir, contemplar los acontecimientos de la vida sin ánimo de comprender, ni de juzgar, sino guardando esas cosas en nuestro corazón y esperar el momento en el que cobren sentido para nosotros, si es que eso llegará a suceder, porque sabemos que todo tiene sentido dentro de la trama de la vida, de la que nosotros sólo podemos ver simples destellos, simples cruces de caminos que no sabemos ni de donde vienen ni a donde van.

Sólo la falta de Fe transforma la vida en algo aleatorio, casual, porque sí, sin sentido concreto. Sin embargo, igual que un ateo puede llegar a comprender el principio antrópico, por el que el Universo ha evolucionado de modo tal que el resultado ha hecho que nosotros estemos aquí, habitando este Planeta, puede comprender que nosotros participamos también en ese principio, para que dentro de varios siglos la vida sea de una determinada manera. Pero su principio de casualidad hace que, para el ateo, el futuro no pueda ser predecible, porque sí lo fuera, lo tacharía de determinista, lo que atentaría contra el libre albedrío.

La persona de Fe sabe que todo tiene sentido y que ella, la persona, viviendo de modo altruista, es decir, enfocada en el Amor, participa directamente en el cumplimiento del Plan de Dios sobre la vida. Que en eso consiste amar, en ser partícipe consciente del Plan de Dios en la vida. Y en este ser conscientes de participar en el Plan de Dios con nuestros actos cotidianos, consiste saber escuchar.

Saber escuchar significa saber orar, vivir en permanente presencia de Dios, en saber escuchar lo que Jesús y María tratan a todas horas de decirnos, alinear nuestra consciencia y nuestra conciencia a la suya. Y esto sólo se consigue con el silencio interior, con esa oración contemplativa, que nos hace ponernos en presencia de Jesús, en casa de María, y escuchar, acallando nuestras potencias, que sólo actúan en nuestro propio interés, sin reparar en nuestra participación en la trama de la vida.

Dicen los teólogos que la pedagogía del amor tiene cuatro pasos. El primero, saber que Dios nos ama, que nos lo dice el catecismo. El Segundo es tomar conciencia y ser conscientes de que Dios nos ama, que se alcanza con la Oración de recogimiento, con la escucha. El tercero es dejarnos amar por Él, que se alcanza con el riesgo de la confianza, confiándole nuestra vida entera y dejando que el guíe nuestros pasos. Y el cuarto es hacer nosotros lo mismo, amar como Él nos ama cada día, actuando en nuestra vida, y actuando nosotros en la trama de la vida, en esas innumerables casualidades, con ánimo altru-ista, donando nuestra vida a los otros, tanto amigos y conocidos, como a los desconocidos.

Longanimidad: el amor sobre las espinas

Si un componente importante en la escucha a Dios es saber identificar, discriminar, discernir esas bifurcaciones ante las que Dios nos pone en la vida, para dejarnos aconsejar por Él y saber tomar la alternativa adecuada a su Plan para nosotros y para los demás, el segundo componente, igual de esencial en la oración, es saber aceptar su voluntad “cuando vienen mal dadas”.

Bendito seas, Señor

porque pones con amor

sobre espinas de dolor

rosas de conformidad

Este es el comienzo de uno de los poemas más bellos de José María Pemán, que él tituló “resignación” y debemos titular “aceptación”, esa capacidad de encajar la adversidad y que el Castellano recoge sabiamente con el vocablo “longanimidad” cuya definición es “la grandeza y constancia de ánimo ante la adversidad” y también la benignidad y la generosidad.

La longanimidad es un término que se emplea poco y que hace que consideremos las catástrofes como molestias y no las molestias como catástrofes. Admiramos a personas así por su fortaleza de ánimo en un mundo donde, estando acostumbrados a nuestro welfare state, estado del bienestar y que todo nos sea propicio, nuestra capacidad de resistencia a la adversidad ha quedado reducida a la mínima expresión.

Colectivamente, la vivencia de esta pandemia del coronavirus nos está poniendo contra las cuerdas a todos y ya estamos viendo cómo, serias secuelas psicológicas están haciendo a la gente presa del miedo y de la angustia, porque este suceso nos ha sacado de nuestra zona de confort y nos somete a un ambiente absolutamente hostil, tanto en lo sanitario, en lo relativo a la salud, la nuestra y la de los demás, como en lo relativo a la economía, amenazándonos con volver a vivir en la pobreza, a veces extrema.

Reconozco sinceramente que, cuando rezo o hago oración, no sé muy bien a quién dirigirme, si a Dios Padre, a Jesús, al Espíritu Santo, a la Virgen, a todos a la vez, o al santo de mi devoción o a mi ángel de la guardia. Es un lío; muchos seres celestiales a los que acudir a veces me saturan, tanto más cuanto que van y te cuentan que cada virgen está especializada en un problema, como nos dijeron en Torreciudad, donde monseñor Escribá tenía y tiene tres capillas para la Virgen, la de Pilar, la de Loreto y la de Guadalupe, creo. Y cada cual está especializada en un problema, la primera para asuntos de salud, la segunda para temas de dinero y la tercera para temas de amores. Y cuidado con confundirlas, porque entonces la cosa no funciona.

Sin ánimo de ridiculizar esta especialización en asuntos de las vírgenes, respeto las devociones de la gente, que mejor es eso que el abandono de la fe. Pero a donde quiero llegar es a que la vida interior es mucho más que esas cuestiones devocionales.

Orar es vivir con Jesús en casa de María.

Al menos para mí.

¿Qué quiero decir con esto? Pues que para la persona de fe y que realmente vive la espiritualidad cristiana, el corazón del alma es la casa de María, donde el Jesús humano habitó durante treinta años de su vida y a la que acudía con mucha frecuencia durante su vida activa, dado que María nunca se despegó de Jesús siendo, además de madre, su primera discípula.

Sin decir una sola palabra, María supo enfrentarse a esa dramática sentencia que le echó el sabio Simeón al bendecir al niño en la presentación al Templo: “Y a ti, una espada atravesará el alma”. (Lc. 2, 35). O cuando los pastores fueron a adorar al Niño: “María guardaba todas esas cosas en su corazón” (Lc. 2, 19)

Es decir, saber, ser conscientes de que la vida, en algún momento no nos va a ser propicia (el alma traspasada por la espada) y nuestra incapacidad para comprender (guardar estas cosas en el corazón) suponen la base de la longanimidad, de esa grandeza y constancia de ánimo que nos permite “escuchar a Dios” en la tormenta, en el huracán, no sólo en el susurro de la brisa que escuchó Elías en el monte Horeb (1R. 19, 12).

Es duro escuchar a Dios en la tormenta, en la adversidad. Posiblemente esta es una de las razones fundamentales de tener a María en nuestra vida, tomarla como ejemplo de vida y de longanimidad, de grandeza y constancia de espíritu; tanta, como hasta el punto de soportar de pie el dolor de ver clavado a su hijo Jesús en la Cruz y, también el derecho de llorar amargamente ante Él muerto y hasta pedirle cuentas a Dios ¿por qué?

Ser longánimo no significa ser duro como el hierro, frío como el hielo y soportar el dolor sin derramar una lágrima; todo lo contrario, es saber llorar amargamente, porque detrás de las lágrimas viene el consuelo.

Posiblemente la oración ante la adversidad sea la más dura. Solemos acudir a María para que como buena madre nos proteja de la ira de Dios y hacemos como los niños “mamá dile a papá que lo compre”, es decir, nos han educado tanto en la dureza de Jesucristo o de Dios Padre, que lo que no nos atrevemos a pedirle a Él, se lo pedimos a la Virgen, “a ver si cuela”.

No, María no está para ser intercesora de nosotros ante Dios, la abogada nuestra (eso creo), porque ya sabe el Señor de qué tenemos necesidad. No está María para conseguir nuestros caprichos a base de rosarios y jaculatorias. Esto queda para los principiantes, que diría San Juan de la Cruz.

María es mucho más; es nuestro modelo de vida, junto con Jesús. Tenemos que bajarles a los dos, a María y a Jesús del celestial pedestal como “Virgen Reina de los Cielos” y “Pantócrator” a los que venerar y adorar respectivamente, para sentarnos en la mesa con los dos en la casa de Nazareth, y hablar con ellos, con los dos. Pedirles consejo, como se lo pedimos a nuestro padre y nuestra madre, sin remilgos litúrgicos, sino en bata y zapatillas y hablarles sinceramente; decirles “esto no lo entiendo”, o pedirle fortaleza de espíritu o simplemente que ellos nos concedan las virtudes necesarias para caminar por la vida.

Es decir, saber escuchar en la oración no es otra cosa que hablarles alrededor de la mesa de María, contarle nuestras penas y nuestras ilusiones escuchar y decirle al Señor.

Porque lo mandas y quieres

porque es tuyo mi dolor

bendita sea Señor

la mano con que me hieres.

Marta y María

El pasaje de Betania, en el que Marta, enfrascada en sus tareas se quejaba de que María estuviera embobada escuchando a Jesús, es el ejemplo evidente de cómo actúan la mente y el alma. La mente está permanentemente enfrascada en sus tareas domésticas, que es pensar, razonar, reflexionar, meditar incluso, rezar. Es decir, la mente no se calla ni debajo del agua; le es imposible hacer silencio, es extremadamente “lenguaraz” y no sabe dejarnos en paz. Sólo sabe pedir y suplicar y, le encanta reconocer lo mucho que sufre, porque sufre de victimismo, ese comparar permanentemente el grado de sufrimiento, ese “si tu sufres esto, yo más”. Y así, enredada en sus pensamientos y, no digo que sean todos egoístas, pueden ser altruistas, se pasa la vida pensando sobre todo, hasta sobre el mar y los peces.

María sólo escucha embobada. El alma humana es Eva (o Adán) antes de ser engañada con la manzana puñetera, a partir de cuando se creyó mente autónoma capaz de “yo me lo guiso, yo me lo como”. Y surgió la mente, la dualidad, el pecado. Por eso el alma es la víctima inocente de la mente que es lo que ha hecho el llamado pecado original, engañar al alma y desdoblarla en mente y alma, siendo la mente esa creencia en la capacidad de autogestión de la propia vida, sacando a Dios de la ecuación. De ahí procede el pecado.

Así que nuestra capacidad de escucha no viene de lo que pueda lograr la mente, sino que la mente (lo que creemos ser, y quienes creemos ser), comprenda que ha de dejar paso al alma dormida, porque es ella, el alma, María, la que es capaz de quedarse embobada escuchando a Jesús. Así que la gran tarea de la mente, para aprender a escuchar a Dios, es dejar paso al alma y ser consciente de que nuestra verdadera identidad no es mental sino espiritual.

En la vida de pareja, saber escuchar supone “exactamente lo mismo”, dejar que el alma (el corazón) pueda escuchar al otro, que ha tomado el riesgo de confiar en nosotros, sin juicios de valor, sin cuestionarnos ni cómo, ni por qué el otro se siente de determinada manera. Cuando eliminamos los juicios mentales, nuestra alma emerge, acepta, comprende y sobre todo, es capaz de amar y de perdonar, esa bendita “decisión unilateral de esperanza”.

Igual arriba como es abajo. Siempre es así; nuestra relación con Dios es exactamente igual que con nuestro ser amado en este mundo. Por eso el matrimonio es un sacramento, porque es signo y símbolo sagrado del Amor de Dios.

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Autor: José Alfonso Delgado

Nota: La publicación de las diferentes entregas de La Física de la Espiritualidad

se realiza en este blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021.

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