Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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7/12/09

El Mensaje de la Cruz

Una amiga del Blog, Regla Contreras, me escribe un email acerca del absurdo debate en el que se ha enzarzado una parte de la sociedad española a propósito del crucifijo y su presencia o no en instituciones y centros docentes, públicos o privados. Y me anima a que coloque en el Blog una entrada, cosa que hago con sumo gusto, que contribuya a “acabar con esa discusión bizantina de la guerra de los crucifijos, que recuerda a aquélla otra sobre cuántos ángeles cabrían en la punta de un alfiler”.

“Vaya por delante”, me aclara Regla, “que sobre la cabecera de nuestra cama preside un antiguo crucifijo que, tanto a mi marido como a mí, nos inspira amor y respeto. Ahora bien: yo me pregunto que por qué los cristianos -y sobre todo, los católicos- han de ser tan morbosos que parece que disfrutan más con la sangre y el sufrimiento de Jesús clavado en una cruz -que al fin y al cabo eso supuso sólo tres horas de los 33 o 36 años de su vida-, que con el mensaje de Amor y Unidad que vino a traer. Por mi parte, como cristiana que intento ser -aparte del mensaje de Amor-, me atrae mucho más recordarlo con ese carácter enérgico que empleó cuando sacó el látigo y dijo aquello de: "¡Raza de víboras! ¡Sepulcros blanqueados!... !Que coláis el mosquito y os tragáis el camello!". Así que, como ciudadana cristiana, propongo que en adelante, como símbolo del cristianismo -aparte del Amor- sea un látigo como el que Él empleó. Y aparezca en todos los Organismos Oficiales y Escuelas. Tú verás cómo así habría hasta consenso con quienes hoy no aceptan el crucifijo. Y que se acabe ya el morbo de tanta cruz, tanta sangre y tanta muerte, que, repito, sólo ocurrió en las tres últimas horas de Su fructífera vida”.

Con el mayor respeto a todos los pareceres y opiniones, añado a estas reflexiones –tan llenas de entusiasmo, sentido común y un hondo sentir cristiano que comparto plenamente- el hecho de que el “mensaje de la cruz” va mucho más allá del que es propio de la Iglesia católica, que la ha convertido en su máximo referente. Y es que la cruz tomada por ésta como símbolo es la calificada como “latina” -con brazos de tamaño dispar, que la hacen más larga que ancha- y está asociada a su uso por los romanos como instrumento de crucifixión. De hecho, las palabras cruz y crucifijo derivan del verbo latino “cruciare”, que significa “torturar”. Lo cierto es que el catolicismo oficial, en su afán por asumir ritos y cultos precedentes y ajustarlos a sus intereses, adoptó la cruz milenaria, que es la “cruz griega”, y tergiversó su significado y su propia forma.

La llamada “cruz griega” tiene cuatro brazos de idéntica longitud cada uno. Pero no es su forma, sino su simbología lo que la diferencia realmente de la “cruz latina”. En este orden, tres cosas son de destacar en la “cruz griega”:

+Desde hace miles de años, ha sido signo de paz (el mismo tamaño de sus cuatro brazos la hace poco práctica para las crucifixiones), armonía y perfección, lo que se expresa en el equilibrio de sus travesaños horizontal y vertical.

+Igualmente desde tiempos remotos, se ha asociado a la unión natural entre lo masculino y lo femenino, es decir, con el principio de género que centró diversas entradas de este Blog la semana pasada (ver Principio Hermético de Género, Sexualidad y Espiritualidad: Recapitulación, del 6 de diciembre).

+Y, sobre todo, recoge en su diseño de dos travesaños homogéneos los conceptos ancestrales de exaltación y amplitud (“urûj” e “inbisât”), utilizados por la Antigua Sabiduría como reflejo de los principios herméticos de polarización y género y, muy especialmente, del propio origen del mundo y del Universo. Un origen entendido como acto de Consciencia Perfecta y Concentración Absoluta del Ser Uno: Consciencia y Concentración que es quietud (la concentración en sí, el “Big” de la astrofísica contemporánea) y movimiento, que se manifiesta en la emanación y expansión (el “Bang”) de la Esencia (vibración infinita) del Ser Uno y el Verbo (vibración finita) a ella asociada.

Por tanto, la cruz -la “griega”, mucho más que la “latina”- es uno de los grandes símbolos espirituales de la humanidad en su conjunto, más allá de credos concretos, y ha sido utilizada ella desde tiempos inmemoriales. Por lo mismo, es un buen exponente de la convicción milenaria acerca de que la comunicación del conocimiento metafísico puede y debe efectuarse por medio de los signos, que sirven de apoyo a la intuición de los que meditan acerca de ellos.

No en balde, mientras que el lenguaje es racional, el simbolismo es sensitivo. Los símbolos no deben ser explicados, sino comprendidos. Hay que meditar sobre ellos para intuir espiritualmente el orden de la realidad subyacente y trascendente a la que aluden indirectamente. El símbolo, cuando se confunde con la realidad que expresa, es fuente de ilusión y suele generar falsos dualismos y diatribas (como es el caso del debate con el que se iniciaba esta entrada); pero cuando es reconocido como expresión de un “mensaje trascendente”, es una vía útil de trasmisión de saberes, intuiciones e inspiraciones espirituales.

Enunciado sintéticamente, existen dos grandes tipos de símbolos. Por un lado, los universales o naturales, que aparecen en la naturaleza de las cosas y pertenecen al origen de la humanidad: son los símbolos que están en el inconsciente colectivo. Y por otro, los particulares, que varían según las tradiciones, por más que también tengan su engarce con ese inconsciente colectivo.

El Universo está pleno de símbolos que, si pudieran ser descifrados, conducirían al Ser y a lo Real. René Guénon, en Consideraciones sobre la vía iniciática, destaca al respecto: “las cosas que aparecen son sólo reflejos, hay que ir más allá de la razón”. Verdaderamente, en las representaciones simbólicas lo importante no es lo representado como tal, sino lo que eso va a desencadenar en nuestra intimidad. Pero se precisa un estado interior especial para comprender el signo y lo que éste desencadenará.

Los iniciados de hoy y de siempre valoran la importancia de esta materia para alcanzar estados mentales especiales. Y conocen, igualmente, la inutilidad de operar con símbolos sin comprender su significado exacto y sin estar preparados para su uso. La entidad y cualidad metafísica de los ritos se mantienen ocultas e inactivas para el que ignora su simbolismo. El iniciado, en cambio, es plenamente consciente de que los símbolos le ayudan a transitar el camino de la trascendencia, pues constituyen realidades contenidas en el interior de las cosas, expresan lo universal de la creación y lo particular de determinadas tradiciones.

Saberes que afectan de lleno al signo de la cruz –como se ha reseñado, uno de lo más conocidos y cuyo poder espiritual y sensorial ha sido comprendido y utilizado desde la noche de los tiempos- y que deben recordarse para salvar a la cruz de dualismos y oposiciones que chocan frontalmente con su “mensaje” de Amor Incondicional y con sus atributos simbólicos de paz, armonía, perfección, equilibrio y profunda Sabiduría sobre el origen mismo de la Creación.

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