Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2024-2025

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5/7/21

La sequedad contemplativa (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 27)


En estas condiciones de la vida interior, tanto Marta como María comienzan a ir de la mano. Es como que se ponen de acuerdo en cómo manejar las velas, las jarcias, la botavara y demás aparejo de la nave que surca el océano sin importarles a dónde se dirigen, “porque saben ambas que están en buenas manos”, las del viento que sopla hacia donde debe soplar. En suma, el espejismo que han vivido siempre de que son dos, comienza a desvanecerse y, esto supone un cambio trascendental en la integridad del Ser humano que las alberga, que hemos llamado Marta María y que en realidad es la plena “consciencia personal”.

Todo este cúmulo de sensaciones son calificadas por los místicos del Carmelo, “sequedad contemplativa”. Parece un oxímoron, pero no lo es. Es una dulce pena y una triste alegría, una quietud sabrosa en palabras de Santa Teresa y una sequedad contemplativa para San Juan de la Cruz. O en términos más propios de la teología mística, la noche del sentido.

La nube del no saber

La oceánica navegación del ser humano transcurre en su mayor parte del tiempo, envuelta en esa nube del desconocer, como describe el anónimo autor del Siglo XIV, ese proceso que la mente ha de aceptar, porque es a ella a la que va dirigida.

De hecho, el Océano es el desconocido camino sin caminos por los que el ser humano atraviesa en aras de su objetivo final que es el Amado.

El Océano es en sí mismo un desierto, donde no parece haber nadie sino infinitas inmensidades de agua, a veces calmadas y a veces enfurecidas por descomunales tormentas.

Las sequedades pueden representarse como singladuras en irritante calma que desinflan completamente las velas y la persona siente que no avanza.

Épocas enteras de silencio, vacío y soledad, envuelta en esa bruma o niebla de no saber hacia dónde se dirige la nave. Lo que exige continuos actos de fe y confianza.

Pero de alguna forma, el alma sabe que todo ya va dirigido por Dios y tiene un claro objetivo. La que no lo tiene tan claro es la mente y, justamente por eso, es la mente la que poco a poco es sometida a estos períodos de sequedad, sequedad de los sentidos, porque no se siente nada. Todo se vuelve rutinario y áspero hasta llegar a echar de menos los albergues del Camino, cuando estaba en tierra firme.

Con esta noche del sentido, la mente, Marta, poco a poco se ve dando cuenta de que ella misma no es solo un montaje que se había elaborado centrado en lo externo y en lo que le reclama la parte más biológica de sí misma, el cuerpo, que al fin y al cabo es el vehículo físico que mantiene al Yo anclado a la materia.

Es todo un complejo edificio en el que se mezclan sensibilidad física, afectiva, anímica y elaborados que viajan desde el pasado al futuro imaginando horizontes poco o nada definidos y, sobre todo, escenarios irreales fundamentados en deseos fugaces, aunque aparentemente garantes de confort y, por qué no decirlo, placer.

El Océano lo cambia todo y, si la decisión de embarcarse en la nave ya supuso un salto descomunal de fe para la mente, la navegación por días, meses y años de sequedad y de vacío, no lo terminan por resolver, sino que lo complica.

Santa Teresa, expone todo este proceloso y árido mar en las cuartas moradas de su Castillo Interior. Es un caótico periodo de transición entre la vivencia natural de la fe y la sobrenatural. Y ambas se mezclan y es como si la acción de Dios fuese intermitente e incompleta.

Esto es similar como cuando Jesús envió a los 72 a predicar, y lo hizo sin aportarles bastón, capa o alforjas Lc. 22, 35. Pero cuando volvieron Él les preguntó si acaso les había faltado algo. Nada. Es un inducir a la persona (mente y alma, aunque casi más alma que mente), en la sabia conciliación entre la aceptación y el esfuerzo personal.

La obediencia

A Marta la educaron en el convencimiento de que ella es dueña de su propia vida y que ha de hacerse responsable de sus decisiones.

Pero ahora se encuentra en que de una forma u otra ha de confiar. Pero cuando uno confía, lo hace depositando esa confianza en otro y, bien sabemos que confiar puede llegar a ser muy arriesgado. Esto se hace cuando, por ejemplo, nos embarcamos en un viaje en el que es otro el que conduce el coche, el autobús, el tren o el avión. El pasajero se sienta y literalmente “pone su vida en manos del piloto”.

Pues en esta oceánica navegación, la mente ha confiado en que “Otro” va a dirigir nada menos que su propia vida.

En otras palabras, la oceánica navegación es todo un proceso de someter la propia voluntad a la del capitán de la nave (o peor todavía) a un viento que no se sabe ni de dónde viene ni a dónde va. Por eso, la mente necesita someterse a un triple proceso de obediencia, que San Juan de la Cruz lo define en tres fases:

1.- El entendimiento ha de ser transformado en Fe.

2.- La memoria ha de ser transformada en Esperanza.

3.- Y la voluntad ha de ser transformada en Amor.

Que el entendimiento, la propia mente, sea transformada en fe es aquello de dejar de ver para creer a creer para ver. Y en esto consiste el agitado paso por las moradas cuartas de San Teresa.

Que la memoria sea transformada en esperanza consiste en vivir el presente, el aquí y ahora, dejar de obsesionarse por las cuentas de conciencias pasadas y sobre todo saber perdonar, considerando el perdón como “una decisión unilateral de esperanza”, un cerrar capítulos de la vida que lo único que han conseguido ha sido amargar nuestra existencia y, por supuesto, dejar el futuro en manos de Aquel que lo conoce.

Y por último y no menos importante, “ceder los mandos de la nave al Viento”. Este es el mayor de los sacrificios, ceder nuestra voluntad a la de Él.

Porque en esto consiste amar, en no hacer nuestra voluntad, que está permanente manchada y adulterada por nuestros propios intereses, sino la suya.

Este es el gran proceso de aprendizaje de la mente – alma. Saber identificar la voluntad de Dios, que últimamente no se trasmite mediante voces, como lo describe el Antiguo Testamento, porque así cualquiera se entera de qué es lo que quiere Dios. Dios nos habla por los propios acontecimientos de nuestra vida y, algo muy importante, a través del Alma. Sí, porque el Alma, que es espíritu sabe qué quiere Dios, porque es su misma esencia. Es lo que nos enseñaron cuando éramos pequeños, al menos en aquellos tiempos en los que aún se respetaba algo la espiritualidad en la sociedad.

“Si quieres saber qué has de hacer, escucha la voz de tu conciencia”

Que me decían mis profesores de religión en el colegio.

Y es cierto, hemos de volver a recuperar la escucha de esa conciencia interior que te habla al oído y te dice sinceramente qué has de hacer o qué deberías haber hecho.

Pero como esto no se consigue mediante decreto ley de “a partir de mañana voy a escuchar a mi conciencia”, Dios se lo toma con calma, tanta como sea necesaria (a veces toda la vida o varias vidas con karma incluido), hasta que simplemente la mente le dice al alma, Marta le dice a María…

“Anda, toma tú el mando, que yo estoy harta de caer y fallar”.

Esto es lo que podríamos denominar “caerse del guindo” y ser conscientes de que Dios nos lleva al desierto y nos habla al corazón, nuestro corazón.

Cuando uno cae en la cuenta, toma conciencia y es consciente de esta realidad, todo cambia. Y ese cambio lo describe Santa Teresa, como la eclosión de la crisálida, la metamorfosis del gusano de seda, hasta convertirse en una “blanca mariposilla muy graciosa”.

Y con esa eclosión, la persona, el Alma (un Alma que se ha fusionado con la mente hasta convertirse en una sola entidad), como tal entra en las moradas quintas, que es donde Dios ya actúa directamente.

En este estado, el Alma (acompañada de la mente ya transformada), une su voluntad con la de Dios o como lo denomina Santa Teresa, se produce la “Unión de voluntad”. Sin ninguna duda, Marta-María descansa plenamente (o eso quiere creer), en la voluntad del Viento.

Ganando barlovento

Ganar barlovento es avanzar en el eje del viento. ... "En el argot marinero barlovento es “el lado por el que viene el viento”, y si tu barco velero quiere ir en esa misma dirección… no hay un viento mejor, así que para avanzar con viento en cara, hay que saber ceñir, y esto es una maniobra que sólo marinos especializados en regatas de alto nivel saben hacer bien.

En la vida espiritual, Dios no nos pone casi nunca con viento en empopada, que es lo fácil, sino con viento cruzado, si no de frente. Esto significa que aunque nuestra barca no tenga remos ni timón, sí que tiene mástil, velas y botavara y, sobre todo nos muestra la mejor carta de navegación, el Sol y el cielo nocturno. El Sol y el cielo nocturno siempre están ahí, el Sol marcándonos su eclíptica siempre avanzando hacia el Oeste y las estrellas, inmutables, siempre indicándonos la Polar, las constelaciones y la Vía láctea, también llamada “El Camino de Santiago”, porque siempre se traza hacia el Oeste.

Es decir, en medio del Océano, el alma y la mente intuyen que la voluntad de Dios no queda definida simplemente con la dirección del viento, que suele ser bastante caprichoso y unas veces sopla del Oeste y otras del Este, aunque uno termina por darse cuenta de que si se deja llevar por las corrientes marinas y por los vientos alisios, en según que latitudes, el viento suele soplar del Este – Oeste. Pero no siempre. Es decir, el viento es variable, unas veces va fuerte y otras es suave. Pero lo que es inmutable es el Sol que siempre camina del Orto hacia el Ocaso en el Oeste y las estrellas de la noche, que siempre muestran un mismo mapa estelar.

 Así que, poco a poco, Marta y María aprenden a ver dónde se oculta la voluntad de Dios y, con ser los vientos alisios relativamente constantes NE-SO, lo que sí es constante es la senda solar y las estrellas.

Poco a poco, cuando el alma y la mente se rinden a Dios, se dan cuenta de que entre las múltiples facetas y acontecimientos de la Vida, Dios habla de forma callada, a veces con el viento favor, pero otras con el viento en contra y otras sin viento, lo que clava la barca en una insoportable quietud en medio de un desierto acuático. Se necesita tiempo y darse de cabezazos ver que entre todas las cosas hay algo inmutable en Dios, el Sol y las estrellas y, también la luna.

Es decir, como diría Teresa de Jesús, la acción de Dios siempre deja al alma en un clima de sosiego y en el extremo, en una dulce pena y en una triste alegría. Pero sobre todo, deja el espíritu en paz, paz que sólo se alcanza cuando ves que la proa y el eje de la nave apuntan más o menos hacia el Oeste, a donde se pone el Sol.

Juegos de acertijos

Y es que Dios se comporta como si no dejara de incordiarnos con juegos de acertijos.

Me recuerda a la canción del Fuego fatuo de Manuel de Falla, “lo mismito es el querer, que huye y te persigue, le sigues y echa a correr, malaya el corazón triste que en su fuego quiso arder…” O “a dónde te escondiste, amado…”

Lo dicho, lo mismo es arriba que es abajo, las mismas alegrías y penas que vivimos en el amor humano, las mismas alegrías y penas que el alma y la mente viven en el amor a Dios.

Es por eso que, cuanto más avanzada está la persona en la vida espiritual, más le molesta el corsé religioso y normativo que imponen las doctrinas y liturgias religiosas.

La vivencia del Espíritu huye del Derecho perfecto, de todas esas normas que nos imponen las autoridades religiosas y civiles, de esos códigos de buenas costumbres, que bien está para iniciarse en la espiritualidad. El alma busca el Derecho imperfecto, amar en bata y zapatillas, sin estereotipos forzados.

Y sobre todo, este sentimiento emerge cuando te das cuenta de cómo con Dios, el concepto estímulo-respuesta o causa-efecto o la conocida regla de inferencia “IF THEN ELSE”, no funciona con Dios.

Lo que a la mente le parecen juegos de acertijos y casi fuegos fatuos, no es, ni más ni menos que la lógica de Dios. Para la mente tiene lógica la dirección del viento o, el flujo de la corriente o, la senda solar o, el mapa estelar; pero todo junto, viento, corriente, sol y estrellas, termina siendo un “y yo qué se”, un mareo, un “qué quieres Señor de mí, que no te entiendo”.

La sequedad contemplativa

La noche del sentido supone un tener que aceptar que comprender a Dios supone NO intentar comprender a Dios, sino simplemente contemplarle en todo lo que existe.

Es lograr cruzar el límite de nuestro razonamiento intelectual, para conseguir simplemente ver y contemplar.

La contemplación es un estado del ser, ni fácil, ni difícil de alcanzar. Es simplemente sencillo, si se sabe aceptar que la mente sólo supone un incómodo estorbo para el alma.

La contemplación, ciertamente requiere de sequedad; aunque parezca un chiste, requiere que el seso se seque de tanto pensar, hasta que se convenza de que no hay más cera que la que arde, que es bien poca, con las capacidades que tiene la mente para tratar de comprender algo más allá de los asuntos de la casa. Es lo mismo que pretender ver en la noche el horizonte con una linterna, que es a lo más que alcanza nuestra mente en los asuntos de Dios.

Consiste en atravesar la barrera del silencio y escuchar.

Contemplar es vivir el presente eterno, vivir el momento que nos ha sido dado, bastándole cada día su afán1, aceptando humildemente la gracia de disponer del pan de cada día.

Contemplar es no estar encadenado ni a experiencias del pasado, ni a proyectos de futuro.

Contemplar es simplemente ver sin emitir juicios, ni razonamientos, ni elaborar modelos mentales para tratar de comprender.

Contemplar es observar sin emitir criterios de realidad.

Contemplar es ver sin influir en lo observado, sin elaborar fantasías.

Contemplar supone amar lo que es.

Contemplar supone renunciar al uso del pensamiento para acceder a Aquel que da soporte a nuestra existencia.

Como Moisés sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, y le condujo por el desierto, también nuestro pensamiento tiene que dar el primer paso y ser consciente de sacarnos de la vida cotidiana, conducirnos por el desierto.

Pero ha de saber que con él, con el pensamiento, no podemos entrar en la Tierra prometida, en el centro de nosotros mismos, donde Dios habita, por nosotros mismos.

Existe una Puerta que no podemos abrir nosotros.

Más allá de esa Puerta, está el Océano de Dios, que es la aventura que emprendieron Marta y María.

Contemplar es, simplemente “ver cómo caen las hojas de los árboles”.

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Autor: José Alfonso Delgado

Nota: La publicación de las diferentes entregas de La Física de la Espiritualidad

se realiza en este blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021.

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