20/12/16

El castillo de arena


La familia había esperado con gran expectación este día. Desde hacía semanas, se planeaba esta salida a la playa. El niño apenas había podido dormir la noche anterior, dentro de él, bullía una mezcla de alegría y nerviosismo. Sus salidas preferidas eran las que incluían un día de playa. Le encantaba chapotear en el agua y zambullirse en el agua límpida del mar.

El trayecto hasta el tan deseado destino, se le antojó larguísimo. Era tal su ansiedad por arribar al punto deseado que se pasó todo el camino, moviéndose de manera compulsiva en el asiento del automóvil. Finalmente para alegría y descanso de los padres, se divisó al horizonte el mar. La atmósfera adquiría el tan conocido olor salino y los ojos de la criatura parecían quererse escapar de su ubicación.

No habían aparcado todavía, cuando la puerta trasera se abrió rápidamente y el crío ya ponía un pie en el pavimento del aparcamiento. El padre, alzó su voz por encima de todos los sonidos exteriores, prohibiendo taxativamente al muchacho que se apeara del auto. Este contratiempo, injusto a todas luces, bajo el prisma personal del niño, no le restó en modo alguno ni un ápice de emoción, a la aventura que se presentaba y se forjaba, en la mente del pequeño. Cuando el pote de hojalata, nombre con el cual designaba al coche de su padre, se hubo detenido, esperó “pacientemente” a la señal del cabeza de familia, para, por fin y después de una eternidad, poder bajar a tierra firme. Oteó el horizonte, quedando extasiado por el retumbar de las olas y la brisa tibia de aquel soleado instante.

La familia se dirigió hacia un punto determinado de la extensa playa. Colocaron la sombrilla y las toallas. El niño ardía en deseos de zambullirse en las aguas que rompían ante él. Era un espectáculo maravilloso, observar aquel brillo esplendoroso en la mirada de la criatura. Su padre lo agarró de la mano y caminaron hasta la misma orilla de la playa. El agua gélida del mar, comenzó a besar suavemente los piececitos del niño. Estaba encantado de sentir aquel cosquilleo y decidió avanzar un poquito más, hasta que el agua bañó sus rodillas. Estaba encantado de la vida y cada momento era un regalo maravilloso para sus sentidos. Tan solo ocho años de vida, pero vividos intensamente, se decía así mismo. Finalmente no pudo aguantar más y se zambulló de golpe en aquellas aguas de color esmeralda. ¡Que maravillosa y gozosa sensación!, pensaba. Naturalmente, su padre no le había dejado adentrarse en demasía, aunque portara unos manguitos. Esto le fastidiaba, porque le confería un halo demasiado infantil para su gusto. Pero nada podía hacer al respecto; si no llevaba manguitos, no había chapuzón.

Después de una larga estancia en el interior del mar y saliendo más arrugado que una pasa, llegaba el momento tedioso y aburrido de tumbarse en la toalla, para poder secarse y no agarrar demasiado frío, según palabras textuales de su mamá. Tras una eternidad, según el reloj personal del crío, se le concedió la autorización para poder jugar con la arena. Sacó su juego de cubo, pala y rastrillo. Comenzó a escarbar la arena y a formar montículos con ella. Lo tenía decidido, ¡construiría un castillo!

Marchó hasta la orilla y llenó el cubo de agua. Mojó una y otra vez la arena, hasta que decidió que la textura de la misma, era la idónea, para comenzar su obra “arquitectónica”. Modelaba con gran soltura la arena y sus manos iban dándole forma a un enorme castillo. De vez en cuando mojaba la arena, para conferirle la suficiente dureza y que aquella “magna” obra no se viniera abajo a las primeras de cambio. Era tal su concentración, que no se había apercibido, que todos aquellos que pasaban por su lado, quedaban atónitos ante aquella preciosa obra de arena. Él continuaba ensimismado con su trabajo, ajeno a todos los comentarios de la gente. Después de mucho quitar aquí y poner allí, dio por terminada su obra. La verdad, había quedado bastante bien; se decía para sí. Fue a buscar sus juguetes.

Era el momento de disfrutar de una aventura medieval; aunque el apuesto caballero, había sido cambiado por un tal, Toro Sentado y las lanzas y escudos, suplidos por rifles y pistolas. Allí se dieron cita enormes batallas, infinitas muertes y resurrecciones. Las heridas se curaban rápidamente y los indios se hacían dueños del castillo una y otra vez. Su padre observaba desde la distancia aquella preciosa estampa: El niño ensimismado en su juego, feliz y despreocupado, creando una y mil historias. Además, se sentía orgulloso de su vástago; todos se maravillaban del precioso castillo que había modelado su pequeño.

Se acercaba la hora de partir y se debía comenzar a recoger. Ciertamente, el padre sentía un poco de tristeza por interrumpir el juego del niño. Pero por otra parte, pensó: Aquí quedará constancia del genio artístico del muchacho, a través de este castillo de arena.

Tras haber guardado todas las pertenencias la madre comenzó a llamar al crío. Se encontraba tan absorto en su batalla, que no oía la voz de su madre. Finalmente, el padre se acercó hasta él. Le tocó en el hombro y le dijo:

-Cielo, es hora de marcharse.

El niño salió de su mundo onírico, mirando de forma ausente al padre, le respondió con un hilo de voz:

-Ahora voy, papá.

Comenzó a recoger sus pertenencias, limpiando cuidadosamente sus intrépidos y valerosos guerreros. Cuando ya se encontraban todos sus valientes, en el interior de la bolsa, se quedó observando detenidamente su obra. El padre, a corta distancia, seguía mirando con gran satisfacción el castillo de arena que con tanto esfuerzo había construido su hijo. Se sentía orgulloso de él. Sin duda alguna, pensaba, será un gran artista; tiene madera de escultor. Mientras el padre se regocijaba en el futuro tan glorioso de su retoño, este, continuaba observando el castillo de arena fijamente...

Súbitamente, un brillo cruzó por su mirada y una tenue sonrisa se contorneó en su rostro. Sin pensarlo dos veces, saltó hacia delante, cayendo encima de aquella magnífica obra, esculpida con tanto mimo. Una y otra vez saltó sobre él, hasta dejarlo totalmente derruido. El padre quedó en estado de shock. No podía dar crédito, a aquella imagen que se presentaba delante de él. Tras reponerse del estado inicial de estupefacción, se dirigió hacia su hijo, pidiéndole una explicación del por qué de aquella acción:

-¿Pero que haces?- le dijo en tono aireado.

El muchacho se encontraba ensimismado en su particular tarea de destrucción. Haciendo caso omiso del padre. Es más, por el gesto que reflejaba su rostro, ¡se lo estaba pasando en grande! Riendo a mandíbula batiente, saltaba y saltaba, ajeno de la presencia del padre. Finalmente, el padre lo agarró por el brazo, zarandeándolo fuertemente, para sacarlo de aquella vorágine destructiva.

¿Qué haces?- le volvió a preguntar.

La cara del crío era la sorpresa manifestada en toda su amplitud. Su mirada se encontraba ausente, perdida en el espacio interior. No entendía, aquella reprimenda de su padre. Finalmente miró hacia donde provenía la voz iracunda y se quedó mirándolo fijamente. No movía ni un solo músculo. Nuevamente, el progenitor del muchacho habló:

-No entiendo que haces. Tanto tiempo y trabajo invertido, para luego acabar con él, en un abrir y cerrar de ojos. ¿Puedes explicármelo?

Al fin el niño, atinó a vocalizar unas palabras:

-¿Explicar?, ¿el qué?- dijo entre susurros.

-¡Tú forma de actuar!, ¡a eso me refiero!-contestó a gritos su padre.

-No te entiendo papá. Tan solo jugaba- dijo el muchacho con suave voz.

-¿Tan solo jugabas?- repitió atónito el padre.

-Sí, jugaba- afirmó contundentemente el niño.

Su padre no entendía aquella contestación, tan simple y directa. Antes de que pudiera articular palabra alguna, su hijo prosiguió con su explicación:

-Cuando construía el castillo de arena, me divertía hacerlo. Cuando se acabó de construir, me divertí inventando batallas. Y, cuando me llamaste para irnos, me divertí destrozándolo... Es solo un juego, lo hago por diversión. ¿Es que hay algo más a parte de poder divertirme con ello?

Ahora era el padre quien se había quedado sin habla. De la forma más simple y sencilla, había sido aleccionado por un niño de ocho años. No existía rastro de satisfacción personal, ni de orgullo. Ni tan siquiera, apego a lo construido; tan solo se trataba de divertirse, de jugar, de disfrutar ese momento. Una sonrisa preciosa iluminaba el rostro de la criatura y una voz resonaba en el interior del padre:

Es solo un juego. La vida tan solo es real, cuando las cadenas de la personalidad, del apego y de la identificación con un personaje ilusorio, son destruidas por la claridad de lo evidente y despiertas a la realidad prístina y original de tu verdadero SER”

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Autor: Matías Márquez (gaudapada@hotmail.com)
Fuente: De su libro Alma embriagada (Editorial: Visión Libros)
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