Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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19/1/21

El motor es el pensamiento (Memorias de un descarnado: 4 de 29). Por Deéelij


“No se puede enseñar nada a un hombre, sólo se le puede ayudar a encontrar las respuestas dentro de sí mismo”

Galileo Galilei. Físico italiano (1564-1642)

 

“El hombre es el verdadero creador de su destino. Cuando no está convencido de ello, no es nada en la vida”.

Gustave le Bon. Psicólogo francés (1841-1931)

 

     Amarró la Bücker a los anclajes que encontró en tierra. Supuso que por “casualidad”, eso creía él, parecía que había acertado a estacionarse en el sitio exacto.

     La noche, negra y tenaz, invadía cualquier atisbo, negando la posibilidad de indagar los alrededores; saber algo del lugar donde se encontraba no constituía una opción viable. Era una situación espesa, más que cualquier pertinaz niebla imaginable.    

     La luz, que con debilidad titilaba desde el otro lado de una pequeña ventana de lo que debía ser la proclamada caseta, perfilaba con la suficiente nitidez la trayectoria que conducía hacia su ubicación. No quería imaginar cuál sería el interior, pero pensó que encontraría algo realmente cutre, desvencijado; una estancia abandonada, pobre, sucia y mugrienta. Imaginó que la cena no sería tal cena, acaso un par de sándwiches con mantequilla aderezados de algún embutido, y acompañados de algún refresco a temperatura normal; de postre, alguna pieza de fruta. Pensó que después del trajín al que había sido sometido, la crueldad de su instructora sería el matiz que palparía en el ambiente que le esperaba. Estaba seguro de que se habría cebado con el propósito de mortificarle.

     Empezó a subir los peldaños de madera ¡Crujían! Era lo que temía: unas instalaciones destartaladas en plena ruina. Abrió la puerta a duras penas; sus goznes permitían un movimiento limitado. Un candil, sobre una mesa llena de polvo, alumbraba con tristeza y melancolía la estancia y la cena que fácilmente había adivinado. Dos sillas, que parecían sacadas de un desván olvidado, y un camastro pegado a la pared oeste constituían el estrafalario mobiliario. Halló en un rincón un colchón, enrollado al estilo militar, y un juego de sábanas y mantas, al parecer limpio. Justo aquello sobre lo que no había imaginado ni pensado estaba en buenas condiciones. Al menos podría dormir cómodo y salubre. La estufa mencionada no era otra cosa que un armatoste oxidado en medio de la habitación, muy posiblemente con la salida obstruida con el hollín acumulado en sus entrañas. Eran ganas de ir a buscar leña y matarse a producir fuego para que luego el humo infectara toda aquella estrecha sala produciéndole la asfixia mientras dormía. Desistió.

     Indagó más, aunque no había mucho donde hacerlo. El recinto era muy pequeño. Ridículo. Abrió la única puerta existente en el interior. Un increíble y putrefacto hueco redondo en el suelo ofrecía el hedor de un retrete inmundo. De la parte superior colgaba una alcachofa metálica que parecía la ducha. Accionó el grifo provocando que la misma, atascada por la cal, saltase disparada por la presión de un chorro de agua de color incierto, que cayendo al piso fue tragada poco a poco por un agujero. ¿Quién quería ir a pasar una noche a ese lugar? ¿Le estarían castigando en ésta vida por el mal producido en la anterior? ¿Estaría atrapado en un espacio-tiempo sin alternativas? ¿Sería un fantasma deambulando junto a otros? Éstas y otras cuestiones asaltaban su mente sin sosiego. Quiso pensar, pero no pudo. Ya no sabía en qué creer. Era mejor alimentarse.

     Las dudas dejaron de acudir mientras engullía, con ansias, las escasas provisiones. Prácticamente de un trago tomó la bebida dejada, permitiendo al bolo alimenticio llegar hasta su estómago. De cuatro mordiscos consumió la manzana verde reluciente de sabor ácido. Al acabar, sintió sed. Quinqué en mano revisó en busca de algún grifo del que emanara agua potable. Lo hizo sin resultados, tanto en el interior como por el exterior. ¿Acaso esa estúpida chiquilla no pudo prever lo más básico y elemental? Inquirió en el regreso a la que consideraba una “asquerosa choza denigrante”. La rabia y el odio contra Pal se incrementaban por segundos. Su única fortuna la encontró al acordarse de su previsión. Nunca salía a volar sin una botella del líquido elemento. Fue hasta la Bücker resolviendo el problema, que no sus ansias por degollar a la instructora.

     Una vez satisfechas sus ganas, el resto de su cuerpo demandaba reposo. Hizo la cama con urgencia, descuidadamente. Sin quitarse el mono de vuelo se introdujo en ella tras disminuir la luz del candil. No quiso apagarlo, podría serle útil. Además, no tenía cerillas ni mechero para poder reencender luego la llama si fuese necesario.

     Apunto de conciliar el sueño, se activó la última instrucción de Pal. Y no fue porque su pensamiento reposara en la forma de vengarse de ella. Fue al girarse en el jergón cuando notó la incomodidad que producía el dichoso libro alojado en la pernera. Lo sacó con desprecio, arrojándolo a la oscuridad que le albergaba. Chocó con algo que, por el ruido, podría ser un plato; aunque él no había visto ninguno en la cabaña. Ya tendría mañana tiempo de leerse esa maldita primera página de ese absurdo manual de reglas de vuelo. No debería ser tan importante como para que tener que hacerlo en esos instantes.

     Aunque el cansancio reinaba en cada una de sus teóricamente fallecidas células, su pensamiento impedía conciliar el sueño. Conociéndose, sabía que hasta que no leyese lo indicado, no podría dormir; así que de mala gana se levantó y buscó. No fue difícil. El libro estaba en el rincón contrario, y “casualmente” abierto por esa primera página. Las letras eran grandes y se podían distinguir a distancia, por lo que no fue necesario siquiera alzar el volumen del suelo. El mensaje de la primera, al parecer lección, era inaudito. Pensó que tendría que aprender algunas cuestiones y fórmulas de memoria, pero aquello era a la vez de simple, un sin sentido y algo estúpido. Una vez leído se introdujo en la cama sonriendo. Si pensaban que, con estas tonterías, iban a enseñarle de nuevo a volar, estaba seguro de haberse apuntado, si es que lo hizo alguna vez, a la peor de todas las escuelas de vuelo; no obstante, no pudo desalojar la frase de su mente.

   El letargo acudió repitiéndola al mismo tiempo que sus labios esbozaban una sonrisa de incredulidad. 

   Al menos durmió profundamente.

 

Segunda jornada. 05:04 horas.  Cráter de Ís.

 

     Tras ocho horas de reposo sus ojos no se abrían. Quizá, transcurridas ocho más, hubiesen estado en la misma actitud de no ser por el tremendo ruido que, como un jarro de agua fría, le hizo sobresaltarse y caer de la cama provocando un despertar de espanto.

     Lo detectó. Se trataba de un bimotor aterrizando. Su esencia así lo manifestaba. Se sacudió de las mantas que le tenían enrollado y buscó sus botas. Miró el reloj. ¿Las cinco de la mañana? Increíble pero cierto, el sol había salido iluminando el interior mostrando, aún mejor, la escasa limpieza y lo deteriorado del lugar. El ruido exterior aumentaba. Alguien había aterrizado y estaba dando la vuelta para llegar hasta la zona de estacionamiento.

    Al acabar de atarse los largos cordones de su calzado una sombra, alargada, inundaba la estancia. Fuese lo que fuese estaba pasando por delante de la ventana. Miró. Adivinó la figura de un DC-3. Un aparato que había visto en alguna ocasión; ¡una auténtica fascinación! Su historial era increíble. Fue uno de los trasportes militares más conocidos. Era versátil, como pocos, y en su mundo, ya abandonado, habían sido más que descatalogados.

     Impetuoso, saltó con avidez fuera del cuartucho. El DC-3 estaba terminando de dar la vuelta, justo al lado de su avión. La cabecera de pista quedaba a unos cincuenta metros en la parte norte. Fue entonces cuando pudo divisar el extraordinario espectáculo que ofrecía aquella hermosa y maravillosa naturaleza. El capricho le rodeaba. Ís estaba, efectivamente, situado en el centro de una depresión que, a simple vista podría decirse, marcaba una perfecta corona circular. El centro, donde se albergaba ésta inusitada y absurda pista de aterrizaje sin sentido alguno, comercialmente y estratégicamente hablando, suponía una extensión que superaba, por poco, el kilómetro de diámetro. Una pequeña isla dentro de un boscoso lago de espacio aún desconocido. La distancia, calculó, que lo separaba hasta cualquiera de los extremos del inicio de la tremenda falla orográfica podía estar en torno a los cinco kilómetros.

     El aparato apagó sus motores. Jano buscó con la vista en la cabina la silueta del piloto o los pilotos, pero el reflejo del sol le impedía percibir algún contorno. Estaba ansioso por descubrir la naturaleza de la visita sorpresa. La portezuela de salida caía justo del costado derecho, el que no podía ver. Se encaminó al encuentro. Quizá pudiese contactar con personas que pudieran darle algunas respuestas, e incluso la manera de escapar de allí. Después de todo, tan sólo había conocido a dos seres poco alentadores en su corta estancia en ésta incierta vida. En su mundo perdido ya, él era alguien, conocía personas, tenía amigos y familia. Tenía una vida excitante volando aviones supersónicos que le permitían viajar a seis veces la velocidad del sonido, y ascender a grandes altitudes en escasos minutos desde donde contemplar un cielo limpio y silencioso que le albergaba con prontitud cada vez que llegaba a sus cumbres.

     No le había dado lugar a llegar a su objetivo. Apenas cruzaba delante de la Bücker, cuando lo que más temía, y menos deseaba, surgió como un presentimiento enarbolado que le llenó, de nuevo, de rabia y disgusto. ¡Era ella!

     -      Buenos días, Jano. ¿Cómo has pasado la velada? –insinuó con algo de malicia su, para él, resabiada y desagradable instructora. 

     La chica lucía su rostro alegre y jovial. Transportaba en sus manos una bolsa de papel marrón. Él presumió que en su interior se hallaba algo que requería con anhelo: un apetitoso desayuno, acompañado de un rico y cargado café humeante.

     -     Vaya, justo a quién menos esperaba – acusó reprimiendo su ego, pues su estómago demandaba viandas, y no una discusión que dejaría para más tarde.

     -    ¿Cómo? – respondía alargando la bolsa con su brazo derecho para que él la recibiera –. ¿Acaso no dije que vendría hoy, con el combustible? Será mejor que desayunes. Luego llenaremos los depósitos de la Bücker; he de llevármela, la necesitamos para otro estudiante.

     Jano entendió que se quedaba sin avión. Pero era lo que menos le preocupaba. Ahora sólo quería comer. Interceptó la bolsa, procediendo a abrirla con impetuosidad. El contenido no era el esperado. Encontró el manual de vuelo del DC-3, cartas de navegación, unas de gafas de sol y una gorra de béisbol que, con letras doradas, portaba en su frontal el nombre del aeródromo de acogida: Nairda.

     -     Supuse que esto sería el desayuno. ¿No has pensado que tengo hambre? – Espetaba con rabia. Cuando necesitaba alimento y no lo encontraba con rapidez, perdía el control –. ¿Qué es lo que pretendéis de mí? Seguramente – continuaba esgrimiendo siguiendo el deambular de las largas piernas de la instructora camino del barracón –, estaré aprendiendo a volar y necesitaré unas cuantas clases. Vale. Puedo ceder ante ello. Es posible. Pero he de mantener este cuerpo muerto con vida ¿no?

     Ella ni se inmutó, sólo sonreía, aunque él no podía distinguir tal detalle. Jano desistió de hacer cualquier otro comentario. Era inaudita la poca atención que le prestaba. Le enojaba, por si no lo estaba en exceso, la suficiencia con la que era tratado. No alcanzaba a entender los porqués de esos desplantes, ni la falta de tacto o que no se le correspondiera con algún gesto o palabra. Aquello le trajo a la memoria los años que paso en la Escuela Naval, cuando se les requería con órdenes estrictas, teniendo que ir corriendo a todos los lugares; un actuar autoritario y, muchas veces, despótico.

     Una vez dentro del recinto de madera comprobó cómo la compañera hacia un gesto de giro con su mano izquierda, sobre la nada, frente a una de las paredes desgarradas por la suciedad. De pronto, un portalón se abrió mostrando un enorme frigorífico repleto con abundantes viandas de todo tipo. ¡Quedó asombrado! ¡Boquiabierto! No supo qué decir. Pal sacó una jarra de zumo de naranja, mantequilla, beicon y algunos huevos depositándolo todo sobre la mesa. Volvió a cerrar. De nuevo la madera de la pared era todo lo que quedaba a su vista. Continuó con el mismo gesto accionando otras manivelas invisibles. Nuevas puertas se abrían. También sacó pan de molde para tostadas y mermelada de distintos sabores. A continuación, se dirigió a la izquierda levantando una tapa imaginaria apareciendo una hornilla con cuatro calentadores. De otro lugar, en la parte inferior, obtuvo una sartén y unos platos. Él se sentó, admirado, contemplando anonadado cómo preparaba unos huevos revueltos y tostaba el pan. No cabía en su asombro, ni podía articular palabra alguna. Imaginó que, en aquello, que también quería suponer era el cielo tras su muerte, aunque se lo quisieran negar una y otra vez, todo es posible; pero tendrían que habérselo advertido. Empezó a comprender la negativa de Pal a contestar sus cuestiones. Entendía que eso que ella aportaba eran soluciones, no respuestas. En ese momento tuvo la cognición para poder diferenciar tales conceptos.

     Su estima y aprecio por ella iniciaron una escalada hacia el agradecimiento desde el desprecio absoluto.

     Recordó sus días como profesor. Él también tuvo que afrontar situaciones parecidas, donde sus alumnos no comprendían su comportamiento hasta pasado un tiempo.

     Pal limpió la mesa, colocó un mantel, y sirvió, con ternura, el opulento desayuno. Se sentó frente a él, invitándole a degustar, con una señal gestual de sus manos, y el alumno comenzó a devorar sin protocolos, dando rendida cuenta a la materia ante sus ojos dispuesta.

     -   Observo… – masculló Pal al terminar un amplio sorbo de café –... que no has entendido el contenido expuesto en la primera página del libro, si es que la leíste como solicité ayer noche.

     Aquello le cogió de sopetón tragando un buen bocado de tostada repleta de beicon. Apenas pudo dar respuesta, aunque lo intentó. Hubo primero de tragar aquel bolo con ayuda del zumo de naranja para poder emprender una comunicación.

     -   Sí, lo he leído. Pero no puedo creer que eso sea una regla útil para el vuelo, o para aprender a ser feliz como tú y Pitt decís. Por otro lado, no sé a qué te refieres con que tendría que haberla entendido. Es una frase simple, y he de reconocer que muy efectiva para conciliar el sueño.

     -   A eso me refiero – insistía Pal –. Exclusivamente la usaste para dormirte, pero continúas sin aclarar el significado de su contenido.

     Jano, un poco perplejo, seguía exterminando la comida servida con ansiedad devoradora, pero percibió que tendría que realizar un alto. Aquella respuesta contenía algo que se escapaba a su razonamiento.

     -   ¿Podrías explicarte? Quiero, alcanzar a dilucidar qué pretendes decir. No me apetece seguir deambulando por este extraño mundo sin un aparente sentido.

     Por primera vez, captó Pal, su alumno tenía puesta la atención en el aprendizaje. Hasta ahora estuvo en el habitual atolondramiento sin experimentar cambio alguno.

     -    Fíjate, Jano. Tú eres un piloto que quiere volar. Eres, en definitiva, un Ser que quiere vivir. Y para poder vivir, has de conocer las reglas del juego; como para poder pilotar, has de conocer las normas de vuelo – afirmaba parando su discurso, buscando la complicidad en el razonar de su interlocutor –. Estás aquí por voluntad propia, aunque no puedas recordarlo. Estás aquí porque simplemente estás cansado de volar sin sentido, sin lógica – Él pudo, en ese momento, comenzar, con cierta y vaga iluminación, a percibir el significado del símil expuesto –. Estás cansado de estrellarte, una y otra vez, sin conseguir dominar el aparato que vuelas.

     Al concluir su breve disertación, observando la cara y los exiguos gestos que Jano expresaba, decidió abandonarlo en su meditación. Lo mencionado le estaba haciendo mella. Pal dejó su taza y plato sobre lo que de pronto se constituyó en un fregadero. El asombro, de tal magia, a los ojos del piloto, crecía una vez más.

    Estaba despertando. Estaba naciendo. Y ella esperaba que ésta vez fuese la definitiva.

     -   Voy a cargar el combustible en la Bücker mientras terminas el desayuno. Por favor, friega los utensilios y limpia la mesa ¿De acuerdo? sugirió con un gesto tierno que derritió los sentimientos albergados de odio y venganza de su alumno. Jano asintió con un golpe de cabeza. No podía hacerlo de otro modo. Estaba anonadado e insuflando en su computadora mental los datos aportados, que si bien eran pocos, estaban expuestos de forma clara y contundente. –   Gracias Cadete. Cuando esté listo le espero junto al DC-3, quiero mostrarle algunas cosas – acordó dándole una leve y sugestiva palmada en el hombro.

     Jano asintió y Pal abandonó su choza, como así la consideraba él, con paso ligero, pero muy silencioso. La puerta se cerró sin percibir ruido alguno en sus bisagras. Dentro, reinaba un ambiente de sosiego, paz y asombro al unísono.

     El concluyó sin prisas todo el arsenal de productos cocinados, alcanzando la saciedad. Luego, se dirigió al lugar donde se habían depositado los platos. Con gran incredulidad, al accionar el grifo niquelado, un chorro de agua limpia emergió. Era una sensación muy agradable la experimentada mientras iba lavando los utensilios usados. Los dejó secando en el escurridor anexo al seno. Luego limpió el mantel de migajas, lo dobló y guardó en el cajón invisible que todavía permanecía entreabierto, y del que Pal lo sacó, cerrándolo sin pretenderlo a continuación. Eso le provocó curiosidad. Intentó abrirlo buscando el asa invisible, pero no lo consiguió. Era evidente que aquella magia no funcionaba con él.

     A través de la ventana observó cómo, por el accionamiento manual de una bomba, se trasladaba mediante un tubo de goma el combustible de un avión a otro.

     Ambos habían terminado sus respectivas operaciones al mismo tiempo. El alumno procedió a salir y encontrarse con la que ya no le parecía su tan distante y cruel instructora.

    -     Bien, Jano, ven por favor  – reclamó al verle –, ayúdame a recoger. 

    Sin darse tiempo, puso manos a cumplimentar la petición. No obstante, y al mismo instante, se proyectó su intención en un discurso atropellado, impulsivo y decidido. Tenía que salir de toda duda de una vez.

     -   Quiero entender, si no equivoco mis razonamientos, y corrígeme si no es así – enunciaba transportando los más de veinte metros de manguera hasta el DC-3 –, que yo soy, según lo escaso que me habéis explicado hasta el momento, un Ser que realiza una vida, igual que un piloto realiza un vuelo, y que al igual que el arte de volar posee una normas sin las cuales no se puede conseguir su dominio, la vida por similitud – concluía con el esfuerzo consiguiente de ir subiendo la escalerilla marcha atrás y tirando de aquel montón de goma amarillenta –, posee unas reglas que hay que aprender para poder experimentarla, dominándola, sin que la misma te domine. ¿Estoy en lo cierto?

     -    Así es. Perfecto –asintió ella procurando, de esa forma, que él siguiera con, y, en, un derivar y dilucidar profundos. Lo hacía bien para llevar tan poco tiempo entre ellos.

      Dentro del avión, algo acalorado por el afán de su trabajo, proseguía pronunciándose en sus intrigas.

     -    Por fin estamos de acuerdo en algo. Gracias – manifestó obteniendo claridad en su mente, hasta ese momento, algo confusa, irascible e hiriente –. Pero lo que no puedo entender es cómo has podido sacar la comida de la nada y hacer el desayuno con una cocina que no existía; montando un espectáculo de encantamiento.

     -    Perdona si insisto – aclaraba ella reclamando calma e imprimiendo dulzura al tono y calidez de sus palabras, pues era consciente de que lo que le iba a decir podría sorprender y deslumbrar su lógica –, pero eso que has visto, es la consecuencia del correcto entendimiento y aceptación de la primera de las reglas de vuelo. Algo que pese a leer, no has llegado, ni tan siquiera, a comprender…

     -    Eso de que – interrumpió con atropello –: “el motor es el pensamiento. Lo siento, pero no le veo consistencia. No sé a dónde quieres conducirme con ésa frase. ¿Acaso qué para poder volar es necesario un motor? No tiene validez, dado que todos sabemos que la práctica del vuelo sin motor es viable…

     Pal no dejaba de escucharle. Retrocedió cerrando la portezuela de babor, reencaminando su movimiento hasta sentarse en la cabina de mando, e invitándole, gestualmente, a que le acompañara ocupando el asiento derecho.

     -     Si repasas tu vuelo de ayer podrás entenderlo. ¿No pretenderás que te lo de todo mascado? Piensa un poco por ti mismo.

     -     ¿Qué tiene que ver el vuelo de ayer con la preparación de un desayuno que se saca de una pared de madera? Creo que son cosas totalmente diferentes.

     -    No, en absoluto – respondía cortésmente, al accionar el motor número uno que reaccionó a la perfección –. Es tu forma de pensar lo que te delimita, lo que te marca, lo que hace de ti que seas lo que Eres y lo que no Eres –. Las revoluciones y la presión del aceite estaban subiendo. Con la ignición tuvo que subir el volumen de voz, aunque ya estaban conectados a través de los cascos –. Si analizas un poco, con detenimiento y un mínimo de introspección sincera, podrás recordar que la causa de un vuelo desastroso como el de ayer, sólo tiene su origen en la forma que tienes de pensar con respecto al vuelo – En ese instante sus ojos desafiantes se encontraron –. Hazlo, examínate y comprobarás que vuelas en función de cómo piensas que se debe volar –. Arranca el número dos – ordenó señalando el botón del mismo, y que se encontraba más cercano a la posición del copiloto.

     Jano presionó el círculo de plástico rayado de color rojo. El motor empezó a petardear sin ritmo, escupiendo demasiado humo e hizo un amago de arranque quedando las palas giradas a un cuarto de su posición anterior.

     -    ¿Ves? Así funciona tu pensamiento, igual que ése motor. Todo porque no has puesto la mezcla adecuada antes de la ignición. No has mirado los manuales del avión, y ante una simple sugerencia para accionarlo, has actuado impulsivamente, sin raciocinio, sin mirar, sin leer, sin comprender; ni tan siquiera sin entender cómo se pueden arrancar estos motores.

     Con esa demostración le había hecho sentirse estúpido. No obstante, había empezado a entender la cuestión que se debatía.

     -      Vuelve a intentarlo. Arranca ajustando la mezcla.

    Tras mirar el manual, tiró hacia sí de un tubo que iba llenándose de keroseno conforme se ampliaba su recorrido. Una vez al final de su elongación, lo empujó hasta el fondo con suavidad. La operación se repitió hasta tres veces. Al inyectar mayor cantidad de combustible, se permitía una combustión adecuada pues el conducto pudo haber quedado vació cuando se apagó el motor por última vez. Luego, con algo de miedo, pero con decisión, apretó, de nuevo, el botón. El número dos produjo, al segundo, una gran humareda; parecía que iba a explotar, pero tan solo soltaba los residuos que habían quedado almacenados en los escapes después del primer intento. A continuación, con benevolencia, la hélice empezó a girar, con pesadez al principio, haciendo un leve acompasamiento al machaconeo interno de su motor. Un poco más tarde su cadencia era formidable; las revoluciones estaban en un buen punto. El avión estaba listo para rodar y despegar. Él, sin embargo, navegaba en sus nubes mentales queriendo cuadrar lo que parecía un acertijo.

     -   ¿Listo para el despegue? – Dijo apresuradamente Pal una vez que había dejado clavado el aparato en la cabecera de pista.

     -     Listo. ¿Pero quién lo va a pilotar, tú o yo?

     -     Tú por supuesto, eres el alumno. Adelante, es todo y solo tuyo.

     Esta vez no le iba a pillar en negligencia. Consultó, de nuevo, el manual hasta localizar el cuadrante que determinaba la velocidad de despegue, en función de la altitud y el peso aproximado. Necesitaba unos setecientos metros para alcanzar los setenta nudos necesarios para elevarlo.

     Miró a su piloto buscando el consentimiento. Metió las palancas de gases a fondo encabritando todos los caballos de potencia de ambos motores. El inicio, como era acostumbrado, resultaba lento, aunque la impulsión se fue acoplando poco a poco, procurando, a medida que avanzaba, la velocidad requerida. La tensión hizo subir sus pulsaciones, no tenía horas de vuelo en ese tipo de aparato; sí en otros similares. El sudor, pese a no hacer calor, comenzaba a rebosar por sus poros. No quería fallar. La pista tenía un final y esperaba no apurarlo. Confiaba poco en no caer, como la noche pasada, en el vacío oscuro en el que penetró sin saber a dónde se dirigía. Lo que sí percibía era el enorme espacio que le salvaba del otro extremo. Si no tenía pista suficiente podría inclinar el avión un poco adquiriendo, durante el picado, la suficiente velocidad para poder salir del posible atolladero.

       Recordó unas palabras muy antiguas que su primer instructor de vuelo le refería: “No hay trozo de pista más inútil que el que se deja atrás sin utilizar”. Ya había quedado usada la mitad de la misma. Con el resto debería tener de sobra. El indicador de velocidad marcaba, a duras penas, los cincuenta y cinco nudos. Aún le restaban quince para poder remontar el bimotor. En una mirada de soslayo pudo apreciar que Pal no prestaba atención al cuadro de mandos, sólo miraba el paisaje, ajena al despegue. Perecía no inmutarse, y eso aumentó su dudosa confianza. La velocidad subía, pero no con la misma magnitud que los metros que se recorrían. El final estaba presto. Temía volver a caer al precipicio, y ese temor se manifestaba sin ocultación. Lo que tenía claro era que ya no tenía terreno suficiente para frenar el avión. El punto de no retorno había pasado. ¡Otro nuevo punto de no retorno, no considerado a tiempo! Sesenta y cinco nudos y apenas cincuenta metros. No lo conseguiría, imaginó, pensó. Pal mantenía su mirada, impertérrita, fija, en la zona de babor. De pronto recordó que no había sacado al menos quince grados de flaps para incrementar la sustentación y saltar al aire lo más rápido posible. ¡Tremendo error! Otro más que seguro le sería encarado más tarde. Una de las normas elementales del vuelo había sido olvidada.

       La pista se acabó al momento que los setenta nudos eran conquistados. Pero no llegaron a tiempo. Se produjo la temible caída; el desplome. El espectáculo allí abajo era sorprendente: ¡todo un vergel de mil colores! El aparato se dirigía en un picado de unos quince grados, en ese instante provocado, hacia un oasis de perfección. Jano nunca creyó que aquél paisaje, que un día imaginó en uno de sus mejores pensamientos, pudiera existir.

       La velocidad ya superaba los cien nudos. Giró los mandos a la derecha y atrás. El avión reaccionó de igual forma. Comenzaba un ascenso gradual cobrando altura. Había recuperado el control.

   -     Bien – dijo mirando con cierta satisfacción a Pal –. ¿Qué quieres que haga ahora?

   -    Veamos si eres capaz de aterrizar a la primera. He de llevarme la Bücker; la están esperando en Nairda.

       La petición provocó una creciente ola de sudor. Una cosa había sido sacar aquel bimotor de allí. Bien distinto sería posarlo. Si ayer con un avión pequeño y manejable había sido costoso y lo posó en el segundo intento, hacerlo con un transporte mediano podría constituir un auténtico reto. Se prometió no fallar.

       Comenzó un ligero ascenso para ganar altura antes de enfilar la pista. Miró la manga colocada a mitad de pista. Reflejaba un viento muy ligero por el costado de babor, no más de diez nudos de velocidad. Ello suponía un punto a su favor. Examinó con rapidez el procedimiento para el aterrizaje. De un vistazo pudo apreciar que no se diferenciaba mucho de otros aparatos. Requería entrar con los flaps a cuarenta grados y con una velocidad mínima de setenta y cinco nudos. En principio parecía algo fácil. Giró de nuevo en el último viro a derechas enfrentándose a aquel portaaviones terrestre. Inició el procedimiento. El DC-3 volaba controlado. De reojo indagaba en las evoluciones de su acompañante. Ella parecía no mostrar mucho interés. Ningún gesto o movimiento advirtió anomalía en su actuar. Lo esperaba de ella. Empezaba a conocerla. Sería tras el aterrizaje cuando llegarían las correcciones pertinentes. Las esperaba, unas con cierto temor sabiendo que su orgullo de piloto se vería afectado; otras, con evidentes ganas de aclarar circunstancias que quería resolver de una vez.

        Quedaba escasos metros para llegar al comienzo de la banda de tierra allanada a todo lo largo de Ís, aunque ahora, y desde esa perspectiva, parecía un corto rectángulo no muy alargado. La velocidad de aproximación estaba controlada. Los flaps, en su posición, cumplían con eficacia su cometido. Nada más pasar por encima de la planicie circular rozando unos pequeños arbustos que crecían sin sentido en aquel lugar dificultando la maniobra, y a sólo un par de metros del inicio de la pista, cortó los motores. De golpe, el DC-3 acusó la falta de propulsión cayendo con suavidad ante el buen control que esta vez ejercía sobre los mandos. No habían pasado un centenar de metros cuando conseguían posarse afablemente. Aplicó los frenos provocando un descenso acuciante de la velocidad hasta los cuarenta nudos. Iba a lograrlo. Esta vez sí. Lo iba a hacer tal y como lo pensó. Esta vez con un aparato mayor.

   Aunque de día las cosas cambiaban, y mucho; la percepción que ofrecía la luz sumaba un gran número de datos. Y Había que añadir que no se encontraba cansado, ni con la fatiga acusada de horas anteriores.

Posdata: En el artículo del día 1 de diciembre (“¿Rojo octubre, peligroso noviembre y brillante diciembre? III Parte”) comuniqué que personalmente había recibido por psicografía una serie de técnicas y procesos para aplicar en psicoterapia que solucionaba el 80% de los problemas psicológicos del ser humano. La explicación resumida de esta psicoterapia es que elimina el ego, te reconecta con tu alma (conecta la Particularidad con la Singularidad) y tienes control emocional siendo feliz en tu vida actual; al mismo tiempo dije que lo había transferido a dos Almitas maravillosas (psicólogas) que os los podía ofrecer mediante terapia, obvio que, con remuneración, pues es su trabajo, y que además ellas lo harán pues mis tiempos están contados para seguir en esa labor. No se trata de dar una formación, sino de recibir terapia para quien lo necesite. Durante un tiempo os habéis puesto en contacto conmigo para luego realizar el contacto con ellas (Rosario y Yesenia), pero ahora ya podéis hacerlo de forma directa mediante su correo profesional: terapia.psico2@gmail.com También podéis visitar su Web: http://www.psico2-internacional.es

Para las actualizaciones de “Todo Deéelij” y preguntas sencillas: deeelij@gmail.com

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