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19/2/17

La extinción del deseo (Enseñanzas Teosóficas: 01)


Planteamiento

Desde numerosas tradiciones y corrientes espirituales se insiste en que debemos matar o extinguir el deseo. Pero, ¿qué significa exactamente esto?; ¿tiene realmente sentido?; ¿cómo llevarlo a cabo?

El presente artículo se dirige a responder con brevedad estos interrogantes. Utilizaré para ello las reflexiones compartidas C. W. Leadbeater (*) en su esplendida obra La Vida Interna (páginas 223 y 224 de la edición de la Biblioteca Orientalista; Barcelona, 1919):


Distintos tipos de deseos

Lo primero a tomar en consideración es que el ser humano tiene, obviamente, deseos de muy distinta naturaleza. Básicamente, los hay de dos grandes tipos: los de perfil egocéntrico (deseos egoístas, vulgares, soeces, ignorantes…); y los de carácter fraternal (deseos altruistas, generosos, conscientes…).

Sabiendo esto, cuando se alude a la extinción de los deseos, se está señalando a los de la primera clase, los deseos bajos y groseros, a los que hace mención el término sánscrito “kamas”, del que deviene, a su vez, la expresión “kamásico” usada para referirse a las influencias en las personas de las emociones y pasiones materiales.

En cambio, no se han de eliminar de ningún modo los deseos de naturaleza elevada. Por ejemplo, el de evolucionar en nuestro proceso espiritual y colaborar, igualmente, en el de la humanidad.

Se trata, por tanto, de conocernos a nosotros mismos y, desde la observación y la aceptación de lo que se mueve en nuestras esferas emocional y mental, extinguir lo inferior y potenciar lo superior.

La transmutación de los deseos

Lo segundo a tener en cuenta es la necesidad de transmutar los deseos. Concretamente, hay que referirise a una doble transmutación.

Primeramente, descartados ya los deseos egocéntricos y centrados en los altruistas, una transmutación fundamental consiste en transformar estos, los deseos de naturaleza elevada, en auténticas aspiraciones de corazón. Esto servirá para sacar al deseo del ámbito “kamásico” y situarlo en la órbita de lo “manásico”. Más concretamente, en lo que en Teosofía se conoce como “manas superior”: la mente abstracta y transcendente, que es capaz de ir de lo universal a lo particular y está íntimamente ligada al alma humana y sus cualidades.

Mas no queda aquí la cosa, pues corresponde, a continuación, efectuar una segunda transmutación que es más sutil: la transfiguración de la aspiración en voluntad.

Se puede entender bien en qué consiste volviendo al ejemplo del deseo de evolucionar espiritualmente. Conforme a lo precedente, siendo un deseo de perfil elevado, lo habremos transformado ya en aspiración. Pues bien, la nueva transmutación radica en tomar consciencia de que continuamente estamos evolucionando en la medida de nuestras posibilidades y de nuestro empeño. Y será así como la aspiración se transforme en determinación y resolución, yendo más allá del ámbito de los deseos y entrado de lleno en el campo de la voluntad.

Llegados a este punto, Leadbeater indica: “Ya nada lamentaremos, pues sabréis que obrando a más y mejor recibiréis en correspondencia lo más y mejor que merezcáis. Algunos desean ardientemente adquirir esta o aquella cualidad. No malgastéis vuestras energías en desear, sino empleadlas en querer”.

A modo de síntesis

En definitiva, sintetizando todo lo visto:

1º No hay que dejar de tener sentimientos o emociones, pues si así fuese, ¿dónde quedarían, por ejemplo, la empatía, la simpatía, la comprensión o la compasión –tanto hacia nuestros congéneres como la universal hacia todos los seres vivos-?

2º. Lo que hay que extinguir son los deseos de baja frecuencia vibracional, asociados al egocentrismo, el egoísmo, la ignorancia, la irresponsabilidad y la inconsciencia.

3º. En paralelo, hay que potenciar los deseos de naturaleza elevada y mayor gradación vibratoria y transmutarlos en aspiraciones vitales sentidas y alentadas desde el corazón.

4º. Y, finalmente, se deben sacar estas aspiraciones del marco propio de los deseos para introducirlas e inscribirlas en el ámbito de la voluntad y, por ende, de nuestra capacidad de actuar con consciencia.

El dominio de nuestra esfera emocional

Los cuatro puntos anteriores desembocan en el requerimiento de dominar nuestra esfera emocional –denominada por Leadbeater “cuerpo astral” y asociada al aspecto “kamásico” del ser humano-.

De hecho, está en nuestra mano mantener la esfera emocional bajo nuestro mando consciente. O, lo que es lo mismo, tener completamente activa nuestra facultad de actuar sobre ella a voluntad desde el profundo discernimiento de que no basta con abstenerse de torpes acciones, sino que se requiere absoluto in-egoísmo para avanzar en el sendero espiritual.

No en balde, la voluntad de cada ser humano forma parte de una voluntad mayor –la del Logos, indica Leadbeater- y esta significa intrínsecamente evolución: “El Logos quiere la evolución (…) Todos somos parte del Logos y parte de él es nuestra voluntad. Únicamente cuando no echamos de ver esta realidad levantamos deseos en nuestros separados caminos”. Lo que recuerda en parte a lo sabiamente expresado por Rumi en el siglo XIII: "Quien no escapa de la voluntad, carece de Voluntad".

          En cualquier caso, el dominio de nuestra esfera emocional pasa obligatoriamente por tres grandes fases: la observación serena y reflexiva de las emociones que sentimos y vivimos; el reconocimiento y la aceptación de las mismas, sin autoengaños ni rechazos mentales; y, por fin, mediante el silencio, la respiración consciente y la introspección, meternos en ellas hasta el fondo para detectar y examinar lo que está en su raíz, lo que las causa en su origen. Será así, mediante esta práctica continuada, como iremos conociendo nuestro mundo emocional y aportándole un equilibrio y una armonía crecientes.

La religión de los Buddhas

Y terminaremos tal como lo hace Leadbeater en su texto, esto es, subrayando que la regulación de nuestra conducta está acabadamente resumida por Buddha en estos cuatro versos:

Sabapapassa akaranam
Kusalassa upasampada
Sâchitta pariyo dapanam
Etam Buddhâna sâsanam

Es decir: “Cesad de obrar mal; aprended a obrar bien; purificad vuestro corazón. Esta es la religión de los Buddhas”.

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(*)     Charles Webster Leadbeater, nacido en Manchester en 1854, fue un destacado miembro de la Sociedad Teosófica (http://sociedadteosofica.es/), fundada en 1875 por H. BlavatskyH. Olcott y W. Judge, entre otros. 
Clérigo de la iglesia anglicana, su interés por el espiritualismo le llevó a desvincularse de la misma e integrarse, en 1883, en la Sociedad Teosófica, donde colaboró estrechamente con Annie Besant.
Descubrió por su aura a J. Krishnamurti, cuando era un adolescente, en las playas de Sociedad Teosófica de Adyar, en Chennai (antigua Madrás), siendo adoptado y criado bajo la tutela de Besant y Leadbeater.
Autor de numerosos libros de una variada temática, se centró en la teosofía, la sabiduría divina a través de los tiempos (http://www.logiaraja.org/AuthorProfile.aspx?profileid=10).
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