Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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21/6/10

Comparte con nosotr@s: “Inés”, de Teresa López

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INÉS

Fui romántica desde pequeñita. Desde mi infancia me enseñaron a esperar al príncipe azul, a esperar un futuro de cuento de hadas en donde todo comienza con el final: y fueron felices y comieron perdices.

Siempre pensé que el principio del amor, como el de la materia, es que el amor nunca se crea ni se destruye que, simplemente, se transforma. Se transforma poco a poco, pasando de esa pasión ciega, abrasadora, arrebatadora, dolorosa y gozosa al mismo tiempo de los primeros encuentros a esa otra más tranquila que marca los primeros años de pareja para pasar a otra etapa dentro del amor… ¿cómo llamarla?. Uhhh... ¿de medida tolerancia? de los siguientes. A no querer abrir mucho los ojos porque puedes ver demasiado, es preferible ser ciego a ver con demasiada nitidez las miserias de nuestra pareja, de la persona a la que hemos elegido para compartir toda nuestra vida. Preferimos revestir de rosa la convivencia y dejar pasar inadvertido el aburrimiento que termina corroyendo todo lo que tiene alrededor.

Todo esto, positivo y negativo, también trae consigo algo bueno y es la unión de fuerzas, la sinergia para sacar adelante a los hijos, esos verdaderos frutos de la pasión. Y, finalmente, con los años, pasa a convertirse en conocimiento, en compañía, en necesidad, tranquilidad... creo que en verdadero amor.

Y es aquí, a mis cincuenta y seis años, comenzando el otoño de mi vida y cuando la tranquilidad debería ser mi rutina diaria, es aquí digo, donde todos los principios, creencias y experiencias se me han roto, no me sirven de nada, en todo caso únicamente sirven para acrecentar las dudas en mi mente y la angustia que pesa en mi corazón.

Lo conocí, como canta ese bonito bolero, en tiempo de cerezas. Era un día de principios de mayo cuando mi hijo vino con él a casa para recoger no sé qué libro sobre pesca fluvial; tomaron café conmigo y se marcharon rápido. Volví a encontrármelo meses después en una conferencia de la cámara de comercio donde actuaba como ponente en la ronda de la mañana. Me reconoció y vino a saludarme proponiéndome tomar un café después del almuerzo y antes de que se reanudara la sesión de la tarde. Acepté encantada y halagada su propuesta. Al final nos saltamos la conferencia y terminamos hablando de todo un poco hasta bien entrada la noche.

Hermoso, inteligente y, muchos años, tal vez demasiados, más joven que yo. Al principio lo miraba como a un hijo. Me hacía gracia y me halagaba que me prestara más atención de lo normalmente esperado entre dos personas tan lejanas en años y experiencias y también porque me recordaba mucho a Diego, mi hijo pequeño y de su misma edad.

Yo soy mujer provinciana, sencilla y despierta con algunos “refinamientos” a fuerza de lectura y mucha voluntad. Casada desde muy joven, desde casi toda mi vida y con dos hijos, un marido bueno y trabajador y una posición económica saludable. De él lo único que sabía es que era un joven de treinta años, recién casado y padre de una pequeña criatura de poco más de un año. Tenía una aceptable posición económica pese a su juventud. Hijo de familia acomodada, educado en un colegio de curas, con unos sólidos principios religiosos y un futuro brillante delante de él.

Dos vidas que corrían paralelas pero sin imaginar siquiera que podrían encontrarse en algún momento. Dos personas realizadas, protegidos con la sonrisa benévola de la vida, bendecidos por los hados ¿verdad?. Pues bien, nadie nos contó ni nos preparó que el corazón no entiende de edades ni de principios ni compromisos, que todo eso está en nuestra mente y que el corazón es independiente y va a lo suyo, nos idiotiza, nos anestesia el conocimiento y lo único que hace es tiranizarnos haciendo que olvidemos todo lo que habíamos construido hasta ese momento en nuestra vida, olvidar nuestras creencias, nuestras bases morales. Nos crea necesidades fuertemente espirituales pero aún con mucha más intensidad físicas. La necesidad del tacto de unas manos, del olor de la piel cuando hierve de deseo, de miradas que lo dicen todo sin abrir la boca. Los dos sabíamos que algo ocurría.

Sí, éramos conscientes de que algo ocurría pero no queríamos romper la magia de nuestros encuentros hablando de los sentimientos, no pretendíamos ocultarlos solo que sabíamos que si hablábamos de ellos el cristal se rompería y tendríamos que ponerle palabras a algo tan sutil, tan frágil, tan difícil de explicar, que las palabras ensuciarían el sentimiento dotándolo de un significado y, a mi edad, ese significado era una herida en mi alma, en mi alma de mujer de cerezas maduras.

Siempre acudí a las palabras, siempre las respeté, me defendí, me realicé con ellas, las amé en definitiva, pero era difícil hablar de lo que ocurría en nuestros corazones. Queridas palabras. Ahora las temía como a enemigas, era consciente de que me podían hacer tanto daño que la única forma de callarlas era ahogándolas de silencio.

Seguíamos viéndonos con excusas banales, nos divertíamos juntos y buscábamos el encuentro pero nunca llegábamos a tocarnos. Las mariposas corrían locas por nuestros estómagos el escaso tiempo que podíamos compartir. Nos mirábamos a los ojos, nos reíamos utilizando medias palabras; recurríamos a nuestra fina ironía y a la retórica para buscar el momento de consumar la pasión, el momento que deseábamos y temíamos, y al que nunca le poníamos fecha. Teníamos un pacto no verbal y sólo hablábamos de nosotros, intentábamos no tocar la parte compartida de nosotros mismos, nunca habíamos hablado claramente sobre este punto pero lo dábamos como sobreentendido. Él me hablaba de sus sueños, de sus proyectos, de cómo disfrutaba viendo crecer a su criatura pero nunca hablaba de su mujer. Yo le decía que me hubiese gustado nacer treinta años después y tener ahora toda la vida por delante, le hablaba de todo lo que me había perdido por ser ya tan mayor, por haber dedicado toda mi vida a mi familia (de lo cual no estoy arrepentida pero creo que debía de haberlo compaginado con una profesión). Hablaba de mis hijos, de mi soledad acompañada, pero tampoco hablaba de mi compañero. Sabíamos que les estábamos faltando en lealtad que no en fidelidad pues aún no nos decidíamos, no estábamos siendo leales con las promesas realizadas en su día, pero cada uno respetaba al compañero del otro por encima de todo, o eso era lo que creímos cuando buscábamos la excusa y el momento de vernos. Ahora, con la distancia de los hechos, comprendo que la fidelidad no es lo importante en la pareja sino esa lealtad que no supimos respetar. Hacíamos lo imposible por evitar conocer a nuestras parejas, por hablar de ellas o referirnos a ellas, nuestro mundo era sólo nuestro, ellos no existían en esos momentos llenos de magia. Llegábamos a falsear la realidad para descafeinarla, para hacer ver al otro que nuestra vida fuera de su compañía era algo anodino, rutinario, sin importancia, que era algo que había que cumplir por obligación, que vivíamos sólo para nuestros encuentros. Los dos nos estábamos engañando porque la realidad era muy distinta. En casa nos esperaban personas a las que amábamos y que nos amaban; una vida rica y plena de satisfacciones y, a veces, no tanto. Rutina en definitiva pero rutina tan necesaria.

No podíamos seguir así, la pasión que todo lo descoloca nos llevaba a desear ese encuentro carnal que tanto necesitábamos. Mis dudas eran lógicas, no sólo por la desazón que me producía la traición al cuerpo que me había amado toda la vida, sino también por mi propio cuerpo. Ya no era la mujer hermosa que había sido. Las terribles arrugas en mis ojos y alrededor de mi boca; la piel del resto de mi cuerpo ahora era más blanda, con menos tono. Me daba miedo y vergüenza hacer el amor con él a la vez que lo deseaba, aunque el deseo me había vuelto más hermosa a mis propios ojos y también a los de mi esposo. Comenzó a buscarme de nuevo y la angustia de estar mintiendo me asaltaba tras cada encuentro porque mi pensamiento volaba al cuerpo joven del aún no amante. Esa fantasía de ser invadida por el hombre joven y fuerte. El olor sano de su sudor, el sabor fresco de su boca. Soñar con sus embestidas llenas de pasión hacían a mi cuerpo volver a vivir y, a la vez, hundirse en la angustia del remordimiento. Tampoco imaginaba a mi hijo pequeño haciendo el amor con una mujer de mi edad, me sentía ridícula, enferma de dudas. Él tampoco, aunque lo deseaba igual que yo, lo tenía muy claro, me di cuenta de ello hacía pocos días cuando nos habíamos besado por segunda vez en muchos meses. Tuve que pedírselo:

- Bésame, por favor.

Hace apenas tres días y sin previo aviso por su parte, que recibí una carta de él, nada me hacía prever ese desconcierto y ese deseo de terminar la corta relación que teníamos. Una carta tierna y a la vez durísima donde expone porqué me pide que olvidemos esto. Me dice que sus principios morales se tambalean y que no puede vivir con esta angustia. Que comienza a necesitarme en su vida no ya como su compañera de charlas sino como su compañera de cama. Que no está bien lo que estamos haciendo con nosotros mismos y con las personas que elegimos para compartir toda nuestra vida. Que se muere de remordimientos cuando mira a su compañera a la cara sabiéndola ajena a ésta otra pasión que le está matando. Que si ella se entera de que su cuerpo joven y hermoso ya no es suficiente para él le abandonará. Que le perdone, que no es un desprecio hacia mí sino respeto por mí el intentar olvidarme. Trata de explicarme torpemente en su carta todo lo que ha sentido en estos meses a mi lado. Que lo que siente se acerca mucho más al amor de lo que él nunca había imaginado. Que está llorando su dolor al escribirme esta carta y que le va a costar la locura olvidarme. Pero tiene que olvidarme.

Mis manos tiemblan como el papel cada vez que tomo su carta en ellas. La releo una y mil veces. Debería sentirme patética en esta situación después de lo que ha pasado hoy pero no lo siento, sé que me ama, sé que me desea pero, también sé, que esa pasión puede destruirnos. Me da vergüenza que alguien tan joven me haga ver lo que yo tenía que haber visto por mis años, que es una locura involucrarse en una historia que no nos conduce a nada. Pero no puedo dejar de soñar con él, en desear volver a verlo, encontrarlo en todos mis sueños y que en ellos consumo mi pasión amándolo. Sin él nada tengo. Mis principios me están dejando de importar, mis circunstancias me molestan y solo deseo alejarme, correr, correr hasta donde mis fuerzas me lleven y agotarme hasta olvidarme de todo.

Hoy he sido yo la que ha decidido olvidar aunque sé que no es olvido lo que encontraré si acaso lo consigo. Hoy mi corazón se ha cerrado en un portazo de dolor y desesperación. Hoy me he visto a mí misma, como realmente soy, como realmente estoy. Por fuera una mujer madura, respetada esposa y madre. Por dentro una niña sola frente a la tempestad. Una niña perdida y asustada en la tormenta que ve como su tren se marcha dejándola sola en la estación desierta.

Pasaba cerca de la oficina donde trabaja mi esposo cuando el coche comenzó a dar problemas. No me decidía a entrar y hablar con él y llevarme su coche o ir directamente a un taller. Estaba en esos pensamientos cuando pasé justo por la puerta miré el reloj y decidí que mejor entraba a dejar el coche, apenas quedaba media hora para la salida de la oficina y los dos podríamos ir al taller. Y entré. Su secretaria me informó que estaba saliendo de una reunión con su nuevo ayudante, que esperara en su despacho. Así lo hice.

Al momento apareció una chica joven, de unos veintiocho a treinta años. Bonita, con una sonrisa hermosa de dientes pequeñitos. Llevaba un café en una mano y se dirigió a mí alargando la otra para estrechar la mía:

Hola, usted debe de ser la esposa de Hilario. Soy Cristina, la nueva ayudante de su marido. Y estoy encantada de conocerla, Hilario me ha hablado mucho de usted, tanto que no me ha sido difícil reconocerla.

Gratamente sorprendida alargue mi mano para tomar la suya sin dejar de admirar su bonita presencia.

¡Oh, sí!, gracias eres muy amable. Tutéame, por favor, tampoco soy tan vieja.

¡Qué chica más amable!. Las dos sonreímos. Me ofreció un café que yo acepté encantada y tomé nota para hacer muchas preguntas a mi marido sobre ella. Era culta, agradable y resuelta. Mi marido se veía satisfecho por su fichaje. Ella salió del despacho un poco nerviosa, como si esperara a alguien. Hilario me contó lo inteligente que era y lo bien que habían conectado profesional y personalmente. Yo le dije que tenía que invitarla a nuestra casa a comer y de camino presentarle al solterón empedernido y pendón de nuestro hijo mayor a ver si conseguíamos casarlo. Cristina era la candidata ideal. Hilario se reía con burla de mi propuesta y me sacó de mi estado de euforia confirmándome que la chica era casada. Pensé que era una pena, nos podíamos haber llevado tan bien.

Era la primera vez que reía con ganas en los tres últimos días, pensé que todo estaba volviendo a su cauce. El tiempo todo lo coloca en su sitio y un atisbo de esperanza volvió a mí. Hoy le volvería a llamar, sí, estaba decidida a hablar con él de nuevo. Quería… bueno, no sabía muy bien lo que quería pero necesitaba acariciar sus manos de nuevo y decirle cuanto le quería, cuanto le necesitaba.

Estaba sentada en un sillón del despacho de espaldas a la puerta de entrada. De pronto supe que lo tenía detrás de mí sin haberle oído entrar, supe que estaba allí porque las terminaciones nerviosas de toda mi piel me lo avisaron. Supe que estaba allí porque podía olerlo, podía verlo sin necesidad de volverme a mirarlo. Me levanté lentamente y me volví hacia ellos que estaban parados y sonriendo bajo la puerta. Me invadió una angustia infinita, antigua, demoledora. En esas milésimas de segundo mientras me giraba para mirarlos a la cara supe que lo había perdido para siempre, supe que tenía que olvidarlo. Supe que quería morirme.

Cristina le apretaba la mano entre las suyas y con los ojos llenos de ilusión, de amor, de juventud y de orgullo lo miraba. Casi lo arrastraba hasta nosotros y él también sonreía.

La joven orgullosa nos miró rebosando satisfacción y cruzó las presentaciones:

Hilario, Inés. Este es mi marido, Ángel.

Me compuse como pude, disimulando el sudor frío que me recorría el cuerpo en ese momento. Estiré mi brazo para ofrecerle la mano. No le escuché saludar, ni siquiera sé si fue capaz de decir algo, yo ya no oía, el dolor aullaba dentro de mí, pitaba en mis oídos como los gritos del silencio, de un silencio que me repetía:

Tienes que olvidarme.

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Otros textos de Teresa López publicados en el Blog:

+Manuela (20 de abril)

+Estrella Celeste (26 de abril)

+Carmen (3 de mayo)

+Alicia (10 y 11 mayo)

+Elena (24 mayo)

+Lola (7 de junio)

2 comentarios:

  1. Es un escrito, precioso, lleno de sentimientos verdaderos y positivos, no se, ni me importa, si es vivencia o solo honorable lieratura,pero para vivir es tan importante el olvido como la memoria, y nada hay entre el cielo y la tierra que se escape de las garras del olvido cuando se desinfla las velas, y el viento de las pasiones deja de soplar.
    Mi enhorabuena, y repito es un escrito lleno de vida.
    Jose Manuel Piñero.

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  2. Coincido plenamente con José Manuel: es un texto lleno de vida. Agradezco a Teresa el que lo haya compartido con nosotr@s.

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