Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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5/1/21

El cielo nos espera (Memorias de un descarnado: 2 de 29). Por Deéelij

“Nunca andes por el camino trazado, pues éste conduce únicamente hacia donde los otros fueron”

Grahan Bell. Científico e inventor inglés (1847-1922)

 

“Recorres el mundo en busca de una felicidad que está siempre al alcance de tu mano”.

 Horacio. Poeta romano (65 AC-8 AC)

 

     A la hora estipulada acudió al comedor que encontró limpio, ordenado y desolado.

     Un letrero, en la zona del catering, ordenaba: “Sírvase, sólo, todo lo necesite”. Pasmado, releyó el cartel varias veces, obedeciendo sin mayor recato. No recordaba ser así. Nunca solía hacer caso a nada que no considerara razonable. Ni hacía nada sin sentido, ¿o no? Muchas eran las dudas que emergían, y ésta sería otra para apuntar y resolver en algún momento, si es que encontraba un hueco.

     Durante el tiempo del almuerzo, ninguna otra persona hizo acto de presencia. No se sentía vigilado después de escrutar en todas las direcciones, pero sí desconcertado. Había mucha comida preparada que, pese a las instrucciones leídas, presumió no iba a ser usada; un desatino para añadir a la lista de despropósitos observados. Las preguntas y vacilaciones comenzaron a fluir con más fuerza. Seguía sin entender en absoluto qué estaba pasando. No podía comprender que todas aquellas instalaciones tuvieran tan poco bullicio. Era impensable que todo estuviera dedicado a su absoluta disposición. Esto constituía una presunción asumida, pero ninguna otra perspectiva ofrecía una opción más clara.

     ¿Estaría en la antecámara del cielo? ¿Acaso esto constituía el lugar donde purgarse antes de ser trasladado al paraíso prometido? Distraído e imaginando demasiadas cosas no cesaba de inventar consecuencias de las que volvían a proyectarse más cuestiones sin alternativas viables. Incluso se cuestionó si estaría volviéndose paranoico.

        En el momento en que dejaba la bandeja con los platos desahogados y los cubiertos en el lugar indicado, la instructora aparecía batiendo la puerta de doble hoja que daba acceso al recinto. Su sonrisa volvía a relucir en su hermosa cara ofreciendo un poco de aliento ante el embargo de la angustia que acaecía sobre él como barrotes opresivos.

     - ¿Ha comido bien? Cadete –  proclamo a escasos metros –.  Espero que se haya “servido, sólo, todo lo que necesita”.

     -     Sí – contestó lacónicamente, sorprendido de que usara la misma fórmula enunciada en la entrada del buffet –. Además, para ser una escuela de vuelo, el menú es decente.

       Pretendía intentar, con el tono usado, un acercamiento hacia lo que parecía su nuevo destino. Pensaba que era mejor procurar llevarse bien con la instructora. Y tuvo entonces, el sentimiento de ser un prisionero sin carcelero, en un penal sin ubicación concreta o conocida.

     -   Por cierto, hay muchas cosas que no puedo encajar –  manifestó midiendo las palabras –. Intento razonar el hecho de estar aquí y no.…, en mi base..., o estrellado junto a mi cazabombardero – Ella miró con ternura, al mismo tiempo que le hacía caminar en dirección a la salida –  Todo esto es como un puzle al que le faltan piezas ¡Un absoluto desatino! Otra cuestión: – insinuó tal cual le llegaban los pensamientos cambiando bruscamente de tema – no voy a entrar en el jueguecito de cómo conocían de mi llegada o mi nombre, pero sí me gustaría saber cuál es el suyo, pues no sé cómo dirigirme a usted. Veo sus divisas y rango, y no sé cómo hacerlo.

      Su sonrisa se hizo aún más hermosa. Miró con dulzura, comprendiendo que, pese a todo lo nuevo, estaba reaccionando dentro de cierta cordura y orden.

     -    Disculpe mi descortesía, debería haberme presentado antes. Me llamo Pal, sin más, y soy su instructora de vuelo. Y eso que menciona del puzle, es algo que irá resolviendo poco a poco. No le dé más vueltas. Déjese llevar, déjese fluir. Todo irá mejor. Puedo asegurarlo ¿Algo más?

     Tenía muchas más cuestiones que preguntar. Quizá miles. No obstante, el sexto sentido, al que no solía tener en cuenta, aconsejaba mantener la calma, permitiendo que las cosas fuesen llegando a su tiempo. Total ¿Qué tenía que perder? No había sido maltratado; al contrario, el clima que le rodeaba en su nueva configuración manifestaba, sorprendentemente, quietud y sosiego; mucha paz, algo de lo que no gozaba desde hacía mucho tiempo.

     -     Entonces ¿Cómo he de dirigirme a Usted?

     -     Sencillo. Como guste, siempre que guarde la compostura y el respeto.

     -     Disculpe por lo de antes; debe entender que acababa de llegar y...

     -     No –  dijo tajante –. No se disculpe por eso; lo entiendo. Especialmente por la forma en que aterrizó – espetó morbosamente –.  Es lógico. Puedo asegurarle que se ha comportado con bastante educación y sensatez. Tendría que ver cómo reaccionaron algunos de mis anteriores alumnos.

     -      Gracias, me siento algo más aliviado. Es usted muy comprensiva...

     -    Uhh, observo que ha decidido hablarme de usted. Si es eso lo que quiere, sea.

     -     Bueno, no…, sólo es una forma de dirigirme a usted…, bueno no sé cómo hacerlo.

     -      Inténtelo de nuevo Cadete.

     -      ¿Prefiere que le diga Pal?

     -     Sólo haga lo que quiera, pero haga lo que haga, hágalo con firmeza y decisión; sin miedo, no dude. La duda y su miedo, entre otras adversidades, fueron la causa de su accidente aéreo.

     Esto sí que no podía encajarlo. Él nunca dudaba ni tenía miedo pilotando. Poseía muy buenos reflejos y una actitud para el vuelo excelente. Sólo los mejores tenían el privilegio y el honor de ensayar con los prototipos. ¿Cómo podría atreverse a acusarle de ello? Fue un problema de motores. Él no pudo hacer nada.

     -     Eso no puedes saberlo – encaraba con enojo –.   Era yo quien estaba en la cabina, y sólo yo sé lo que pasó. ¿Cómo puedes achacarme tal cuestión?

 

     Estaban llegando al hangar número cuatro. Las puertas descorridas mostraban un interior admirable. Allí se encontraban estacionados muy diversos tipos de aparatos. Todos en perfecto estado, relucientes y como nuevos. Algunos conocidos, otros de diseños inimaginables. Tal espectáculo le distrajo momentáneamente.

     -     Observo que ha decidido la opción del tuteo –  dijo ella apretando su brazo procurando atención Sea entonces. Quiero que hagas memoria. Por un instante dudaste entre sacar el tren de aterrizaje y luego disminuir la potencia. Lo hiciste al revés. Ello provocó una frenada considerable, motivo por el cual los motores, a escasa revoluciones, culminaran en la parada total. Ese es el problema de tu aparato. Te lo habían advertido los ingenieros como posible elemento determinante, pero tus dudas y arrogancia determinaron el desastre en el que te vistes envuelto.

     Aquella respuesta hizo que retirara toda consideración ante la visión que se ofrecía. La miró fijamente, parando todo movimiento. Recapituló. Efectivamente aquello era cierto. Había salido para realizar un vuelo de pruebas. Le dieron multitud de instrucciones, y esa precisamente no la retuvo en la memoria. Tenía razón. Dudó. Fue culpa suya. Pero… ¿cómo podía saber ella esos detalles?

     -      No le des más vueltas. Aquí lo sabemos todo. Antes de que llegaras, tu hoja de servicio te precedía con los detalles. Pero olvídalo, eso es pasado ¿O no? Ahora estamos en otra cuestión – concluía sacándole de su introversión –.  ¿No te parece?

     -     Ya no sé lo que me parece – proclamaba en voz baja, algo estupefacto, casi sin ánimo –, sinceramente, esto me está abrumando por momentos.

     Ella aferró con mayor fuerza su brazo, como hizo la primera vez, procurando que continuara caminando.

     -    Por experiencia, sé, que todo tremendo cambio puede dejar a cualquiera en el más absoluto caos. Será mejor pasar a la acción. Será mejor que empieces a volar de nuevo. Esto es algo que a cualquier piloto le causaría las más tremenda de las perturbaciones. ¿No crees?

     ¿Qué contestar? No había palabras para expresar sus sentimientos afectados.

      -    Relájate, Jano, todo va bien, todo es perfecto – Insinuaba procurando hacer transmitir un poco de calma a su perturbado brío –.  ¿Qué tienes que perder? ...como tú sueles decir. Acompáñame; te presentaré a Pitt.

     La forma en que lo dijo provocó el retorno a sus anteriores pensamientos. Continuaba descentrado, pero, efectivamente ¿Qué tenía que perder, si al parecer, ya no quedaba nada por perder? Desapareció su anterior vida, los amigos, la familia, su completo mundo. Ahora, todo era nuevo. Al menos, eso parecía.

 

     Caminaron contiguamente a la fila de hangares; ella muy segura de sí, silbando; él, en sus cavilaciones, resoplando. Una vez dentro del número seis tuvieron que sortear algunos de los aviones. Otros los pasaron inclinando la cabeza por debajo de las alas; hasta que toparon con una puerta de madera pintada en gris sucio con manchas de grasas alrededor del picaporte. Curioso, pensó, todo reluciente e impecable menos esa entrada. Un letrero señalaba que allí se debería encontrar el Jefe de Instrucción.

    Pal empujó la puerta y entraron. Había papeles de informes de todo tipo colgados de las paredes, junto a mapas aéreos y cuadros con caras desconocidas. Archivadores colocados en un orden algo caprichoso armonizaban el resto del entorno. Lo más destacado era la amplia mesa central bien lustrada y brillante. Parecía de madera noble y estaba muy cuidada, aunque parecía tener, por su estilo, muchísimos años o algún siglo que otro. Era un elemento que no cuadraba con el resto de la decoración, puramente funcional. Tras ella, con los pies cruzados sobre la misma, había un tipo de unos sesenta y largos años, de pelo canoso y tez oscura. Las facciones marcadas de las arrugas se acentuaban al mostrar una sinuosa sonrisa reconciliadora. Debería llegar a rondar el metro noventa, algo que se manifestó al levantarse de un salto. Conservaba una talla estupenda, su complexión lo especificaba el ajustado traje de vuelo del que destacaba el emblema de General de tres estrellas.

     -    Buenas tardes Jano. Se bienvenido – pronunció a modo de presentación con forma algo distraída, pero íntima –. Puedes llamarme Pitt, es la costumbre – dijo alargando la mano. Él la estrechó correspondiendo el ofrecimiento realizado por el nuevo conocido quien apretó con fuerza inusual. – Sentaos, por favor. ¿Queréis alguna infusión? Es lo único que suelo tomar y ofrecer.

     Ambos denegaron con la cabeza dando las gracias mientras ocupaban las sillas ofrecidas.

     Sobre la mesa, había varios montones de documentos correctamente apilados; eran hojas de servicios. Para su pasmo, la suya estaba abierta; su fotografía a la vista denunciaba el hecho. ¿Acaso le iban a pasar revista de toda su vida? ¿Constituía esto el famoso tribunal que existe después de la muerte, si es que él estaba muerto? La evidencia de su fallecimiento era palpable pese a seguir con vida, pero pese a todo no podía estar seguro de si lo que percibía fuera el cielo esperado por todo mortal. Quiso permanecer callado a la espera de los acontecimientos, total… ¿qué tenía que perder? … Se repetía insistentemente. Al parecer, ya no tenía control sobre su vida, si es que alguna vez la tuvo. De soslayo percibió la mirada cómplice de Pal a la que correspondió con timidez. Pitt parecía escrutar algo al marcar con el índice la primera página. No había tensión en el ambiente, al contrario, la tranquilidad y el silencio inundaban un recinto que normalmente debía estar repleto de ruido proveniente de herramientas rodadas por el suelo, golpes metálicos, las voces de los mecánicos y el de algún motor al encenderse para su prueba; lo propio de un hangar de mantenimiento.

     Jano permanecía aun profundizando en sus análisis, cuando el Jefe de Instrucción le sacó de su estado elucubrador al tiempo que colocaba, de nuevo, las piernas sobre la distinguida mesa.

     -    Antes de empezar… ¿Cómo te encuentras? – su pronunciación sonaba entrañable, realmente había intención en la pregunta. No era una mera expresión de cortesía –. Espero que estés confortable y listo para la enseñanza. ¿Quieres que empecemos cuanto antes, o prefieres aclarar alguna duda o circunstancia?

     Él percibió verdadero interés en cada una de sus palabras. Ese hombre no hablaba por hablar. Era algo que muy pocas veces, en su extinta vida, había podido detectar en otras personas. Incluso apreció a reconocer los altibajos adecuadamente modulados en el tono durante la corta alocución. Y se propuso, por tanto, ante tanta delicadeza en el uso del lenguaje, contestar a cada una de las cuestiones y en su debido orden.

     -      Verá, señor...

     -    No. No, Jano, nada de señor. No es necesario el tratamiento militar. Llámame, simplemente, Pitt. ¿De acuerdo?

     -     Me parece bien... – Continuó algo dubitativo – Pitt… Usted –  Titubeó de nuevo en la fórmula de cortesía a emplear, antes de ser corregido por lo que sus ojos percibieron en el cruce de miradas con el Jefe de Instrucción –.  Bien, Pitt, me encuentro bastante bien para estar muerto –  dijo al mismo tiempo que tocaba su cuerpo material, mientras Pitt y Pal reían el chiste –. Incluso puedo añadir que estoy francamente en mejor estado que antes del accidente pese al manifiesto cambio físico en mi persona. He comprobado mis constantes vitales y presentan unos valores estupendos. Por otro lado, Pitt, y ya que lo mencionas, quisiera saber qué es lo que debo empezar, pues parece que he de iniciar clases de vuelo, algo que considero absurdo, pues si has mirado mi hoja de servicios – manifestó con descaro señalando la suya –, podrás apreciar que poseo más de cinco mil quinientas horas en muy diferentes aparatos. Ello me confirma como alguien que domina el arte del vuelo – argumentó orgulloso al unísono que Pitt, apoyando su cabeza sobre el puño izquierdo, mostraba una media sonrisa, esperando terminara el alegato -. Por otro lado, y tal como has mencionado, sí, me gustaría aclarar algunas cuestiones que pienso deben solventarse. Cosas como...

     El General, en ese instante, le indicó con la palma de su mano derecha que parase de hablar, al mismo tiempo que dejaba su cómodo sillón tapizado en capitoné dirigiéndose hacia un estante a las espaldas de su interlocutor. Del mismo extrajo un libro de pasta azul turquesa, de tamaño bolsillo, no muy grueso, que de forma silenciosa depositó al filo de la mesa, justo delante del alumno. En su portada figuraba en letras claras y nítidas, sin aditamentos o dibujos, un título que definía el interior de aquel cúmulo de pequeñas páginas: “Reglas de vuelo”. A continuación, añadió:

     -    Cualquier cuestión… repito, cualquier cuestión que quieras aclarar la podrás encontrar resuelta ahí.

     Sin permiso, Jano lo cogió con avidez. Miró la contraportada, no había nada escrito. Abrió las primeras páginas buscando la editorial, el autor, lo que caracteriza e identifica a cualquier libro, pero no había nada. Ni tan siquiera encontró el índice al principio; tampoco al final. Por fin, algo intrigado, pasó las páginas con rapidez. Al menos estaban escritas. Unas tenían las letras muy grandes; otras en cambio, las menos, muy pequeñas. Lo contundente es que había gran número de ellas en blanco.

     Pal y Pitt cruzaron sus miradas cuando Jano percibió el detalle de esas páginas. ¿Quién de los nuevos no lo hacía? Incluso ellos recordaron cómo lo hicieron en su día. Ahora, evidentemente, esperaban la pregunta con la que todo novato concluía tras éste suceso.

     Para Jano aquél libro sólo suponía una distracción evidente a sus ansias de conocer los porqués que zumbaban aceleradamente en su mente.

     Seguro que ocultaban algo más, pensó. Ese era el momento de decirlo, quizá; porque quizá, le sugería la intuición, no tuviese otra oportunidad. Podría parecer un tonto, pero en realidad, esto, simulaba una tomadura de pelo; especialmente después de haber leído una frase escogida al “azar” que no tenía nada que ver con el asunto en cuestión: “Saber Volar es saber Ser, cómo Hacer y qué Tener”. ¿Acaso esa sentencia podía de algún modo contribuir a la formación real de un piloto? Ser piloto es otra cosa muy distinta, y ellos deberían saberlo, si es que eran pilotos.

     -    Veamos – pronunció, al fin, lanzando lo que creía podría ser un órdago –, si lo he entendido correctamente. Aquí enseñan o, mejor expresado, pretenden enseñarme de nuevo a pilotar aviones. ¿No es así?

     Ambos instructores se volvieron a mirar. Esa no era la cuestión que esperaban. No obstante, era algo usual que solía escupir el orgullo malherido de todo aquel que se consideraba un as del viento.

     -    En realidad no. No es esa nuestra pretensión – manifestó Pitt abriendo los brazos con amplitud –.  Nosotros no pretendemos nada de ti. Eres tú quien está aquí de forma voluntaria, para aprender a volar, no a pilotar, arte éste último, que ya has demostrado conocer con creces en detrimento del anterior.

     -  ¿Cómo dice? – escupió Jano a bocajarro y medio descompuesto inclinando su cuerpo hasta rozar el borde de la mesa –.  ¿Qué diferencia hay entre volar y pilotar? Para mí es lo mismo. Además, yo no he venido aquí por propia voluntad, ni siquiera sé por qué estoy en este aeródromo perdido en no se sabe dónde.

     El Jefe de Instrucción se reclinó con comodidad en su asiento colocando, como parecía ser su norma, los pies sobre su mesa al tiempo que hacía lo mismo con sus manos tras la nuca. Pal, sonriente ante tal exaltación, cruzó su pierna derecha sobre la izquierda enfilando todo su cuerpo hacia el alumno desencajado, dispuesta a descomponer su expresión algo más de lo que sus palabras demostraban.

     -     Esa diferencia es la misma que existe entre aprender a ser feliz y saber vivir. Tú sabes vivir, y lo has demostrado en multitud de ocasiones, pero ¿Has sido realmente feliz viviendo?

     ¡Vaya! Por si fuera poco, ahora la rubita moscardona, planteaba un símil filosófico para cuestionar su pregunta.

     -   ¿Sabes una cosa, encanto? – pronunció impetuoso –. Es de mala educación contestar con otra pregunta. Lo menos que tendríais que hacer es responder de una vez a algo, cosa que no hacéis. Ni siquiera podéis imaginar el estado en el que me encuentro. Estáis agotando mi paciencia y mí...

     -     Creo, querida Pal    corto Pitt, alzando la voz sin inmutar su posición, aunque mostrando una grata y radiante sonrisa que reflejaba serenidad –, que será mejor que le lleves a volar un rato. Este chico necesita respirar aire puro. ¿No te parece?

     Ella se incorporó como si obedeciera una orden con prontitud marcial, dispuesta a cumplimentar tal sugerencia. Jano la miro de reojo, sin que de su campo de visión desapareciera la figura del canoso General. Parecía que no iba a lograr gran cosa preguntando. Sería mejor calmarse. Aquí nadie parecía querer aclarar nada. Quizá en el aire se despejase su malestar, no sus dudas. Allí, arriba, él se sentía dueño del mundo.

     Cuando estaban a punto de salir de la oficina, Pitt le volvía a hablar sin expresar movimiento alguno.

     -  Jano, se te olvida el libro. Deberías llevártelo; te aseguro que te será de mucha utilidad. Sin él no creo que puedas aprender mucho mientras dure tu estancia entre nosotros.

     De mala gana, y con formas no muy ortodoxas, lo recogía introduciéndolo en el bolsillo lateral izquierdo del mono de vuelo.

 

     Una vez fuera, siguió a Pal a unos metros de distancia. Marchaba resuelta, segura, esperando, imaginó, alguna reacción.

     -    ¿Acaso ese tipo se cree Dios? – Insinuó con acritud en mitad del hangar.

     -      Es Dios, si tú así lo crees.

     -     ¿Encima pretendes mofarte de nuevo? –  Espetó elevando en exceso el volumen.

     Pal paró en seco girándose hasta encararlo. Esperó a que llegara a su altura y de un movimiento seco le arrebató el libro de la pernera. Lo asió con ambas manos abriéndolo para que pudiera leer algo que estaba impreso en alguna de las páginas: Las cosas son como tú quieres que sean, lo que es verdad para ti, lo es.

     -     Otra vez con respuestas que no concluyen nada. ¿Acaso con lo que éste estúpido librito dice, voy a saber algo más de cómo volar?

     -    A ver si lo entiendes de una vez – exclamó con amabilidad, controlando sus impulsos –, nadie duda de que seas un buen piloto. Has sobrevivido, pero, no has aprendido el modo de ser feliz, por tanto, no sabes volar –. Y cerró el libro devolviéndolo al tiempo que le soltaba otra mofa  –.  ¿Lo pillas, ahora, listillo?

       Una vez más no había respuestas. Sólo elucubraciones, símiles y comparaciones. Aquello no podía seguir así. La agarró antes de que emprendiera el giro para terminar de salir del barracón dejando una distancia inferior a medio metro entre sus cuerpos bien lozanos y excitados de temperamento.

     -       Dime tan sólo una cosa. ¿Acaso estoy muerto, Pitt es Dios y tú uno de sus ángeles?

     Pal no pudo más que desternillarse de risa. Esa era la cuestión que repetía una y otra vez cada recién llegado. Al fin lo dijo. Era algo que no fallaba.

     Jano se llenó de estupefacción. Si no fuese mujer le hubiese dado un buen puñetazo en las narices. No podía concebir cómo podía estar tomándole continuamente el pelo esa mocosa con grado de Coronel.

     Ella procuró recomponer la figura y musitó una invitación que no podría denegar.

     -     ¡Anda, Jano! Vamos a volar, allí arriba aclararás las dudas. El cielo nos espera.

 

Posdata:

En el artículo del día 1 de diciembre (Rojo octubre, peligroso noviembre y brillante diciembre. III Parte) comuniqué que personalmente había recibido por psicografía una serie de técnicas y procesos para aplicar en psicoterapia, que solucionaba el 80% de los problemas psicológicos del ser humano. La explicación resumida de esta psicoterapia es que elimina el ego, te reconecta con tu alma (conecta la Particularidad con la Singularidad) y tienes control emocional, siendo feliz en tu vida actual; al mismo tiempo dije que lo había transferido a dos Almitas maravillosas (psicólogas) que os los podía ofrecer mediante terapia, obvio que, con remuneración, pues es su trabajo, y que además ellas lo harán, pues mis tiempos están contados, para seguir en esa labor. No se trata de dar una formación, sino de recibir terapia para quien lo necesite. Durante un tiempo os habéis puesto en contacto conmigo para luego realizar el contacto con ellas (Rosario y Yesenia), pero ahora ya podéis hacerlo de forma directa mediante su correo profesional:  terapia.psico2@gmail.com También podéis visitar su Web: http://www.psico2-internacional.es

 

Para las actualizaciones de Todo Deéelij y preguntas sencillas: deeelij@gmail.com

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